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martes, 12 de enero de 2010

Córdoba frente al misterio (15): el bien contra el mal en la plaza de las Dueñas

Hace unos días salió la plaza de las Dueñas en el pequeño juego de lugares cordobeses que tenemos en el blog, y pensé que podría ser un buen momento para contar una de las muchas leyendas milagrosas que adornan la vida de San Álvaro de Córdoba, ojo, el del siglo XV, no el mozárabe.

El
convento de las Dueñas se encontraba más o menos entre el Císter y el Hospital de San Jacinto (Los Dolores). Para no iniciados: subiendo desde el Ayuntamiento por Alfonso XIII, coges la calle del Maimónides a la derecha y llegas a un jardincito. Pues la plaza y la manzana que está sola formaban el desamortizado (1868) convento de las Dueñas.

Cuentan los relatos, más o menos coincidentes, que una noche indeterminada, probablemente a finales del siglo XIV, estaba San Álvaro en su cueva junto al convento de Santo Domingo, que él había fundado, cuando oyó pasar por el cielo una legión de demonios. Algunas fuentes pintan un cielo enrojecido mientras los espíritus malignos explicaban al fraile que se dirigían a Córdoba, al convento de las Dueñas, a recoger el alma de la monja Juana Díaz, que estaba a punto de morir en pecado, según Ramírez de Arellano (1875). Las versiones anteriores dicen simplemente que bajaban a tentarla, con permiso de Dios, en la última hora de su vida.

San Álvaro, haciendo un poco de Herodes con los Reyes Magos, les pidió a los demonios que a su regreso le contaran qué tal les había ido. Nada más verlos bajar hacia Córdoba, se puso en oración para pedir por el alma de la monja.


Es muy interesante la crónica de Luis Sotillo de Mesa en 1628, que menciona a Teresa Muñiz de Godoy y a Andrea de Cárdenas, monjas de las Dueñas, como ancianas (durante el proceso de beatificación, se entiende) que habrían escuchado en su juventud el testimonio de los testigos directos de lo que pasó aquella noche.


Cuentan que gracias a las o
raciones de San Álvaro y a la vigilia permanente de las monjas junto a la moribunda...

El brocal saltó en pedazos, y los demonios huyeron por donde habían venido, no sin antes echarle en cara a Álvaro que les había fastidiado la misión.

Fray Hipólito García, prior de Santo Domingo en 1785, contará así el suceso:


Sánchez Feria (Palestra Sagrada, tomo I, pág. 40) también tratará el tema sin añadir grandes novedades al relato.

Queda por saber si el pozo al que se hace referencia se encontraba en los terrenos del convento. Si era así, y con todas las precauciones que evidentemente hay que tomar con este tema, cabría pensar que según se describe su situación estaría al norte, en la parte del convento que daba a la actual calle Ramírez de las Casas-Deza, o incluso en sus terrenos junto a la cuesta del Bailío, junto a la casa hoy en ruinas.

Esta entrada tiene tantísimas ramificaciones que no voy a tomar ninguna... el manantial de las Dueñas, la curiosísima historia del convento de Santo Domingo y otras entregas de misterios cordobeses que algún día verán la luz. Poco a poco.

Para los más curiosos, aquí dejo la crónica completa de 1628 sobre el tema.













































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Foto en color: Cordobapedia

domingo, 13 de diciembre de 2009

Los reyes de Castilla descansan en San Hipólito

Hace poco estaba preparando una visita al Escorial, y me decidí a sacar un tema que a lo mejor sorprende a algunos paisanos: las tumbas de dos reyes de Castilla y de León que están en Córdoba. Más que tumbas, son sepulcros, y se encuentran los dos en el presbiterio de la que fue Real Colegiata de San Hipólito, hoy iglesia situada en el Paseo del Gran Capitán.

Fernando IV de Castilla y de León era bisnieto de Fernando III, el que conquistó la ciudad a los musulmanes, y su sepultura en Córdoba fue fruto de la casualidad, ya que murió en pleno verano en Jaén, y se temió que llevarle a Sevilla o Toledo, como era su deseo, causara la rápida putrefacción del cadáver. Fue llamado "el Emplazado", que es como decir "el maldito", porque se cuenta que su muerte, el día 7 de septiembre de 1312, se produjo cumpliendo el plazo dado por dos reos brutalmente ajusticiados.

Alfonso XI de Castilla y de León, hijo del anterior, fue el fundador de San Hipólito, en conmemoración de su victoria en la batalla del Salado, cerca de Tarifa. Muerto por la peste en 1350, no se respetó su deseo de ser enterrado en Córdoba hasta que su hijo Enrique II trasladó sus restos desde Sevilla en 1371, justo cuando se concluyó la obra de la Capilla Real de la Catedral cordobesa.

