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miércoles, 11 de noviembre de 2009

San Martín o la ermita de las Montañas en la calle Montero

Hoy, 11 de noviembre, es el día de San Martín: tradicionalmente, la fecha de la matanza. Así que parece buen momento para hablar de una pequeña ermita que, si hacemos caso a las siempre peligrosas teorías de Bartolomé Sánchez Feria (siglo XVIII), puede ser uno de los centros de culto cristiano más antiguos de Córdoba.

La ermita de Nuestra Señora de las Montañas, en la calle Montero, no es hoy más que un taller de carpintería, pero su discreta fachada, con el óculo central, no deja lugar a dudas: hasta los años 50, según
Cordobapedia, mantuvo su función original. Antes, hasta 1831, fue hospedería de los ermitaños del Desierto de Belén ("Las Ermitas") para sus estancias en la ciudad, y posiblemente venga de aquí el nombre popular de la advocación. Con ese uso nos remontamos allá por el siglo XVIII, y nos acercamos a la época en que era más conocida con el título de San Martín. San Martín era la imagen principal que había en el retablo de la ermita, y el titular del hospital que antiguamente albergaba el edificio anexo.

Sánchez Feria se remite a las crónicas que tratan el viaje que hizo a Córdoba el monje San Juan de Gorcia, como embajador del emperador Otón I del Sacro Imperio Romano Germánico, en tiempos de Abderramán III, concretamente en 957. En ellas se afirma que San Juan se alojó en un palacio, bien vigilado, y que acudía los domingos a la iglesia de San Martín, que se encontraba cerca de dicha residencia, a dos millas del Alcázar andalusí. Sin embargo, la distancia real entre el Alcázar y la ermita es más o menos de una milla. En ningún caso está de acuerdo el autor con identificar esta iglesia de San Martín con el monasterio de San Martín de Rojana, situado en la sierra.


Esta dudosa identificación, junto al estudio de la imagen del titular, sirve a Sánchez Feria para argumentar que la ermita de las Montañas, situada en lo que sería un antiguo arrabal emiral o incluso tardorromano, hunde sus raíces en un lugar de culto anterior a la invasión musulmana. Estaríamos hablando de una carpintería con más de 1300 años de historia.

domingo, 20 de septiembre de 2009

La ermita de San Julián

Si no fuera por algunas fechas que parecen bailar y no casar adecuadamente, se podría decir que fue la presencia de una ermita dedicada a San Julián la que provocó la aparición de un topónimo que luego se aplicaría a numerosos lugares, calles o hitos de la zona. No podemos ubicarla de forma exacta, pero nos podemos hacer una idea con la imagen. El murallón se reconstruyó cerca de 1770, casi un siglo después de que desapareciera la ermita, así que no es descabellado imaginarla al final de la calle que lleva (aún) su nombre.

Según Ramírez de Arellano, uno de los pocos que mencionan la ermita en la literatura, se encontraba a unos 200 pies (280 m) del río. Esto nos obligaría a llevarla algo más al sur de la imagen, porque con la curva del río la distancia podría encajar, pero cualquiera hace cuentas con lo que ha variado el cauce. Nos dice también que medía cinco varas en cuadro (apenas 4 x 4 m), aunque no sabemos en qué época.


Fue fundada, sobre otra anterior, por Martín de Angulo y Contreras.
Rebuscando un poco, parece ser que este hombre fue un caballero de la Orden de Calatrava, Veinticuatro de Córdoba (hijo de don Lope de Angulo, de la Orden de Calatrava, Veinticuatro de Córdoba, así funcionaban (?) las cosas) que vivió en el siglo XVII, entrando a dicha Orden en 1667. Había nacido en Jaén, pero vivía en Córdoba.

