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miércoles, 20 de enero de 2010

El espía, el poeta, el nacimiento del pego y el globo que no voló

Debo reconocer que escribo esta historia sobre los hombros de gigantes, pero no por ello me ilusiona menos, porque a mí me da que nos vamos a acercar mucho al origen de esta expresión genuinamente cordobesa. Falta la prueba definitiva, por lo que esto no deja de ser una teoría, pero se non é vero, é ben trovato. Si no es verdad, al menos tiene muy buena pinta.

Hace mucho tiempo ya
colgué por aquí un enlace a la Cordobapedia, que explica el origen del pego como resultado del ascenso fallido de un globo, a finales del XIX, por parte de un francés, cuyo apellido sonaba más o menos "Pegó", empezándose a relacionar con este hombre cualquier tontería local. Yo no sé quién colgó esto en la Cordobapedia, y esta es la primera clave a tener en cuenta: ¿de dónde salió esta hipótesis? Evidentemente, alguien estudió el tema antes y llegó a la misma conclusión que luego contaré. Así que todo parece indicar que estamos asistiendo en directo al nacimiento de una leyenda, que conserva algunos datos y modifica otros. Una versión 2.0 de esta leyenda es la que refleja la Cordobapedia.

El caso es que existió un episodio histórico similar al mencionado. Hubo globo, hubo franceses (aunque no directamente ni en ese momento) y hubo fracaso... Y de paso, nos introduce en la vida de uno de los más apasionantes personajes que han pisado la Córdoba moderna: Domingo Badía y Leblich, catalán, que llegó a ser prefecto de la ciudad bajo la dominación napoleónica y que, camuflado como árabe musulmán, fue el segundo europeo y primer español en penetrar en los recintos prohibidos de La Meca, después de actuar durante años como espía en Marruecos.

Domingo Badía, caracterizado como el musulmán Alí Bey

Hay que atrasar el calendario hasta 1795, al final del siglo de las luces, cuando Domingo Badía fue nombrado administrador de las rentas del tabaco para el Estado en Córdoba, procedente de un cargo de Defensa en Granada. Entre 1792 y 1793, según las fuentes, había remitido al primer ministro Godoy un informe sobre globos aerostáticos, que al parecer pretendía emplear con fines militares, aun cuando las primeras ascensiones de los Montgolfiere se llevaron a cabo una década antes, y era una tecnología aún en pañales.

El Campo de la Merced en 1862, 70 años después

Badía recibió el visto bueno del Estado y construyó su globo en el Campo de la Merced (también bailan las fechas, 1793-1795, me gusta más esta última), fracasando en sus dos intentos de hacerlo volar, debido a las adversas condiciones meteorológicas. El revuelo y las espectativas en la ciudad habían sido enormes y la multitud quedó totalmente decepcionada.

La aventura le supuso su ruina económica, y su padre consiguió que el Consejo de Castilla le retirara la autorización para seguir experimentando, por su propia seguridad. Si queremos encuadrar correctamente la entrada de la Cordobapedia
, parece que habría sido este acontecimiento el que habría grabado la palabra "pego" en la mente popular. Pero, ¿por qué, una vez descartado el tema del apellido francés?

Firma de José Mariano Moreno

Pues resulta que, por Ramírez de Arellano y sus Paseos, sabemos que el fracaso de Badía fue caricaturizado en unos versos satíricos por un poeta local cordobés. Ese poeta se llamaba José Mariano Moreno. Desde luego, esa coplilla debió tener relevancia, cuando los Paseos la mencionan 80 años después. ¿Usó Moreno la palabra "pego", en el sentido de "trampa" o "engaño", en esos versos? En una palabra, ¿fue Moreno el inventor del pego, y Badía el primer pegoso?

Todo esto se basa en unos versos que no he encontrado, y en una mención a un globo fallido que no sé de dónde salió. Pero me gusta, y me parece
ben trovato. Ahora falta que algún sesudo investigador o académico con acceso a los manuscritos de Moreno se ponga a rebuscar en su obra. ¿Dónde pudo publicar sus versos satíricos para que fueran accesibles al público en general? ¿Había algo parecido a un periódico local en aquella época? Hasta aquí he podido llegar yo, y parece que ya hubo quien llegó antes. Ahora que sigan otros.

