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lunes, 15 de mayo de 2017

El pastor de estrellas (3 de 3)




   Poco después del amanecer, el joven subió los peldaños que separaban su azotea del adarve de la muralla. Su casa, adosada al muro, tenía un acceso privilegiado a una de las torres de la muralla que separaba la Medina de los arrabales orientales o Axerquía. Y debido al gran desnivel entre ambas partes de la ciudad, al subir a esa torre Mahmud podía contemplar toda la Axerquía ante sí, y todos los campos que se extendían hacia el este, la sierra, la vega del Guadalquivir y las colinas al otro lado del valle. Cientos de casitas blancas se arremolinaban frente a él, algunos minaretes sobresalían de entre ellas. Un débil muro rodeaba los barrios del este y daba una cierta sensación de protección. En realidad nadie sabe si se había construido ya la muralla de la Axerquía, y generalmente se piensa que no, pero hay indicios de que algunos sectores podrían ser lo suficientemente antiguos como para que su creación evitara que la Axerquía fuera destruida en la guerra civil del siglo XI.

   Mahmud olfateó el ambiente. El cielo estaba encapotado, de un gris uniforme. Miró de reojo los jaramagos entre las almenas. Se dobablan y parecían querer lanzarse muralla abajo, empujados por el viento cálido que le daba en la espalda, como si viniera de Isbiliya. Y cuando en Isbiliya llueve, en Qurtuba no salen las procesiones.

   Bajó la vista a la calle, y vio a dos personas dirigiéndose al arquillo de la muralla. Reconoció a su amiga Ganub, acompañada por alguien a quien no pudo identificar y que caminaba mirando a cada fachada y a cada puerta, como si buscara algún detalle conocido en ellas o algún rastro de un cambio. Intuyó que se dirigían a su casa y bajó a recibirles. Cuando Ganub traía consigo a algún desconocido era normalmente para pedirle el favor de una predicción. Sólo lo hacía en casos de verdadera necesidad y, hasta el momento, Mahmud había proporcionado certeras respuestas. La de aquel día parecía clara. La lluvia se retrasaría hasta la noche, pero llegaría con más fuerza de la esperada y, desde luego, para quedarse durante toda la semana.

* * *

   En verdad, el tiempo le venía corto. Por eso escribía a toda velocidad durante las noches. Era noviembre del año 1023 y se preparaba para volver a Córdoba junto al que iba a ser el nuevo califa, Abderramán V. Abandonaba Játiva y el exilio, sus ojos se llenaban de recuerdos y su mano los iba plasmando en forma de poemas. Tenía que terminar aquel regalo, aquel libro de memorias y de deseos en el que estaba volcando lo mejor de sí. Sólo pensaba en llegar a la vieja capital y poner el manuscrito sobre las manos de Liyún.
Pastor soy de estrellas, como si tuviera a mi cargo
apacentar todos los astros fijos y planetas.
Las estrellas en la noche son el símbolo
de los fuegos de amor encendidos en la tiniebla de mi mente.
Parece que soy el guarda de este jardín verde oscuro del firmamento,
cuyas altas yerbas están bordadas de narcisos.
* * *

   Ibn Hazm examinaba con la mirada a Ibn Gamir, mientras éste hablaba a los jóvenes Ganub y Asfur.
  -Dentro de los muros de la ciudad, también hay una Córdoba subterránea. Hubo un tiempo en que los secretos se guardaban allí. Los palacios estaban conectados y las intrigas circulaban, literalmente, bajo las casas de los cordobeses. Pero durante la guerra, con cada batalla y cada revuelta, cada bando destruyó los túneles de los demás, al menos aquellos que conocían. Además, muchos fueron abandonados y acabaron por derrumbarse. Cada otoño, el agua baja de la sierra e invade los conductos bajo la ciudad. Gran parte de ella llega por cauces naturales, pero también hay estructuras antiquísimas, quizás de la época de los rumíes, que abastecen Córdoba desde hace siglos con agua para consumo humano.
   Ludovico iba vertiendo aceite en pequeños odres, como reserva para cuando los candiles se estuvieran agotando. Sólo pensaban usarlos una vez que estuvieran bajo tierra, pero parecía que quizás tuvieran que encenderlos en la superficie: la tarde avanzaba y las nubes se iban haciendo más y más oscuras, anticipando tanto el ocaso como la tormenta.

   La reunión de aquella mañana había sido breve. Ludovico había sabido transmitir la urgencia de la situación, y los Banu Gamir habían accedido a colaborar. Habían reparado y custodiado durante décadas los túneles que comunicaban los palacios de familias afines a los Omeya, y habían contribuido a salvar muchas vidas en cada disturbio ocurrido durante los años de la fitna. Pero al parecer, ellos mismos habían estado varios años sin saber cómo acceder a la antigua red de pasadizos, porque todas las entradas conocidas habían sido cegadas.

   Un día, de casualidad, supieron que alguien había seguido usándolos con regularidad. Un oscuro personaje, totalmente ajeno a las conspiraciones palaciegas, que pululaba por el subsuelo cordobés con una extraña obsesión por recolectar los restos de los animales que décadas, quizás siglos atrás, habían quedado atrapados allí. Los estudiaba, identificaba y colocaba cuidadosamente en su colección. Ibn Gamir empleó toda la paciencia de que disponía en ganarse su confianza, pero aquel hombre no tenía ningún interés en colaborar, ni necesitaba nada de él. O eso creía, porque Ibn Gamir supo tentarle y ofrecerle el trato que le abriría de nuevo las puertas del inframundo.

   Así pues, Ibn Gamir conocía la entrada, pero no estaba dispuesto a revelarla. El valor de aquel secreto podría volverse incalculable en cualquier momento, y su familia creía tener derecho a beneficiarse de él. De modo que puso la condición de que sus huéspedes llevaran los ojos vendados desde una pequeña plaza en el centro de la ciudad hasta la casa particular que ocultaba la entrada a los pasadizos.

   A ciegas, siguiendo el sonido del roce de los pies de sus compañeros, avanzaron tras Ibn Gamir durante cinco minutos, hasta que les ordenó detenerse. Una gota cayó sobre Ibn Hazm, y la inquietud hizo presa de él. Palparon las jambas de una puerta, y tan bien vendados iban sus ojos que no percibieron la oscuridad al entrar en la casa. Ibn Gamir encendió los primeros candiles y les permitió por fin contemplar la estancia en la que se hallaban. Cuatro paredes de piedra, dos puertas a ambos lados de la habitación y varias estanterías rebosantes de cráneos de animales que brillaban a la luz de las pequeñas lámparas. Musarañas, ratones, murciélagos, pero también otros mayores y más inquietantes.
  -¿Qué le ofreciste a aquel hombre a cambio del secreto? -quiso saber Ganub.
  -La única pieza que le faltaba a su colección -contestó Ibn Gamir, señalando a un cráneo similar al de un pequeño caballo-. Un encebro de las colinas de Albacete.
   Y añadió:
  -Aunque empezara a llover ahora mismo, aún deberíamos tener tiempo para hacer nuestro trabajo. El agua que venga de la sierra tardará en alcanzar la ciudad.
  -A no ser -puntualizó Ludovico- que en la sierra haya empezado antes a llover.
   No hubo más respuesta, pero Ibn Gamir decidió que era el momento de ponerse en marcha. Abrió una trampilla en el suelo. Se intuían algunos escalones. Mandó pasar a Ibn Hazm, y luego a los demás, que entraron por el angosto agujero tratando de iluminar el camino frente a ellos. La galería se ensanchaba progresivamente y se convertía en una escalera de caracol, que bajaba sin que pareciera tener fin. Algunos arcos cegados en las paredes indicaban, probablemente, el arranque de otros antiguos caminos subterráneos. La humedad se iba haciendo evidente a medida que descendían hasta el final de la escalera, en una sala con varias tinajas de barro y un único posible camino a seguir: un arco que levantaba apenas un metro del suelo, y por el que se podía ver pasar una suave corriente de agua que cubría un par de escalones.

