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miércoles, 31 de julio de 2019

La calle de Heredia: recuperación por las bravas de un topónimo perdido


Hace algunos años, en los tiempos del Chorrijuego, hubo quien propuso a los participantes del desaparecido foro "Calleja de las Flores" averiguar el nombre original de la calle Teniente Albornoz, ya que el tradicional azulejo estaba cubierto por varias capas de cal o pintura blanca. Teniente Albornoz es una de las calles que comunican Torres Cabrera con la calle Osario. Tiene una entrada por la esquina del colegio de la Divina Pastora y otra, más o menos, enfrente de la antigua pastelería de la Purísima.

El azulejo, descubierto
El caso es que el encargo nos cogió por sorpresa y, en cuanto empezamos a buscar, descubrimos que no había referencias a esa calle por ninguna parte en las fuentes tradicionales. Al día siguiente, un compañero (¿se puede mencionar, aunque sea el nick?) subió la foto con la respuesta: el azulejo escondía el nombre de la calle de Heredia. Para descubrirlo, había montado una acción de comando dominguero en la que una niña, subida a una valla, había rascado el azulejo hasta dejar visible el antiguo nombre.

No duró demasiado la alegría porque, no sabemos si fue el Ayuntamiento o los propietarios de la manzana, el azulejo quedó de nuevo cubierto por varias capas de pintura concienzudamente aplicadas sobre el nombre antiguo de la vía. Aunque a decir verdad, lo que no está tan claro es en qué momento histórico (breve, desde luego) llegó a existir la calle de Heredia.

Si nos vamos al plano de 1851, se ve claramente cómo esa calle no estaba aún ahí. En realidad, el palacio de Torres Cabrera se extendía sin interrupción hasta la plaza de las Doblas, y lo único que había era una calleja de la calle Osario, llamada de Heredia en honor a Pedro de Heredia, nombrado marqués de Prado Castellano a finales del siglo XVIII. No debió ser hasta el segundo cuarto del siglo XX cuando se segregó el palacio de los condes de Torres Cabrera del llamado palacio de los marqueses de Valdeflores, que es el edificio rehabilitado por Rafael Gómez en la plaza de las Doblas y que alberga algunas de las joyas kitsch de la época del pelotazo ladrillístico.

Parte de la historia se cuenta en la Cordobapedia, donde se explica que la venta a la familia de los marqueses de Valdeflores se produjo en 1914, y a los propios marqueses en 1942. Las fechas concuerdan con el abandono del otro palacio de Valdeflores, el que veíamos el otro día ocupar gran parte del solar de Simago. En alguno de esos momentos, se abrió el tramo moderno de la nueva calle, más ancho que la antigua calleja, prologándose hasta salir a la esquina donde está el azulejo de marras. Julio Albornoz, teniente cordobés muerto en el desastre de Annual (1921), acabaría por dar nombre a la calle.

Y ahora, sabiendo que San Google ha archivado esta información por si alguien se vuelve a preguntar qué había escrito en aquel azulejo, podemos pasar a otra cosa y dejar que los cordobeses olviden este topónimo que probablemente nunca más verá la luz.

lunes, 29 de abril de 2013

El bar Correo y la oficina postal de la calle Jesús María

El bar Correo y Simago, foto tomada del blog "Córdoba por siempre"
Reconozco que no abundan mucho los bares por este blog, ni las cañas, ni los flamenquines. Podría decir que lo hago aposta, para contrarrestar el imperio de los devoradores de salmorejo sobre esta ciudad y sus espacios libres (la última vez que paseé de noche por la muralla de la puerta de Almodóvar se me cayó el alma al suelo), pero en realidad es más bien por falta de datos.



Aún así, y como muestra de buena voluntad, quería compartir la alegría de haberme enterado de por qué al bar Correo se le llama así. Para quien no conozca el bar, estamos hablando de un minúsculo local junto a la heladería de David Rico de las Tendillas, en la calle Jesús María. Aquí no son muy populares las tapas, los refrescos o los vargas. Al Correo se va básicamente a beber cerveza, mientras se charla alegremente en la calle, de pie, ocupando en los días buenos todo el ancho de la calle.