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Los aficionados a La Rosa de los Vientos conocemos los llamados Versus de Juan Antonio Cebrián, pequeños relatos sobre una pareja de personajes históricos cuyas vidas se entrecruzan, normalmente por motivos poco amistosos. Algo parecido ocurre entre José Mariano Moreno y Domingo Badía. Después de haberle dedicado sus versos satíricos en 1795, Badía fue prefecto casi el mismo tiempo que estuvo Moreno de secretario de la Academia, una importante institución de la época.

sábado, 16 de enero de 2010

La firma inmortal de José Mariano Moreno


Os presento a un hombre que, poco a poco, va perdiéndose en la memoria de los cordobeses que aún pudieran, dos siglos después, haber oído algo sobre él. Se ha refugiado en las bibliotecas, como muchos grandes personajes, y aún así resulta complicado dar con él. Así que siento mucho que este retrato que cuelgo aquí sea totalmente fragmentario, formado por algunos trocitos de su persona procedentes sólo de un par de fuentes.

José Mariano Moreno Bejarano nació en Córdoba, de familia humilde, un 4 de julio de 1764. Fue un estudioso y especialista en la lengua latina, ya que no tuvo recursos para dedicarse a la judicatura. De carácter retraído, fue discreto y salía poco de la casa donde vivía con su mujer, Francisca Uriarte. Dedicado casi toda su vida a la enseñanza, fue también bibliotecario durante algún tiempo.


En la mañana del domingo 11 de noviembre de 1810, se celebró la primera reunión de la que, empezando como Academia literaria de Córdoba, se convertiría en Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de esta ciudad. En las elecciones que ese día tuvieron lugar, José Mariano Moreno fue nombrado secretario, y por tanto es su firma la que aparece estampada, junto a otras, en las actas de cada reunión de la Academia hasta, al menos, mayo de 1811.


Presentó en este foro diversas obras, como su
Crítica imparcial de Lucano, una Memoria sobre la naturaleza de la oruga y modo de extinguirla, otra Memoria sobre el modo de escribir la historia de Córdoba y su Provincia, o el Elogio del literato cordobés Pedro de Valencia. Hay, de paso, alguna fábula y un estudio sobre el tizón del trigo.

Murió el 20 de octubre de 1833, en la ciudad que le vio nacer. Francisco de Borja Pavón y Luis María Ramírez de las Casas-Deza fueron algunos de sus discípulos más destacados, y perpetuaron en la medida de lo posible su memoria.


Punto y seguido.

jueves, 24 de septiembre de 2009

El azud de San Julián: el río se fue y los molinos se quedaron

Después de leer algunas cosillas y, sobre todo, mucho imaginar, creo que me puedo meter en este nuevo jardín sin salir escaldado. No existen fotos, no quedan restos, pero creo que hay soporte para argumentar que hubo un azud, con sus molinos, que desapareció por completo, aguas arriba del molino de Martos, a la altura de lo que hoy es el puente del Arenal y la portada de la Feria.

El texto que encabeza la entrada es un fragmento del tomo 2 de la "Palestra Sagrada", de Sánchez Feria, en el que explica cómo el río dejó al descubierto, en 1751, las ruinas de una azuda y molinos. Ramírez de Arellano habla de que en este sitio hubo en lo antiguo varios molinos harineros y batanes para los paños, los que desaparecieron por completo, consistiendo principalmente en que, construida la azuda de Martos, quedó la corriente más mansa, a consecuencia de haber perdido el declive que antes tenía.

Las referencias documentales a los molinos de San Julián, relativamente frecuentes durante los siglos XV y XVI, dejan de verse antes de llegar al XVII. En el último tercio del siglo XVI se produjo la ruina de esta zona industrial de la época, ahogada (literalmente) por el empeño del río en salirse de su madre de entonces, y por el aumento del nivel del agua, consecuencia del recrecimiento del azud de Martos.