   Con los candiles en alto y, confiando en las palabras de Ibn Gamir, fueron entrando por el arco y sumergiéndose hasta más arriba de la cintura. Avanzaban ahora por un angosto túnel, totalmente desorientados, cubriendo una distancia que se les antojó interminable. Al cabo de cincuenta varas, el camino se bifurcó. Por un ramal llegaba la corriente que inundaba la galería, el otro ofrecía una salida lateral para conducir a los visitantes a un túnel por el que sólo transcurría un fino hilo de agua.
  -Asfur, no pierdas de vista el agua. Allá donde estemos, si sube el nivel o deja de ser clara, avísanos.
   El techo era un conglomerado de guijarros, quizás el antiguo lecho de un río visto desde abajo, erosionado por las aguas subterráneas. Ibn Hazm no tardó en empezar a reconocer el lugar, y a tomar la iniciativa en el grupo. 
No os asombréis de que se oriente en la sombría noche:
su luz ahuyenta las tinieblas en la tierra.
   Caminaba más aprisa y no titubeaba en los cruces de galerías, hasta que llegó a la orilla de lo que parecía un gran charco. Esta vez no había escalones que permitieran calcular la profundidad, el suelo simplemente se cortaba en ese punto.

   Ludovico vació un odre en un hueco de la pared, y el aceite se extendió por un surco de un par de metros de longitud, perfectamente nivelado. Con un candil, prendió el aceite y la luz invadió la caverna. Para el asombro de los más jóvenes, resultó ser mayor de lo que pensaban. Aquello no era un charco, era un verdadero lago, un lago bajo el mismo centro de Córdoba. Y allí donde moría la luz, siguiendo un sendero junto a la pared, una inverosímil barquita parecía esperarles desde hace años, como una cápsula del tiempo, como un fiel caballo a la puerta de la posada.
  -Es la misma barca -dijo Ibn Hazm, entre afirmando y preguntando.
  -Es la misma -confirmó Ibn Gamir.

   Era la misma barca que, una aciaga tarde de enero de 1024, Ibn Hazm amarró a la orilla del lago subterráneo antes de salir por última vez de la galería. El día anterior, en medio de la revuelta, había encontrado vacía la casa de Liyún, rodeada por otras en llamas, como un anuncio de la tragedia. Después, por la mañana, había enterrado a su amigo, a toda prisa, en el cementerio del norte. El mundo se derrumbaba, en parte literalmente, a su alrededor: la última esperanza omeya yacía apuñalada en el Alcázar y la primera persona a la que amó yacía para siempre sobre su costado, ajusticiado por la rebelión. Liyún el Africano, la voz valiente que se hubiera enfrentado a sí mismo si no hubiera quedado nadie más en el planeta. El motivo, quizás, de que en los poemas de Ibn Hazm se alternen el masculino y el femenino para confusión de los que habrían de leerle y estudiarle. Incumpliendo su propia promesa, el exiliado volvía a poner su pie sobre la inestable barquita.
  -Debo ir yo solo -dijo.
   Todos respetaron su deseo. Sólo él supo dónde lo dejó, sólo el sabría de dónde lo rescataba. Ibn Gamir soltó la cuerda. Con un candil en la popa, Ibn Hazm empezó a remar suavemente y se convirtió, al poco, en un simple punto brillante sobre las aguas. Llegado cierto momento, pareció no estar alejándose más; había llegado a la otra orilla.

   Bajó de la barquita y acercó el candil a la pared, por encima de la línea que las repetidas inundaciones habían marcado en ella. Buscaba un hueco que vio por última vez quince años atrás, y tardó en encontrarlo, semioculto por algunas piedras. Él mismo las había depositado allí, ocultando una caja de madera, y en ella, a su vez, una arqueta del más fino marfil de Medina al Zahira, enorme para las proporciones habituales, casi dos cuartas de largo por una de ancho. La misma arqueta que se llevó de la casa de Liyún la noche en que murió, para salvarla del incendio, por un lado, y para rescatar aquel regalo que con tanto cariño había preparado para su antiguo compañero.

   Depositó la arqueta en el suelo y la abrió con cuidado. La luz del candil apenas llegaba a iluminar su interior. Un pergamino en blanco cubría varios cientos más, con los bordes sucios de humedad. La segunda página sólo contenía un precioso dibujo hecho con caligrafía, un favor de Ludovico para culminar el regalo de Ibn Hazm a Liyún: una paloma. La tercera, el título de aquel libro, escrito a toda prisa en las noches de Játiva durante su anterior exilio, para llevarlo como regalo en su regreso a Córdoba. "El collar de la paloma". Y bajo él, "Sobre la intimidad y los íntimos". Quizás el más maravilloso tratado jamás compuesto sobre el amor, uno de los más grandes regalos de Córdoba al mundo.

   Que por encima del rencor, de la guerra y del horror de los tiempos en que fue escrito, merecía, a juicio de la mano que lo creó, ser rescatado de las entrañas de la tierra donde una vez juró dejarlo para siempre, y ser revelado al mundo.

   El agua empezó a mojar las sandalias del poeta, rebosando sobre el borde del lago subterráneo. Había que salir de allí. Cerró la arqueta y la abrazó, antes de subir a la barca. Una lágrima por los amores pasados y futuros se deslizó por su rostro.
Esta dolencia, cuya curación desafía al médico,
me llevará, sin duda, a la aguada de la muerte.
Pero contento estoy con caer víctima de su amor,
como quien bebe veneno desleído en un vino generoso.
¿Qué más quiere el Destino? ¡Qué poca vergüenza tiene,
y con qué afán tiende a adueñarse de toda alma enamorada!

* FIN *

lunes, 8 de mayo de 2017

El pastor de estrellas (2 de 3)




   Quince años, que no son quince días, por culpa de los alfaquíes de Córdoba. Quince años sin poder contemplar su más bello recuerdo, y a la vez el más doloroso puñal en su memoria. Al emerger de entre las más estrechas calles del sur de la Medina, se encontró frente a ella. La Mezquita de Córdoba, construida trozo a trozo durante doscientos cincuenta años, cuatro veces acabada y tres veces vuelta a ampliar. El sol del oeste se reflejaba en las bolas del yamur que coronaba el enorme alminar, las palomas volaban en torno a la torre y descansaban en el alféizar de las ventanas con arcos de herradura, cerradas sólo por celosías de madera. Ibn Hazm se dio el gusto de derramar un par de lágrimas al acercarse al muro de la Mezquita. Si has hipotecado tu vida en honor a la familia Omeya, y no lloras al ver la Mezquita de de Córdoba después de quince años, es que no eres persona.

   Pasó la mano por la áspera superficie de arenisca, fijándose en las pequeñas conchas fosilizadas que aparecían aquí y allá, embebidas en la piedra. La pared se antojaba interminable al verla descender en dirección al río. Casi llegando a la esquina suroeste, el pasadizo que comunicaba el Alcázar y la Mezquita se deslizaba sobre la calle, sostenido por dos grandes pilares. Entró en el patio, disfrutando del verdor de la arboleda, naranjos y palmas, sin querer mirar aún a su derecha, como retrasando el inmenso placer de la contemplación del interior del templo. Dio aún unos pasos más, pero no pudo resistirse, y giró la cabeza. El muro norte de la mezquita era una pared ficticia, arquitectura del vacío. Sólo una sucesión de enormes arcos que desvelaban sin reservas el tesoro de su interior: el maravilloso, interminable bosque de columnas que bailaban caprichosamente a los ojos del visitante; que parecían agolparse sin ton ni son, fila tras fila, hasta que el poeta avanzaba unos pasos y, de pronto, se ordenaban en líneas perfectas hasta donde alcanzaba la vista. Decenas, cientos de ellas, sosteniendo las dobles arcadas rojas y blancas y llenando el espacio en todas direcciones. Aquello no era una sala de oración, era algo más. Era el cofre del alma de Al Ándalus. Toda Córdoba era el templo, y aquella mezquita era su sagrario, su corazón latiente con cada salida del sol. Ibn Hazm tocó una de las frías columnas. Se asomó a la nave principal que conducía al mirhab y, al fondo, vio las teselas doradas del mosaico brillar a la luz de las lámparas. Pensó que aquello era sólo un símbolo, que en realidad era la gloria de los califas lo que seguía brillando allí.

