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lunes, 29 de abril de 2013

El bar Correo y la oficina postal de la calle Jesús María

El bar Correo y Simago, foto tomada del blog "Córdoba por siempre"
Reconozco que no abundan mucho los bares por este blog, ni las cañas, ni los flamenquines. Podría decir que lo hago aposta, para contrarrestar el imperio de los devoradores de salmorejo sobre esta ciudad y sus espacios libres (la última vez que paseé de noche por la muralla de la puerta de Almodóvar se me cayó el alma al suelo), pero en realidad es más bien por falta de datos.



Aún así, y como muestra de buena voluntad, quería compartir la alegría de haberme enterado de por qué al bar Correo se le llama así. Para quien no conozca el bar, estamos hablando de un minúsculo local junto a la heladería de David Rico de las Tendillas, en la calle Jesús María. Aquí no son muy populares las tapas, los refrescos o los vargas. Al Correo se va básicamente a beber cerveza, mientras se charla alegremente en la calle, de pie, ocupando en los días buenos todo el ancho de la calle.

Los más avispados lo habrán asociado ya con el nombre de la farmacia "del Correo", que está a dos pasos del bar, y por ahí van los tiros. Aunque la calle Jesús María mantiene su nombre original (que viene del convento de monjas, llamado de Jesús y María, que había junto al local del cine Góngora), su aspecto cambió enormemente a lo largo del siglo XX. Originalmente era una calle estrecha y llena de rincones, desde el Conservatorio hasta las Tendillas. Como se ve en las fotos de la derecha, circular por esa calle era un auténtico tostón.

Pues bien, en el número cinco de esa calle, tercer portal de la izquierda contando desde las Tendillas, estaba situada una oficina de Correos y Telégrafos, que siguió allí hasta el traslado al edificio de la calle Cruz Conde en los años 40. Esa oficina dio nombre tanto a la farmacia como al bar, que según la Cordobapedia abrió un 25 de mayo de 1931, siendo desde entonces un negocio familiar. Así se puede ver en la fotografía de abajo (izquierda), de los años 50, en la que se distingue el cartel del bar Correo detrás del de David Rico. La oficina de Correos, que ya no estaba activa en aquel momento, corresponde al pequeño edificio de la acera de enfrente, uno que está encajado entre el bloque de tres plantas y la fachada encalada del otro edificio ancho y bajo que, si no equivoco, debe ser el palacio de los marqueses de Valdeflores (también vacío en esos años).



Ampliando las fotos se puede ver como el balcón de ese edificio tiene un mástil para bandera, indicando su función pasada de sede de un organismo oficial. En la foto de la derecha, es el edificio que hay entre el señor que camina despistado y el que posa apoyado en un jaco. Al fondo, se ve la plaza de las Tendillas.

Y una vez dicho todo esto, ya podemos ir de cañas al Correo a comentar el urbanismo de mediados del siglo pasado.

PS. Carlos Castilla del Pino, en su famoso artículo "Apresúrese a ver Córdoba", menciona en la segunda página al palacio de los marqueses de Valdeflores (siglo XVIII) como uno de los que se habían ido destruyendo ante la pasividad de las autoridades que debían conservar el patrimonio histórico. Pues bien, ahí está una foto del palacio perdido.


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Fotos del Archivo Municipal de Córdoba.

jueves, 25 de abril de 2013

Capiteles de avispados: historia, vergüenzas y esperanza


El nombre fue una feliz ocurrencia para denominar a una triste realidad.

Los capiteles que coronaban los palacios cordobeses en el siglo X, la época del esplendor de la Córdoba califal, eran similares a los que se ven en la foto: cubos de mármol tallados y trepanados, es decir, con pequeños agujeros practicados como decoración, dándoles la apariencia, según se mire, de un conjunto de plantas, de una esponja o de un nido de avispas. De ahí que se les haya llamado "capiteles de avispero".

El motivo por el cual los talleres califales comenzaron a producir este tipo de capiteles se explica, en ocasiones, como una evolución original a partir del capitel corintio que trabajaban los romanos, y que los propios musulmanes hispánicos reutilizaron en edificios como la Mezquita (antes templo pagano). Debí leer, aunque no recuerdo dónde, una explicación complementaria de la producción de capiteles de avispero durante el Califato. Sin embargo, no la entendí mejor hasta que no tuve la suerte de visitar, hace pocos días, uno de los lugares más increíbles que puede haber en el mundo, y sin duda el monumento más impresionante en el que he entrado: la antigua iglesia y mezquita de la Divina Sabiduría. Para los amigos, Santa Sofía, en Constantinopla, actual Estambul.