Allí permanecieron durante cuatro siglos, al tiempo que la construcción de San Hipólito avanzaba lenta e intermitentemente. Los ataúdes de madera eran abiertos para las visitas ilustres, como la de Felipe II, que tuvo curiosidad por ver a sus antepasados. Finalmente, en 1736, se produjo el traslado.


Ya en San Hipólito, hubo que esperar hasta 1846 para que, a petición de la Comisión de Monumentos, y usando piezas de mármol rojo procedentes del monasterio de San Jerónimo, se elaboraran los sepulcros que hoy en día se pueden ver en la iglesia. La corona y el cetro, símbolos reales, descansan sobre sendos almohadones encima de las tumbas, hoy apenas visitadas.


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También cuenta hoy Paco Muñoz una anécdota sobre la iglesia de San Hipólito en sus Notas cordobesas.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Las Tendillas de Calatrava


De entre las órdenes militares (ver entradas con esa etiqueta) que se asentaron en Córdoba con posterioridad a la Conquista, es posible que la de Calatrava fuera la que con más intensidad quedó enraizada en la ciudad, interviniendo algunos de sus miembros en numerosos episodios de su historia.

Sin ir más lejos, la plaza que hoy marca el centro comercial de Córdoba, las Tendillas, recibía la denominación antigua de "Tendillas de Calatrava" porque en la pequeña plazuela original había un mercado desde los primeros años de la Edad Moderna, y por encontrarse junto al convento de dicha orden.

Los caballeros de Calatrava ocupaban, a consecuencia de los repartimentos de Fernando III, la mayor parte de la manzana que se ha marcado en rojo en la imagen, desde la plazuela del Mármol de Bañuelos, al norte, hasta la esquina de Juan de Mena con Jesús María, al sur, definiéndose por las calles de Diego León, el tramo más antiguo de la calle del Paraíso, Juan de Mena, Jesús María, la antigua línea de fachada de las Tendillas y la calle de la Plata.

La céntrica posición del solar, y su gran extensión, provocaron el interés del Concejo por abrir una nueva calle que comunicara la llamada de los Sanjuanes (la actual Duque de Hornachuelos hasta la esquina con Diego León) con la plazuela de las Tendillas. Así surgió este tramo de la calle del Paraíso, que sería la acera que actualmente está entre las heladerías de David Rico y La Flor de Levante, marca en amarillo en la imagen. La orden para la apertura de la calle se dio el 16 de junio de 1564, siendo comendador de Calatrava don Pedro Fernández de Córdoba, que se encontraba en el castillo de Montemayor.

Las casas de la Encomienda de Calatrava siguieron recibiendo este nombre hasta su derribo en el año 1860, previo a la construcción del moderno Hotel Suizo de los hermanos Puzzini. El plano anterior a este derribo es el que se muestra en la segunda imagen, de nuevo con la antigua manzana marcada en rojo. Cuesta trabajo imaginar la actual plaza de las Tendillas sobre este plano de 1851, si no es por el tramo de la calle del Paraíso abierto en el siglo XVI.

viernes, 28 de noviembre de 2008

La caída de la Medina


En enero de 1236, en cuanto el rey de Castilla, que se encontraba en Benavente, recibió la noticia de la caída de la Axerquía cordobesa en manos de sus soldados, ordenó la partida inmediata hacia Andalucía de todos los caballeros que estuvieran disponibles para la batalla. Fue reclutando, a su paso por las fortalezas de la Meseta, las fuerzas necesarias para establecer el asedio sobre la parte aún musulmana de la ciudad, la Medina. Pasó incluso, para acelerar su llegada, por tierras en poder andalusí, como el castillo del Vacar.

Por otra parte, el rey, al menos nominal, de Al Andalus, Ibn Hud, se dejaba carcomer por la duda entre el envío de tropas hacia Córdoba o la defensa urgente de Valencia, ciudad que se encontraba amenazada por un oportuno ataque del rey Jaime de Aragón. Cuentan que fue un consejero cristiano desterrado por Fernando III quien, deseoso de recuperar el favor de su monarca, aconsejó a Ibn Hud la marcha a Levante para vencer a los aragoneses, y volver así con ejército más fuerte contra Castilla.

El engaño dio resultado, incluso más allá de las expectativas cristianas, ya que nadie podía prever que Ibn Hud fuera a ser asesinado en Almería en el transcurso de su expedición, dejando descabezado al ejército musulmán y haciendo perder toda esperanza de liberación a los defensores de la Medina.