Los más avispados lo habrán asociado ya con el nombre de la farmacia "del Correo", que está a dos pasos del bar, y por ahí van los tiros. Aunque la calle Jesús María mantiene su nombre original (que viene del convento de monjas, llamado de Jesús y María, que había junto al local del cine Góngora), su aspecto cambió enormemente a lo largo del siglo XX. Originalmente era una calle estrecha y llena de rincones, desde el Conservatorio hasta las Tendillas. Como se ve en las fotos de la derecha, circular por esa calle era un auténtico tostón.

Pues bien, en el número cinco de esa calle, tercer portal de la izquierda contando desde las Tendillas, estaba situada una oficina de Correos y Telégrafos, que siguió allí hasta el traslado al edificio de la calle Cruz Conde en los años 40. Esa oficina dio nombre tanto a la farmacia como al bar, que según la Cordobapedia abrió un 25 de mayo de 1931, siendo desde entonces un negocio familiar. Así se puede ver en la fotografía de abajo (izquierda), de los años 50, en la que se distingue el cartel del bar Correo detrás del de David Rico. La oficina de Correos, que ya no estaba activa en aquel momento, corresponde al pequeño edificio de la acera de enfrente, uno que está encajado entre el bloque de tres plantas y la fachada encalada del otro edificio ancho y bajo que, si no equivoco, debe ser el palacio de los marqueses de Valdeflores (también vacío en esos años).



Ampliando las fotos se puede ver como el balcón de ese edificio tiene un mástil para bandera, indicando su función pasada de sede de un organismo oficial. En la foto de la derecha, es el edificio que hay entre el señor que camina despistado y el que posa apoyado en un jaco. Al fondo, se ve la plaza de las Tendillas.

Y una vez dicho todo esto, ya podemos ir de cañas al Correo a comentar el urbanismo de mediados del siglo pasado.

PS. Carlos Castilla del Pino, en su famoso artículo "Apresúrese a ver Córdoba", menciona en la segunda página al palacio de los marqueses de Valdeflores (siglo XVIII) como uno de los que se habían ido destruyendo ante la pasividad de las autoridades que debían conservar el patrimonio histórico. Pues bien, ahí está una foto del palacio perdido.


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Fotos del Archivo Municipal de Córdoba.

lunes, 21 de marzo de 2011

Primavera en el barrio de Santa Marina

Esta es una entrada, especialmente, para todos los que están lejos de Córdoba. No tiene mucha historia ni mucha leyenda, sólo pretende acercar a esa gente algunas imágenes de estas calles que ya se preparan para sus mejores días del año. Algunos amigos entran al blog desde otras ciudades y países, y otros muchos desconocidos supongo que también lo agradecerán.



Los naranjos junto al palacio de Viana, las preciosas rejas de la calleja de la Malpensada, la plazuela del Cementerio, un árbol del amor en la Lagunilla y alguna salamanquesa en un farol junto a la iglesia. En realidad es lo mismo de todos los años, salvo por el roto en la fuente de la Piedra Escrita, que deja salir el agua, chorreando por el cruce de Moriscos con la calle Cárcamo. Y por el fin de las obras en el Colodro, que ya se ve cada día más cerca, con la antigua puerta de la muralla integrada de forma un poco improvisada, pero en general aceptable.

Vamos, que Córdoba sigue en su sitio, esperando vuestra vuelta, de visita o para quedaros. Un saludo.


sábado, 31 de julio de 2010

La palmera de la Casa de la Palma

Si hace poco nos fijábamos en la chimenea que, en el dibujo de Alfred Guesdon (ca. 1860), delata a la fábrica de sombreros de Sánchez Peña en la Corredera, también merece la pena detenerse en otro detalle del mismo dibujo.

A medio camino entre la Corredera y la iglesia del Císter, en pleno centro de ciudad, nos encontramos una palmera de gran tamaño. ¿Es una licencia del artista o realmente se encontraba allí? La pregunta puede parecer una tontería, pero saber la respuesta nos daría un buen indicador de la fidelidad de la pintura.

Pues todo indica que la palmera era real. Y no sólo eso, sino que además era bastante conocida, hasta el punto de que daba nombre a la casa en la que se encontraba: la Casa de la Palma, propiedad de los Condes de Hornachuelos, con entrada principal por la actual calle María Cristina, entonces calle del Arco Real, que era un poco más larga que hoy: al no existir Claudio Marcelo, se prolongaba hasta la esquina de la cuesta de Luján.

Ramírez de Arellano nos dice, de una pequeña plazuela a la entrada de la casa, que antes se conocía por plazuela de la Casa de la Palma, porque aquélla tiene una desde muy antiguo sobre la muralla divisoria, lo que la hace aparecer con mucha mayor elevación de la grande que tiene, por divisarse desde casi toda la parte baja de la población. Pues ahí la tenemos.