Capiteles en Santa Sofía (Estambul)
Esta iglesia de finales del siglo VI, dentro de la cual cabría el campanario-alminar de la Mezquita-Catedral, sin que el San Rafael que lo corona llegara a tocar el techo de la cúpula, está cuajada de capiteles de mármol blanco, sospechosamente similares al modelo califal cordobés. Lo mismo ocurre en otras antiguas iglesias bizantinas, con su origen más remoto en los años de esplendor del Imperio romano de Oriente, llamado más tarde Imperio bizantino. Pero, ¿cómo pudo influir la arquitectura de Constantinopla sobre la de Córdoba, en una época en la que las distancias eran mucho mayores que hoy? Bueno, esta relación se expone claramente en algún trabajo publicado hace años, acerca del apasionante relato de las embajadas que iban y venían, en los siglos IX y X, desde Córdoba hasta Constantinopla, estableciendo una relación de amistad entre dos poderosos estados que constituían enemigos naturales (en el caso de Bizancio, en constante guerra abierta) de los califatos de Oriente Medio y el norte de África. Las relaciones no fueron sólo políticas (la isla griega de Creta estaba aún ocupada por los cordobeses deportados tras la revuelta de Saqunda), sino también, y quizás sobre todo, culturales. Decenas de columnas fueron enviadas por el emperador bizantino cuando se comenzó la construcción de Medina Azahara, y los mosaicos del mirhab de la Mezquita fueron elaborados por especialistas mandados desde Constantinopla con el encargo de reproducir en Occidente, y para un monarca musulmán, las obras de arte cristiano de las iglesias orientales.


Capiteles en Küçük Ayasofya (Estambul)
Muchos siglos después, cuando las guerras hubieron destruido los palacios, y cientos de años después de la salida de los moriscos del reino español, los capiteles de avispero se convirtieron en piezas de museo y en objeto de conversaciones alrededor de un flamenquín o unos caracoles. También, por desgracia, en objeto de la codicia de algunos cordobeses (o no, a saber) que vieron en el abandono del enorme patrimonio cultural local una posible fuente de ingresos. Esos inteligentísimos y vivarachos hijos de padre anónimo decidieron que podían sacarse una millonada si conseguían hacer llegar algún capitel abandonado hasta la eterna tierra de los piratas, y su capital: Londres. Cada cierto tiempo, nos hemos estados despertando con la noticia de que una casa de subastas inglesa saca la venta capiteles procedentes de la época califal cordobesa. Así ocurrió, por ejemplo, hace unos cinco años, en Christie's, y parecidos disgustos vuelven a castigarnos de vez en cuando, ante la desidia y/o la impotencia de las autoridades españolas.

Capiteles de avispados, según la denominación que se le ocurrió a un amigo. Capiteles que ni siquiera acabarán en un museo a miles de kilómetros de su hogar, como este, este o este. Avispados e iletrados chorizos que se dedican a mangar y vender estas piezas únicas, y a los que se refiere un artículo aparecido hoy en Cordópolis (y, a continuación, en multitud de periódicos), que afirma que la denuncia de un particular ha conseguido poner en marcha una investigación sobre la salida del país de dos de estos capiteles cordobeses. La subasta no ha encontrado comprador, y quiero pensar que sea por miedo a adquirir una pieza robada.

Porque cuando estamos tocando el fondo, como decía Celaya, nuestros cantares no pueden ser simplemente un adorno, vaya desde aquí mi deseo, con todas mis fuerzas, de que se localice y empure al chorizo capitelista. Pero más alegría me produce la noticia de que un particular o particulara, alguien nacido en esta feria de los discretos que tenemos por ciudad, ha tenido las pelotas necesarias para hacer algo por nuestro patrimonio. Gracias en nombre de todos los cordofrikis locales.

jueves, 16 de septiembre de 2010

La última Córdoba: Cordova, AK

Desde luego, al decir que Córdoba estaba en todas partes, en referencia a las entradas sobre Calatañazor y el Santuario de Sonsoles, en Ávila, no podía imaginar hasta qué punto era cierta la frase. A unos 8.500 km de Andalucía, entre lenguas de glaciares que caen al océano Pacífico y antiguas pesquerías, se levanta, en el estado nortamericano de Alaska, la última Córdoba.