   Porque Ibn Hazm fue un legitimista durante la guerra civil cordobesa. Es decir, siempre apoyó el retorno de los omeyas, la dinastía de los abderramanes y alhakenes, de los emires y califas desde el siglo VIII. Un par de veces, durante los largos años de la fitna, algún miembro de la familia real reclamó a Ibn Hazm su apoyo para el restablecimiento del poder omeya en la capital. Y las dos veces los aspirantes al trono le encontraron a su lado, dispuesto a perderse en la causa perdida, a tragar cárcel por ellos y a ser un nostálgico antes que un advenedizo. Ninguno de esos intentos funcionó, e Ibn Hazm se resignó a la irrelevancia política primero, y al exilio después, en una vida itinerante que ya había conocido en los primeros años de la guerra.

   Acariciando de nuevo las paredes, salió de la Mezquita. Tomó una hoja de naranjo y la dobló varias veces, impregnando la mano con su olor. Paseó por el patio y se detuvo más o menos en el centro del espacio abierto, quizás algo más al este. Bajó la vista a la rejilla metálica en el suelo, por la que se intuía un espacio vacío bajo el adoquinado. Tanto de Córdoba había para Ibn Hazm sobre la tierra como debajo de ella.

* * *

   Soplaba viento de levante y olía a mar. La luz de las velas temblaba y los visillos invadían la habitación. El poeta escribía con frenesí, en lo más profundo de la noche, sin descanso, derramándose sobre el basto pergamino. Añadía hoja tras hoja a la inmensa pila en el suelo junto a su mesa. Escribía como si le vinieran cortas las noches, como si se escondiera del sol para poder hacerlo.

Exhalo amor de mí como el aliento,
y doy las riendas del alma a mis ojos enamorados.
Tengo un dueño que no cesa de huirme;
pero que, a veces y de improviso, se siente generoso.
Lo besé queriendo aliviarme;
pero la sequedad de mi corazón no hizo sino crecer.
Son mis entrañas como un seco herbazal
donde alguien arrojó un tizón ardiendo.
* * *

   La luz de la tarde apenas tocaba ya el suelo de las callejuelas. Ibn Hazm había dado un rodeo para ver la Mezquita, en su camino del mercado a la casa de Ludovico, en parte para darle tiempo a terminar su jornada y recoger su tienda. Caminando hacia el nordeste, Ibn Hazm iba reconociendo casas y recordando anécdotas. Pasó su mano por una fría columna romana empotrada en una esquina, y sintió cómo sus dedos rozaban la inscripción. Pocos metros más allá, alguien a su lado le sobresaltó. Era la muchacha de los arrabales, caminando más rápido a su derecha.
  -Paz -saludó Ibn Hazm.
  -Hola -contestó ella, aflojando algo el paso.
  -¿Has encontrado ya todas las joyas que buscabas?
   Ella se rió.
  -No, hoy no he encontrado ninguna joya. Pero el martes fue un buen día, encontré un pequeño anillo en las ruinas del barrio que llamaban de Tercios.
   Un barrio cristiano, recordó él para sí.
  -¿Y volverás a esa casa?
  -Sí. Volveré para enterrar el anillo.
  -¿Cómo? ¿Vas a dejarlo allí? ¿Para qué?
   Rebuscó en una pequeña bolsa y sacó un anillo de plata con una piedra verde, opaca, engastada en él.
  -Porque no es mío. ¿Por qué iba a quedármelo?
   La ironía se estaba yendo un poco de las manos y esta vez Ibn Hazm no contestó. Que se explicara si quería. Quiso.
  -Lo encontré junto a un puñado de monedas de Alhakén. Lo llevé a mi taller y saqué un molde, la semana que viene intentaré hacer una copia si encuentro una piedra parecida.
   La cabeza del poeta entró en ebullición. La memoria de esa pieza se iba a perpetuar en las manos de una orfebre, sin robo, sin trampa. Los libros y los objetos que perviven como ideas, saltando de forma en forma a lo largo de los años y las guerras y las vidas de los artesanos. Unos versos volvieron aquel día a su mente,

Y es que aunque queméis el papel
Nunca quemaréis lo que contiene,
puesto que en mi interior lo llevo.

   Le ofreció un trato a la mujer.
  -Te compro ese anillo.
  -No es mío para venderlo. Te venderé la copia.
  -Te lo cambio por el dinar que me diste ayer, entonces. No creo que te importe volver a enterrar una cosa o la otra.
   A ella le gustó la idea, así que hicieron el trato. El viento corría calle arriba y tiraba de la túnica de Ibn Hazm.
  -Me han dicho que mañana va a llover.
   Él se tensó y le cambió la cara.
  -¿Quién te ha dicho eso? -quiso saber.
  -Un amigo. Estudia los vientos y las señales del cielo, y me ha dicho que mañana lloverá. No creo que pueda ir a los arrabales. Quizás en varios días, según él.
   Ibn Hazm estaba ahora vivamente alarmado. Sudaba más que el Califa en Simancas.
  -Me... me gustaría poder hablar con tu amigo. ¿Crees que sería posible?
  -No veo por qué no.

   Continuaron andando, juntos ahora, hacia la Axerquía. Ganub, pues ese era el nombre de la muchacha, sería bienvenida esa noche en la casa de Ludovico. El poeta se sentía con derecho a invitarla. No era él el anfitrión, pero suyo era el secreto sobre el que iban a discutir.

   La casa era pequeña pero digna. A cinco minutos a pie de la muralla de la Medina, esta vez en el lado oriental, Ludovico dibujaba, escribía y construía sus juguetes de madera, mientras cuidaba de las flores de su pequeño patio. Se inspiraba en los jardines de un palacio cercano para conseguir nuevas variedades cada temporada.

   Asfur, el aprendiz, fue el último en llegar, siendo ya noche cerrada. Llamó a la puerta y fue invitado a sentarse con los otros tres. En un cuarto sin ventanas, el más discreto de los que Ludovico podía ofrecer, varios vasos medio llenos eran toda la decoración de la mesa. Le presentaron a Ganub, y trató enseguida de captar el sentido de la conversación que había interrumpido. Ludovico se dirigía a Ibn Hazm.

  -Alí. Sólo hay una familia que puede ayudarnos a bajar allí. Si hay alguna entrada, los Banu Gamir la conocen mejor que nadie. El mayor de los hijos me dijo hace años que estaba intentando volver a abrir los viejos túneles.
  -Pero incluso aunque lo hubiera logrado, no podremos hacerlo si llueve. Sabes que las galerías se bloqueaban con cada tormenta.
  -No podremos hacerlo si llueve -repitió, asintiendo-. Hay que hacerlo antes o resignarse a esperar a que las aguas vuelvan a bajar y los túneles queden libres.
  -Y según Ganub, lloverá durante días.
   Ludovico sonrió.
  -Cuánto y por cuántos días lloverá, es algo que nunca he visto predecir con certeza. Estamos en manos del destino.
  -Mi amigo -objetó Ganub- os puede dar esa respuesta. No sería la primera vez que lo hace. Me dijo que mañana, a la tarde, empezaría la tormenta, y que continuaría toda la semana.

   Ibn Hazm y Ludovico se miraron entre sí.
  -Alí, ve con ella a ver a ese muchacho, mañana al alba. Que os diga lo que sepa. Tú sabrás bien si debes o no creer sus palabras. Asfur y yo iremos a ver a Ibn Gamir. Nos encontraremos aquí al mediodía y tomaremos una decisión.

