No hay nada más fácil de esconder que lo que está bajo tierra. No hay nada más difícil de defender que lo que la gente no conoce. La ciencia juega siempre con la desventaja de la incompresión: la exploración del espacio, la investigación básica... El conocimiento puro, el saber por el saber, es la más perdida de las causas perdidas, y se convierte en una batalla romántica, de las que los buenos siempre pierden, cuando se encuentra frente a frente con la política, la construcción o, por decirlo en una palabra, la pasta.
El parque Cruz Conde es uno de los recintos arqueológicos más importantes de la provincia de Córdoba. Si nuestra joya de Medina Azahara nos ofrece apenas cien años de historia del Califato, si el más antiguo de los capiteles del templo romano de la calle Claudio Marcelo fue esculpido dos mil años atrás, lo que hay bajo el Parque Cruz Conde es tan apasionante que deja pequeña esa línea temporal.
En la colina de los Quemados, el cerro del parque, está todo lo que ocurrió en Córdoba antes de la llegada de los romanos, antes de que Claudio Marcelo fundara la ciudad que hoy conocemos, en el siglo II a. C. El primer lugar que se llamó Córduba fue aquél, una ciudad perdida que existió durante tanto tiempo que bastó con la acumulación de los restos de casas, levantadas unas sobre otras, para que surgiera esa colina que hoy podemos ver. La ciudad romana tomó el nombre de aquel asentamiento indígena que, poco a poco, fue desapareciendo a lo largo de cien años, en beneficio de la nueva fundación, y donde ya sólo se levantaron algunas estructuras en la época del apogeo musulmán del siglo X y durante el periodo almohade, en el siglo XII.
Desde la cima del parque Cruz Conde, en vertical hacia abajo, hay metros y metros de estratos que se remontan hasta más allá del año 2000 a. C. De hecho, Córdoba existió más tiempo en esa colina de lo que lleva existiendo en la plaza de las Tendillas, cerca del antiguo foro romano. Allí está la cerámica griega que los comerciantes trajeron hasta aquí. Allí están, posiblemente, muchas de las claves que nos pueden explicar la oscuridad del origen de Córdoba, anterior a la llegada de cartagineses y fenicios, anterior al surgimiento de pueblos avanzados como los turdetanos en el sur de la península.
Por eso está declarado como Reserva Arqueológica, por eso duele como una puñalada cada boquete que se abre en ese lugar y por eso sorprende que todavía no se conozca a nivel general el verdadero origen de esa pequeña montaña artificial. En ese parque está prohibido hacer nada que no sea el mantenimiento estrictamente necesario del propio jardín. Y no es porque allí vaya la gente a hacer deporte, sino por su subsuelo. La arqueología es razón no sólo necesaria, sino suficiente, para que no se toque esa zona y para que quede al margen de cualquier planeamiento urbanístico. Esta vez la arqueología no es el obstáculo, sino la auténtica protagonista, porque ese sitio fue creado por el paso de los siglos.
La pasada, presente y futura urbanización de la colina representa la continuidad de un modelo de desarrollo que ha despreciado la huella histórica existente en la ciudad, difuminando su antiguo aspecto, como ocurrió con la autovía que hundió la muralla del Alcázar, causante también de la pérdida de la rasante natural de la avenida del Corregidor.
El parque Cruz Conde y la Ciudad de los Niños no son un simple jardincito y no deben quedar a merced de pavimentadores o comerciantes. Son un tesoro que debe ser conservado intacto, explicado e interiorizado por los cordobeses. Sencillamente, Córdoba dejó de estar allí hace dos mil años, como me dijo un amigo hace unos días. Creernos tan listos e importantes como para regresar ahora con nuestros ladrillitos de diseño (no digamos con los bares de cuya futura instalación se ha venido sospechando) es un ejercicio de estupidez y de falta de humildad que, sin duda, cometeremos más pronto que tarde.
Será que me estoy volviendo más prudente, pero iba a hacer una entrada en plan salvaje contra lo que veo como el principio de un posible timo a la ciudad de Córdoba, y al final me ha salido simplemente un resumen de situación. En el fondo debe ser que soy un pardillo, y que cuando leo un plazo de ejecución en el periódico cometo el error de creérmelo.