El 3 de junio de 1790, en el marco de una campaña para asegurar la soberanía sobre la costa occidental de Norteamérica, el explorador Salvador Fidalgo le dio a un enclave de la bahía de la Orca, en Alaska, el nombre de Puerto Córdova. Este lugar (60º 32' N, 145º 45' W), junto a la cercana punta Gravina y a la localidad de Valdez, son los topónimos españoles situados más al norte en todo el mundo, que además fueron la pieza que completó el puzzle de la máxima extensión del ya debilitado imperio. Su latitud coincide con la del extremo sur de la isla de Groenlandia.


Paradójicamente, el nombre es un homenaje al sevillano don Luis de Córdova y Córdova, Capitán General de la Real Armada bajo Carlos III, que tuvo bajo su mando uno de los mejores barcos de guerra que han existido, el
Santísima Trinidad. De todos modos, parece que algunos miembros de la expedición como Jacinto Caamaño, Manuel Quimper o el propio Fidalgo tenían un apego especial por Córdoba, lo que pudo ser otro factor importante a la hora de crear el topónimo, que luego se extendería al arroyo Cordova, al glaciar y al pico del mismo nombre.

España renunció a finales del siglo XVIII, por las
convenciones de Nutka, a un prometedor programa explorador y colonizador que le habría dado el control de toda la costa americana del Pacífico, desde Alaska hasta California, donde comenzaba su dominio ininterrumpido hasta Chile.

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Hay mucha información sobre esta zona y sobre los intentos de afirmar la soberanía en Alaska y Columbia Británica en esta página.

viernes, 9 de abril de 2010

Paradojas cordobesas

Por consejo de un amigo de baja resolución, hace poco me leí "La feria de los discretos", ambientada en la Córdoba del siglo XIX, y me ha venido muy bien para ponerme en situación de cara a otras tareíllas que ando haciendo por esa época. El caso es que me resultó un poco sorprendente encontrarme una referencia tan añeja de un típico pego cordobés contemporáneo: que tenemos la ONCE en Vista Alegre, un centro de ayuda a personas alcohólicas en los Olivos Borrachos y, por supuesto, el Cementerio de la Salud. Alguna otra he oído suelta por ahí, pero creo que estas tres son las más conocidas.

Pues en el libro de Baroja, ni más ni menos, un personaje se arranca a explicar a otro que en Córdoba puede encontrar la Caridad en el Potro, la verdad
en el Campo y la Salud en el cementerio.


Tan contento me quedé yo con esta cita, que aluciné unos días más tarde buscando no sé qué ñuscos en un periódico de 1883. Bajo la gacetilla "Se van perdiendo", se enumeran cuatro "paradojas cordobesas", a saber: en el cementerio, la Salud (esa la conocemos); la Caridad en el Potro (ese juego de palabras, también); la Merced en el Matadero (esa es nueva, y mira por dónde me toca en mi barrio, que antes se llamaba así) y el punto en un cuerno.


¿El punto en un cuerno? ¿Qué acertijo es ese? Además, aparece como lo más normal del mundo, como si cualquier cordobés lo conociera, porque añade que aunque el Matadero se había trasladado ya al Campo de San Antón (hoy avenida de Libia) y el hospital de la Caridad había variado de uso, al menos "el Punto se encuentra en lugar seguro".

Después de jugar con la idea de que se refiriera a la calle del Cuerno, parece ser que está haciendo referencia a un altar, con capilla y sacristía, llamado del Punto, que existe o existía en una nave de la Mezquita en la que cuelga un
colmillo de elefante. Por lo que llevo leído, el Cristo lo debió regalar el obispo Martín de Córdoba y Mendoza, del siglo XVI, y con el nombre del Punto era conocido de forma general.