   Esta vez, fueron el aprendiz y la chica quienes se miraron.
  -Aún no sabemos a dónde pretendéis ir, ni cómo, ni por qué.
   Ibn Hazm rellenó su vaso. Se puso de pie, vino en mano, y empezó a caminar despacio por la oscura habitación. A su paso, la débil llama del candil tembló hasta estar a punto de extinguirse.
  -Esta ciudad tiene una mitad sobre el suelo, y otra mitad bajo él. Por ejemplo, hay más cordobeses bajo tierra que sobre ella, desde la guerra. Las maqabir, los cementerios, están a rebosar. Se extienden más allá de los arrabales donde antes vivieron sus inquilinos. Pero de entre todas las tumbas que existen alrededor de Qurtuba, sólo una la cubrí y la marqué con mis propias manos.
   Asfur y Ganub bajaron los ojos, Ludovico los alzó y miró al poeta.
  -Se llamaba Liyún. Le decían Al Ifriqi porque muchos pensaban que había nacido en Marrakech, pero era más de Qurtuba que el propio Califa. Nos conocimos en los primeros años de la guerra civil. Éramos muy jóvenes y habíamos vivido entregados al estudio, preparándonos para un mundo muy distinto al que la guerra había traído. Yo, para vivir al lado de los gobernantes. Él, para criticarles sin piedad. Varios hombres y mujeres han ocupado mi corazón, pero él fue el primero de todos.
   »Cuando murió mi padre, a los cuatro años de empezar la guerra, me vi obligado a dejar los palacios y a marchar al este, condenado a vivir recibiendo noticias de la ruina del imperio. Estuvimos años sin vernos. En mi años de Játiva, entendí que sólo había sido un encuentro de juventud, y pasé simplemente a recordarle con cariño. Al regresar a la ciudad con Abderramán V, fuimos buenos amigos. Tú debías ser sólo un niño -dijo, dirigiéndose a Asfur- cuando le mataron.
   Asfur reunió todo su valor para interrumpir el soliloquio.
  -¿Por qué le mataron?
  -No era necesaria una razón para matar, aquella noche. Aun así, Liyún había dado muchas durante toda su vida, a todo el mundo. Decía lo que nadie se atrevía a decir, consideraba que la ofensa era un derecho en una sociedad libre. A veces decía cosas que ni siquiera creía, sólo porque consideraba que alguien necesitaba escucharlas y ofenderse.
  -Un provocador.
  -Un provocador convencido. Provocaba por igual a los tiranos y a muchos que creían en la libertad, porque siempre iba más allá de lo que, según ellos, debía permitirse a un hombre libre. Así que ni siquiera supimos nunca quién empuñó la espada.
  -Él era necesario en esta ciudad -intervino Ludovico-, y lo seguiría siendo ahora. Se pasó toda la guerra hablando en las plazas. Ayudó a mucha gente a superar el miedo de aquellos días.
  -¿Y cuándo ocurrió?
Hubo un instante de silencio. Ibn Hazm respondió.
  -El día en que asesinaron a Abderramán V. La revuelta estalló, según muchos, por la subida de los tributos. Hubo un tumulto enorme en toda la ciudad, gente con armas en las calles y un asalto al Alcázar. Yo estaba con Ludovico en el mercado cuando llegó el rumor de lo que había ocurrido, y corrimos a escondernos. Cuando salimos de nuestro refugio, no había forma de saber quién, de entre los partidarios del Califa, había sobrevivido a la revuelta. Tuvimos que ir casa por casa, pero yo no pude encontrar a Liyún en la suya. Al día siguiente me llevaron hasta su cuerpo. Yo mismo le enterré.
   Nadie movió un párpado, ni siquiera Ludovico. Las almas estaban en carne viva. Ibn Hazm seguía de espaldas a la mesa, mirando a la pared. Bebió un poco de vino, y dejó que pasara el tiempo necesario para que, sin que se rompiera el silencio, las preguntas tomaran forma en el aire de la habitación.

   Y el poeta les contó lo que había venido a hacer a Córdoba. Hubo tanto que contar, que la noche envejeció y los espíritus rejuvenecieron, que los vivos estaban agotados y los muertos parecía que volvían a vivir. La historia del exiliado se abrió, cristalina, ante sus compañeros, que entendieron por fin su obra, su camino y su misión.

* * *
Da vueltas el espectro en torno al enamorado anhelante,
que, si no fuese porque espera la visita del fantasma, no dormiría.
No os asombréis de que se oriente en la sombría noche:
su luz ahuyenta las tinieblas en la tierra.
Ibn Hazm de Córdoba, "El collar de la paloma", siglo XI


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martes, 2 de mayo de 2017

El pastor de estrellas (1 de 3)

 A todos los que algún día pasaron por aquí y, en especial, a los personajes de este cuento.

* * *

Aunque te encubra el hueco de la tumba,
yo no puedo esconder mi amor por ti.
He ido a tu casa, movido de nostalgia,
después que el tiempo rodó y pasó sobre nosotros,
y al hallarla desierta y vacía,
mis ojos han vertido por ti amargo llanto.
Ibn Hazm de Córdoba, "El collar de la paloma", siglo XI


   No sé cuánto vive una palmera. Cincuenta, cien años, quizás, de modo que seguramente no fuera el mismo árbol que plantó el primer emir de la Córdoba independiente, Abderramán I, con aquella semilla traída de Siria (ay), y con el que compartía sus confidencias y sus penas de emigrante. Pero nuestro hombre tampoco sabía cuánto vivía una palmera y, como era costumbre en él, optó por el romanticismo.

   No podía ser la misma palmera, digo, aquella bajo la que Alí Ibn Hazm se recostaba a la sombrica (el diminutivo se le pegó en Almería) en aquel mes de mayo de mediados del siglo XI, pero él pensó que sí. Ibn Hazm, uno de los más importantes historiadores y poetas de Al Andalus, contaba cuarenta y tantos años. Póngale usted barba y turbante, si quiere, para irse metiendo en la historia. Hacía unos quince años que no pisaba la ciudad y ahora la contemplaba en la lejanía, desde el antiguo palacio de la Arruzafa en las colinas del norte, sin atreverse del todo a empezar la última etapa de su camino de regreso. Dio un paso, y bajo sus pies se chafaron un par de dátiles. A su edad, Ibn Hazm debería ser ya uno de los personajes más importantes de Córdoba. No en vano, era hijo de uno de los principales altos cargos del califa Hisham II y se había criado en la corte del visir Almanzor, más o menos durante el cambio de milenio.

   Probablemente habría llegado a visir si no se hubiera ido todo al garete en la interminable guerra que desmembró y, finalmente, destruyó el Califato entre los años 1009 y 1031, debido a la ambición del propio Almanzor y sus descendientes. Árabes, bereberes y cristianos se aliaron y guerrearon divididos en reinos, ciudades y tribus, con tal saña que parecían querer desmentir a los que siglos después no les considerarían a todos ellos como verdaderos españoles. La mayor ciudad de Europa fue atacada y asediada una y otra vez, sus palacios fueron saqueados, lo que quedaba de sus bibliotecas fue quemado y los nombres de los califas se sucedieron sin que nadie volviera nunca a recuperar el control real sobre el antiguo imperio cordobés. En alguna ocasión Ibn Hazm, retornando de su exilio intermitente en el Levante, apostó por aspirantes al trono pertenecientes a la legítima familia real, los Omeya, pero todos esos intentos fracasaron miserablemente.

   Corrían ya los años cuarenta y el panorama había cambiado. El reino de Toledo contenía a los leoneses en el norte, y en el sur poco a poco se establecía un nuevo equilibrio en torno a la taifa de Sevilla. En Córdoba, hartos de la guerra, los ciudadanos habían dado el poder a una de las pocas familias a las que aún respetaban. Se estableció un consejo de sabios para regir la ciudad, algo parecido a un senado, y Córdoba se convirtió en una de las primeras 'repúblicas' en existir en la historia de la Península: la república de los Banu Yahwar.

   El nuevo ambiente de paz y relativo renacimiento atrajo a Ibn Hazm. Sin renunciar a su vida seminómada, quiso hacer una última visita a su tierra, donde siempre tuvo más enemigos que amigos. También es verdad que, durante las últimas décadas, ambos colectivos se habían dedicado a matarse entre ellos hasta dejar a Ibn Hazm tan falto de amenazas como de compañía. Uno de los pocos amigos que le quedaban, según había oído, era un artesano cristiano de la Axerquía llamado Ludovico.

   Ibn Hazm caminaba por la enorme llanura, cubierta de matorrales, que medio siglo atrás fueran los arrabales occidentales de Qurtuba. Durante la guerra, indefensos ante los soldados bereberes, los pobladores se habían refugiado tras las murallas abandonando sus casas, de las que en muchos casos ya sólo quedaban los arranques de los muros. Se detuvo a observar a una muchacha que cavaba junto a las ruinas. Apenas a unos centímetros bajo el suelo, en un estrato de hollín, sangre y vergüenza, apartaba con cuidado pequeñas piezas. Algunas, las que no parecían interesarle, las arrojaba al camino por encima de su hombro, y una de ellas cayó a los pies del poeta. Era una moneda de los tiempos de Almanzor, como las que él mismo guardó en las huchas de su infancia. Miró confuso a la muchacha y pensó en voz alta.
  -Esto es una moneda.
   Ella se detuvo un instante y se volvió; examinó a Ibn Hazm y le sonrió.
  -Puedes quedártela.
   Sin un motivo concreto, él se agachó y se guardó el dinar. Dudó si seguir su camino, pero le mordía la curiosidad.
  -Si no buscas monedas, ¿qué buscas?
   Ella se giró de nuevo y sonriendo aún más, le dijo:
  -Joyas. Joyas antiguas.
   Ibn Hazm le miró a los ojos y supo que, a la vez, mentía y decía la verdad. No actuaba como una saqueadora. Había algo de ironía en su respuesta y su expresión, pero no parecía querer hablar, y él respetó su misterio.
  -Suerte -concedió él.
   Y siguió andando.