Hace cosa de siete años, fue descubierto un conjunto arqueológico en una parcela de 2700 metros cuadrados, destinada a viviendas, que estaba siendo excavada en el extremo suroccidental de Santa Rosa, casi en la avenida del Brillante. Según cuenta el diario "Córdoba" del momento, aparecieron unos impresionantes mosaicos que la Junta de Andalucía recomendó no sólo conservar, sino adaptar para el aprovechamiento didáctico y turístico.
Terminaron las excavaciones, se redactaron los informes, se trasladaron los mosaicos y se construyó el nuevo bloque de viviendas. Cuando algunos empezábamos a preguntarnos qué había sido de aquella villa romana que llamaban "del Algarrobo", apareció en el "Córdoba" en marzo de 2008 la noticia de que a lo largo de ese año iba a ser por fin visitable el yacimiento, aunque el mayor y más espectacular de los mosaicos, por razones técnicas, iba a ser sustituido por una copia.
Cuando llegó diciembre no teníamos villa romana, a pesar de que ya se podía ver desde hacía tiempo la futura entrada por la calle Algarrobo, pero en su lugar tuvimos una recreación mu bonita en tres dimensiones de cómo debía ser aquello que seguía escondido en el subsuelo.
Siguiendo la pista al tema, en enero de 2010 se deja caer en una noticia que ya estaba todo listo para abrir las puertas, y que sólo faltaba la instalación del montaje audiovisual. Es de suponer que en otro par de años, a más tardar, esté preparado el dichoso montaje y se oferte la visita a la villa romana en una zona tan inédita para el turismo
como es hasta el momento el barrio de Santa Rosa.
O a lo mejor estoy volviendo a ser un pardillo, y durante muchos más años tendremos que seguir conformándonos con los únicos restos visibles al aire libre, situados en la parcela de enfrente y protegidos por unas vallas. Que, desde luego, saben a bastante poco para lo largos que nos pusieron los dientes.
Gracias a no tener ni idea sobre la ciudad de Córdoba cuando empecé con toda esta historia, hay muchos nombres que primero conocí por los libros y luego escuché mencionar a las personas. Uno de ellos es el mirador del Balcón del Mundo, que me encontré por última vez en el nuevo Plan de la Sierra, situado, según esta y otras muchas fuentes disponibles, en las Ermitas.
El majestuoso mirador de las Ermitas podrá ser el mejor situado para ver Córdoba de cerca y en altura, junto al de la carretera del Assuán, pero me da que no tiene nada que ver con el verdadero Balcón del Mundo.
Este nombre, por lo que entiendo, se debe aplicar al pequeño y olvidado mirador que se encuentra en la carretera de Trassierra, superado más de la mitad del desnivel camino del "Cruce", en un falso llano con varias curvas antes de llegar a la Residencia San José. Ramírez de Arellano, tras pasar la Albaida, dice que "siguiendo nuestra ruta pasamos por un sitio conocido por el Balcón del Mundo, a causa del magnífico y extenso panorama que desde él se admira, y dejando a los lados los lagares de San José y el Rosal [...], llegamos a la aldea de Santa María de Trassierra".
Y aún más: existe entre las fotos antiguas de Córdoba una que debió ser tomada a principios del siglo XX, y que está titulada en inglés, francés y español "Vista de la ciudad desde el Balcón del Mundo". Como se puede ver, la panorámica coincide con la de la carretera de Trassierra, y no con la de las Ermitas: se aprecia la línea recta que viene desde Turruñuelos y, en última instancia, desde las Margaritas, dejando a un lado el Castillo de la Albaida y la Casilla del Aire antes de empezar la subida.
El aspecto del mirador es, efectivamente, el de un balconcito de hierro al que se accede por unas escaleras. Junto a la carretera, en un apartadero al que la única forma razonable de llegar es en bicicleta (ya no hay espacio para dejar el coche, como antiguamente), aún perdura una fuente revestida de azulejos, que sólo mana agua en los años en que el cielo es generoso, como ha sido el caso de este invierno.
Aquí dejo las fotos (sí, lo siento, del Google Street View), para que se reconozca mejor el lugar.
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Foto del Archivo Municipal de Córdoba, FO020202-A00194-0002-0002.