Además, nos cuenta cómo en el patio de la casa ya había algunos capite
les de tamaño descomunal, que habían aparecido en las primeras excavaciones de lo que luego se conocería como templo romano.

Y de paso, señala que en el jardín donde se encontraba la palmera, a muchos metros de profundidad, nacía el agua de la Romana, una de los manatiales que surgen de la acusada pendiente que separa la Villa de la Ajerquía, y que abastecía una fuente junto al Arco Bajo de la Corredera, parte de la fuente de la plaza de las Cañas y otros establecimientos privados.

miércoles, 26 de mayo de 2010

La Casa de las Tetas

Volviendo un poco a los orígenes (y también un poco por vagancia), quería traer por aquí un detalle curioso de los Paseos, concretamente de la descripción del barrio de Santa Marina. Contra lo que pueda parecer, que se sepa, no tiene nada que ver con la Mancebía ni nada por el estilo.

Eso debía pensar, desde luego, Ramírez de Arellano sobre el nombre que la gente le daba desde siempre a esa casa situada al final de la calle Cárcamo, llegando ya al hospital de la Misericordia y a la muralla norte de la ciudad. La verdadera respuesta le vino dada por unas obras en 1870, cuando se derribó la fachada de la casa, y apareció bajo los materiales modernos y formando parte de una antigua portada, un fragmento de escultura romana femenina con un busto desproporcionado. Los antiguos, que solían llamar a las cosas por su nombre, no tardarían en bautizar el inmueble en honor a la señora aquella.


Al parecer, la escultura fue llevada a uno de los patios del hospital. Cabe la posibilidad de que allí estuviera hasta el derribo y nueva urbanización en el siglo XX, por lo que, con un poco de suerte, la pieza podría estar en el Museo Arqueológico. Un día me llegaré a echar un ojo a todas las esculturas romanas femeninas, todo sea por la cultura.

sábado, 24 de abril de 2010

La Piedra Escrita, entre dos Córdobas

No podía faltar, porque aquí empezó todo. Así que después de casi tres años de blog, ya va siendo hora de dedicarle una entrada a la Piedra Escrita, la fuente del cruce de las calles Cárcamo y Moriscos. La fuente que descubrí (me descubrieron) hace ya cosa de seis años, cuando por primera vez hice el camino de las Ollerías por dentro del barrio.

Hoy, la fuente es uno de los dos símbolos del blog, y al igual que el otro, si se mira bien, también tiene forma de puerta, de arco de entrada a la Córdoba que tuve la suerte de encontrarme aquella noche: la primera vez que dejé que el agua del león de la derecha, que es el que me gusta a mí, me chorreara por la cara.


Y aunque la única intención era traer a portada este rincón de la ciudad, habrá que contar también algo de curtura. La fuente fue construida en 1721, como atestiguan López Amo y Ramírez de Arellano, después de que las aguas que se iban a emplear para ella, las llamadas después
de la Piedra Escrita, fueran objeto de pleitos y negociaciones en las que intervinieron, sobre todo, los Trinitarios, interesados en el uso de este agua para su huerto.

El nacimiento se situaba en la zona de la Fuensantilla, hoy lo que queda del Hospital Militar, y al parecer eran aguas de las más corrosivas de Córdoba. Además, dejaban en las conducciones residuos de cardenillo, sedimentos de color verdoso.


Lo de la "piedra escrita", según Ramírez de Arellano, viene de una losa con una inscripción romana borrada ya en el siglo XIX, que había en lo que sería el vano del arco, encima del pilar. No la confunde con la losa escrita con el texto sobre su construcción, debajo del escudo, que también cita. De modo que hoy en día nos queda una "piedra escrita", pero no la original, la romana, que dio nombre a la fuente.


Para todo lo demás, salvo la fecha de construcción, ahí están los datos de la
Cordobapedia, que para algo la tenemos. La foto está tomada del artículo, y es de Rafaelji.

sábado, 2 de enero de 2010

El último escudo republicano de Córdoba


¿Cómo ha podido aguantar intacto, en un lugar visible, treinta y nueve años largos de régimen franquista en Córdoba? Al contrario de lo que ocurrió con otros símbolos republicanos de la ciudad, este escudo resistió, sin que nadie se ocupara de quitarlo de enmedio, hasta la vuelta de la democracia, y permanece aún hoy a la vista de los cordobeses.