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Ya sé que no tiene nada que ver, pero no da para una entrada y me ha parecido que tenía que colgarlo por algún lado, por entrañable. Buscando el "Punto", en la calle de los Siete Rincones, hoy calle Málaga, junto a las Tendillas, me he encontrado a este señor adelantado a su siglo, y casi al siguiente. Un verdadero visionario en 1875.

miércoles, 20 de enero de 2010

El espía, el poeta, el nacimiento del pego y el globo que no voló

Debo reconocer que escribo esta historia sobre los hombros de gigantes, pero no por ello me ilusiona menos, porque a mí me da que nos vamos a acercar mucho al origen de esta expresión genuinamente cordobesa. Falta la prueba definitiva, por lo que esto no deja de ser una teoría, pero se non é vero, é ben trovato. Si no es verdad, al menos tiene muy buena pinta.

Hace mucho tiempo ya
colgué por aquí un enlace a la Cordobapedia, que explica el origen del pego como resultado del ascenso fallido de un globo, a finales del XIX, por parte de un francés, cuyo apellido sonaba más o menos "Pegó", empezándose a relacionar con este hombre cualquier tontería local. Yo no sé quién colgó esto en la Cordobapedia, y esta es la primera clave a tener en cuenta: ¿de dónde salió esta hipótesis? Evidentemente, alguien estudió el tema antes y llegó a la misma conclusión que luego contaré. Así que todo parece indicar que estamos asistiendo en directo al nacimiento de una leyenda, que conserva algunos datos y modifica otros. Una versión 2.0 de esta leyenda es la que refleja la Cordobapedia.

El caso es que existió un episodio histórico similar al mencionado. Hubo globo, hubo franceses (aunque no directamente ni en ese momento) y hubo fracaso... Y de paso, nos introduce en la vida de uno de los más apasionantes personajes que han pisado la Córdoba moderna: Domingo Badía y Leblich, catalán, que llegó a ser prefecto de la ciudad bajo la dominación napoleónica y que, camuflado como árabe musulmán, fue el segundo europeo y primer español en penetrar en los recintos prohibidos de La Meca, después de actuar durante años como espía en Marruecos.

Domingo Badía, caracterizado como el musulmán Alí Bey

Hay que atrasar el calendario hasta 1795, al final del siglo de las luces, cuando Domingo Badía fue nombrado administrador de las rentas del tabaco para el Estado en Córdoba, procedente de un cargo de Defensa en Granada. Entre 1792 y 1793, según las fuentes, había remitido al primer ministro Godoy un informe sobre globos aerostáticos, que al parecer pretendía emplear con fines militares, aun cuando las primeras ascensiones de los Montgolfiere se llevaron a cabo una década antes, y era una tecnología aún en pañales.

El Campo de la Merced en 1862, 70 años después

Badía recibió el visto bueno del Estado y construyó su globo en el Campo de la Merced (también bailan las fechas, 1793-1795, me gusta más esta última), fracasando en sus dos intentos de hacerlo volar, debido a las adversas condiciones meteorológicas. El revuelo y las espectativas en la ciudad habían sido enormes y la multitud quedó totalmente decepcionada.

La aventura le supuso su ruina económica, y su padre consiguió que el Consejo de Castilla le retirara la autorización para seguir experimentando, por su propia seguridad. Si queremos encuadrar correctamente la entrada de la Cordobapedia
, parece que habría sido este acontecimiento el que habría grabado la palabra "pego" en la mente popular. Pero, ¿por qué, una vez descartado el tema del apellido francés?

Firma de José Mariano Moreno

Pues resulta que, por Ramírez de Arellano y sus Paseos, sabemos que el fracaso de Badía fue caricaturizado en unos versos satíricos por un poeta local cordobés. Ese poeta se llamaba José Mariano Moreno. Desde luego, esa coplilla debió tener relevancia, cuando los Paseos la mencionan 80 años después. ¿Usó Moreno la palabra "pego", en el sentido de "trampa" o "engaño", en esos versos? En una palabra, ¿fue Moreno el inventor del pego, y Badía el primer pegoso?

Todo esto se basa en unos versos que no he encontrado, y en una mención a un globo fallido que no sé de dónde salió. Pero me gusta, y me parece
ben trovato. Ahora falta que algún sesudo investigador o académico con acceso a los manuscritos de Moreno se ponga a rebuscar en su obra. ¿Dónde pudo publicar sus versos satíricos para que fueran accesibles al público en general? ¿Había algo parecido a un periódico local en aquella época? Hasta aquí he podido llegar yo, y parece que ya hubo quien llegó antes. Ahora que sigan otros.