   A medida que se acercaba a la muralla, la proporción de casas en pie iba aumentando. Puede que algunas hubieran sobrevivido al fuego, o puede que los cordobeses hubieran empezado de nuevo a sentirse seguros viviendo extramuros. Un pequeño mercado aglutinaba a la gente bajo el sol de mayo, no lejos de la monumental puerta de Amir que se abría en la muralla. Frente a la puerta, formada por dos enormes columnas romanas y un dintel de mármol, un puentecillo permitía salvar el arroyo que bajaba de la sierra hacia el Guadalquivir. Algunas tiendas se disponían en círculo, en torno a unas ruinas que levantaban apenas un metro del suelo, y que debían ser restos de algún enorme edificio de la antigüedad, con una curiosa forma cilíndrica.

   Ibn Hazm empezó a caminar más despacio, prestando atención a los mercaderes. Había mucho más género que la última vez que paseó por allí, las huertas se habían recuperado y los artesanos, de nuevo, podían dedicarse más al barro que al hierro. Un poco escondida en la segunda fila de tiendas, había una con un puñado de curiosos artilugios de madera, vidrio y forja, pero sobre todo cubierta de dibujos y muestras de caligrafía. Algunos diseños imitaban, distorsionando la forma de las letras, el propio concepto que describían. En el caso de los seres vivos, esto bordeaba los límites de la ley islámica. Los bordeaba por el lado de dentro, para no provocar en exceso a los alfaquíes, y la mano que conducía los trazos dentro de ese margen pertenecía a Ludovico. Por primera vez en varios días, el poeta sonrió.

   Ludovico conversaba animadamente con un joven de aspecto germánico, ojos claros y barba rubia. Ibn Hazm se acercó despacio, sin que ninguno de los dos reparara en él. Discutían sobre la necesidad de árboles de sombra en la zona donde se celebraba el mercado cada semana. El germano insistía en que deberían plantarse árboles que, aunque crecieran más despacio, vivieran durante décadas y fueran resistentes al clima andaluz. Le parecían bien las palmas, pero soñaba con sembrar el paseo de alcornoques o encinas como las de las dehesas del norte. Ludovico le dijo que eso estaba muy bien, pero que el Consejo probablemente pondría unos lienzos de tela de mala muerte, encargados y pagados al cuñado de uno de los miembros. Lo decía medio en broma, medio en serio, un poco por hacer rabiar al germano, y efectivamente al chico se lo llevaban los djinn cuando oía esas cosas.

   Fue entonces cuando Ibn Hazm puso la mano en su hombro. Ludovico se giró y se le iluminaron los ojos. Se diría que estuviera viendo una aparición. Se abrazaron, Ibn Hazm le tomó las manos y le bendijo a él, a su madre, a su abuela y a todo su ADN mitocondrial hasta los tiempos del rey Rodrigo, Ludovico se emocionó y le preguntó que dónde carajo se había metido todo ese tiempo, que la guerra había acabado hacía años y que nunca supo a dónde enviar sus cartas y sus grabados. Le presentó al joven, Asfur, que no era sino su aprendiz, y la puesta al día entre los dos amigos avasalló al chaval. Fue una avalancha de nombres y de anécdotas de tal calibre que parecía que ambos personajes conocían toda la ciudad, desde los palacios a los cementerios (aunque estos dos sectores últimamente solían solaparse). Asfur se despidió educadamente y le dijo a Ludovico que le vería más tarde en su casa. La charla se prolongó bajo el sol atorrante.
  -No es mi intención estar aquí muchos días. Quiero respirar este aire una vez más y luego volver al levante.
  -Podrías quedarte, Alí. Los Yahwar no te molestarían, podrías empezar de nuevo. Mi casa es la tuya.
  -No, no. Demasiados recuerdos y demasiados enemigos. Sabes que perdí a muchos a quien amaba, y que las espadas que les mataron aún están en los baúles de esta ciudad, limpias y cuidadas.
 
   Muchos días amargos se agolpaban en la memoria del poeta. Aquellas espadas relucieron durante años, en la guerra y en la traición. Relucieron el día en que todo se perdió, el día en que Abderramán V, después de sólo un mes y pico de califato, fue asesinado en las salas de baños del Alcázar. Después de él ya no quedó esperanza para la familia real, omeyas contra omeyas enfrentados en la rápida cuesta abajo de los años veinte. Esa noche, la multitud tomaba las calles de nuevo mientras Ibn Hazm y Ludovico se escondían en el sótano de una casa junto a la puerta de Almodóvar, lamentando vivir en el día de la marmota de las revoluciones andalusíes.

  -¿Has venido por eso?
  -En parte.
   Ludovico sabía que Ibn Hazm no era un hombre de venganzas. Pero era un hombre de vivísima memoria.
  -No hagas ninguna locura, Alí.
  -No la voy a hacer. No he venido a buscar sangre.
  -No alcanzo a comprenderte. ¿Qué has venido a buscar?
  -Una joya antigua, amigo.
  -¿Qué joya? ¿De qué hablas?
   Se le acercó y le contestó al oído. Ludovico no daba crédito a lo que escuchaba. Sonrió.
  -Pero... pero eso es maravilloso. Yo lo vi. Lo tuve en mis manos. Siempre me pregunté si...
   Ibn Hazm continuó la confidencia unos segundos más.
  -¿Y dónde?
   Una última retahíla de susurros, antes de que ambos callaran y se miraran.
  -Pero Alí... ya no se puede entrar ahí. Nadie ha vuelto allí desde aquel día.
  -Por eso te necesito. Y una vez que lo haya conseguido, ya no tendré motivos para volver a esta tierra de fantasmas.
   Ludovico conocía a toda Córdoba. Sabía dónde encontrar una remota posibilidad de auxilio para su amigo, y no dudaría en ofrecérsela. Sabía a qué puerta debían llamar.
  -Por un fantasma, has venido hasta aquí.
  -Así es. Y he de bajar a buscarle, levantarle y llevarle conmigo.
   El cristiano puso su mano en el hombro de Ibn Hazm.
  -Y yo he de acompañarte aunque acabemos ambos en el mismo infierno.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Milenario (10): el saqueo de Medina Azahara

Si hubiera estado en Córdoba no se me habría pasado la fecha. Pero aquí, al otro lado del mundo, ha sido esta mañana cuando, todavía en la cama, me ha venido a la cabeza el aniversario. Estamos en noviembre de 2010, y hace mil años que ardió Medina Azahara. Decidí poner fin a la serie de artículos sobre el milenario del fin del Califato, porque se estaban volviendo demasiado complicados, pero creo que han pasado suficientes meses y la ocasión merece recuperar el tema.

La guerra civil en Al Andalus duraba ya más de un año y medio, desde la revuelta inicial de febrero de 1009 contra el nefasto gobierno del hijo de Almanzor, que puso fin a la autoridad real de éste, y al reinado, para entonces ya sólo nominal, de Hisham II. Entre 1009 y 1010 se sucedieron los gobernantes, apoyados unos por los andalusíes y otros por los beréberes, mercenarios norteafricanos traídos por Almanzor para su ejército. Todo con la intervención, por primera vez en siglos, de los reinos cristianos del norte, que se frotaban las manos viendo como se consumía el antaño todopoderoso imperio cordobés.

Los beréberes habían sido expulsados en mayo de 1010 por las tropas de al-Mahdi, un ejército combinado de eslavos, andalusíes y catalanes reunido en Toledo, que venció a los norteafricanos en Córdoba y les persiguió hasta Cádiz. Allí se cambiaron las tornas, los catalanes fueron vencidos, y regresaron a Córdoba en desbandada, saqueando la ciudad y haciendo entender a los pobladores que los beréberes regresarían, más pronto que tarde, buscando venganza. La maltrecha capital se preparó de nuevo para la guerra.