En Córdoba, los castellanos habían completado el cerco alrededor de la ciudad con la única excepción de la entrada por el Puente Romano, que requirió de un nuevo ataque para tomar la Calahorra y cerrar el último acceso a la Medina.

Sin posibilidad de victoria ya, los cordobeses negociaron la entrega de la ciudad, y únicamente su vida fue respetada. Se les obligó a salir de Córdoba, perdiéndose con estos miles de familias un auténtico tesoro cultural y gran parte de la memoria de los oscuros años posteriores al Califato.

El día de los santos Pedro y Pablo, 29 de junio de 1236, Fernando III entraba por la puerta del Puente y ponía fin a 525 años de dominio musulmán.

martes, 4 de noviembre de 2008

La Conquista de Córdoba


La derrota almohade de las Navas de Tolosa, en 1212, abrió a Castilla las puertas del valle del Guadalquivir, sucediéndose desde entonces las ocupaciones de ciudades importantes al sur de Despeñaperros. En 1228, ante la pérdida de poder del imperio africano en la Península, el líder local murciano Ibn Hud (en la historiografía clásica, Aben Huc) se erigió en nuevo gobernante de un Al Andalus reunificado, si bien este poder era únicamente nominal, ya que muchas ciudades nunca se plegaron totalmente a él.

Tal y como se ha descrito, la Conquista de Córdoba comenzó un 24 de enero de 1236, cuando los fronteros cristianos almogávares asaltaron el adarve de la muralla oriental, la de la Axerquía, por el punto hoy conocido como Puerta del Colodro, puerta que según la mayoría de las crónicas no existía en ese momento.

Los cristianos, como se ve en la primera imagen, volvieron hacia el sur para abrir la Puerta del Sol o de Martos, así como otras puertas como la de Andújar, la de Baeza y la de Plasencia, las cuales recibieron sus nombres, probablemente, como recuerdo del origen de los soldados que entraron por ellas.

La batalla fue dura, y los castellanos finalmente obligaron a los musulmanes a replegarse hacia la Medina o ciudad alta (más tarde llamada Villa). Se habla de otro foco de resistencia en las llamadas "casas fuertes de los árabes", que podrían ser identificadas como el Alcázar andalusí del suroeste, algún palacio de época almohade como se cree que es el Castillo de la Judería o, según una hipótesis de Sánchez Velasco, en el arrabal de al-Bury, situado al sur de la actual calle San Pablo y no lejos de la zona de las ruinas del templo de Claudio Marcelo.

Muchos nombres fueron largamente recordados después de aquel día: Pedro Ruiz Tafur, Martín de Argote, que consiguió conquistar una fortificación que existía junto a la Ribera (la Torrecilla de los Argotes), Domingo Muñoz y multitud de caballeros que labraron su honor y alcanzaron sus privilegios a golpe de espada.

Sin embargo, al amanecer del día 25, cuando las armas callaron momentáneamente, la situación estaba muy lejos de resolverse. Media Córdoba era castellana y estaba defendida por un ejército reducido y aislado. La otra media era musulmana. Y el gobernante Ibn Hud se disponía a acudir en ayuda de los soldados de la Medina para lograr que Fernando III apartara sus manos de la antigua capital del Califato.


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El curso de los arroyos a Occidente de Córdoba es objeto de algunas discusiones. Por eso los cauces señalados son únicamente orientativos, y se dibujan también posibles alternativas o combinaciones de las hipótesis que se manejan sobre su ubicación original.

jueves, 30 de octubre de 2008

Almogávares

- Aquí tampoco llega.

Efectivamente, la rústica escala de madera posaba su último peldaño a unos dos metros del final del muro. Varios hombres se volvieron hacia los fugados.

- ¿No decíais que había veinte pies?
- Veinte pies aproximadamente. Hace años que nadie repara estas murallas, la altura es distinta según la zona.
- ¡Aproximadamente! Pues nos van a descuartizar aproximadamente en un par de horas como no consigamos subir ahí de una maldita vez.

En absoluto silencio, a paso lento y forzando el oído, el grupo se volvió a separar de la muralla y caminó otro puñado de metros. El intenso frío empezaba a hacer mella en los soldados, y todos deseaban que aquella locura terminara cuanto antes, a hierro matando o a hierro muriendo. Llevaban alrededor de una hora probando la altura de las escalas en distintos puntos de la muralla, sin que en ningún caso fuera posible alcanzar el adarve. Las medidas que les habían dado los habitantes de la ciudad que colaboraban con ellos en la operación parecían estar equivocadas.