Si hace poco nos fijábamos en la chimenea que, en el dibujo de Alfred Guesdon (ca. 1860), delata a la fábrica de sombreros de Sánchez Peña en la Corredera, también merece la pena detenerse en otro detalle del mismo dibujo.
A medio camino entre la Corredera y la iglesia del Císter, en pleno centro de ciudad, nos encontramos una palmera de gran tamaño. ¿Es una licencia del artista o realmente se encontraba allí? La pregunta puede parecer una tontería, pero saber la respuesta nos daría un buen indicador de la fidelidad de la pintura.

Pues todo indica que la palmera era real. Y no sólo eso, sino que además era bastante conocida, hasta el punto de que daba nombre a la casa en la que se encontraba: la Casa de la Palma, propiedad de los Condes de Hornachuelos, con entrada principal por la actual calle María Cristina, entonces calle del Arco Real, que era un poco más larga que hoy: al no existir Claudio Marcelo, se prolongaba hasta la esquina de la cuesta de Luján.
Ramírez de Arellano nos dice, de una pequeña plazuela a la entrada de la casa, que antes se conocía por plazuela de la Casa de la Palma, porque aquélla tiene una desde muy antiguo sobre la muralla divisoria, lo que la hace aparecer con mucha mayor elevación de la grande que tiene, por divisarse desde casi toda la parte baja de la población. Pues ahí la tenemos.
Además, nos cuenta cómo en el patio de la casa ya había algunos capiteles de tamaño descomunal, que habían aparecido en las primeras excavaciones de lo que luego se conocería como templo romano.
Y de paso, señala que en el jardín donde se encontraba la palmera, a muchos metros de profundidad, nacía el agua de la Romana, una de los manatiales que surgen de la acusada pendiente que separa la Villa de la Ajerquía, y que abastecía una fuente junto al Arco Bajo de la Corredera, parte de la fuente de la plaza de las Cañas y otros establecimientos privados.
De vez en cuando, la motivación llega en forma de caluroso apoyo de los amigos. El otro día, tinto en mano, el compañero malabaddon me recordó que, días atrás, me había pasado un enlace curioso, añadiendo que "ya no publicas entradas ni cuando te las dan hechas". Guardaré esa frase junto a las no menos queridas "maldita la hora en la que te enseñé la Piedra Escrita", "a veces pienso que el blog te lo escribe un negro" o "si son más de tres párrafos ni lo leo" que me han ido regalando en estos años.
El caso es que estaba malabaddon echando el rato ante la "Historia medieval del sexo y el erotismo" de Ana Martos, cuando encontró una referencia que no he podido localizar en ninguna fuente diferente a esa: el uso de leche de sirena en la corte del ilustrado Califa Alhakén II, a finales del siglo X.
Al parecer, este exótico producto cuya fuente real (una vez descartada la colaboración de las quimeras de mujer y pescadilla) es desconocida, provenía de una anciana, de existencia no menos cuestionable, que vivía en el golfo de Bengala, y que se lo proporcionaba a los mercaderes que llegaban del Mediterráneo.
La leche de sirena tenía dos propiedades a cuál más apetecibles: por un lado, permitía a aquél que la tomaba disfrutar de sueños eróticos con la mujer que quisiera. Por otro, le convertía en invisible, con lo que podía entrar a los harenes sin ser visto por los eunucos que vigilaban a las concubinas de palacio.
El hecho de que esa fuera la mejor utilidad que le vieran a un brebaje que vuelve invisible dice mucho a favor de la gente del siglo X. Quizás estaban menos obsesionados con la guerra de lo que a veces nos pensamos...
Una noche cualquiera en el Vial, los cordobeses andurrean por el paseo del Colesterol. Las tardes algo menos calurosas invitan a salir a la calle.
Nadie repara en lo que ocurre sobre su cabeza, porque hace décadas que se olvidó el cielo dentro de las ciudades, y hace siglos que nadie atiende ya a los viejos dioses que regían los ciclos de la vida, el amor o la guerra.
Saturno, Marte y Venus, de izquierda/arriba a derecha/abajo, posan juntos sobre las avenidas de Córdoba, como desde hace unos días y hasta dentro de un par de semanas. El 12 de agosto, en plenas lágrimas de San Lorenzo, con la Luna creciente y nada más ponerse el sol, se dejarán ver junto a Mercurio, entre las constelaciones de Virgo y Leo.