Si consideramos que la ermita de San Julián fue fundada en ese tercer cuarto del siglo XVII, tenemos el problema que supone la aparición del topónimo en muchos documentos del siglo XVI, e incluso del siglo XV, pues ya en 1422 se alude a una parada de molinos en San Julián. De modo que habría que aceptar que, o bien nos estamos confundiendo de Martín de Angulo y Contreras, o bien existió desde poco tiempo después de la conquista cristiana un lugar de culto con ese nombre en la misma zona.


Sea como fuere, ese siglo XVII marcó la destrucción del santuario. El 22 de enero de 1684 el río Guadalquivir derribó en una crecida parte de la casa-ermita, y arrastró otro trozo en la avenida del 10 de febrero. El 21 de enero y el 19 de febrero quedó San Julián completamente perdida, y la destrucción definitiva tuvo lugar en 1692.


Sánchez Feria, en su Palestra Sagrada, impresa en 1772, menciona las ruinas de la ermita de San Julián, aún visibles en el lecho del río, según él en el lado opuesto del mismo, ya casi en el Arenal. Hay que tener en cuenta que la reconstrucción del murallón de San Julián se ordena en 1770 pero no culmina hasta unos años después, por lo que es posible que Sánchez Feria cuente la situación anterior a la reparación, y luego se consiguiera estabilizar el cauce hasta el siglo XIX.

viernes, 26 de diciembre de 2008

San Zoilo y Sonsoles

Desde Castilla y a cero grados, dejaré una pequeña historia y alguna foto sobre un tema que ya se trató anteriormente de pasada, como es la relación del Santuario de Sonsoles, a las afueras de la ciudad de Ávila, con San Zoilo, mártir cordobés cuyas reliquias fueron trasladas a Carrión en el año 1070, ó 1080 según otras fuentes.

Una de las tres teorías etimológicas más conocidas sobre el origen de la palabra "Sonsoles" sería la ascendencia latina del término, a partir de una supuesta Fons Solis, o fuente del Sol, que se correspondería con la que actualmente existe en el recinto del Santuario.

La segunda establece que se produjo una corrupción del nombre de San Zoilo a San Zoles, como ocurrió también en el pueblo de Zamora que recibe ese nombre, Sanzoles, y que tiene al cordobés como patrón. San Zoilo daba nombre, igualmente, a una iglesia de Toledo antes de que se llamara San Bartolomé. Esta teoría gana puntos si observamos una antigua inscripción en el interior del templo abulense, un edificio del siglo XV, en la que se menciona una donación a la iglesia de Nuestra Señora de Sansoles (la imagen está algo movida, a ver si me acerco por allí y la repito).


Además, un primer vistazo a la planta del edificio da a entender que existió un pequeño santuario anterior al actual, ya de por sí antiguo. La impresión procede de varios contrafuertes que penetran tanto en el crucero como en un puñado de pequeñas edificaciones que rodean al ábside, y que indicarían el mantenimiento de algún tipo de culto en el lugar pocos años después del paso de San Zoilo.

La tercera teoría, la que enseñan a todos los niños abulenses, es que un pastor vio dos luces en el cielo y exclamó, por su brillo: "¡Son soles!" Por supuesto, los soles eran la Virgen y el Niño, según la tradición popular (que dedico a Manuel Harazem y a Iker Jiménez). Como anécdota, cuelgo las fotos de una vidriera y un detalle de la fachada sur.


Y, por último, otra conexión cordobesa de Sonsoles: el lagarto, una versión castellana del conocido caimán de la Fuensanta, del que ya hablamos en su día. Como en Córdoba, se trata de un exvoto, pero al menos en este caso se reconoce que su origen es americano.


Bueno, hasta aquí llego hoy. Reconozco que la entrada me ha quedado más abulense que cordobesa, pero como dije cuando Calatañazor, Córdoba está por todas partes. Felices Fiestas a todos.

martes, 18 de diciembre de 2007

San Zoilo

A pocos metros de la iglesia de San Miguel, encontramos, en una calle a la que se encarga de dar nombre, la antigua ermita de San Zoilo. Sólo vemos en ella una fachada con motivos religiosos, incluyendo la efigie de un hombre siendo martirizado, y una minúscula espadaña para una campana.

