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sábado, 17 de julio de 2010

El siglo que se iba

Un poco como la nave espacial que se da la vuelta y toma una foto del mundo del que se aleja, el siglo XX tomó esta foto de Córdoba mientras emprendía su viaje hacia el pasado. Hace unos años ya, me la pasó el Doctor Mabuse, de la Calleja de las Flores, a quien se la pedí para tener más a mano este pequeño recuerdo de la infancia. La verdad es que el barrio que yo conocí aún no había nacido (estaban por construir la mayoría de los pisos de Noriega alrededor del chimeneón, no se había hecho el colegio "La Malmuerta"...), pero dado que recuerdo bien el Viaducto y algunos otros detalles, me considero parte de esta imagen.

Y como a cada uno le traerá sentimientos diferentes y, además, como se ha podido comprobar en el último mes, no ando muy inspirado últimamente, no digo más y os dejo la foto a la máxima calidad que Flickr me permite colgar.


viernes, 28 de marzo de 2008

Viñetas para una ciudad

La más inesperada y didáctica manera de conocer y asimilar la historia de nuestra tierra tomó forma en 1989, gracias a los dibujos de Alberto Solé y a los textos escritos por Jorge Alonso. La Diputación editó un cómic, con tapa dura, papel de alta calidad y a todo color, en el que a lo largo de 68 páginas y bajo el título "Historia de Córdoba", vamos poniendo rostro a todos los personajes cuyos nombres nos suenan desde niños.

Desde los primeros asentamientos prerromanos hasta la llegada de la democracia, los acontecimientos históricos quedan quizás excesivamente condensados, dado que se ha tenido el acertado propósito de no dejar nada atrás. Los diferentes imperios musulmanes, las guerras civiles romanas, los enfrentamientos dinásticos por la corona de Castilla y los personajes del arte y la filosofía tienen su rincón en el cómic.

Son muy pocos los detalles que la arqueología y la investigación histórica han ido dejando obsoletos, y se aprecia un gran esfuerzo por hacer comprensibles episodios tan complejos como las revueltas muladíes del siglo IX o las personalidades de los grandes emires y califas.

Merece la pena el esfuerzo de hacerse con un ejemplar, de los pocos que circularán ya por Córdoba, y disfrutarlo de vez en cuando, dejándonos trasladar por la fantasía que siempre acompaña a una viñeta.

martes, 26 de febrero de 2008

Córdoba frente al misterio (6): “¿Quién quema mi casa?” (2ª de 2)

(Ver anterior)

Habló personalmente con el psiquiatra y famoso periodista Jiménez del Oso, quien había popularizado estos temas unos años atrás. Le contó todo con pelos y señales, que si la cama se levantaba una cuarta del suelo, que si había aparecido un niño Jesús con las uñas astilladas dentro de un armario, que si se escuchaban lamentos. Y, sobre todo, los incendios. 

Fernández Bueno, Jiménez de Oso y Juan Jesús Vallejo se presentaron en Córdoba para conocer a esta familia, cuyo miembro más peculiar era la abuela, Faustina, quien llegaba a casa de ordinario sobre las 22.00, momento en que solían empezar los fenómenos, hasta eso de las once. Como quiera la llegada de los investigadores se produjo más o menos a esa hora, éstos estaban algo nerviosos. Resulta que Faustina entraba periódicamente en un estado similar a un ataque epiléptico, o un trance, durante el cual convulsionaba y golpeaba a todo el mundo. Ese día no faltó a la cita. Los periodistas, asustados, ayudaron a calmarla, y al igual que ocurría siempre no recordaba nada al volver en sí.

Como consecuencia, Jiménez del Oso recomendó que la mujer se sometiera a un tratamiento mediante hipnosis, porque estimaba que era ella la causa de todos los sucesos de la casa, y así se podría averiguar su origen. Puesta en manos del hipnoterapeuta (?) Horacio Ruiz, al parecer, fue tranquilizándose poco a poco, remitiendo los episodios de pérdida de control. Y, aunque no se logró encontrar un motivo de índole psicológica para el conjunto de fenómenos, los fuegos que habían costado más de cien kilos de pintura fueron remitiendo y haciéndose cada vez más raros. No pasó lo mismo con los demás elementos, porque durante años se siguieron moviendo los objetos y escuchando los quejidos.

