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lunes, 28 de mayo de 2012

Mil años y siete millas: el poblado de Tábanos, posible origen de Los Villares

La Vega del Guadalquivir asomando desde Los Villares

Esta es una de esas historias que se pierde en el tiempo, en la incertidumbre y en páginas de crónicas confusas. De modo que vamos a llegar a un acuerdo: yo lo cuento un poco recortado con respecto a lo que me gustaría, y quien lo lea lo hace poniéndole un poco de imaginación. Que si no, esto no tiene gracia.

Hablan las crónicas del obispo Eulogio, de mediados del siglo IX, cuando explican los lugares de origen de los cristianos andalusíes que participaron en el movimiento martirial (que ya se mencionó anteriormente, del que nos saltaremos de momento la parte polémica), de un pequeño pueblecito (viculum) conocido como Tábanos. Nada se dice de su origen, de su etimología o de su población. Sólo se menciona que se encuentra a siete millas al norte de Córdoba, entre densos bosques y abruptos montes. Allí hubo, parece ser, un monasterio dúplice (de hombres y mujeres, algo relativamente común en la época), quizás también con una escuela de enseñanzas cristianas. Fundado por un grupo familiar en el propio siglo IX, habría uno de los focos de reacción ante la creciente islamización de la población hispanorromana. No he sido capaz de encontrar bibliografía capaz de aventurarse a hablar algo más sobre este pueblo de Tábanos, al que se tragó la historia, ni siquiera entre varios trabajos especializados en los monasterios mozárabes. Nadie, salvo Sánchez Feria, claro.

El autor de la Palestra Sagrada, cuando está explicando la vida de Isaac, uno de los primeros ejecutados por la autoridad emiral por delito de blasfemia, a mediados del siglo IX, se detiene a comentar la ubicación de Tábanos. Y siguiendo su lógica, desde luego, podemos seguir el camino que hacia el norte conduce en dirección a Santo Domingo, y desde allí sigue remontando la sierra salvando la cuesta del Cambrón (o del "catorce por ciento") o algún recorrido equivalente. Subamos por allí o por Los Morales, al cabo de siete millas casi exactas, contadas desde la puerta de Osario, estamos en Los Villares. En "la casería de los Villares", según aparece en un mapa de la sierra de finales del XIX, sin olvidar que ese mismo nombre nos indica una población humana estable.

A la parte aquilonar, o del norte, siete millas de Córdoba, estuvo hasta más de la mitad del siglo pasado el lugar que llaman el Villar, decía Sánchez Feria a finales del XVIII, y de él han quedado buenos y visibles rastros: las calles existen, y las paredes de su iglesia aún duran en pie.

Este documento sería suficientemente interesante como historia de Los Villares. Sin embargo, la posible identificación con el Tábanos que menciona Eulogio (a mi corto juicio nada disparatada, pese a lo poco científico del método) le da todavía mayor interés. La distancia y sitio es totalmente conforme, y no hay en sus cercanías ruinas con que pueda equivocarse.

Queda casi todo por hacer para determinar si estamos ante una posible identificación de un topónimo con más de mil años de antigüedad en la sierra de Córdoba, y queda todo por estudiar sobre un posible lugar arqueológico de gran interés. Algún día, quizás.

domingo, 15 de enero de 2012

El Rodadero de los Lobos sobre la Albaida, y la piedra de mina de Córdoba

Creo que la imagen se nos hace a los cordobeses tan familiar que nunca nos paramos a pensar por qué esta ahí: esa mancha sin vegetación, ese pedregal que vemos en la sierra, por encima de la Albaida, y que es distinguible desde casi cualquier punto de la ciudad. Por ejemplo, desde la explanada de la estación, un poco a la izquierda de los muros blancos que refuerzan la zona del cortijo de Piquín.

Ese canchal no es natural, sino que fue creado por la mano del hombre, y son los restos de décadas, siglos de excavaciones en la cantera del Rodadero de los Lobos. Todos los trozos de piedra que no se consideraban valiosos, todos los estratos que se iban pasando en busca de las vetas deseadas, iban cayendo ladera abajo hasta tomar el aspecto que vemos hoy día. El nombre es un recuerdo de las épocas de las batidas contra los lobos, una batalla que hace mucho tiempo que perdió el animal, y se aplica también al arroyo que recoge las aguas de la zona y la dirige hacia los llanos de la Albaida, cerca del antiguo matadero de Iccosa.