Eran las cuatro de la madrugada del día 24 de enero. De 1236. Y un grupo reducido de soldados de Castilla estaba tratando de encontrar el punto débil de las murallas de la Axerquía de Córdoba. Pero la tensión era demasiada y decidieron tomarse un descanso. A escasos doscientos metros de los muros, los hombres relajaron sus espaldas sobre unos pequeños muretes de piedra. Eran ruinas de una casa, y al parecer los alrededores de la ciudad estaban plagados de ellas, como si Córdoba alguna vez hubiera sido mucho mayor, hasta que una catástrofe la hubiera barrido sin piedad.

El reducido destacamento estaba formado en su mayor parte por los "comandos" de la época, los soldados para misiones peligrosas en territorio enemigo, guerreros endurecidos por el clima y la situación fronteriza de las montañas del Sistema Ibérico y sus alrededores: eran los llamados almogávares, que a las órdenes de la Corona de Aragón se convertirían en una fuerza decisiva en muchas batallas posteriores.


Después del respiro, continuaron la marcha. Los cordobeses que les acompañaban para facilitarles la tarea les iban describiendo las puertas de la muralla oriental de la ciudad. Una lástima que nadie se entretuviera en apuntar todos aquellos topónimos perdidos para la Historia.

El grupo bordeó la muralla norte, cada vez más inquietos ante la posibilidad de ser descubiertos. Llegados a un punto, los cordobeses detuvieron su avance.

- No podemos seguir. Detrás de esa esquina estaríamos expuestos a la torre noroeste. Puede que todos los centinelas desde el río hasta aquí estén dormidos, pero los de la gran torre siempre velan.

Benito Baños echó un vistazo al muro.

- Podemos intentarlo aquí.

Vestidos al estilo musulmán, varios de los mejores soldados se prepararon para ascender. La escala quedaba a un metro escaso de las casi desaparecidas almenas. Las instrucciones eran claras: había que pasar desapercibidos el mayor tiempo posible, hasta que hubiera tal cantidad de cristianos en el adarve que ya no fuera posible detener su avance a lo largo de la muralla.

Álvar Colodro fue el primero en subir, el primero en poner el pie en lo que podríamos considerar el interior de Córdoba. Protegidos por las tinieblas, pequeñas patrullas de almogávares fueron pasando por las torres, eliminando a los centinelas musulmanes, y desandando hacia el sur el camino realizado desde que intentaran por primera vez asaltar el muro.

Para cuando uno de los vigías tuvo ocasión de dar la alarma antes de sentir la espada del castellano, las primeras avanzadas habían llegado a las cercanías del extremo suroriental de la muralla, junto al principal molino de la margen derecha del Guadalquivir. Estaban a escasos metros de su objetivo.


La ciudad por fin se agitaba, las primeras luces se encendían dentro de las casas y los gritos de los soldados cordobeses marcaban el inicio de la verdadera batalla. Uno de los almogávares se asomó entre dos almenas y comprobó cómo, entre las sombras, fuera de la ciudad, se aproximaba una masa indefinida de hombres. Había llegado Pedro Ruiz Tafur con sus soldados de Martos, y enseguida se escuchó el sonido de las hachas contra la dura madera de las puertas. Los fronteros cristianos descendieron del adarve para abrirlas desde dentro, y en ese momento una riada de peones entró en la Axerquía. La Conquista de Córdoba había comenzado.

(Sigue...)

miércoles, 1 de octubre de 2008

La Cruz y la Espada (II)


En 1236, cuando Córdoba estaba a punto de caer ante las tropas de Fernando III de Castilla, se congraron en Alcolea los maestres de las órdenes monásticas militares, procedentes de todo el reino. Allí estaba don Gonzal Yáñez, maestre de Calatrava, don Pedro González Mengo, de Santiago y, junto a ellos, don Pedro Yáñez, maestre de la orden de Alcántara, al frente un ejército de dos mil hombres a pie y seiscientos caballeros, reunidos a toda prisa en menos de una semana.

Junto a ellos se encontraban los monjes-soldado de las grandes órdenes orientales: el poderoso Temple, los caballeros del Hospital de San Juan de Jerusalén (orden de Malta) y los caballeros Teutónicos que más tarde aterrorizarían Prusia y la Pomerania.

El éxito de la campaña hizo que el Rey repartiera entre estas órdenes numerosas posesiones cuyos dueños musulmanes habían sido expulsados de la ciudad. Así, a los Teutónicos les correspondieron varias casas principales en la calle de la Madera, la que sube paralela a la Victoria desde la puerta de Almodóvar hasta la calle Concepción. Allí permanecieron hasta principios del siglo XIV.