El estudio de los molinos y batanes se complica de forma endemoniada si tenemos en cuenta que se les daban nombres que variaban con los años, a veces nombrando una sola aceña, a veces la casa entera, que podía contener varias de ellas. Los propietarios cambiaban, los arrendatarios iban y venían, y así no hay quien se aclare sin una investigación en profundidad.

Se cree que en la parada de San Julián había nueve canales utilizables, con sus correspondientes norias hidráulicas, cinco de ellos para batanes y cuatro de pan moler. Para hacernos una idea, basta decir que el molino de San Antonio, el de al lado de la Calahorra, contenía cuatro piedras de moler, con lo que un par de casas o tres serían suficientes para albergar toda la infraestructura.

Conocemos sus propietarios con bastante claridad, allá por 1570, más o menos. El Cabildo poseía dos aceñas y un batán; el convento de Santa Clara, dos piedras de aceña de pan moler; Isabel Mejía Tafur, viuda de Hernando Pineda, un batán; y así sucesivamente: conventos, nobles y adinerados se repartian el resto.

Se conocen ventas y cambios con respecto a esta situación, y a veces aparece el Cabildo como propietario de dos batanes, o se nombran personajes que no habían aparecido por ninguna parte en otros papeles. Pero lo que debe quedar claro, a mi parecer, es que hubo azuda de San Julián, y dos o tres casas de molinos que alojaron toda esta industria, que el río primero arrasó y luego abandonó al olvido en el paso del siglo XVI al XVII.

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La duda que no me dejaba publicar la entrada a gusto era un pequeño edificio que se ve en los planos del siglo XIX al otro lado del azud de Martos, en Miraflores. ¿Y si los molinos de San Julián hubieran estado en ese mismo azud? Según como se mire, se podrían considerar "aguas arriba" del molino de Martos.

Arjona Castro, en su
Historia de Córdoba durante el Emirato Omeya menciona un molino de la Alheña, que él ubica en la antigua almunia de Nasr, y que puede ser el situado en la parada o presa de San Julián, aceñas que eran diferentes a las de Martos aunque estaban a su misma altura en el río, que en el siglo XIV tenía cuatro piedras situadas en la orilla izquierda del río. Yo sé que Arjona es mucho Arjona, y yo también he pensado mucho si estos molinos de San Julián estarían la misma azuda, pero en mi opinión, si en 1567, cuando estaban aún en pie las industrias molineras y bataneras de las que hemos hablado, hubiera algo de ello en el azud de Martos, como implica lo que dice el arabista, Wyngaerde lo habría mostrado en su pintura, que es casi una fotografía. Y, sin embargo:


Por otro lado, en muchos documentos se habla explícitamente de la parada de San Julián, que está por encima de la parada de los molinos o aceñas de Martos, o se habla del trozo de ribera entre el Azud Real (el de Martos lo era, por pertenecer a la Orden Militar de Calatrava) y el de San Julián.

El próximo día, la última entrega de esta historia resumida del Guadalquivir en la zona del Arenal: cómo y por qué desparecieron los molinos del azud de San Julián. Una batalla, perdida de antemano, que libró el Cabildo de Córdoba contra el poderoso Consejo de las Órdenes.

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Gran parte de la información se ha obtenido del libro
Molinos y aceñas de la ciudad de Córdoba, de Cristóbal Torres Delgado. Otras menciones son títulos de documentos del Archivo Municipal de Córdoba.

domingo, 20 de septiembre de 2009

La ermita de San Julián

Si no fuera por algunas fechas que parecen bailar y no casar adecuadamente, se podría decir que fue la presencia de una ermita dedicada a San Julián la que provocó la aparición de un topónimo que luego se aplicaría a numerosos lugares, calles o hitos de la zona. No podemos ubicarla de forma exacta, pero nos podemos hacer una idea con la imagen. El murallón se reconstruyó cerca de 1770, casi un siglo después de que desapareciera la ermita, así que no es descabellado imaginarla al final de la calle que lleva (aún) su nombre.