A lo largo del siglo XX se ha sabido en Córdoba de algunos otros edificios donde se cuentan historias similares a esta. Sin embargo, no reúnen como aquí todos los elementos que tradicionalmente los escritores aficionados al tema identifican con un poltergeist, que suelen considerar producto real, inexplicable e involuntario de un trauma psicológico.

sábado, 23 de febrero de 2008

Córdoba frente al misterio (5): "¿Quién quema mi casa?" (1ª de 2)


A veces las vemos como ingenuos relatos de tiempos pasados, pero las leyendas de una ciudad también llegan hasta nuestros días. Reflejan los miedos de cada época y, cuando están en su contexto, se revelan inquietantes.

De modo que será mejor desprenderse de todo temor, que tan bien saben aprovechar en ocasiones los “profesionales del misterio” como Lorenzo Fernández Bueno, de quien está tomada toda la información de esta historia, para ser capaces de observarla entre el respeto al testimonio y el espíritu crítico. Comienza la historia que, tras varias visitas a Córdoba, hizo pública el periodista.

Antonio Alameda Juárez, que ahora debe tener unos cincuenta años, era definido por el informador en el momento de los hechos como joven empresario, en una ocasión, y en otra como policía retirado en una familia de fruteros. Dado que su apellido es tan cordobés como inventado, supongamos que ambas cosas son compatibles o, de lo contrario, fruto del interés en el anonimato, que impide también saber la ubicación de su casa.

Vivía entonces con sus padres, Faustina y su marido, del que no da nombre, su esposa Fedra y su hijo Toñín, así como con su perro. El abuelo, tras un tiempo enfermo, murió el día 15 de enero de 1996, y su nieto no lo duda cuando afirma que “murió de miedo”. No cesaba de repetir que veía sombras entrando y saliendo del armario de su habitación, aunque todos lo tomaron por un producto de su dolencia.

No lo asociaron con el relato de una sobrina que ya había contado que, una vez, limpiando el cuarto de baño, le había volado de las manos la fregona, rompiéndose en el aire su palo de madera. Fue tras el fallecimiento cuando se dispararon los fenómenos. Los cuadros en el salón y el pasillo aparecían “en posiciones inverosímiles” (sic), los objetos se caían solos de las estanterías y el perro pasaba a toda velocidad por las zonas en que a veces parecía ser zarandeado y golpeado. Olores repugnantes invadían la casa antes de cada episodio, un fenómeno descrito repetidamente y conocido como osmogénesis.

A pesar de estos y otros sucesos, la familia tomó una determinación: convivir con ellos. Fuera por miedo, aplomo o por no tener otra alternativa, optaron por la naturalidad a la espera de que remitieran. Por lo visto, nada más lejos de lo que ocurrió: tal y como afirmaba el abuelo, se veían sombras por el pasillo, algunas altas y fuertes, otras más pequeñas, moviéndose ajenas a la vida familiar que se desarrollaba en el salón.

Hasta el día en que empezaron los fuegos. Las cortinas ardían desde el centro, según la mujer sin dar sensación de calor. Un día, al terminar de comer, empezó a llenarse el pasillo de humo negro, procedente del armario de la habitación del abuelo, que estaba en llamas. La casa de sesenta metros cuadrados se debió convertir en un infierno, y llegaron la policía y los bomberos. Ella, presa de los nervios, gritó: “¿Quién quema mi casa?”. Él, probablemente, bajó al quiosco, pidió una revista de esas de fantasmas e, histérico (según su interlocutor), llamó por teléfono a la redacción.

martes, 22 de enero de 2008

Andenes vacíos: el cierre de la estación

Pasó a la historia engullida por el progreso, se fue casi con el siglo que la vio crecer. Un veintidós de agosto de mil novecientos noventa y cuatro, atorrante, al rojo los raíles, salió de ella el último tren, camino de una nueva imagen para la ciudad.

La estación de Córdoba murió y ni siquiera se respetó su eterno descanso, con su negligente transformación en irreconocible edificio de alta tecnología, tan desastrosa que al San Rafael que preside la plaza (que ya no lo es) le han dado la vuelta para ahorrarle el perpetuo disgusto.


Esta es la foto del último suspiro del edificio de paredes encaladas en que todos los cordobeses de más de quince años aprendimos lo que era un tren, mirando embobados el lento y poderoso inicio de su marcha.


Algunos vieron pasar este tren por debajo del monstruoso, a ojos de un niño, viaducto del Pretorio. Se bajaron por última vez las barreras del paso a nivel de los Santos Pintados y, al subirse de nuevo, lo hicieron como se abren los ojos tras un sueño. La ciudad dio unos pasos por las vías desiertas y se frotó los ojos, distinguiendo el silo al final del inmenso espacio libre. Había comenzado el nuevo siglo.