Los Templarios recibieron los edificios de la manzana de Santiago, al sudeste, junto a la parroquia, así como el que todavía se conoce como cortijo del Temple, al sur del Guadalquivir y cerca de Almodóvar. También ostentaron la propiedad de Palma del Río y sus alrededores, hasta que la disolución de la orden en los primeros años del XIV hizo que sus posesiones cambiaran de manos. Ramírez de Arellano nos transmite sospechas acerca de la pertenencia al Temple de la parroquia (antiguamente, ermita) de Santa María de Trassierra.

Los caballeros del Hospital de San Juan de Jerusalén, alguno de los cuales es ya conocido, recibieron la renovada iglesia de San Juan Bautista, construida sobre la mezquita original. Al parecer la convirtieron en fortaleza durante el tiempo en el que les perteneció.

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La Cruz y la Espada (I)

sábado, 27 de septiembre de 2008

La Cruz y la Espada (I)


El nacimiento del siglo XII vino marcado por la conquista de Jerusalén a los musulmanes en 1099, durante la Primera Cruzada. La escasez de efectivos capaces de defender un reino tan alejado de la Europa cristiana (Bizancio tenía suficiente con tratar de defenderse a sí misma) se vio aliviada por la creación de unas órdenes religiosas que tenían como principal objetivo la protección, con las armas si fuera preciso, de los Santos Lugares. Así nacieron en los primeros años del Reino de Jerusalén las órdenes del Temple y del Hospital de San Juan de Jerusalén, luego llamada de Malta.

Al Andalus, mientras tanto, sufría los cada vez más audaces ataques de los reinos del norte (Toledo había caído en 1085) y el imperio almorávide no parecía capaz de frenarlos. A mediados del XII, en el período conocido como Segundas Taifas, las órdenes militares de Oriente llegaron a Castilla para colaborar en la reconquista, haciéndose cargo los caballeros templarios de la villa de Calatrava, clave en la protección de Toledo, y los de San Juan del enclave de Uclés, en Cuenca.

La huida de la orden del Temple ante el empuje musulmán propició la creación de la primera orden militar castellana en 1158, cuando el abad Raimundo de Fitero formó un ejército de 20.000 hombres que defendió con éxito Calatrava. A continuación, en 1170, la orden de Santiago tomó el mando en Uclés ante la desidia de los hospitalarios. La orden de Alcántara apareció en la Extremadura dominada por el reino de León, con el nombre original de San Julián de Pereiro.

Las órdenes regían sus propios territorios, reclutaban monjes-soldado y administraban y repoblaban las localidades que se iban incorporando a Castilla. Y cuando era necesario, enviaban sus tropas, caballeros con capas blancas y cruces coloreadas, a ponerse al lado de los enormes ejércitos reales que trataban de forzar la entrada al valle del Guadalquivir.

El creciente poder de las órdenes militares entre los siglos XII y XV llevó a los Reyes Católicos a tomar la decisión de asumir su mando, convirtiéndolas así en meros instrumentos al servicio de la Corona y, con el tiempo, en órdenes honoríficas que aglutinaban a nobles de las mejores familias.
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La Cruz y la Espada (II)
Imágenes: caballeros templarios y cruces de las órdenes de Calatrava, Santiago y Alcántara

domingo, 17 de febrero de 2008

La Cruz del Rastro (2)

Un grito resonó en la iglesia de San Lorenzo en la mañana del día siguiente. El herrero había movido un brazo. Nunca se supo si había sido un movimiento provocado por su perro, que andaba por allí, o un signo divino, pero evidentemente se tomó como lo segundo. Y así, sintiendo justificado por los cielos el objetivo de su persecución, las masas retomaron su tarea de erradicación de las familias judías y conversas de la ciudad.

Don Alonso, algo harto ya de la ausencia de ley, reunió a sus hombres y salió al encuentro del grupo ahora comandado por el noble don Diego Aguayo, al que encontró en las cercanías de San Agustín. Pero esta vez no sólo no pudo convencerle u obligarle a que renunciara a seguir con su comportamiento, sino que se vio forzado a huir y a refugiarse en el Alcázar, desde cuyas torres pudo comprobar cómo segían ardiendo muchas casas de Córdoba. Acompañaban a don Alonso sus fieles, y también numerosos judíos que veían en su espada y en las piedras de la fortaleza su única posibilidad de salvar la vida en aquella ciudad enloquecida.

Sólo cuando la sed de venganza estaba saciada y el número de muertos era lo suficientemente alto, pudo salir del Alcázar el caballero con los suyos, ofreciendo el perdón a los sublevados, y conminando a los judíos a abandonar la ciudad, o bien a volver a ocupar su antiguo barrio propio, cerca de la puerta de Almodóvar.