En verano, al-Mahdi fue asesinado, y se restituyó a Hisham II, el último califa estable que había tenido Al Andalus. Los eslavos dirigieron la defensa, cavando un enorme foso alrededor de la ciudad, y levantando nuevas murallas entre las que quizá estuvieran las que hoy conocemos como murallas de la Axerquía (especialmente su parte sur). Los defensores se atrincheraron en las ciudades de Córdoba y Medina Azahara, dejando a su suerte o arrasando de forma preventiva otros lugares como el palacio de la Arruzafa.

Cuando el enemigo llegó, puso sitio a la capital. Era casi imposible tomar Córdoba por asalto, pero Medina Azahara, el sueño de Abderramán III hecho realidad en 936, se encontraba aislada y casi indefensa. Se dice que fue el 4 de noviembre cuando comenzó el ataque. Y después de tanto tiempo usando su libro como fuente, lo mejor será copiar el relato que Antonio Muñoz Molina hace de aquellos momentos:

"A principios de noviembre pusieron sitio a Madinat al-Zahra, tomándola por asalto al cabo de tres días y degollando primero a los soldados de la guarnición y luego a todos los hombres, mujeres y niños que vivían en la ciudad palacio de Abderramán al-Nasir, sin respetar siquiera a los que se habían refugiado en la mezquita. Cazaron a los animales exóticos que poblaban los jardines, destrozaron la gran taza de mármol sobre la que en otro tiempo se derramaba el mercurio, arrancaron las perlas y las piedras preciosas incrustadas en los capiteles, usaron como cuadra para sus caballos los salones donde se habían humillado ante el califa de al-Andalus los embajadores de los reinos del mundo. Durante todo aquel invierno se ensañaron sin descanso en la destrucción y luego la consumaron con el fuego".

El asedio de Córdoba todavía tenía que durar tres años más. Las huertas, almunias y palacios alrededor de la ciudad desaparecieron. Los arrabales que quedaban en pie fueron saqueados y quemados, y sólo el pequeño núcleo que hoy constituye el casco histórico resistió detrás de las murallas hasta el momento en que no hubo más remedio que rendirse. Aunque hubo guerra antes y después, este fue el episodio que desangró y derrumbó la antigua capital califal de medio millón de habitantes y siete kilómetros de largo, desde Medina Azahara hasta los meandros del Guadalquivir cerca de las Quemadas.

No sé si en Córdoba habrá habido algún recuerdo para este aniversario, pero a mí siempre me conmovió, y creo que es una historia que merece ser contada de vez en cuando.

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martes, 3 de noviembre de 2009

Milenario (9): Suleiman, el Califa de los beréberes

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¿Existe una forma simple de explicar las guerras civiles de 1009-1031? Es arriesgado, pero Viguera Molins se acerca en Los reinos de taifas y las invasiones magrebíes: aparte de las injerencias cristianas y las influencias de los poderosos eslavos, fue básicamente una guerra entre los andalusíes y los beréberes llegados en el siglo X. Los andalusíes eran los hispanorromanos, tanto los convertidos al islam (muladíes, que debían ser mayoritarios en el siglo XI) como los aún abundantes cristianos, sumandos a los árabes sirios y yemeníes, y a los beréberes venidos en los primeros tiempos de la dominación musulmana. Los nuevos beréberes habían llegado recientemente para servir a Almanzor, y se habían convertido en una fuerza incontrolable.

El nefasto (y breve) cuarto Califa al-Mahdi se encontró pronto con la horma de su babucha. ¿Se podía esperar otra cosa, después de desterrar a sus más capaces gobernantes eslavos, y maltratar a sus mejores soldados, los indomables beréberes? ¿Cómo podría defenderse de estos últimos si decidían tomar el poder? La respuesta es sencilla: no podría.

Cuando Suleiman al-Mustain reunió a los norteafricanos en torno a sí, cerca de Adamuz, y completó sus tropas con soldados de Castilla, la suerte de Córdoba quedó echada. Muhammad II al-Mahdi apenas pudo oponer un grupo inexperto de comerciantes, campesinos y demás civiles reconvertidos a guerreros. Las crónicas nos hablan de diez mil cordobeses muertos en la batalla del 5 de noviembre de 1009, que provocó la huida del Califa a Toledo y la proclamación de Suleiman como quinto gobernante desde que Abderramán III puso fin al emirato en 929.

¿Qué fue de Hisham II, que permanecía oculto por al-Mahdi desde la farsa de su entierro? Pues su propio opresor trató de sacarle a la calle en busca de legitimidad, cuando la batalla contra Suleiman parecía ya imposible de ganar. El débil hijo de Alhakén sólo duró unas horas en libertad, y volvió a las mazmorras.

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Línea temporal de la dominación musulmana (I y II)

domingo, 18 de octubre de 2009

Milenario (8): el Imperio que rodó por la pendiente de la locura

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Muhammad al-Mahdi, el cuarto Califa, pudo hacerlo peor, pero no mucho peor. Una vez que se metió en el tremendo berenjenal de la
revolución de febrero de 1009, que desalojó del poder efectivo a la dinastía de validos amiríes que, desde Almanzor, venía usurpando las funciones califales, tenía la oportunidad de devolver el equilibro al país.

Sin embargo, al-Mahdi tomó otro camino. En primer lugar, despreció a la clase gobernante de origen eslavo que los amiríes habían colocado en cargos de gran responsabilidad. Directamente, los expulsó de la ciudad, provocando sin saberlo el inicio de las taifas de Levante, que desde ese momento comenzarían a formarse en torno a estos altos funcionarios en Tortosa, Játiva, Almería, Valencia, Orihuela y otras regiones.

Aún más estúpido fue su desaire al estamento militar de origen beréber, la base de los temidos ejércitos de Almanzor. La población andalusí, que contaba con un antiguo componente norteafricano desde el siglo VIII, no veía con buenos ojos a los nuevos beréberes llegados en los últimos años del Califato. Al-Mahdi humilló a sus líderes y permitió el acoso a sus familias y propiedades, aumentando la brecha de odio.

Para terminar de cavar su propia tumba, la farsa del entierro de Hisham II, que probablemente no coló entre el resto de la familia Omeya, puso en su contra a gran parte del clan. Hisham al-Rashid, nieto del gran Abderramán III, dirigió una primera rebelión en junio, que fracasó.

Su sobrino, Suleiman, que sería llamado al-Mustain, decidió que había llegado su turno. Acumuló una gran cantidad de tropas beréberes en las cercanías de Armillat, no lejos de la actual Adamuz. Y esperó pacientemente la llegada de un aliado contra natura. Una mañana, seguramente al principio del otoño, los ejércitos de Castilla llegaban a las inmediaciones de Córdoba. Lucharían al lado de un Omeya, para destronar a otro. Era un tiempo nuevo, convulso. La agonía de la Córdoba califal.

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Línea temporal de la dominación musulmana (I y II)

jueves, 13 de agosto de 2009

Milenario (7): la farsa del entierro de Hisham II

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Cuando, tras la revuelta de febrero de 1009, Muhammad ibn al-Chabbar, llamado al-Mahdi, obligó al Califa a abdicar a su favor, ocurrió algo que todavía no se explica del todo bien. En lugar de eliminar físicamente a Hisham II, lo cual le habría quitado legitimidad a los ojos de la sociedad cordobesa y de la propia familia Omeya, le encerró en el alcázar, incomunicado.


Al-Mahdi temía que una revolución legitimista escogiera a Hisham II como líder para volver a colocarle en el poder, no porque el propio monarca depuesto la liderara, ya que no había liderado nada en su vida, sino porque seguía siendo un símbolo de la dinastía.

El nuevo Califa decidió que simularía la muerte de Hisham, aprovechando que no eran tantas las personas que le conocían físicamente en la ciudad, así como que había fallecido en un arrabal un cristiano que se parecía asombrosamente al derrotado gobernante. De modo que, al tiempo que llevaba a Hisham II a una escondida casa donde permanecería bajo custodia durante años, el cristiano era vestido con la mortaja real, honrado como un Califa muerto en la mezquita Aljama y enterrado en el cementerio privado del alcázar andalusí.