San Zoilo, uno de los primeros mártires cordobeses, nació a finales del siglo tercero, bajo la dominación romana. Educado en el cristianismo, no dudó en desafiar de manera constante la represión religiosa de los tiempos de Diocleciano y Maximiano, a causa de la cual fue apresado por el sanguinario gobernador Daciano en junio de 303. Según la tradición, antes de ser decapitado fue despedazado con garfios de hierro, extrayéndole los riñones durante su martirio.

El descubrimiento de sus restos por el obispo Agapito tres siglos después llevó a la refundación en su honor de una basílica cristiana existente en lo que hoy es la iglesia de San Andrés. Allí fueron respetados durante los años del emirato y el Califato, y no fue hasta cerca de 1070 cuando, en el marco de inestabilidad causado por las grandes campañas castellanas contra los reinos de taifas musulmanes, se ordena el rescate de las reliquias de San Zoilo, que son llevadas en un largo viaje hasta la provincia de Palencia, donde se depositan en Carrión de los Condes. 

A la ermita que hoy conocemos fueron traídas reliquias de San Zoilo el 18 de junio de 1714, desde Carrión, y se convirtió así en un centro de religiosidad local, sin saberse bien si esta casa fue la natal del santo o si, como se afirmaba, el pozo que en ella se encuentra fue adonde se arrojaron sus riñones. Ramírez de Arellano ironiza en los Paseos sobre “beatas de las antiguas que aseguran haberlos visto salir en el cubo al sacar agua, y que, al irlos a recoger, han saltado por sí solos a lo hondo, donde han de permanecer incorruptos”. 

martes, 6 de noviembre de 2007

El Pretorio

Cuando el ferrocarril no había llegado a Córdoba, y las huertas se extendían desde la tapia de la Merced hasta las faldas de la sierra, una de las últimas construcciones que se veían al salir de Córdoba era la minúscula ermita del Pretorio, un reducido humilladero adosado al muro que rodeaba la Huerta de la Reina, cuyos terrenos se extendían por lo que hoy son los jardines del Paseo de Córdoba, hasta las Margaritas.

Al tirarse la tapia para las obras del tren, la ermita, reconstruida varias veces antes de darle forma definitiva en el siglo XVIII, comenzó a resquebrajarse. El Ecce-homo venerado por los vecinos del barrio del Matadero (las escasas viviendas extramuros de la Malmuerta) fue trasladado a San Miguel, y la ermita fue derribada.

Los vecinos, indignados, comenzaron a reclamar, mientras recaudaban fondos para costearse ellos mismos otra capilla. Celebraron incluso una novillada en el barrio, lo cual convenció al Ayuntamiento, que completó el coste de la obra y se la encargó al arquitecto Don Amadeo Rodríguez. Terminada en 1872 en el emplazamiento en que la hemos conocido, se inauguró el día 14 de enero.

Una variación más ha sufrido, como consecuencia de las obras del Plan Renfe, cuando hace cinco años se la trasladó a los nuevos jardines, quedando en el suelo una línea de piedras que recuerda su antiguo emplazamiento junto al muro de la Merced.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

La Fuensanta (III): el caimán

El río Guadalquivir, en tiempos históricos, no ha sido nunca refugio de caimanes. Y se hace muy raro que alguien, en siglos pasados, quisiera liberar uno en sus aguas por algún motivo. Sin embargo, la cultura popular ha construido en torno al caimán del santuario de la Fuensanta una curiosa historia.

Dice la tradición que este animal, merodeando las aguas y la orilla del río a su paso por Córdoba, estaba sembrando el pánico entre sus habitantes, sin que nadie se atreviera a hacerle frente. Al fin, decidieron ofrecer a un condenado a muerte (¿estaban de vacaciones todos los alguaciles de la ciudad?) el indulto a cambio de la caza del animal. Sin que haya trascendido cómo lo hizo, semejante motivación fue suficiente como para que le diera muerte en un arroyo cercano, quedando como recuerdo de aquellos días su cuerpo en el santuario.