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Las fotos son un poco improvisadas y con muchos reflejos, no sabía qué otras oportunidades tendría y había que aprovechar el momento. Y una recomendación: la mejor guía del cielo en el ordenador.
Hace tiempo, Laurentino publicó en Puente Mayor una entrada que llevaba tiempo rumiando para este blog. En ella hablaba de los dos arroyos que confluían cerca de la Malmuerta, el del Matadero y otro que venía del norte, y explicaba cómo en la excavación de la parcela donde se construye actualmente el polideportivo de San Cayetano se había encontrado un posible paleocauce en dirección norte-sur, que podría estar relacionado con el arroyo de Santa Marina y San Lorenzo, el que corría por el interior de la Axerquía entrando por la plaza de la Lagunilla.
Sin embargo, ese dato era sólo la mitad de la entrada que tenía proyectada, y creo que es un buen momento para sacar a la luz (aunque es algo ya publicado), el resto de la información. Resulta que en otra excavación realizada más al norte, en la esquina de la calle Santa Rosa con la avenida de los Almogávares (antiguo cine Santa Rosa), aparecieron hace ya bastantes años una serie de estructuras que nos indican la existencia de un antiguo arroyo, tanto desde el punto de vista geológico ("la paleotopografía de la zona parece indicarnos la existencia del cauce de un arroyo procedente de la sierra y que dependiendo del régimen de lluvias se desbordaría ocasionalmente inundando las márgenes") como arqueológico, con obras de encauzamiento cuyo inicio fecha Eduardo Ruiz Nieto en época romana (incluyendo, al parecer, un puente). Otras estructuras relacionadas con este curso de agua se construirían en época musulmana.
La verdad es que me parece muy probable que fuera este arroyo, procedente de la zona de la Cuesta Negra, bien conocida por el compañero Laurentino, el que se dirigía hacia el sur penetrando en el barrio de Santa Marina. O mejor dicho, era el que se dirigía hacia el sur desde antes de existir la ciudad, y alrededor del cual surgieron los antiguos arrabales que conformarían los barrios de la Axerquía.

Y...
En cuanto al otro arroyo que confluía con el anterior, el que se puede ver al oeste en el plano de Laurentino, viniendo por una vaguada al otro lado de la vía del tren, me ha dejado bastante pensativo. Supongo que la línea azul que atraviesa el barrio del Matadero está tirada un poco al tun tún... yo la pondría un poco más al norte.
Concretamente en la actual avenida de los Molinos, donde en los años 70 se hundió un trozo de suelo durante la construcción de los nuevos bloques, y un coche cayó a una especie de galería abovedada que la gente identificó entonces con el "arroyo del Colodro". Bueno, el arroyo del Colodro, a estas alturas de la película, está tan trillado por la leyenda popular que podría estar en quince sitios diferentes, con lo cual lo mejor sería dejar de usar ese topónimo, en mi opinión. En este caso, y mirando el plano, bien podría ser que por Molinos Alta pase la canalización de ese antiguo arroyo del Matadero, camino de la Malmuerta y la Lagunilla.
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Ruiz, E. "IAU en calle Santa Rosa s/n esquina con avenida de los Almogávares (Córdoba)", Anuario Arqueológico de Andalucía 1997, III/Actividades de Urgencia, pp. 218-223.
Un poco como la nave espacial que se da la vuelta y toma una foto del mundo del que se aleja, el siglo XX tomó esta foto de Córdoba mientras emprendía su viaje hacia el pasado. Hace unos años ya, me la pasó el Doctor Mabuse, de la Calleja de las Flores, a quien se la pedí para tener más a mano este pequeño recuerdo de la infancia. La verdad es que el barrio que yo conocí aún no había nacido (estaban por construir la mayoría de los pisos de Noriega alrededor del chimeneón, no se había hecho el colegio "La Malmuerta"...), pero dado que recuerdo bien el Viaducto y algunos otros detalles, me considero parte de esta imagen.