Poco tiempo le duraría a Hisham la tranquilidad de su muerte ficticia, pero podría disfrutarla hasta noviembre de 1009, periodo durante el cual al-Mahdi gobernó con tal grado de estupidez que consiguió ponerse en contra a los beréberes, que constituían la columna vertebral del ejército de Al Andalus. Ese sería su fin, pero esa ya es otra historia.

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Como de costumbre, tomado de "La Córdoba de los Omeyas", de Antonio Muñoz Molina. Está en Google Books, muy recomendable.
Línea temporal de la dominación musulmana (I y II)

jueves, 9 de abril de 2009

Milenario (6): la cita de Sanchuelo con su destino

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El mundo dejó de tener sentido para el visir Sanyul, probablemente, la tercera semana de febrero de 1009. Se encontraba en Toledo, adonde había tenido que regresar forzado por las condiciones climatológicas, dado que las lluvias habían embarrado los caminos y el avance de las tropas se hacía penoso por el desierto estratégico de la Meseta norte.

Fracasado su intento de gloria militar, recibía ahora la noticia de que en Córdoba había estallado una revuelta contra su gobierno, habiendo quedado Madinat al-Zahira totalmente arrasada. Abderramán sólo tenía una opción: acudir a la todavía capital del todavía Califato, y presentar batalla.

No está totalmente claro lo que ocurrió a partir de ese momento. Se sabe que el ejército beréber de Sanchuelo le fue abandonando progresivamente, dando por perdida cualquier batalla contra los rebeldes de ibn Abd al-Chabbar. Los aliados de la familia amirí desde los tiempos del hayib Almanzor habían dejado de serlo de la noche a la mañana, y únicamente un grupo de civiles inconscientes, junto con algún verdadero soldado cristiano, permanecían con él. Entre ellos, el fiel Gómez, que le acompañó, lleno de vergüenza al ver su comportamiento, hasta el destino final.

Éste pareció consistir en la humillación pública de Sanchuelo ante las primeras avanzadillas del ejército de al-Mahdi, llegando a besar los cascos del caballo del enemigo en un vano intento por evitar su ejecución. Según una de las teorías, fue incluso embalsamado para permanecer más tiempo expuesto al pueblo después de su muerte.

Sin embargo, no falta quien considera que, siguiendo las recomendaciones de algún lugarteniente, Sanchuelo buscó refugio en el monasterio mozárabe de San Zoilo Armilatense, cerca de Adamuz, donde finalmente encontraría la muerte. Ésta tuvo lugar, en cualquier caso, a principios de marzo, sin hallarse claras las circunstancias.

La rebelión había vencido y se había consumado, pero aún quedaba un fleco suelto a la hora de legitimar al nuevo gobernante. Tenía que llegar un fascinante y surrealista episodio histórico.

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Como en todos los artículos sobre el Milenario, la fuente principal es el libro de Muñoz Molina, "Córdoba de los Omeyas".
Línea temporal de la dominación musulmana (I y II)

lunes, 16 de febrero de 2009

Milenario (5): la hora de la espada


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La noche es roja sobre Córdoba, las nubes bajas reflejan los colores de la guerra y el humo asfixia las esperanzas de decenas de miles de habitantes. Es la noche del 15 al 16 de febrero del año 1009, y los arrabales más orientales de la ciudad, aquellos que lindan con los palacios de Madinat al-Zahira, están en llamas.

Tal día como hoy, hace mil años, Córdoba despertó de una noche sin sueño, sin dencanso, sumida en el caos más absoluto y en medio de una espiral de violencia que culminaba años de miedo e inestabilidad. El frágil equilibrio que mantenía en pie la fachada del Califato había caído, en forma de revuelta popular contra el gobernador amirí, el odiado Sanchuelo, que se había llevado el ejército a una desastrosa campaña contra los reinos cristianos, y al que las noticias de la rebelión le obligarían a regresar a la carrera días después.

Muhammad ibn Abd al-Chabbar, al que la Historia recordará como Muhammad al-Mahdi, bisnieto del añorado Abderramán III, al frente de cuatrocientos guerreros y de las autoridades religiosas, tomó sin demasiada resistencia, en la tarde del día 15, la residencia oficial del hayib ausente. Cuando los soldados abandonaron Madinat al-Zahira, la turba enfurecida se entregó al saqueo. Durante cuatro días, con sus noches, las interminables riquezas acumuladas durante los gobiernos de Almanzor, Abd al-Malik y Sanchuelo, siempre bajo la autoridad nominal del Califa Hisham II, fueron repartidas entre los cordobeses que arruinaron el palacio. Antonio Muñoz Molina, en su "Córdoba de los Omeyas", nos habla de millón y medio de monedas de oro y dos millones de monedas de plata, así como innumerables tesoros y adornos de los más finos materiales. Los edificios fueron pasto de las llamas, destruidos hasta no quedar piedra sobre piedra. Ni siquiera hoy somos capaces de averiguar con seguridad dónde estuvo aquella ciudad palatina.

Mientras tanto, Muhammad se había dirigido al Alcázar en busca del Califa, de aquél que había traicionado, con su ineptitud, a su propia dinastía. Omeya contra Omeya, le exigió que abdicara en su nombre, y se convirtió así en el cuarto Califa. Hisham II quedó prisionero, ajeno al mundo como siempre lo había estado, pero esta vez a sabiendas de que, por fin, después de tantos años de esfuerzos involuntarios en esa dirección, había llegado al cénit de su reinado. Su obra estaba completa. Le fue legado un imperio, una cultura, una ciudad llena de sabiduría, un poderoso ejército y un fértil territorio. Ahora, la capital de ese imperio, una de las ciudades más fascinantes que habían conocido los tiempos, estaba en llamas.

Hace mil años, un 16 de febrero, al amanecer, el moecín subió al gran alminar de la mezquita mayor. Miró a levante, y no pudo nombrar a Dios. El humo tapaba el sol del nuevo día, y anunciaba la nueva era de la guerra. Cayó de rodillas y lloró con amargura.

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Línea temporal de la dominación musulmana (I y II)

martes, 27 de enero de 2009

Milenario (4): el oscuro camino hacia la guerra

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Día sombrío, día aciago, aquél en que el más poderoso ejército de la Península se reunió en los campos de Córdoba. Aquella mañana, cordobeses, una época entera de la ciudad dejó de pertenecer al presente para convertirse en mito, en carne de leyendas. La gran capital del Califato ya viviría para siempre en la imaginación, con sus paredes blanqueadas, sus caminos lujosamente pavimentados, sus palacios, sus baños y mezquitas, el olor de las especias en su zoco, el murmullo de las discusiones sobre filosofía clásica en los jardines de las escuelas.


Córdoba entraría al mundo de las ciudades legendarias, las que la literatura universal, histórica o de ficción, ha descrito tantas veces. El sabor de lo perdido, de la exótica Bizancio, de las civilizaciones de Etiopía, de las lenguas que ya nadie habla. Todo lo que un día brilló, y que ya nunca volverá de las sombras.

Ese día, el ejército del Califato de Córdoba fue convocado por última vez, quién sabe dónde. A lo mejor en los campos de Rabanales, cerca de al-Zahira. Quizás en los llanos de la Albaida, o en el Campo de la Verdad. A vista de pájaro, miles de soldados en perfecta formación, como hacía sólo diez años los colocaba Almanzor. ¿Por qué no iba a ser posible? ¿Por qué no podía su hijo, Abderramán, al que llamaban Sanchuelo, ser un glorioso capitán como su padre y su hermanastro? Volvería de los reinos cristianos habiendo arrasado sus pueblos, cargando riquezas y seguido por sus prisioneros.

El pueblo de Córdoba ya no sabía qué desear. Por un lado querían que todo siguiera en pie. Que el hayib ganara nuevas batallas, que un heredero justo de Hisham II ocupara el trono en un futuro. La gran farsa de la fidelidad de los visires amiríes a los omeyas podría haber continuado, pero Sanchuelo había sido nombrado sucesor a título de Califa, rompiendo esa lealtad. Por otro lado, la dejadez y el vicio de Sanyul le habían convertido en un personaje aborrecido por los cordobeses, que deseaban su muerte sólo con un poco menos de intensidad que la paz del imperio.