El Rodadero nevado, enero de 2010
La cantera del Rodadero de los Lobos viene clasificada en algunos sitios como de origen romano. Supongo que bastaría una visita con Saqunda y Alimoche para aprender lo que no está escrito sobre ese sitio, y lo mismo un día lo intento de alguna forma distinta a la de Manolo Trujillo, al que he leído un relato sobre lo complicado que es llegar allí campo a través. Tarea para primavera.

Pero, lo más importante, ¿qué es lo que se buscaba en ese lugar? Pues una de las piedras de las que está hecha Córdoba. Al menos, la Córdoba antigua, medieval y moderna: la piedra de la que se fabricaron los miliarios romanos, las columnas de época califal y los umbrales de las puertas de las casas del Casco Histórico. Esa piedra gris, violácea o azulada, con vetas blancas, que llevamos toda la vida viendo. La piedra que contiene el agua de la fuente de la Piedra Escrita, la que sostiene la cruz junto a la iglesia de San Juan (Las Esclavas) y la que soportó el paso de los carros en la puerta del Colodro, por poner sólo algunos ejemplos.

Una de tantas casas de Córdoba (C/ Valladares)
Se la llama piedra de mina, y es un tipo de caliza ("caliza micrítica", dicen los entendidos, "mármol cárdeno", he leído en algunas fuentes antiguas) que aflora en cuanto subimos a la sierra de Córdoba, a la zona de los lagares y los miradores. Por debajo quedan los niveles donde encontramos la piedra franca, la calcarenita amarillenta de la mezquita, asomando en las cercanías del Patriarca o en el barrio del Naranjo, por ejemplo. Estos últimos son estratos sedimentarios terciarios, más modernos que las calizas grises, formadas en el período Cámbrico, hace unos quinientos millones de años.



Basta con acercarse al mirador de las Niñas (de allí es la foto superior), entre el cruce de Trassierra y las ermitas, para encontrarse algún enorme peñasco de esta caliza micrítica gris. Por supuesto, no sólo en el Rodadero de los Lobos se extraía la piedra: por toda la sierra cercana a Córdoba proliferaban las minas, con distintas calidades y matices. Toneladas y toneladas de este material están desperdigadas por el Casco Histórico, desde las aceras al museo arqueológico, basta un paseo para verlo por cualquier rincón. Nuestra ciudad es, en cierto modo, un trocito de sierra cortado y esculpido.

Columnas de la amplicación de Almanzor en la Mezquita

jueves, 5 de agosto de 2010

El Balcón del Mundo, en la carretera de Trassierra

Gracias a no tener ni idea sobre la ciudad de Córdoba cuando empecé con toda esta historia, hay muchos nombres que primero conocí por los libros y luego escuché mencionar a las personas. Uno de ellos es el mirador del Balcón del Mundo, que me encontré por última vez en el nuevo Plan de la Sierra, situado, según esta y otras muchas fuentes disponibles, en las Ermitas.

El majestuoso mirador de las Ermitas podrá ser el mejor situado para ver Córdoba de cerca y en altura, junto al de la carretera del Assuán, pero me da que no tiene nada que ver con el verdadero Balcón del Mundo.

Este nombre, por lo que entiendo, se debe aplicar al pequeño y olvidado mirador que se encuentra en la carretera de Trassierra, superado más de la mitad del desnivel camino del "Cruce", en un falso llano con varias curvas antes de llegar a la Residencia San José. Ramírez de Arellano, tras pasar la Albaida, dice que "siguiendo nuestra ruta pasamos por un sitio conocido por el Balcón del Mundo, a causa del magnífico y extenso panorama que desde él se admira, y dejando a los lados los lagares de San José y el Rosal [...], llegamos a la aldea de Santa María de Trassierra".

Y aún más: existe entre las fotos antiguas de Córdoba una que debió ser tomada a principios del siglo XX, y que está titulada en inglés, francés y español "Vista de la ciudad desde el Balcón del Mundo". Como se puede ver, la panorámica coincide con la de la carretera de Trassierra, y no con la de las Ermitas: se aprecia la línea recta que vie
ne desde Turruñuelos y, en última instancia, desde las Margaritas, dejando a un lado el Castillo de la Albaida y la Casilla del Aire antes de empezar la subida.

El aspecto del mirador es, efectivamente, el de un balconcito de hierro al que se accede por unas escaleras. Junto a la carretera, en un apartadero al que la única forma razonable de llegar es en bicicleta (ya no hay espacio para dejar el coche, como antiguamente), aún perdura una fuente revestida de azulejos, que sólo mana agua en los años en que el cielo es generoso, como ha sido el caso de este invierno.

Aquí dejo las fotos (sí, lo siento, del Google Street View), para que se reconozca mejor el lugar.