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Los aficionados a La Rosa de los Vientos conocemos los llamados Versus de Juan Antonio Cebrián, pequeños relatos sobre una pareja de personajes históricos cuyas vidas se entrecruzan, normalmente por motivos poco amistosos. Algo parecido ocurre entre José Mariano Moreno y Domingo Badía. Después de haberle dedicado sus versos satíricos en 1795, Badía fue prefecto casi el mismo tiempo que estuvo Moreno de secretario de la Academia, una importante institución de la época.

martes, 1 de diciembre de 2009

En el nombre de Córdoba (y 3): las raíces de Hispania

(anterior)

Si al tratar lenguas más o menos conocidas, como el fenicio, aparecen diversas opciones que podrían explicar el nombre de Córdoba, la búsqueda se convierte en laberinto al intentar encontrar una etimología anterior a la colonización oriental. Y eso es un verdadero problema, porque dada la antigüedad del asentamiento del Parque Cruz Conde, es muy posible que el topónimo cordobés sea anterior a las visitas de los comerciantes semitas.

La Península Ibérica prerromana, y esto está contado por un profano, aviso, podemos dividirla burdamente en dos partes. La Meseta, la costa occidental, el Cantábrico y el alto Ebro estarían ocupados por pueblos llegados al comenzar el primer milenio a. C. y que conocemos genéricamente como celtas, de origen indoeuropeo. Paralelamente, en Andalucía y Levante se desarrolló una cultura indígena que conocemos como pueblos íberos.


Todo esto viene a cuento de que algunos lingüistas están encontrando relación entre topónimos esparcidos por toda Europa y parte de Asia, que podrían derivar de lenguas indoeuropeas, grupo del que descendían los celtas, pero no los íberos. Así, Francisco Villar agrupa los nombres que comienzan por
kart-, kort-, kard- y kord- como equivalentes. Existen intentos de reconstrucción del idioma indoeuropeo original, que atribuyen a kar- un valor similar a "roca, piedra".

Por otro lado, -
uba (junto a algunas variantes parecidas) se ha considerado, entre otras posibilidades, como parte de numerosos hidrónimos, es decir, nombres de ríos o de lugares relacionados con el agua, también en el ámbito indoeuropeo.

La realidad es que, probablemente, nunca sabremos lo que significa "Córdoba". Salvo sorpresas arqueológicas futuras, seguiremos sin saber si el
kord- o kart- es, en este caso, indoeuropeo, fenicio, u otra cosa. Desconocemos incluso el idioma íbero: podemos leerlo, conocemos su alfabeto, pero el significado de sus palabras sigue siendo un misterio, y así no hay forma de buscar una explicación en la lengua que supuestamente hablaban los turdetanos cordobeses prerromanos.

viernes, 27 de noviembre de 2009

En el nombre de Córdoba (2): los mercaderes de Oriente

(anterior / siguiente)

El sur de Hispania (por llamar al territorio de alguna forma), y Córdoba con él, entró en la historia de la mano de los pueblos que la estaban escribiendo hace casi tres mil años. Concretamente, gracias a los navegantes fenicios, cuyo imperio comercial se encontraba en su apogeo cuando, allá por el siglo VIII a. C., comenzaron a fundar colonias en la costa andaluza. Cuando los babilonios invadieron Palestina, muchos de los habitantes de las ciudades fenicias huyeron a su más pujante colonia africana, Cartago (Túnez), donde el imperio pudo resurgir. Pero esta vez ya no sólo les interesaba la pasta: los cartagineses supieron combinar el arte del comercio con el de la guerra.

El idioma fenicio, que luego evolucionó hacia el cartaginés (o púnico), es para muchos la clave del nombre de Córdoba. La partícula
kart- significa ciudad, como en la propia Cartago ("ciudad nueva") o, según algunos, por ejemplo, en Carteya. Los fenicios pudieron encontrarse, al remontar el Guadalquivir, un gran núcleo de población indígena, y llamar al lugar "ciudad grande", Kart-tuba.


Para otros, fueron los cartagineses, más tarde, los que dieron nombre a la ciudad, dedicándosela Amílcar Barca a su general Juba (del que agradecería alguna referencia, porque no he encontrado nada), muerto en combate en el año 230 a. C.