He tenido la alegría de enseñar esta rareza histórica a algunos paisanos y visitantes desde que descubrí, como la mayoría, su existencia gracias a este artículo de Saqunda en la Calleja de las Flores, del cual tomo con escasa vergüenza la foto y la información (incluyendo algún comentario) para hacer esta entrada.

El escudo en cuestión está situado en el edificio del grupo escolar Rey Heredia, justo detrás de la Calahorra, entre ésta y la plaza de Santa Teresa, coronando un
a puerta de la fachada principal del colegio. Se distingue del actual por la ausencia de la corona real (tiene lo que se llama "corona mural") y, evidentemente, de las flores de lis del centro.

El colegio no fue construido durante la II República, sino a finales de la década de 1918. Llama la atención, además, que la placa está incompleta, quedando un espacio en blanco detrás de "Escuela Nacional", porque se solía escribir "de niños" o "de niñas". Como el Rey Heredia era un colegio mixto, se dejó sin rellenar.


Finalmente, hay que recordar el oscuro destino que parece tener el edificio. Según el plano del PGOU, ese solar está marcado como zona verde, por lo que, si nadie lo remedia, el colegio será derribado, con escudo y todo, para hacer
jardines a la cordobesa, es decir, adoquines con tres arbolitos.


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Un segundo escudo, sólo visible en su mitad inferior, es el de la antigua Facultad de Veterinaria, hoy rectorado de la Universidad de Córdoba. Lamalgama fue el primero que lo mencionó en esta entrada.


 
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El lector Werrybee ha enviado una foto de otro escudo republicano, más visible todavía, que sobrevive en Córdoba, y se ha callado la ubicación para que seamos nosotros quienes lo averigüemos. Saqunda ha averiguado que está en Gran Capitán, en el edificio municipal junto a Hacienda y enfrente de San Hipólito.

Mi agradecimiento para Werrybee desde aquí, claro.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

San Martín o la ermita de las Montañas en la calle Montero

Hoy, 11 de noviembre, es el día de San Martín: tradicionalmente, la fecha de la matanza. Así que parece buen momento para hablar de una pequeña ermita que, si hacemos caso a las siempre peligrosas teorías de Bartolomé Sánchez Feria (siglo XVIII), puede ser uno de los centros de culto cristiano más antiguos de Córdoba.

La ermita de Nuestra Señora de las Montañas, en la calle Montero, no es hoy más que un taller de carpintería, pero su discreta fachada, con el óculo central, no deja lugar a dudas: hasta los años 50, según
Cordobapedia, mantuvo su función original. Antes, hasta 1831, fue hospedería de los ermitaños del Desierto de Belén ("Las Ermitas") para sus estancias en la ciudad, y posiblemente venga de aquí el nombre popular de la advocación. Con ese uso nos remontamos allá por el siglo XVIII, y nos acercamos a la época en que era más conocida con el título de San Martín. San Martín era la imagen principal que había en el retablo de la ermita, y el titular del hospital que antiguamente albergaba el edificio anexo.

Sánchez Feria se remite a las crónicas que tratan el viaje que hizo a Córdoba el monje San Juan de Gorcia, como embajador del emperador Otón I del Sacro Imperio Romano Germánico, en tiempos de Abderramán III, concretamente en 957. En ellas se afirma que San Juan se alojó en un palacio, bien vigilado, y que acudía los domingos a la iglesia de San Martín, que se encontraba cerca de dicha residencia, a dos millas del Alcázar andalusí. Sin embargo, la distancia real entre el Alcázar y la ermita es más o menos de una milla. En ningún caso está de acuerdo el autor con identificar esta iglesia de San Martín con el monasterio de San Martín de Rojana, situado en la sierra.


Esta dudosa identificación, junto al estudio de la imagen del titular, sirve a Sánchez Feria para argumentar que la ermita de las Montañas, situada en lo que sería un antiguo arrabal emiral o incluso tardorromano, hunde sus raíces en un lugar de culto anterior a la invasión musulmana. Estaríamos hablando de una carpintería con más de 1300 años de historia.

jueves, 22 de octubre de 2009

La calle del Zarco

En esta entrada no contaré nada de especial, ninguna historia ni ninguna anécdota. Sólo voy a dar mi voto en un hipotético concurso (un dia habría que ponerse) para elegir el nombre de calle más bonito de Córdoba, entre las tradicionales, se entiende.