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Foto del Archivo Municipal de Córdoba, FO020202-A00194-0002-0002.

domingo, 6 de junio de 2010

El algarrobo del Patriarca: ¿cómo de centenario? (y II)

Capítulo Dos: la leyenda del algarrobo del Moro

(Capítulo Uno: el árbol)


Hace unos años,
cuando ya conocía el algarrobo del que hablamos en la entrada anterior, leí en la "Palestra Sagrada" de Sánchez Feria una vieja historia sobre una imagen religiosa encontrada en las cercanías del cerro de las ermitas. Hacía referencia a un árbol de esta especie y desde entonces no puedo dejar de preguntarme si estamos hablando del mismo lugar. Os hago copia-pega de la historia según este autor:

Los "Paseos por Córdoba" más o menos vienen a corroborar el relato, aunque se sustituye el terremoto por una tormenta y varía la fecha un par de días.

Refiere la historia que un niño de siete años llamado
Bartolomé de Pedroza fue el día de 7 de octubre de 1680 a buscar un haz de leña. Ya muy lejos de la población se armó una gran tormenta de agua y grandes exhalaciones que acobardaron al niño, pensando si volverse o no a su casa, cuando vio entre las matas una horrible culebra en dirección suya. Entonces corrió a esconderse entre unas peñas, donde encontró esta imagen, que trajo a Córdoba, entregándola al rector de su parroquia, Santa Marina, don Fernando Dávila, quien, para darla título, puso varias papeletas y sacó una, tocándole el de Villaviciosa. Donola al convento del Cister, recién establecido, y cuya comunidad la ha conservado con extremado culto.











La expresión "al pie del cerro" es un poco ambigua, pero puede aplicarse al lugar del algarrobo que conocemos, porque desde allí todo es subida (y dura) hacia las ermitas, y nos metemos en la falda de la montaña. La foto en la que se ven el árbol y el cerro puede resultar engañosa a este respecto. Y curiosam
ente, a unos metros del árbol se encuentran unas antiguas canteras, similares a las conservadas junto al Castillo de la Albaida que, si dejamos volar la imaginación, podrían identificarse con los peñascos de la leyenda.

Cada uno es libre a la hora de interpretar el tema como quiera. La
identificación del árbol con el "algarrobo del Moro" es algo que nunca será posible probar, pero que tampoco me parece descabellado. Implicaría que en 1792, hace 200 años, al imprimirse la "Palestra" (y no en 1680, según entiendo al leer el relato), el algarrobo era ya tan grande y conocido que tenía nombre propio y sirvió al autor para orientar a los lectores sobre el lugar del suceso. Aquí quedan la leyenda, la literatura y la imagen encontrada en aquel lugar a finales del siglo XVII, y conservada en el Císter, en el primer altar del lado de la epístola (fuente). Allí, esperemos que por muchos años, queda el monumental algarrobo del Patriarca.

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Para el que se encuentre algo confuso con el tema, aclarar que esta imagen es sólo una de varias con el mismo título que se han venerado históricamente en Córdoba.

viernes, 4 de junio de 2010

El algarrobo del Patriarca: ¿cómo de centenario? (I)

Capítulo Uno: el árbol

(Capítulo Dos: la leyenda del algarrobo del Moro)

¿Cuántos atardeceres ha visto uno de los seres vivos más viejos de Córdoba y sus alrededores? Resulta imposible aproximarse a una respuesta, con los métodos que conocemos, antes de que acabe por morir de forma natural o, más probablemente en este mundo que nos ha tocado vivir, de ser tristemente talado.















En la zona del Patriarca, más cerca ya de las primeras casas de Santa Ana de la Albaida, hunde sus raíces un algarrobo (Ceratonia siliqua) que, aunque menos conocido que el de la loma de los Escalones, cuya edad se estima entre 350 y 400 años, se le aproxima en sus dimensiones. Realmente es muy complicado dar un dato fiable hasta que no se corta el árbol y se cuentan los anillos, porque además la toma de una muestra radial se complica cuanto más dura es la madera, siendo, para colmo, más complicado contar los anillos estacionales en especies de hoja perenne.

Este algarrobo centenario viene señalado en la conocida como "ruta verde" de los
Paseos por la Sierra de Córdoba, y creo recordar que durante un tiempo tuvo un cartel explicativo sobre cómo sirvió de fuente de alimento en las épocas del hambre.











El árbol tiene tres enormes fustes que emergen de un tronco principal cuyo perímetro a ras de suelo es complicado de definir, por la sedimentación en el lado norte y la erosión del lado sur. De todos modos, se acerca a los diez metros (espero poder traer las medidas más precisas en breve). Los diámetros N-S y W-E son, respectivamente, 16,5 y 14 metros. A pesar de ello, no está en la lista de árboles singulares de la provincia, lo cual debería corregirse de inmediato, dándole protección ante cualquier futura agresión urbanística.