Es una lástima que Ramírez de Arellano, el cronista de la Córdoba moderna y contemporánea, se limite a decir que el caimán fue traído de América, y que se puede relegar la otra versión al terreno de la fábula popular.

Y un pequeño detalle. En Ávila, en el santuario de Ntra Sra de Sonsoles, muy visitado en la ciudad, suelen llevar a muchos niños para que disfruten con el objeto más curioso del lugar: un caimán disecado.

jueves, 6 de septiembre de 2007

La Fuensanta (II)

En el año de 1420, según unos, y 1442, según otros, este ermitaño tuvo su respuesta. Afirmó que la noche del 8 de septiembre escuchó una voz que le revelaba la existencia de una imagen de la Virgen en el interior de la higuera, donde habría quedado escondida en tiempos de la dominación musulmana, envolviéndola el árbol en su crecimiento. Informado el obispo, se decidió cortar la higuera, apareciendo la imagen de barro de la Fuensanta.

Fue llevada a la Catedral mientras se construía el primer humilladero en el lugar, rápidamente sustituido a finales del siglo XV por la base del santuario actual. La fama de la Fuensanta se había extendido ya por todo el país, e incluso la reina Dª María de Aragón, esposa del rey D. Alonso, se acercó a Córdoba a mediados de dicho siglo, para curarse de una hidropia (no pregunteis). En agradecimiento, hizo al santuario donaciones suficientes como para levantar una hospedería para los pobres que llegaban hasta él.

Las leyendas y tradiciones sobre la Fuensanta necesitarían un blog para ellas solas, pero hay muchas que, por conocidas o curiosas, se pueden destacar.

Como la de los tres hermanos cordobeses que arrojaron a su hermana inválida al pozo del santuario para librarse de ella, contándose que ella misma salió por sus medios y se volvió andando a casa, curada.

O como el niño que en dicho pozo cayó en 1554, diciendo la tradición que el agua abría subido hasta hacer posible que saliera de él. O como el demonio que consiguieron expulsar, el 7 de junio de 1671, del cuerpo de una mujer llamada María Manuela, después de ocho meses de exorcismos e intentos fallidos.

lunes, 3 de septiembre de 2007

La Fuensanta (I)

Cuenta la tradición, ya casi olvidada, que un hombre llamado Gonzalo García, cardador de lana que habitaba el barrio de San Lorenzo en la primera mitad del siglo XV, salió un día a pasear por los alrededores de la ciudad, por la zona de la actual Facultad de Derecho. Iba lamentándose de la suerte de su familia, ya que había dejado en casa a su mujer, paralítica, y a su hija, que había perdido la razón.

Caminaba cerca del arroyo de las Piedras, que bajaba del Marrubial, y llegado un punto se encontró con tres jóvenes, un hombre y dos mujeres, a los que identificó como a la Virgen y a los patronos de Córdoba (Acisclo y Victoria). Se dirigieron a él y, señalando una fuente que brotaba de una higuera cerca de la puerta de Baeza (junto a las Lonjas), le dijeron que tomara agua y la llevara a casa, dando de beber a su familia. Compró un jarro en la calle del Sol y lo llenó, volviendo con su mujer e hija, que sanaron ese mismo día.

Cundió la noticia, y muchos cordobeses se fueron cercando al lugar, bebiendo y, según recoge la tradición, afirmando que gracias a aquel agua se curaban milagrosamente numerosos enfermos.

Uno de ellos fue un ermitaño de la Albaida, incurable, que se acercó, veinte años después del primer caso, a beber de aquella fuente y, agradecido por su sanación, quiso saber cuál era el origen de aquel misterio.