Como última humillación, hizo que todos sus soldados llevaran turbante, al estilo bereber. Las autoridades religiosas montaron en cólera, los sectores árabes del ejército se opusieron y los ánimos se encresparon aún más.

El 14 de enero del año 1009, Abd al-Rahman Sanyul, hijo del más grande guerrero que diera nunca Al Andalus, emprendió el camino hacia el norte, en busca del honor, con un ejército desmoralizado y dividido, en pleno invierno y dejando atrás una ciudad al borde de la revuelta.

Cuenta Antonio Muñoz Molina, en un detallado relato de estos días (1), que un viejo caminaba junto al palacio de Madinat al-Zahira cuando, dirigiéndose a sus muros, exclamó: "¡Palacio que te has enriquecido con los despojos de tantas casas, quiera Dios que pronto todas las casas se enriquezcan con los tuyos!"

Faltaba una luna para la guerra.

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Muñoz Molina, Antonio: "Córdoba de los omeyas".
Línea temporal de la dominación musulmana (I y II)

domingo, 7 de diciembre de 2008

Milenario (3): la gran estupidez de Sanyul

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Hace mil años (y unos días que me he tomado libres), en noviembre de 1008, el primer ministro
Abd al-Rahman Sanyul estaba inmerso de lleno en una fulgurante carrera de ascensos: de hermano del hayib, a hayib, y de hayib al Paraíso con las huríes en cuestión de medio año. No estuvo mal.

De entre todas las tonterías que cometió el valido amirí, la más tremenda, la más determinante para darle el empujón definitivo a su frenético avance hacia los cielos, fue la decisión de convencer a su amiguete y Califa, Príncipe de los Creyentes, luz que ilumina Al Andalus, etc., de que, ya que eran tan colegas, y teniendo en cuenta que Sanyul se pasaba más noches de juerga en az-Zahra' que ejerciendo de hayib en az-Zahira, el gran palacio amirí de su padre Almanzor, podía saltarse una tradición de doscientos cincuenta años de dinastía Omeya y nombrarle a él sucesor a título de Califa.

Lo increíble es que Hisham II aceptó. Le nombró heredero y retiró ese derecho a todos sus hermanos, primos, sobrinos y demás familiares omeyas, que debían contarse por cientos a esas alturas de la dinastía. Como es natural, la noticia de la publicación del decreto fue recibida con jolgorio por estos omeyas, que vieron la excusa perfecta para cortarle el pescuezo de una vez a Sanyul, y de paso al inútil de Hisham II, proclamando Califa a cualquier otro pretendiente de la familia legítima, que al fin y al cabo es lo que llevaban intentando desde que Almanzor, origen de la lacra de la bicefalia en el Imperio, asumió el poder casi absoluto.

Así que, a medida que caía el invierno sobre Qurtuba, se hacía más común que los líderes beréberes, eslavos y árabes se reunieran por bandos, tratando de acordar cuál sería la mejor estrategia de cada uno de ellos el día en que, por cualquier brillante idea del amigo Sanchuelo, el chiringuito del Califato se viniera por fin abajo y la sangre corriera como arroyos por las calles de su capital. Que iba ser cualquier día de aquellos.

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jueves, 9 de octubre de 2008

Milenario (2): el otoño del Imperio

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Mil años atrás, un mes de octubre de 1008, la ciudad de los califas bullía entre rumores y tensiones. No muy lejos de ella, se concentraban los hombres más poderosos de Al Andalus en torno al lecho de muerte de Abd al Malik ibn Abi Amir, el llamado
al-Muzaffar, a quien Almanzor había dejado en 1002 al frente del gobierno efectivo del Califato. Hisham II estaba encerrado en su cárcel dorada de Medina Azahara (en el viejo Alcázar emiral, según otros), alejado de los asuntos políticos.

Al-Muzaffar había sido un primer ministro que había tratado de continuar los pasos de su padre, llevando a cabo exitosas campañas militares contra los reinos cristianos un año tras otro. Sin embargo, su repentina enfermedad y agonía ponía contra las cuerdas los engranajes internos del Estado. Su medio hermano, Abd al-Rahman Sanyul o Sanchuelo, nieto de un rey de Navarra, era considerado por todos un incapaz, pero le correspondía el título de hayib si se quería continuar con la línea dinástica amirí. Enfrente, se situaban los legitimistas omeyas, las familias de la vieja aristocracia que veían como la reducción del papel del Califa, que ya constituía un mero símbolo, podía acabar con sus privilegios sociales.

Además, la llegada al poder de Sanyul estuvo rodeada de rumores acerca de su responsabilidad en la muerte de al-Muzaffar, al que podría haber envenenado. El nuevo hayib, en una actitud imprudente, se aficionó rápidamente a la vida de placeres de Hisham II, del que se hizo amigo íntimo. Enseguida cometió el primero de sus muchos errores: adoptó el título casi califal de al-Mamun, "el que inspira confianza".

Si Sanyul quería mantener el delicado equilibrio entre las facciones árabes, los beréberes y el resto de los grupos étnicos cordobeses, debía obrar con tacto y no traspasar una serie de líneas rojas. Al imbuirse de una dignidad reservada a la familia omeya, había cruzado la primera. No sería la última.

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Línea temporal de la dominación musulmana (I y II)

sábado, 24 de mayo de 2008

Milenario (1): la última primavera de Qurtuba

(ver siguiente)

Hace exactamente mil años, la grandiosa Qurtuba califal vivió su última primavera. Era mayo de 1008, cuando florecieron por última vez los jardines de Medina Alzahira (
al-Madinat al-Zahira) y se adornaron de colores las almunias que rodeaban a la capital.

Reinaba el tercer Califa de la dinastía de los Omeya, Hisham (Hixem) II, encerrado en su propio palacio por el valido Abd al-Malik al-Muzaffar, hijo del todopoderoso Almanzor y gobernante efectivo desde su muerte en 1002, estableciendo de esta manera una dinastía amirí en el poder, paralela y sobrepuesta a la legítima familia reinante.

La ciudad era inmensa. Inabarcable. Los historiadores decimonónicos jamás se creyeron las cifras de población porque no imaginaban una Córdoba de doscientos, trescientos mil, medio millón de habitantes constreñida entre sus murallas medievales; les faltaba el dato esencial: Córdoba ocupaba una superficie mucho, muchísimo mayor. Rebasaba los muros y se extendía por la actual Ciudad Jardín hasta más allá de los límites actuales, seguía el río hasta las almunias de Casillas, se había construido en lo que hoy son las Margaritas, Ollerías, casi con toda seguridad algunas zonas de Levante hasta Carlos III.

Ni París, ni Roma, ni Londres podían soñar siquiera con semejante extensión o con una parecida cantidad de artistas, artesanos o científicos. Sólo la opulenta Constantinopla, Bagdad o Cairuán podían compararse con Córdoba.

Dos ciudades palatinas, Medina Azahara al oeste y Medina Alzahira al este, rivalizaban en riqueza. Junto a ellas, se habían extendido los barrios de funcionarios y comerciantes, formando en algunas zonas casi un continuo de siete millas que Ramírez de las Casas-Deza nunca pudo llegar a entender.

Y sin embargo, la bomba étnica que suponía la mezcla de árabes, beréberes, muladíes, eslavos y mozárabes había ido fraguando una inestabilidad cuya mecha sería el enfrentamiento dinástico entre omeyas y amiríes. Desde finales de 1008 y, especialmente, principios de 1009, cuando estalló la guerra civil, una vertiginosa sucesión de Califas, asedios, saqueos y revueltas aplastó durante veintidós años la memoria de Qurtuba. Medina Alzahira fue destruida en 1009, Medina Azahara fue violada y hundida en 1010. Sólo quedó, en palabras de Ocaña Jiménez, un "campo pletórico de espantosas ruinas", un cementerio de casas, muros caídos y tejados carbonizados, miles de viviendas abandonadas, capiteles rotos. Columnas caídas, arcos colapsados, palacios desvalijados.

Fue la mayor catástrofe, sólo comparable a la destrucción por las legiones de Julio César, que esta ciudad haya visto en su Historia, y se va a cumplir su milenario. Ha llegado la hora de rescatarla del olvido.

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Línea temporal de la dominación musulmana (I y II)