Y aunque el algarrobo del Patriarca, por su propia historia vital, ya merecía una entrada en este blog, hay algo más que me tiene escamado, y que quería compartir aquí desde hace tiempo. Una leyenda local, de las llamadas "tradiciones piadosas", que remite a este lugar y quién sabe si a este árbol en concreto.


Para no alargar el tema, partiré la entrada, y os la contaré en un par de días.

viernes, 26 de marzo de 2010

El puente de los Diablos sobre el arroyo Pedroche

La ciudad de Córdoba, en su crecimiento a lo largo del siglo XX, fue engullendo poco a poco las zonas del ruedo, es decir, las huertas que rodeaban la población y cuyo terreno ocupan hoy barrios periféricos como Ciudad Jardín, Levante o la Fuensanta.

En estas últimas zonas, además, la urbanización se fue comiendo el cauce de antiguos arroyos que quedaron soterrados, perdiéndose con ellos los puentecillos que servían para sortearlos y llegar hasta los terrenos de labor.


Uno de los puentes con nombre propio era el llamado de los Diablos, situado más o menos en lo que hoy es el paso del camino de Carbonell por debajo de la autovía de Madrid, al lado de la avenida Virgen del Mar. Era un puente sobre el arroyo Pedroche, como se ve en la foto aérea de 1957, adonde llegaban dos caminos, procedentes de las puertas Nueva y de Baeza, que se dirigían desde allí a los molinos de Lope García y Carbonell (Salmoral, a finales del XIX). Estos caminos figuran en las ordenanzas de 1884 y han sido recuperados para el nuevo
proyecto municipal de reglamento para los caminos públicos, con los números 70 y 73.

Ramírez de Arellano, en sus Paseos, imagina la construcción del puente alrededor de los siglos XIV o XV, mientras que expone una vieja leyenda según la cual fue construido en una noche de tormenta en que un lego franciscano, de vida un poco libertina, volvía de una cita y se encontró crecido el arroyo, sin poder vadearlo. En ese momento invocó al diablo para que le ayudara a regresar al convento de Madre de Dios, y una legión de demonios (socios de los de la plaza de las Dueñas, quizás) le construyeron en tiempo récord un puente sobre sobre el Pedroche, tal y como otras leyendas relatan en varios puntos de la geografía europea.

Hoy, desgraciadamente, se ha perdido no sólo el puente, sino también su memoria, salvo los mayores que sean capaces de recordar el nombre de aquel lugar, un topónimo que ya, también, es historia de Córdoba.


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Siento la ausencia. Las musas pasaron de mí, se habrían ido con el Nano, allá por Huelva...

domingo, 7 de marzo de 2010

La Torre de las Siete Esquinas: quien dice siete, dice ocho

Reconozco que la primera vez que fui no lo hice, pero los siguientes días no pude resistir la tentación. Al menos dos de las veces que he estado en la Torre de las Siete Esquinas, ante una magnífica vista panorámica de Córdoba a la que se accede dando un corto paseo desde la carretera del Mirador de las Niñas (de esto hablamos otro día...), he curioseado alrededor de la torre contando sus caras y aristas. La segunda vez llegué a marcar la primera esquina que conté, para asegurarme del todo. Incluso ahora mismo me tiembla la mano pensando "¿y si conté mal, y eran siete, y ahora hago el ridículo?".

Pero esta torre, a la que he leído (todavía no en una publicación científica, quizás porque no he dado con ella) que se le da cronología califal, o de la que incluso he oído que se erigió para vigilar a los mozárabes de la sierra (1), tiene ocho esquinas. De verdad.


Claro, es lo que se llama una torre ochavada, octogonal, como la Malmuerta, por ejemplo, o la que se ve en la avenida del Alcázar. Torres con ocho ángulos iguale
s, que todo hijo de vecino llamaría, por ejemplo, y sin partirse mucho el cráneo, Torre de las Ocho Esquinas. ¿No es curioso? ¿Por qué se empeña la gente en llamarla de las Siete Esquinas?

Pues a lo mejor hay que buscar la explicación en las imágenes que un día estuvieron en la retina de los cordobeses, y hace ya décadas, quizás siglos, que dejaron de estarlo. Existió en Córdoba otra Torre de las Siete Esquinas, llamada así por la gente. Y parece que esta sí tenía siete. Con reservas.