Mi voto va para la calle del Zarco, que Ramírez de Arellano explica, como si nada, diciendo que llámase así de aquella cualidad de uno de sus antiguos moradores, el que a la vez era el de más viso de toda la calle. Queda por averiguar si lo del viso iba por apariencia física o por poderío económico. ¿Y lo de zarco?

Pues no había escuchado esa palabra en mi vida, pero resulta que zarco es aquél que tiene los ojos de color azul claro. Y viene del árabe, zárqa, casi sin modificación. A lo mejor por las Andalucías es común, al menos entre los abuelos, pero en casa de mis castellanos padres nunca la he oído.

Le dieron el nombre de la calle a un vecino porque tenía los ojos azules. Igual era descendiente de emires, vaya usted a saber... en cualquier caso, un bonito descubrimiento.

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La calle del Zarco se encuentra en el barrio de Santa Marina, y comunica la plazuela que hay a un lateral de la parroquia con la calle de la Reja de don Gome, cerca de San Agustín, haciendo un recodo en el que está el cine Olimpia.

martes, 7 de julio de 2009

La casa de la parrilla de San Lorenzo

En la calle Humosa, una de esas callejuelas entre Costanillas y Montero por las que parece, como dice la canción, "que nunca pasa nadie", hay una casa que me ha llamado en varias ocasiones la atención.

La pequeña vivienda tiene sobre el dintel un azulejo, que probablemente sea de los pocos que sobreviven desde que el Ayuntamiento decidió, a finales del siglo XVIII, marcar de esta manera los nombres de las calles y algunos otros datos.

En él se puede leer la inscripción "fábrica de San Lorenzo", debajo de una cuadrícula que no es otra cosa que el símbolo de este santo, la parrilla en la que, según cuenta la tradición, fue asado Laurentius, no sin antes pedir que le dieran la vuelta para hacerse bien por el otro lado.

Probablemente esta casa fuera propiedad de la parroquia, y se obtuvieran de ella rentas para la construcción de la iglesia, o para su sostenimiento. El rosetón de la fachada, por poner un ejemplo, se terminó a mediados del siglo XVI. Confiemos en que la próxima vez que se encale la fachada, el azulejo no quede oculto para siempre.

La calle Humosa, paralela al norte de la calle Montero, recibe su nombre de un horno que no estaba bien diseñado y la llenaba constantemente de humo. Pertenece, tradicionalmente, al barrio de Santa Marina su parte más occidental, y al de San Lorenzo el resto de ella.

viernes, 23 de enero de 2009

La Mancebía del Potro

Ya es conocido que la plaza del Potro fue, en la época de los Austrias, uno de los principales centros comerciales de la ciudad, así como que en ella se daba una concentración de truhanes por metro cuadrado mayor que en cualquier otro barrio. Era el lugar donde los viajeros se bajaban del caballo y buscaban alojamiento... u otra cosa. Porque fue en dicha plaza donde, poco después de la conquista, según nos cuenta Ramírez de Arellano, se estableció la Mancebía, el establecimiento donde los cordobeses acudían a olvidarse de los problemas cotidianos, de sus penurias... y de su señora.

En aquella época la plaza del Potro tenía una superficie inferior a la actual, llegando sólo hasta la calle Lineros, y una callejuela estrecha la comunicaba con la Ribera. En la esquina de esta travesía con Lineros se encontraba la Mancebía, negocio público y reglamentado hasta que una pragmática en 1623 acabó con ellas en el reino de Castilla. De hecho, en el Archivo Municipal existe una subsección, la AH-01.17, dedicada en exclusiva a esta casa. Un paseo por esta documentación, o más bien por sus títulos, nos muestra las órdenes que, acerca del funcionamiento de la Mancebía, iban llegando de Madrid, así como los incidentes que tenían lugar entre las mujeres de la casa y los alguaciles, que al parecer tenían la obligación de despojarlas de sus "alhajas y galas" si salían con ellas a la calle.