Curiosamente, en los trabajos de habla inglesa, como un atlas etimológico didáctico a nivel mundial que se publicó hace poco, se ha popularizado una teoría completamente distinta, que haría proceder el nombre de Córdoba del fenicio
qorteb, que significa "molino de aceite".

Mires donde mires, cuando se esgrime una hipótesis normalmente se hace sin discusión. Cada uno elige la opción que más le agrada, y la pone como oficial, aunque no exista ninguna certeza sobre el tema.


Porque, en todo caso, fenicios o cartagineses se limitarían a nombrar una ciudad, no a fundarla. ¿Y si el nombre de Córdoba fuera anterior a todos ellos? ¿Y si la denominación indígena hubiera sobrevivido hasta nuestros días?


¿Quiénes fueron los primeros cordobeses?

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Me cuenta Manuel Harazem algunas ideas más sobre el tema. En relación con los fenicios,
Emilio González Ferrín, en "Las rutas del islam en Andalucía", explica el origen oriental como Qorat (en realidad, lo mismo que Kart, krt) Tobá, que traduce como "villa buena".

lunes, 23 de noviembre de 2009

En el nombre de Córdoba (1): etimologías míticas

(siguiente)

¿Qué se esconde detrás del nombre de Córdoba? ¿Qué significó en alguna lengua antigua, muerta? ¿Qué sentido tuvo llamar Córdoba al pequeño grupo de chozas que se agolpaban en la cumbre de la Colina de los Quemados? Desde antes del 2.000 a. C. y, de forma continuada, desde el siglo IX a. C., hubo un asentamiento en este lugar, y desde entonces debió tener un nombre que ha variado muy poco hasta la actualidad.

Córdoba se llama Córdoba desde la época de los visigodos, como muestra la moneda de la época de Chindasvinto, siglo VII, que encabeza la entrada. Antes, los romanos la llamaron
Corduba, que habría que pronunciar Córduba, como se hace normalmente con otras localidades como Cástulo, Épora o Cárbula.

Pero el nombre es anterior a la ocupación y fundación romana (recordemos que fundaron una ciudad colonial junto a la indígena), y son muchos los que han intentado darle una explicación. Pablo de Céspedes, desde su posición vinculada al cabildo catedralicio de Córdoba, trató de usar la Historia Sagrada, y dedujo que la ciudad había sido fundada por pueblos de habla hebrea que vinieron
a esta tierra tras el Diluvio.

Separa el nombre de la ciudad en
kar- y -daba. Aunque la primera palabra significa tanto "cordero" como "dehesa", y la segunda "fuerte", Pablo de Céspedes enrevesa los significados a base de buscar sinónimos en la obra de autores clásicos, convirtiendo "fuerte" en "fecunda, fértil, llena de fuerza y virtud". Da complejísimas explicaciones a la variación de vocales entre "Córdoba" y "Kárdaba", y a otros aspectos lingüísticos. "Prados fértiles", queda más o menos la cosa. Hoy resulta sólo un ejercicio de ficción histórica pensar en oleadas de la diáspora judía fundando ciudades en el sur de Hispania.

Pasados los siglos, Sánchez Feria pasó de puntillas por esta cuestión, pero no se pudo contener, y dejó caer que la divinidad semita Baal podría tener algo que ver con la última sílaba de Córdoba.


Una vez que el estudio de algunas lenguas muertas se abrió camino entre la comunidad científica, los ojos se posaron en otras culturas que podrían haber dado nombre a la ciudad. Los navegantes orientales que llegaron a Andalucía desde el siglo VIII a. C. (fenicios primero, cartagineses mucho más tarde) podrían haber superpuesto su propia denominación a la indígena, olvidándose el antiguo nombre ibérico, y quedando el fenicio para la posteridad...

sábado, 14 de noviembre de 2009

Propietarios faroleros: el mortal peligro de perderse en la sierra.

Cordobeses (y cordobesas) inconscientes (e inconscientas), imprudente gentuza aún empeñada en andurrear libremente por la sierra y sus caminos públicos de cuyo recorrido el Hexcelentísimo Alluntamiento no quiere acordarse. ¿No se dai cuenta del peligro que acecha al senderista incauto a la vuelta de la esquina?