Y como a cada uno le traerá sentimientos diferentes y, además, como se ha podido comprobar en el último mes, no ando muy inspirado últimamente, no digo más y os dejo la foto a la máxima calidad que Flickr me permite colgar.
Todo estaba ya inventado, porque todos somos, como dice don Manuel, hijos del vaivén. Ya se podía escribir un tratado, todas las situaciones que vinieran después se podrían aplicar a algún pasaje de "El collar de la paloma", un ensayo sobre el amor. Hace mil años, entre pesadillas, mientras ardía su memoria de tiempos de grandeza del Califato cordobés, Ibn Hazm iba rumiando la obra que más contribuiría a hacerle inmortal.
Ibn Hazm de Córdoba, nacido el año 994, criado en los
últimos estertores de grandeza de la corte de Almanzor, es el tipo que está hecho estatua delante de los arcos que hay junto a la puerta de Sevilla y hecho calle entre el Brillante y la Cuesta Negra, con la transliteración de "Abén Hazam". Un hombre al que las revoluciones de 1009 en adelante pillaron por sorpresa, derrumbando su mundo, su familia, sus sueños y sus aspiraciones; quizás también parte de su carácter. Se convirtió en lo que se llamaba un legitimista omeya, es decir, alguien que soñaba, en medio de los ríos de sangre de las guerras civiles de Al Andalus, con restituir en el poder a un Omeya que volviera a reinar sobre todo el antiguo imperio cordobés.
Y entretanto, desde el exilio en las taifas de Levante, escribió una pequeña joya en treinta capítulos (muy cortitos, la mayoría), en la que se sumerge en todos los matices de una relación sentimental, recordando de vez en cuando detalles de la Córdoba que ya no existía (un pasado roto no es nada...) y refiriéndose constantemente a los recuerdos de su infancia entre las concubinas de la corte.
En medio de cada capítulo, el autor incluye poesías de su propia cosecha (que al traducirse, como pasa normalmente, pierden casi toda la gracia), además de historias con moraleja y enseñanzas de su propia experiencia.
Sentado debajo de un árbol, en las últimas mañanas frescas antes del verano, con el "Collar" entre las manos, resulta fácil comprender que las personas no han cambiado demasiado en el último milenio. Tenemos los mismos deseos, las mismas ilusiones y muy parecidos problemas. A través de la pluma de Ibn Hazm, los cordobeses del siglo XI nos siguen ayudando a explicarnos a nosotros mismos.
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"El collar de la paloma", Alianza editorial. Versión de Emilio García Gómez, bolsillo, 350 págs.
Capítulo Dos: la leyenda del algarrobo del Moro
(Capítulo Uno: el árbol)
Hace unos años, cuando ya conocía el algarrobo del que hablamos en la entrada anterior, leí en la "Palestra Sagrada" de Sánchez Feria una vieja historia sobre una imagen religiosa encontrada en las cercanías del cerro de las ermitas. Hacía referencia a un árbol de esta especie y desde entonces no puedo dejar de preguntarme si estamos hablando del mismo lugar. Os hago copia-pega de la historia según este autor:
Los "Paseos por Córdoba" más o menos vienen a corroborar el relato, aunque se sustituye el terremoto por una tormenta y varía la fecha un par de días.
Refiere la historia que un niño de siete años llamado Bartolomé de Pedroza fue el día de 7 de octubre de 1680 a buscar un haz de leña. Ya muy lejos de la población se armó una gran tormenta de agua y grandes exhalaciones que acobardaron al niño, pensando si volverse o no a su casa, cuando vio entre las matas una horrible culebra en dirección suya. Entonces corrió a esconderse entre unas peñas, donde encontró esta imagen, que trajo a Córdoba, entregándola al rector de su parroquia, Santa Marina, don Fernando Dávila, quien, para darla título, puso varias papeletas y sacó una, tocándole el de Villaviciosa. Donola al convento del Cister, recién establecido, y cuya comunidad la ha conservado con extremado culto.


La expresión "al pie del cerro" es un poco ambigua, pero puede aplicarse al lugar del algarrobo que conocemos, porque desde allí todo es subida (y dura) hacia las ermitas, y nos metemos en la falda de la montaña. La foto en la que se ven el árbol y el cerro puede resultar engañosa a este respecto. Y curiosamente, a unos metros del árbol se encuentran unas antiguas canteras, similares a las conservadas junto al Castillo de la Albaida que, si dejamos volar la imaginación, podrían identificarse con los peñascos de la leyenda.