Digo lo de los títulos de los documentos porque no soy capaz de entender una sola palabra de ellos, escritos como están en el siglo XVI y XVII. Pero nunca está de más echarles un vistazo, así que dejo esta imagen de una provisión de la reina Juana, con fecha de 1515, limitando los derechos de los alguaciles sobre las rentas de algunas actividades económicas como, por ejemplo, la Mancebía.

lunes, 28 de julio de 2008

La Torre de los Perdigones


Es un poco desconocida para la mayoría y, como se puede ver a la derecha de la imagen, apenas sobresale por encima de los tejados. Al norte del barrio de San Lorenzo, entre Ollerías y el Marrubial, se encuentra la llamada Torre de los Perdigones, aunque este nombre no sea demasiado popular, en parte por la poca gente que transita por esta zona.

La Gerencia Municipal de Urbanismo, de cuya página está tomada la foto general, indica que la torre era una fábrica de perdigones que databa de la segunda mitad del siglo XIX (ver el primer comentario, abajo). Probablemente la fecha exacta se acerque mucho al cambio de siglo, ya que las fuentes escritas hasta 1875 no hacen mención de ella, y su hermana mayor sevillana fue levantada alrededor de 1885.

Fue restaurada no hace muchos años por el arquitecto Jerónimo Sanz, y hoy la torre pasa los meses sin pena ni gloria en estas tranquilas calles, disfrutando de su jubilación.

viernes, 9 de mayo de 2008

Juan Palo

Una historia popular de las que llenan los "Paseos por Córdoba" nos la encontramos en la explicación que da el autor al nombre de una de las calles que están entre San Lorenzo y el Alpargate (Trinitarios).

Al parecer, lo tomó de uno de sus vecinos, un tal Juan, de apodo "Juan Palo", que vivía con una mujer que la leyenda nos presenta como muy autoritaria, de manera que el marido acababa con frecuencia en casa de su madre, donde se lamentaba de su suerte.

La madre, que debemos recordar que vivió hará como unos tres siglos, le señalaba insistentemente que "ninguna medicina era tan eficaz como una buena dosis de acebuche (sic)". Expresaba su idea gritándole al pobre hombre:
- ¡Juan, palo, palo en ella, que el loco por la pena es cuerdo!
Los vecinos, que pasaban las semanas escuchando semejantes consejos de madre, acabaron por ponerle al tal Juan el apodo que le ha quedado para la posteridad.

jueves, 24 de abril de 2008

Abrazamozas



A medio camino entre las Tendillas y la Trinidad, comunicando la plaza Doctor Emilio Luque con San Felipe, se encuentra la estrecha calle de Valdés Leal. Sin embargo, hasta 1862, en que se quiso recordar para siempre a este pintor cordobés dándole su nombre a esta callejuela, se la había conocido como Abrazamozas, al menos desde el siglo XVIII.

Contaban antiguamente a modo de enseñanza que un joven atrevido, de los muchos que se dedicaban a dar serenatas a las mujeres de la ciudad, solía ser algo más decidido que sus compañeros y siempre acababa por abrazar ("abrazar") a las damas que rondaban por aquel barrio.

Una noche se encontró con una, bien alta, que venía andando por la calle de los Leones (hoy, Sevilla), con el rostro tapado y todo el cuerpo cubierto, y que se resistió más de lo habitual a su cortejo. Por más que ella insistió en que la dejara marchar tranquila, él la siguió hasta la calle de la Palma, antiguo nombre de Abrazamozas, donde le hizo un último requerimiento.

La mujer, deteniéndose, le advirtió. Si quería un abrazo, podía exponerse a consecuencias poco agradables. Considerando esta amenaza como una muestra de debilidad, la rodeó con sus brazos y sintió bajo la tela el frío roce de un amasijo de huesos desnudos, sin carne ni piel, de un esqueleto fantasmal que le heló el ánimo al corresponderle en su abrazo y no dejarle marchar. El muchacho perdió el conocimiento y le encontraron a la mañana siguiente, tirado en la calle y convencido de que, desde aquel día, iba a cambiar algunos hábitos.

sábado, 15 de marzo de 2008

La Fuenseca

Mediada la calle Alfaros, baja la calle de Juan Rufo hasta llegar a una pequeña plazoleta en la que sólo encontramos una fuente, adosada al muro. Es la llamada Fuenseca, con su inagotable caudal que resuena en las calles cercanas noche tras noche, y que constituye uno de los símbolos de la Córdoba más profunda y auténtica.