Con gran arrepentimiento por considerarse el origen de tanto dolor, la hermandad de la Caridad decidió que nunca se olvidaran aquellos días. Para ello, colocó una lápida en el patio del convento de San Francisco, así como una cruz sobre un pedestal en el antiguo Rastro, en la Ribera.

Esta cruz fue barrida por el tiempo, recuperándose su memoria en 1814, cuando se colocó una nueva sobre dos arcos recién construidos al final de la calle de la Feria. Su derribo a causa de las obras del murallón, en 1852, hizo pensar que aquél había sido el último episodio de esta historia. Sin embargo, en 1927 se instaló la actual, que después de una reciente restauración continúa rememorando uno de los acontacimientos más tristes de los vividos por nuestra capital.

miércoles, 13 de febrero de 2008

La Cruz del Rastro (1)

El pequeño e ignorado monumento que ha existido siempre al final de la calle de la Feria o de San Fernando, ya en la Ribera, tiene tras de sí una historia, que no leyenda, trágica y vergonzante.

Corría la Semana Santa del año 1473. El día 17 de abril, Jueves Santo, sin que haya acuerdo en esta fecha, la cofradía de la Caridad salió a la calle para celebrar su procesión. Eran buenos tiempos para sus cofrades, porque la reciente fundación del hospital de la Caridad en la plaza del Potro estaba a punto de ser avalada por los Reyes Católicos y acumulaba ya rentas y privilegios.

La comitiva iba pasando por las Herrerías, calle después conocida como Carrera del Puente y que discurre paralela a la Ribera hasta la Mezquita. En ese momento, una mujer dejó caer desde una ventana un montón de desperdicios sobre el manto de la Virgen. Rápidamente, y como resultado de las tensiones religiosas que se vivían en la Córdoba del siglo XV, se culpó del incidente a los judíos de la ciudad, surgiendo líderes espontáneos que llamaron a la venganza.

La multitud, mientras la imagen era recogida por los cofrades, se dispersó por la ciudad, entrando en las casas de las familias judías para matar, robar e incendiar, prolongándose el terror durante cuatro días. Columnas de humo se elevaban sobre Córdoba, especialmente en el llamado barrio de la Judería, símbolo de las envidias y odios acumulados durante siglos hacia la prosperidad de los sefardíes.

Al cuarto día, para poner fin a tanta violencia, el noble Alonso de Aguilar se dirigió al Rastro, hoy Ribera, donde el herrero de San Lorenzo Alonso Rodríguez arengaba a la gente. Allí volvió a estallar la tensión, cuando el paisano ignoró las peticiones de detener la persecución, enfrentándose los dos bandos y atravesando don Alonso de Aguilar al herrero con su lanza. Los partidarios del noble persiguieron a los alborotadores hasta San Francisco, donde se refugiaron.

Más calmados los ánimos, varios compañeros del fallecido llevaron su cadáver hasta su parroquia, donde se dispusieron a velarlo.

sábado, 2 de febrero de 2008

El mensaje de la Malmuerta

Cientos de personas pasan a diario ante la losa desgastada bajo el arco de la torre, pero ya apenas se intuyen las letras que antes formaban una larga inscripción. Nos consuela, sin embargo, que varios autores la copiaran en su momento, rescatándola así para la memoria colectiva. Sobre estas palabras circula desde hace siglos una leyenda muy conocida, que afirma que si un caballero fuera capaz de leerlas mientras pasa al galope bajo el arco, la fortificación se derrumbaría y dejaría al descubierto un enorme tesoro escondido en su base de piedra maciza. De modo que, una vez que se ha hecho imposible cumplir con la ya de por sí complicada tarea, mejor será contemplarla con tranquilidad. Aquí está, para que no se rompa la cadena:

En el nombre de Dios: por que los buenos
fechos de los Reyes no se olviden, esta

Torre mandó facer el muy poderoso

Rey Don Enrique, é comenzó el
cimiento
el Doctor Pedro Sanchez, Corregidor
de esta Ciudad, é comenzóse á sentar

en el año de nuestro Señor Jesu Christo

de M.CCCCVI años, é sendo Obispo Don

Fernando Deza, é oficiales por el Rey

Diego Fernandez, Mariscal, Alguacil

Mayor, el Doctor Luis Sanchez, Corregidor,

é regidores Fernando Diaz de Cabrera,
é Ruy Gutierrez […] é Ruy Fer
nandez de Castillejo, é Alfonso […]

de Albolafia, é Fernan Gomez, é acabóse

en el año M.CCCCVIII años.