Ramírez de Arellano, en sus Paseos, sitúa esta torre ochavada justo en la esquina sudeste de la muralla de la Axerquía, lo que viene a ser por la ermita de los Mártires, siguiendo hacia el sur el muro que sobrevive frente a la comisaría de Lonjas. Por una desafortunada ambigüedad (2), parece, pero no se puede asegurar, que la torre fue condenada a la ruina por el terremoto de Lisboa de 1755. Escobar Camacho (3) da por bueno el dato, y añade, pero tampoco con rotundidad, lo que parece la confirmación, de la mano de Vaca de Alfaro, de que había una torre ochavada en esa esquina.

Bueno, pues a ver esa torre. Vámonos a Guesdon, fechado según lo último que he podido leer, en 1853.


No hay nada allí. Sólo muralla, y poco espectacular. Eso parece concordar con la destrucción de la torre en 1755, la verdad. Vamos a dar marcha atrás del todo y a echarle un vistazo a Wyngaerde (1567).

O no llegamos o nos pasamos. Ahí tenemos tres torres: dos con varios lados, una de ellas en la esquina, y además otra menos llamativa en medio. Quizás es esa nuestra torre de las Siete Esquinas, por ser ochavada y tener un ángulo pegado a la muralla. Pero... ¿no parece hexagonal, más bien? Pasemos a Baldi (1668).

Aquí se lo curró Rojunson en su análisis, mostrándonos una explicación de las tres torres, que se ven muy claramente. Básicamente las dos de la izquierda estarían unidas a la muralla por arcos, que no se ven muy claros pero parece que ahí están, y la tercera, la más majestuosa, mediante un muro. Tal y como decíamos con Wyngaerde, la torre de la esquina es hexagonal. Y la de la derecha, cerca ya de la puerta de Baeza, es la única ochavada que parecía haber por allí. Además, con la particularidad de estar unida a la muralla por lo que parece un muro, que le quitaría un ángulo dejándola... con siete esquinas.

¿Es esta la verdadera Torre de las Siete Esquinas a la que el pueblo cordobés dio nombre propio? ¿Se olvidó, una vez arruinada por el terremoto, su ubicación exacta, situándola la memoria popular un poco más al sur, en la esquina de la muralla? La idea no tiene mala pinta. Pero de lo que estoy casi seguro es de que en este rincón de la ciudad está el secreto de por qué alguien llegó a una torre con ocho lados en mitad de la sierra, y la bautizó de la manera más ilógica. O no.

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(1) Como suena. Para vigilar que no volvieran a levantar el monasterio de Peñamelaria. Ya puede estar esto respaldado por una buena crónica de la época porque, si no, es tan aventurado como imaginar el signo zodiacal del maestro cantero.
(2) ¿Se refiere don Teodomiro a la torre, o a la puerta de Martos, que es de lo que está hablando en general?
(3) Escobar Camacho, José Manuel. El recinto amurallado de la Córdoba bajomedieval.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Propietarios faroleros: el mortal peligro de perderse en la sierra.

Cordobeses (y cordobesas) inconscientes (e inconscientas), imprudente gentuza aún empeñada en andurrear libremente por la sierra y sus caminos públicos de cuyo recorrido el Hexcelentísimo Alluntamiento no quiere acordarse. ¿No se dai cuenta del peligro que acecha al senderista incauto a la vuelta de la esquina?

La muerte se esconde en cualquier rincón en caso de despistarse y no seguir al pie de la letra las instrucciones de los propietarios y guardas de las fincas, que por nuestro bien van cerrando las veredas y caminos de libre tránsito, no vaya a ser que un día ocurra una tragedia.


Tragedia como la que le pudo ocurrir a un pariente de un guarda de una finca cercana a Valdejetas, cuando un jabalí enfurecido se le acercó amenazante, cerca de la zona por donde pretendíamos dar una vuelta, según nos contó. Ni se me pasó por la cabeza que simplemente nos estuviera metiendo miedo para no recorrer una vereda usurpada por los propietarios de la finca.


O como la que puede suceder en una finca próxima a Las Jaras, donde al parecer, según me contó un pariente del dueño, los guardas tienen la orden de soltar los perros a cualquiera que se encuentre fuera del recorrido habilitado por la Junta como vereda provisional. Es decir, que si te pierdes o caminas por la vereda auténtica, corres peligro de muerte.
Igual sí que los propietarios hacen uso del humor argentino: señora, no asuste a los niños con brujas, ogros, extraños seres imaginarios. Llegado el caso, emplee algo más real. Un lobo, una araña, una buena víbora...