¿Por qué se llama Fuenseca una fuente que siempre ha sido considerada de las más abudantes? La explicación hay que buscarla en su ubicación original, que era la plazoleta de Alfaros a escasos cincuenta metros de distancia pero en un terreno bastante más elevado. Esto provocaba que, desde su construcción en 1495, la fuente apenas tuviera agua, con excepción de los años más lluviosos, en los que venía un mayor caudal desde su nacimiento en la huerta del antiguo convento de las Dueñas, entre el Císter y el Bailío.

El nombre popular de Fuenseca quedó tan arraigado que no se perdió tras su traslado al centro de la plaza que hoy ocupa, que se llevó a cabo en el año 1760. Para asegurar el caudal, el Ayuntamiento la situó además en una hondonada a la que se bajaba por dos o tres escalones. En 1808, durante la dominación francesa, fue modificada hasta tomar la forma que hoy vemos, colocándose sobre ella el San Rafael que había en la plaza, según Ramírez de Arellano, en un pedestal de mampostería muy ridículo.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Los altares callejeros de Córdoba

Durante siglos, cada atardecer, las tinieblas iban envolviendo la ciudad, las gentes se recogían a sus casas y las calles se volvían oscuras y peligrosas. Los recovecos de Córdoba intramuros se llenaban de fantasmas y de sombras que se movían con cada vibración de las débiles lámparas que dejaban escapar su luz desde el interior de las viviendas. Afortunadamente, poco a poco, las callejuelas se habían ido llenando de pequeños rincones iluminados, puntos donde algunas velas o una lámpara de aceite proporcionaban un cierto respiro al intranquilo caminante.

En la primera mitad del siglo XIX, Córdoba estaba llena de altares callejeros, improvisados unos, de cierto valor artístico los menos; con origen en la devoción popular, aunque carentes ya del aura de respeto y veneración que llegaron a tener. Algunos artistas locales habían cedido sus obras, que se podían apreciar en plena calle, como ocurría con Antonio del Castillo.

Sin embargo, durante la regencia de Espartero, en 1841, el jefe político liberal Ángel Iznardi dio la orden de que se retiraran estas imágenes que no sólo representaban una fuente de suciedad, sino que, sobre todo, eran un recordatorio de tiempos antiguos de superstición mezclada con religiosidad, tiempos que se querían dejar atrás en aquel embrión de país moderno que se abría camino, entre luchas internas, lamiéndose las heridas que habían dejado las caenas.

Aquella decisión, de todos modos, no habría podido tomarse si los altares hubieran conservado su utilidad, que habían perdido a principios de los años treinta con la implantación, según las directrices establecidas en 1831, del alumbrado público en la ciudad de Córdoba, que lucía ya centenares de faroles.

Sólo aquellas imágenes que fueron defendidas por familias cuyas influencias llegaban hasta Madrid se salvaron de la quema, quedando prácticamente en solitario el retablo de la calle Candelaria, esquina Lineros. Después, la tradición popular fue recuperando algunos otros lugares, como ocurrió en la calle Adarve, que muestra la foto.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Del Chaparro a la Lagunilla

Pasear por el centro de Córdoba puede convertirse, para alguien que no conozca bien la ciudad, en un viaje a un auténtico laberinto de callejas sin salida. Estos caminos a ninguna parte no carecen de sentido histórico, ya que en su mayoría fueron auténticas calles cuyos terrenos colindantes pertenecían a una misma familia, por lo general pudiente, o a un grupo de vecinos más celosos de su intimidad que el resto de la población.

Se ideó, para satisfacer las demandas de ambos grupos, una forma de cesión de terreno público a los solicitantes, de manera que se les permitía su uso como propio siempre y cuando respetaran el derecho de paso de los demás habitantes.


La calleja del Chaparro, que sale de Marroquíes, en el barrio de Santa Marina, se va estrechando hacia el fondo, donde guarda una pequeña sorpresa. Cualquier viandante puede empezar a pasar por patios interiores, escaleras y zonas comunes de varias casas de vecinos, hasta desembocar sin saber muy bien cómo en la plaza de la Lagunilla, junto al Colodro.


Esta casa de paso es probablemente una de las últimas representantes, si no la última, del mencionado régimen de cesión o servidumbre. Ramírez de Arellano la menciona en los “Paseos”, donde dice que sólo queda otra igual en Córdoba, de la que habla unas páginas más adelante: la almona de paso a la espalda de San Andrés, hoy convertida en calle peatonal.

martes, 4 de diciembre de 2007

El Bailío de la Orden de Malta

La Cuesta del Bailío ha sido desde siempre uno de los rincones más conocidos y emblemáticos de la ciudad de Córdoba. Concebida como comunicación entre Medina y Axerquía por los musulmanes, ha sufrido grandes cambios a lo largo de la Historia. 