Fernando Díaz de Cabrera, uno de los regidores mencionados, era tío del rey Enrique III, quien lo destinó al gobierno de la ciudad cuando relevó al anterior por su ineficacia. Fue este personaje quien fundó el Mayorazgo de Torres Cabrera, origen del Condado que se convertiría con el tiempo en uno de los títulos nobiliarios más importantes de Córdoba. El nombre incompleto de “Alfonso” correspondería a Alfonso Martínez del Alcázar, Señor de Albolafia, otro de los regidores, subordinado como el anterior a Pedro Sánchez, el primer Corregidor que tuvo la ciudad.


De la inscripción también se desprende, sin que se haya puesto demasiado interés en la celebración, que se cumple ahora el 600º aniversario de la construcción de la torre de la Malmuerta, que permanece sin ningún uso, descontextualizada por los modernos bloques de pisos y la destrucción de la muralla que se levantaba junto a ella hasta no hace mucho.

viernes, 9 de noviembre de 2007

La posada del Potro

Uno de los lugares donde se puede vivir la leyenda de la ciudad es la plaza del Potro, centro de negocios de Córdoba desde los tiempos inmediatamente posteriores a la conquista y lugar de encuentro entre residentes y forasteros camino de la Baja Andalucía. Cervantes mencionó el lugar varias veces en el Quijote, y así lo recuerdan los azulejos de la imagen. Desde el siglo XIV (que se sepa) hasta 1972 funcionó una posada, que se convirtió en uno de los lugares más populares de la ciudad. Actualmente se encuentra en obras, y en mayo se reabrirá como local para espectáculos flamencos.

Nada que ver con el ambiente que, según nos cuenta Ramírez de Arellano, se vivía en ella a mediados del mencionado siglo XIV, reinando en Castilla Pedro I el Cruel.


Nos habla de un mesonero contrahecho, de carácter traicionero y poco popular en el barrio. Una noche de intensa tormenta, en medio de una tromba de agua, habría llegado al Potro, a lomos de un magnífico caballo, un joven capitán del ejército castellano, que se dirigía a Sevilla a encontrarse con el Rey. Pidió posada y allí cenó, junto a otra gente de menor distinción, reparando en la que se suponía (aun sin que hubiera parecido) hija del mesonero, que también se había fijado en él. La misma muchacha que, cuando el mesonero acompañaba al capitán a la mejor habitación de su posada, le agarró de un brazo y le advirtió:

- Caballero, no durmáis.

Confuso, el viajero pasó las horas espada en mano, en un rincón de la habitación, mientras el viento y la lluvia sacudían los postigos, hasta que empezó a percibir un pequeño chirrido, como de una portezuela. Allí, entre las sombras, pudo distinguir al mesonero, esperando asomado a que se durmiera y bajara la guardia.


Le ahuyentó con la espada y saltó rápidamente a un patio donde le esperaba la joven, que le acompañó hasta las caballerizas y le despidió a toda prisa, tras pedirle:

- Caballero, idos y contad al Rey lo que pasa en el mesón del Potro.

Y antes del amanecer, ya cruzaba el puente el capitán, camino de Sevilla y de su Alcázar.


Tras el abrazo de bienvenida de Pedro I, el semblante del Rey se fue ennegreciendo al conocer las noticias que traía el capitán. Aunque bromeaba con la medida en que la mujer había hecho perder la razón al soldado, decidió ir a Córdoba en persona para comprobar sus afirmaciones.


Y así, ante la sorpresa del Corregidor, de los caballeros Treces y de todos los habitantes, se presentó el Rey en el Alcázar de Córdoba y convocó allí a toda la nobleza, dando orden de que nadie saliera hasta que no llevara a cabo una tarea personal. Con todos ellos, se dirigió hasta la plaza del Potro, y entró en la posada, donde el mesonero le recibió con grandes honores, cambiándole el semblante cuando reconoció al capitán.


La muchacha se tiró a los pies del Rey y le pidió venganza y justicia, comenzando los hombres que le acompañaban a desenterrar cadáveres de viajeros asesinados por el mesonero para robarles, uno de los cuales resultó ser el verdadero padre de la joven.


El Rey montó en cólera contra el Corregidor, a quien acusó de incompetente, y ordenó atar al mesonero a una reja, mientras que dos caballos amarrados a sus pies eran espoleados para que le despedazaran, en medio del terror de la gente. El cuerpo fue arrastrado por la calle Lineros, y el Rey advirtió al Corregidor: “Ya que no sabes ejercer en mi nombre la justicia que te he confiado, he venido en persona a enseñarte tu deber. Mas ten entendido que si a hacerlo otra vez me obligas, haré recordar en ti al mesonero del Potro”.

jueves, 6 de septiembre de 2007

La Fuensanta (II)

En el año de 1420, según unos, y 1442, según otros, este ermitaño tuvo su respuesta. Afirmó que la noche del 8 de septiembre escuchó una voz que le revelaba la existencia de una imagen de la Virgen en el interior de la higuera, donde habría quedado escondida en tiempos de la dominación musulmana, envolviéndola el árbol en su crecimiento. Informado el obispo, se decidió cortar la higuera, apareciendo la imagen de barro de la Fuensanta.