O, finalmente, como el aviso a navegantes que encabeza el artículo, sito en un camino junto al Guadiatillo. No hay ninguna valla que cierre la finca, ni ningún obstáculo al paso de ganado por el camino, pero te asustan con la existencia de ganado bravo, igual que te avisan del corte del camino cuando hay cacería. Con la escopeta hemos ido a dar, amigo Sancho.

Paseen, gente. Que a poco que llueva estará el campo bonito.

viernes, 20 de febrero de 2009

Desalambrando

Hubo un tiempo, anterior a la dictadura del coche, en que los habitantes de los distintos lagares y cortijos que rodeaban Córdoba se desplazaban a pie o en sus monturas por pequeños caminos que se clasificaban en distintos tipos: cañadas reales, veredas, coladas, simples caminos del Municipio... Las vías tradicionales de comunicación recorrían como una tela de araña la sierra, la vega y la campiña, hasta que el éxodo rural y la construcción de carreteras concentraron la población en los grandes núcleos, y los desplazamientos en unas pocas rutas asfaltadas.

Los propietarios de las fincas, a veces por ignorancia, en la mayor parte de las ocasiones a sabiendas de que cometían un acto ilegal, fueron cerrando los caminos públicos que caían en desuso. Una de las tácticas más utilizadas en los últimos años ha sido la de abrir pistas forestales paralelas al camino tradicional, de manera que éste era abandonado y borrado por la vegetación. A continuación, se cerraba la pista por ser una vía privada, y el uso público por parte del ciudadano se veía impedido.

Sin embargo, aunque ya nadie necesite usar el camino para llevar su carro y aunque sólo un puñado de ganaderos perpetúen el uso de las principales coladas, los caminos públicos, del tipo que sean, no prescriben. No caducan. No pueden venderse, comprarse ni incorporarse a la finca colindante, o circundante, salvo orden expresa de desafección de la vía, figura que se utiliza, por ejemplo, para aquellas que van siendo absorbidas por la ciudad en expansión.

Con las fuentes adecuadas, como son los catastros de 1950 y el actual, por ejemplo, o las Ordenanzas Municipales de 1884, así como por los testimonios de los lugareños, se pueden localizar los caminos de nuestra sierra y exigir el libre paso por ellos, convirtiéndolos en una fuente de vida para el campo en medio del auge del turismo rural y senderista.

La Plataforma "A Desalambrar", radicada en Córdoba, lleva años denunciando el corte de vías públicas de comunicación, y poniendo en evidencia la pasividad de las Administraciones responsables, que son tanto el Ayuntamiento de Córdoba, cuyo Inventario de Caminos Públicos lleva años durmiendo el sueño de los justos, como la Junta de Andalucía, responsable de los interminables y muy mejorables procesos de deslinde (marcaje y recuperación) de las veredas olvidadas. "A Desalambrar" denuncia a los infractores, verifica el estado de los caminos y, en última instancia, garantiza con sus propios medios la transitabilidad de los senderos cuya titularidad pública esté bien documentada (en ocasiones, incluso reconocida por el propio Ayuntamiento). Para ello, el primer domingo de cada mes, sus miembros y simpatizantes se reúnen en la torre de la Malmuerta para recorrer a pie una parte de nuestra sierra.

Las Administraciones, por su parte, limitan su actuación a ocasionales intervenciones con gran eco publicitario, pero dudosa eficacia. Recientemente se han gastado 300.000 euros (50 millones de pesetas) en la apertura de la Vereda de Trassierra, con un trazado de unos seis kilómetros (8 millones por kilómetro, ni que fuera una autovía) que ya era en gran parte transitable, siendo necesarios algunos desbroces y vigilancia de libre paso.

Sólo el interés y la presión de los cordobeses, y su conocimiento de su propio medio natural, pueden impulsar la recuperación de este trozo de patrimonio común que nos ha sido usurpado.

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El apéndice cuarto de las Ordenanzas de 1884 es el que contiene la lista de caminos públicos. a partir de la página 7 del documento.

jueves, 15 de enero de 2009

El puente del Camino de los Nogales


Esta imagen es bien conocida para los aficionados a pasear por los alrededores de Córdoba, descubriendo los últimos restos de la grandeza de la ciudad del siglo X. Se trata del puente andalusí sobre el arroyo de los Nogales, al que se puede llegar con facilidad desde la carretera de Trassierra, donde se indica su acceso al poco de pasar la gasolinera de la Albaida.

Este puente es el resto mejor conservado de las infraestructuras que componían el conocido como Camino de los Nogales, una de las dos vías principales de comunicación entre Córdoba y al-Zahra', junto con el Camino de las Almunias. El Camino de los Nogales tenía en su mayor parte un recorrido de oeste a este, yendo de Madinat al-Zahra' al enigmático palacio de Turruñuelos, hoy bajo la planta asfáltica de la Diputación. Desde allí, se dirigía a Córdoba siguiendo un itinerario similar al del acueducto de Valdepuentes.