La muerte se esconde en cualquier rincón en caso de despistarse y no seguir al pie de la letra las instrucciones de los propietarios y guardas de las fincas, que por nuestro bien van cerrando las veredas y caminos de libre tránsito, no vaya a ser que un día ocurra una tragedia.


Tragedia como la que le pudo ocurrir a un pariente de un guarda de una finca cercana a Valdejetas, cuando un jabalí enfurecido se le acercó amenazante, cerca de la zona por donde pretendíamos dar una vuelta, según nos contó. Ni se me pasó por la cabeza que simplemente nos estuviera metiendo miedo para no recorrer una vereda usurpada por los propietarios de la finca.


O como la que puede suceder en una finca próxima a Las Jaras, donde al parecer, según me contó un pariente del dueño, los guardas tienen la orden de soltar los perros a cualquiera que se encuentre fuera del recorrido habilitado por la Junta como vereda provisional. Es decir, que si te pierdes o caminas por la vereda auténtica, corres peligro de muerte.
Igual sí que los propietarios hacen uso del humor argentino: señora, no asuste a los niños con brujas, ogros, extraños seres imaginarios. Llegado el caso, emplee algo más real. Un lobo, una araña, una buena víbora...

O, finalmente, como el aviso a navegantes que encabeza el artículo, sito en un camino junto al Guadiatillo. No hay ninguna valla que cierre la finca, ni ningún obstáculo al paso de ganado por el camino, pero te asustan con la existencia de ganado bravo, igual que te avisan del corte del camino cuando hay cacería. Con la escopeta hemos ido a dar, amigo Sancho.

Paseen, gente. Que a poco que llueva estará el campo bonito.

domingo, 18 de mayo de 2008

Cruda descripción del cordobés medio

Ramírez de las Casas-Deza no se anda con medias tintas. Como lo ve, lo cuenta, y así describe al pueblo cordobés de su época, allá por 1867, cuando se publicó la cuarta edición de su "Indicador cordobés". Copio la cita, para que nadie se me moleste.

Los cordobeses son bien formados, de color trigueño o moreno por lo general, gallardos y buenos jinetes; y disfrutando de un cielo despejado, de un clima meridional apacible y risueño y de un suelo feracísimo y ameno; son vivos, alegres, ingeniosos de imaginación ardiente, ponderativos, amantes del lujo y de la vida libre y aventurera, frugales, presuntuosos, poco dados al trabajo, enemigos de la profesión militar, y nada hospitalarios ni benéficos aún con los consanguíneos. La educación está descuidada proporcionalmente en todas las clases y en uno y otro sexo.

Magistral don Luis María en la técnica de atraer al incauto con halagos y pasar a continuación a zurrarle sin contemplaciones. ¿Cuánto hemos cambiado en siglo y medio?

miércoles, 22 de agosto de 2007

Un pego

"No digas pegos". "No seas pegoso". ¿Qué es un "pego"? Algo que dicho en cualquier parte de España les sonaría igual que si les pidieras un vargas, tiene en Córdoba un significado muy claro. El pego es la chorrada, la tontería, lo innecesario. Pero, ¿desde cuándo? Y, sobre todo, ¿por qué?

EL CONTENIDO DE ESTA ENTRADA HA SIDO REVISADO Y COMPLETADO
LÉELO AQUÍ

Hace poco leí en la Cordobapedia la primera explicación coherente a este localismo, que no he podido confirmar por ningún sitio, pero tampoco sustituir por nada mejor. Esta fuente sitúa su origen al final del siglo XIX, afirmando que sería una variación del apellido de un intelectual francés, que no son capaces de concretar. Quién sabe si era Peraud, Pegaud, Pairaud o Pereaud, el caso es que a oídos de los cordobeses se presentaba como el señor “Pegó”.


El momento de gloria de este hombre tenía que haber sido el día en que, como muestra de la llegada a Córdoba de los adelantos tecnológicos, pretendió hacer volar un globo aerostático tripulado, después de generar una gran expectación a su alrededor.


El globo no logró elevarse y, fruto de la decepción y la burla, los ciudadanos empezaron a referirse a todo aquello que no funcionaba o era inútil como similar a “lo del Pegó”. La evolución con las décadas de la palabra acabó, si esta hipótesis es la correcta, por darle el significado que hoy conocemos.