Fue llevada a la Catedral mientras se construía el primer humilladero en el lugar, rápidamente sustituido a finales del siglo XV por la base del santuario actual. La fama de la Fuensanta se había extendido ya por todo el país, e incluso la reina Dª María de Aragón, esposa del rey D. Alonso, se acercó a Córdoba a mediados de dicho siglo, para curarse de una hidropia (no pregunteis). En agradecimiento, hizo al santuario donaciones suficientes como para levantar una hospedería para los pobres que llegaban hasta él.

Las leyendas y tradiciones sobre la Fuensanta necesitarían un blog para ellas solas, pero hay muchas que, por conocidas o curiosas, se pueden destacar.

Como la de los tres hermanos cordobeses que arrojaron a su hermana inválida al pozo del santuario para librarse de ella, contándose que ella misma salió por sus medios y se volvió andando a casa, curada.

O como el niño que en dicho pozo cayó en 1554, diciendo la tradición que el agua abría subido hasta hacer posible que saliera de él. O como el demonio que consiguieron expulsar, el 7 de junio de 1671, del cuerpo de una mujer llamada María Manuela, después de ocho meses de exorcismos e intentos fallidos.

lunes, 3 de septiembre de 2007

La Fuensanta (I)

Cuenta la tradición, ya casi olvidada, que un hombre llamado Gonzalo García, cardador de lana que habitaba el barrio de San Lorenzo en la primera mitad del siglo XV, salió un día a pasear por los alrededores de la ciudad, por la zona de la actual Facultad de Derecho. Iba lamentándose de la suerte de su familia, ya que había dejado en casa a su mujer, paralítica, y a su hija, que había perdido la razón.

Caminaba cerca del arroyo de las Piedras, que bajaba del Marrubial, y llegado un punto se encontró con tres jóvenes, un hombre y dos mujeres, a los que identificó como a la Virgen y a los patronos de Córdoba (Acisclo y Victoria). Se dirigieron a él y, señalando una fuente que brotaba de una higuera cerca de la puerta de Baeza (junto a las Lonjas), le dijeron que tomara agua y la llevara a casa, dando de beber a su familia. Compró un jarro en la calle del Sol y lo llenó, volviendo con su mujer e hija, que sanaron ese mismo día.

Cundió la noticia, y muchos cordobeses se fueron cercando al lugar, bebiendo y, según recoge la tradición, afirmando que gracias a aquel agua se curaban milagrosamente numerosos enfermos.

Uno de ellos fue un ermitaño de la Albaida, incurable, que se acercó, veinte años después del primer caso, a beber de aquella fuente y, agradecido por su sanación, quiso saber cuál era el origen de aquel misterio.

lunes, 20 de agosto de 2007

Barrios del siglo XIII

Nada más conquistar Córdoba en 1236, el rey Fernando III el Santo decidió levantarla de sus cenizas y reorganizar su administración. Para ello, mandó construir una red de nuevas parroquias (llamadas 'fernandinas') que sirvieran tanto para los servicios religiosos como para el gobierno de los diferentes barrios.

Córdoba, limitada su extensión al espacio amurallado, estaba dividida en dos por el lienzo de muralla que seguía la línea Alfaros-calle de la Feria. A su izquierda, se levantaba la Madina, Villa o ciudad alta. A su derecha, la Axerquía, un antiguo arrabal musulmán amurallado a principios del siglo XI. El nuevo plano de Córdoba dividía cada una de ellas en siete barrios.

En la Villa, además de la collación o barrio de Santa María, alrededor de la Mezquita, se levantaron las parroquias de San Miguel, San Nicolás de la Villa y las desaparecidas de San Juan (actualmente perteneciente al colegio de Las Esclavas), Omnium Sanctorum (junto a la plaza Ramón y Cajal), San Salvador (frente al IES Maimónides) y Santo Domingo de Silos (en la plaza de la Compañía).

En la Axerquía, existen aún San Lorenzo, Santa Marina, San Pedro, Santiago y San Andrés, mientras que Santa María Magdalena se cerró al culto, y de San Nicolás de la Axerquía quedan sólo algunos muros junto a la Ribera.