Cada uno es libre a la hora de interpretar el tema como quiera. La
identificación del árbol con el "algarrobo del Moro" es algo que nunca será posible probar, pero que tampoco me parece descabellado. Implicaría que en 1792, hace 200 años, al imprimirse la "Palestra" (y no en 1680, según entiendo al leer el relato), el algarrobo era ya tan grande y conocido que tenía nombre propio y sirvió al autor para orientar a los lectores sobre el lugar del suceso. Aquí quedan la leyenda, la literatura y la imagen encontrada en aquel lugar a finales del siglo XVII, y conservada en el Císter, en el primer altar del lado de la epístola (fuente). Allí, esperemos que por muchos años, queda el monumental algarrobo del Patriarca.
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Para el que se encuentre algo confuso con el tema, aclarar que esta imagen es sólo una de varias con el mismo título que se han venerado históricamente en Córdoba.
Capítulo Uno: el árbol
(Capítulo Dos: la leyenda del algarrobo del Moro)
¿Cuántos atardeceres ha visto uno de los seres vivos más viejos de Córdoba y sus alrededores? Resulta imposible aproximarse a una respuesta, con los métodos que conocemos, antes de que acabe por morir de forma natural o, más probablemente en este mundo que nos ha tocado vivir, de ser tristemente talado.

En la zona del Patriarca, más cerca ya de las primeras casas de Santa Ana de la Albaida, hunde sus raíces un algarrobo (Ceratonia siliqua) que, aunque menos conocido que el de la loma de los Escalones, cuya edad se estima entre 350 y 400 años, se le aproxima en sus dimensiones. Realmente es muy complicado dar un dato fiable hasta que no se corta el árbol y se cuentan los anillos, porque además la toma de una muestra radial se complica cuanto más dura es la madera, siendo, para colmo, más complicado contar los anillos estacionales en especies de hoja perenne.
Este algarrobo centenario viene señalado en la conocida como "ruta verde" de los Paseos por la Sierra de Córdoba, y creo recordar que durante un tiempo tuvo un cartel explicativo sobre cómo sirvió de fuente de alimento en las épocas del hambre.

El árbol tiene tres enormes fustes que emergen de un tronco principal cuyo perímetro a ras de suelo es complicado de definir, por la sedimentación en el lado norte y la erosión del lado sur. De todos modos, se acerca a los diez metros (espero poder traer las medidas más precisas en breve). Los diámetros N-S y W-E son, respectivamente, 16,5 y 14 metros. A pesar de ello, no está en la lista de árboles singulares de la provincia, lo cual debería corregirse de inmediato, dándole protección ante cualquier futura agresión urbanística.
Y aunque el algarrobo del Patriarca, por su propia historia vital, ya merecía una entrada en este blog, hay algo más que me tiene escamado, y que quería compartir aquí desde hace tiempo. Una leyenda local, de las llamadas "tradiciones piadosas", que remite a este lugar y quién sabe si a este árbol en concreto.
Para no alargar el tema, partiré la entrada, y os la contaré en un par de días.
Volviendo un poco a los orígenes (y también un poco por vagancia), quería traer por aquí un detalle curioso de los Paseos, concretamente de la descripción del barrio de Santa Marina. Contra lo que pueda parecer, que se sepa, no tiene nada que ver con la Mancebía ni nada por el estilo.
Eso debía pensar, desde luego, Ramírez de Arellano sobre el nombre que la gente le daba desde siempre a esa casa situada al final de la calle Cárcamo, llegando ya al hospital de la Misericordia y a la muralla norte de la ciudad. La verdadera respuesta le vino dada por unas obras en 1870, cuando se derribó la fachada de la casa, y apareció bajo los materiales modernos y formando parte de una antigua portada, un fragmento de escultura romana femenina con un busto desproporcionado. Los antiguos, que solían llamar a las cosas por su nombre, no tardarían en bautizar el inmueble en honor a la señora aquella.