Nadie conoce el nombre que se le dio originalmente, cuando aún no era más que un pequeño arco en la muralla, pero ya a finales del siglo XIV se menciona por esta zona un “portillo de Ferrant Yñeguez” que no puede ser otro que el del Bailío. Asimismo, fue llamado Portillo Corbacho, al haber correspondido a don Bartolomé Corbacho, tras la conquista de Córdoba, todo el terreno que luego fue convento de Capuchinos.

El origen del nombre posterior hay que buscarlo en la importantísima familia de los Fernández de Córdoba. Un miembro de una de sus ramas habitó en la llamada “casa del Bailío”, cuya fachada renacentista, obra de Hernán Ruiz II, es una de las joyas de la arquitectura civil cordobesa. Dicho personaje fue Caballero de la Orden de Malta, en tiempos conocida como de San Juan de Jerusalén, fundada con la misión de proteger a los peregrinos a Tierra Santa durante las Cruzadas, y que llegó a adquirir gran poder en el Mediterráneo. Entre los títulos o dignidades a que sus miembros aspiraban estaba la de Bailío, concedida por antigüedad o por gracia del Gran Maestre de la Orden, con capacidad de conceder el bailiaje.

Contra lo que pueda parecer, la fuente de la cuesta es muy reciente, obra de Víctor Escribano, y fue colocada allí en 1944. El resto del entorno es más antiguo, y resulta del progresivo ensanchamiento del paso tras el derribo en 1711 de un arco que existía hasta entonces, desapareciendo poco a poco entre los edificios la muralla cercana.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Las Siete Revueltas

Uno de los rincones más desconocidos y menos transitados del Casco Histórico es el conjunto de callejas agrupadas bajo el nombre de las Siete Revueltas, que empiezan justo enfrente de la iglesia de Santiago y van trazando varios ángulos y dejando callejones sin salida hasta desembocar en la calle Alfonso XII (la que va de San Pedro a Derecho).

Este olvidado lugar albergó en su día el caso de mayor longevidad de la ciudad de Córdoba, registrado por el censo de 1718. Habitaban estas callejas unas veinte personas de origen africano (aunque llaman la atención sus nombres, españoles, quizás por nacimiento en colonias o por un cambio posterior), una de las cuales, María de la Encarnación, contaba ciento catorce años de edad. Su vecina Ana Catalina la seguía con ciento cinco, según cuenta Ramírez de Arellano en los Paseos.

Pero sin duda lo más importante de las Siete Revueltas es la llamada Casa de las Campanas, que toma su nombre de su antiguo uso como fundición, y que constituye una de las joyas de la arquitectura civil cordobesa. Es de estilo mudéjar, del siglo XIV, y las arquerías y elaborados relieves la hacen comparable en valor a la Casa del Indiano. Hoy día está dedicada a la Biblioteca Viva de Al Andalus, así como a festivales de música y otros actos culturales.

martes, 15 de mayo de 2007

Imágenes

Siguiendo la bajada de la Puerta del Rincón, se abre a la derecha la calle de las Imágenes.

Cuando las tropas de Fernando III conquistaron la mitad de la ciudad de Córdoba en enero de 1236, y como símbolo de la derrota musulmana, se celebró una primera misa. Éste fue el lugar elegido, frente al muro que aún defendía la ciudad alta o Medina, y en recuerdo de ello se edificó aquí una ermita que el mismo Felipe II, siglos después, contribuiría a reconstruir.

La ermita de Nuestra Señora de los Reyes o, como era conocida desde antiguo, de las Imágenes, desapareció en 1840 a falta de fondos para mantener la minúscula iglesia. Los altares se llevaron a San Andrés, y de ella sólo quedó el nombre de la calle.

Si os queréis acercar, os recomiendo ir de noche, tarde, en estos días con algo de viento.

Seréis incapaces de pensar en ningún rey. Los vecinos han llenado la calle de telas rotas con nombre de mujer, pero no sólo esta calle, sino que en cada esquina que se abre se llena la vista de nombres, telas y sensaciones, en recuerdo de las mujeres asesinadas en los últimos años en sus propias casas. Es la exposición "Imágenes ausentes".

El homenaje te obliga al silencio y te deja sin cuerpo de turista, pero merece la pena.