De los muchos puentes que tuvo este camino, según se explica en el artículo de Bermúdez Cano del que tomo algunos datos para esta entrada, sólo queda en aceptables condiciones de conservación el de la foto, que consta de tres arcos de entre 1,80 m y 2,30 m de altura (el mayor es el central), constituidos por entre 23 y 27 dovelas cada uno.


Como ocurrió con el puente de Cantarranas, el monumento sufrió un duro expolio que, en este caso, llevó a su ruina hace pocos años, interviniendo en ese momento la Junta de Andalucía para restituir el puente a un estado lo más parecido posible al original.

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Datos de Bermúdez Cano, J. M.
AAC 4, 1993.

lunes, 13 de octubre de 2008

El puente de Cantarranas


Son muchos los puentes que en el término municipal de Córdoba nos recuerdan la antigua extensión de la ciudad, así como los caminos por los que transitaban sus habitantes. En ocasiones, el tiempo ha apartado a estos puentes de las vías principales de comunicación, contribuyendo a su olvido y degradación.

Algo así ha ocurrido con el puente califal sobre el arroyo de Cantarranas, conocido también como puente del Cañito de María Ruiz. Esta construcción es la obra más importante que nos ha quedado como recuerdo del llamado Camino de las Almunias, la vía protocolaria que comunicaba el Alcázar emiral con la nueva ciudad de Medina Azahara, durante el siglo X.

Como bien describe Bermúdez Cano en su trabajo (1), el puente presenta un único arco de medio punto de unos cinco metros de luz y algo menos de altura, formado por treinta y siete dovelas. El ancho no puede ser determinado con exactitud, porque se han derrumbado algunas zonas, pero se estima en unos seis metros.

Cuando decimos que "se han derrumbado", desde luego, no tiene nada que ver con riadas, ni con la erosión de la roca. Bueno, algo sí. Pero es vox populi que han desaparecido un puñado de sillares por aquí, otro por allá, para contener la tierra de jardín en los arriates de las parcelaciones piratas que rodean el monumento, hoy incluido en la zona de protección de Medina Azahara y a la espera de una inminente restauración.


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(1) Bermúdez Cano, J. M. "La trama viaria propia de Madinat al-Zahra y su integración con la de Córdoba", Anales de Arqueología Cordobesa 4, 1993.

domingo, 5 de octubre de 2008

Un paseo por el Guadiatillo


Ahora que las mañanas se van refrescando y que el campo, una semana sí y otra no, se humedece con las lluvias de otoño (toquemos madera), es el mejor momento para salir al campo. Sobre todo si eres alérgico.

Así que aquí dejo una pequeña recomendación, por si alguien quiere pasear por una de las pocas zonas de nuestra sierra en la que las vallas no agobian al caminante. Siguiendo la carretera de Trassierra, tras pasar el pueblo, podemos continuar hasta cruzar el río Guadiato, transitando después entre pinares y sufriendo durante algunos metros un firme muy mejorable hasta llegar al segundo río, el Guadiatillo (km 26, aproximadamente), junto al cual hay espacio de sobra para dejar el coche.

Un paseo por esta zona, haciendo el menor caso posible de los carteles diseñados para espantar al caminante, puede darnos energía para enfrentar una semana entera en la ciudad. Podemos tomar hacia la izquierda, justo antes del puente, siguiendo río abajo un camino que se va elevando suavemente abriendo una vista del valle poblado de pinos. Los ciervos de la finca se dejarán ver sobre todo si llegamos temprano, las rapaces como las águilas reales (con mucha suerte) o las aguilillas calzadas se elevarán a media mañana aprovechando las térmicas, y después de caer cuatro gotas podremos ver a los trepadores y agateadores picoteando las cortezas ablandadas por el agua en busca de su alimento.

Si tenemos un día especialmente afortunado, que los hay, podremos ver, incluso a mediodía, cuando menos común resulta, a uno de los más escurridizos y tímidos habitantes de nuestros ríos. Allí estará alguna nutria, moviéndose a escondidas por la orilla y dejando ver las ondas en las charcas a su paso.