Al parecer, la escultura fue llevada a uno de los patios del hospital. Cabe la posibilidad de que allí estuviera hasta el derribo y nueva urbanización en el siglo XX, por lo que, con un poco de suerte, la pieza podría estar en el Museo Arqueológico. Un día me llegaré a echar un ojo a todas las esculturas romanas femeninas, todo sea por la cultura.
En el relato tradicional de la invasión musulmana está incluida la resitencia de un puñado de soldados visigodos (varios cientos, no diré trescientos por no pagar derechos de autor) en la iglesia de San Acisclo, donde aguantaron unos tres meses el asedio beréber.
Aunque no tenemos suficientes datos para afirmarlo con seguridad, se ha postulado que San Acisclo podría haberse encontrado en algún lugar entre el sur de Ciudad Jardín y el cementerio de la Salud, en la zona de Vista Alegre y, dado el tiempo que duró la defensa, debía estar bien protegida o fortificada.
Los musulmanes veían que se prolongaba demasiado tiempo la situación, y decidieron forzar la rendición cortando el suministro de agua que llegaba a la iglesia mediante un acueducto (interesantísimo dato), para lo cual enviaron a un soldado que, según el cronista Ibn al-Sabbat, era el único de raza negra que había pasado el Estrecho. Su misión era, si atendemos al historiador magrebí al-Maqqari, apresar en los alrededores de San Acisclo a algún cristiano al que sacar informes sobre la situación de los sitiados y el lugar por el que les llegaba el agua.
El soldado, sin embargo, fue apresado por los visigodos, que se extrañaron del color de su piel, y le llevaron junto al punto de salida del acueducto para allí tratar de quitarle el pigmento que le cubría, hasta hacerle sangrar de tanto frotar. Así, una vez que le dejaron tranquilo y consiguió fugarse, pudo contar a los musulmanes de dónde llegaba el abastecimiento de agua potable.
Al cortarles el agua, los cristianos debieron quedar algo menos animosos, pero aún así no quisieron rendirse y probablemente ardieron junto a su iglesia-fortaleza cuando al caudillo Mugit se le acabó la paciencia, al cabo de tres meses.
Aunque es muy probable que en época romana llegaran a Córdoba hombres y mujeres de raza negra, no deja de ser curioso que se mencione en las crónicas a este "adelantado", que vino a hacer el papel del negro Estebanico en América, pero con un final algo más digno.
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Tomado, un poco libremente, de la Historia de Córdoba durante el emirato omeya, de Antonio Arjona Castro
Hace poco me preguntaba, cabizbajo,
un desconsolado seguidor del Fulham, mientras le enseñaba el patio de Marroquíes, si había leyendas de fantasmas y esas cosillas en el Casco Histórico de Córdoba. Él no sabía nada del blog ni de la ciudad, así que le podía haber hablado del duende de la calle Almonas o de casas embrujadas, o de muchas cosas que te van contando pero no puedes publicar por aquí, pero me dio por comentarle un fantasma de mentira, y luego escribir esta entrada.
No sé exactamente qué andaba buscando por periódicos de 1859, cuando me encontré una de las tres gacetillas que aparecen aquí, y luego me puse a rastrear los periódicos de esos días hasta reconstruir, más o menos, la historia.
La cosa debió empezar a primeros de septiembre, cuando en el barrio de Santa Marina se corrió la voz de que un fantasma salía a recorrer las calles todas las
noches, asustando a la gente y tocando una bocina. Se decía incluso que si el ruido se escuchaba frente a alguna casa en concreto, al día siguiente habría alguna desgracia en ella.
Todo olía un poco a chamusquina, y se pedía, desde luego, que interviniera la polícía, lo que también hacía un periódico de Málaga, en referencia a los casos repetidos de "fantasmas" en las calles de las dos ciudades andaluzas y también de Madrid.
Y fue a raíz de las patrullas de la policía cuando, unos días después, el propio "Diario de Córdoba" dio por terminado el asunto con una gacetilla titulada "Ya no sale" que terminaba con una frase categórica: "no estamos ya en tiempo de duendes". Fue una frase valiente pero que los años desmentirían, porque siempre es tiempo de duendes y fantasmas, aunque vayan evolucionando de la mano de nuestra sociedad.
Y
como el año pasado, habrá otra historia de misterio por la noche mágica de San Juan.