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La suerte de toparse con una nutria no es nada en comparación con la que supone cruzarse en el camino con este personaje. Suele pasar el primer domingo de cada mes cerca de la Malmuerta, a eso de las 10 de la mañana.

domingo, 6 de abril de 2008

A Santiago

Puede que algún día, paseando por las cercanías del arroyo Pedroche o del Santuario de Linares, nos haya sorprendido una flecha amarilla pintada sobre una piedra o sobre un árbol. No es una marca para senderistas, ni por si se pierde alguien en la romería: son las señales que, repartidas por toda España y parte de Europa, indican cualquiera de los caminos que llevan a Santiago de Compostela.

El Camino Mozárabe, que pasa por Córdoba, es recorrido de manera ocasional por algunos peregrinos aventureros que entran en nuestra provincia por las cercanías de Alcaudete, en Jaén, procedentes de Granada. El trazado de la vereda de Granada les lleva hasta el límite del término municipal de Córdoba, al que entran en las cercanías de la ciudad en ruinas de Ategua, donde las flechas amarillas se mezclan con las indicaciones de los senderos de largo recorrido.

El peregrino llega a Córdoba por Fray Albino, cruza el puente romano y se dispone a disfrutar de una de las más importantes ciudades que verá en su ruta, junto con Mérida y Salamanca, por poner algún ejemplo.

Siguiendo el trazado de la vía Corduba - Emerita, fosilizado en el entramado urbano, el Camino sale del casco histórico por la puerta de Plasencia (Trinitarios) y salva el cuartel de Lepanto por la calle Sagunto para enfilar hacia el norte por la calle Cinco Caballeros, cruzar Carlos III y dejar Fátima al este al pasar junto a la antigua cárcel. Destruido en esta zona el itinerario original que incluía al pequeño puente romano, el peregrino deberá buscar la primera flecha amarilla exterior a la ciudad en un puente moderno sobre el arroyo Pedroche justo al norte de la carretera que atraviesa el polígono, desde donde será ayudado por las indicaciones de la llamada Ruta Naranja de senderismo, que coincide con el Camino de Santiago.

viernes, 11 de enero de 2008

El Camino de las Almunias

En la Córdoba desbordante del siglo X, que se desparramaba por los bordes de lo imaginable sobre un plano, hubo dos focos de poder: uno era fruto del paso de los siglos y la tradición, el otro producto de la supremacía absoluta del Califato cordobés. El primero de ellos era el Alcázar andalusí, el palacio de los emires, en la esquina suroccidental de la Medina, entre la mezquita Aljama y la muralla.

El segundo era el Alcázar de la ciudad de al-Zahra’, Medina Azahara, durante siglos olvidada, caricaturizada por historias de califas enamorados y campos de almendros en flor que se debaten entre la leyenda y la realidad.


Entre ambos centros neurálgicos discurría un camino, construido probablemente ex profeso, pavimentado en su totalidad, que en poco tiempo se convirtió en la vía protocolaria de acceso a la nueva ciudad palatina de la falda de la sierra. Hoy lo conocemos como el Camino de las Almunias porque atravesaba, dando un gran rodeo hacia el sur, las grandes fincas de las afueras, pasando por una de las más importantes, al-Na’ura, que se situaba al poco de pasar la curva hacia el noroeste.


El Camino de las Almunias era recorrido por las embajadas que llegaban a visitar al Califa, ya procedieran del reino germano de Otón I, del Imperio Bizantino de Constantino VIII o de los reinos cristianos del norte, en cuyo caso, por regla general, su moral se veía tan aplastada por la opulencia del trayecto que estaban dispuestos a firmar cualquier tratado una vez llegados al Salón del Trono en Medina Azahara.


Los puentes construidos cruzaban cuatro arroyos desde la salida de Qurtuba, incluyendo el arroyo del Moro y Cantarranas. Tras pasar al-Na’ura, el trazado rectilíneo del camino y la orografía de la zona permitían al comerciante, al mensajero, al asombrado viajero contemplar, en la lejanía, entre crecientes arrabales, la ciudad escalonada a la que se accedía por la puerta sur, la de la Estatua o las Cúpulas que hoy buscan con afán los arqueólogos. Caminaba por calles rectas, amplias, en dirección al Alcázar, en la zona alta, donde se abría la Bab al-Sudda, la puerta que recibió el mismo nombre que aquella de la que salía el camino en el Alcázar emiral, y descansaba finalmente, si era tan afortunado de que se le permitiera, en los jardines de palacio, volviendo la vista atrás y contemplando el mar de casas que se extendía ante sus ojos.


Cuentan las crónicas que en el momento de máximo esplendor de Córdoba y Medina Azahara, los arrabales de ambas ciudades llegaron a tocarse, formando una sola urbe. Es la ciudad que fue, y no volvió a ser. El sueño de cualquier investigador, escondido bajo las parcelaciones de la carretera del aeropuerto.