Según Ramírez de Arellano, uno de los pocos que mencionan la ermita en la literatura, se encontraba a unos 200 pies (280 m) del río. Esto nos obligaría a llevarla algo más al sur de la imagen, porque con la curva del río la distancia podría encajar, pero cualquiera hace cuentas con lo que ha variado el cauce. Nos dice también que medía cinco varas en cuadro (apenas 4 x 4 m), aunque no sabemos en qué época.


Fue fundada, sobre otra anterior, por Martín de Angulo y Contreras.
Rebuscando un poco, parece ser que este hombre fue un caballero de la Orden de Calatrava, Veinticuatro de Córdoba (hijo de don Lope de Angulo, de la Orden de Calatrava, Veinticuatro de Córdoba, así funcionaban (?) las cosas) que vivió en el siglo XVII, entrando a dicha Orden en 1667. Había nacido en Jaén, pero vivía en Córdoba.

Si consideramos que la ermita de San Julián fue fundada en ese tercer cuarto del siglo XVII, tenemos el problema que supone la aparición del topónimo en muchos documentos del siglo XVI, e incluso del siglo XV, pues ya en 1422 se alude a una parada de molinos en San Julián. De modo que habría que aceptar que, o bien nos estamos confundiendo de Martín de Angulo y Contreras, o bien existió desde poco tiempo después de la conquista cristiana un lugar de culto con ese nombre en la misma zona.


Sea como fuere, ese siglo XVII marcó la destrucción del santuario. El 22 de enero de 1684 el río Guadalquivir derribó en una crecida parte de la casa-ermita, y arrastró otro trozo en la avenida del 10 de febrero. El 21 de enero y el 19 de febrero quedó San Julián completamente perdida, y la destrucción definitiva tuvo lugar en 1692.


Sánchez Feria, en su Palestra Sagrada, impresa en 1772, menciona las ruinas de la ermita de San Julián, aún visibles en el lecho del río, según él en el lado opuesto del mismo, ya casi en el Arenal. Hay que tener en cuenta que la reconstrucción del murallón de San Julián se ordena en 1770 pero no culmina hasta unos años después, por lo que es posible que Sánchez Feria cuente la situación anterior a la reparación, y luego se consiguiera estabilizar el cauce hasta el siglo XIX.

jueves, 24 de abril de 2008

Abrazamozas



A medio camino entre las Tendillas y la Trinidad, comunicando la plaza Doctor Emilio Luque con San Felipe, se encuentra la estrecha calle de Valdés Leal. Sin embargo, hasta 1862, en que se quiso recordar para siempre a este pintor cordobés dándole su nombre a esta callejuela, se la había conocido como Abrazamozas, al menos desde el siglo XVIII.

Contaban antiguamente a modo de enseñanza que un joven atrevido, de los muchos que se dedicaban a dar serenatas a las mujeres de la ciudad, solía ser algo más decidido que sus compañeros y siempre acababa por abrazar ("abrazar") a las damas que rondaban por aquel barrio.

Una noche se encontró con una, bien alta, que venía andando por la calle de los Leones (hoy, Sevilla), con el rostro tapado y todo el cuerpo cubierto, y que se resistió más de lo habitual a su cortejo. Por más que ella insistió en que la dejara marchar tranquila, él la siguió hasta la calle de la Palma, antiguo nombre de Abrazamozas, donde le hizo un último requerimiento.

La mujer, deteniéndose, le advirtió. Si quería un abrazo, podía exponerse a consecuencias poco agradables. Considerando esta amenaza como una muestra de debilidad, la rodeó con sus brazos y sintió bajo la tela el frío roce de un amasijo de huesos desnudos, sin carne ni piel, de un esqueleto fantasmal que le heló el ánimo al corresponderle en su abrazo y no dejarle marchar. El muchacho perdió el conocimiento y le encontraron a la mañana siguiente, tirado en la calle y convencido de que, desde aquel día, iba a cambiar algunos hábitos.

lunes, 31 de marzo de 2008

Puerta Nueva

En el año 1518, cuando empezaba a fraguarse la construcción de la gran catedral cristiana sobre las naves centrales de la Mezquita, otra obra menor pasaba desapercibida para la población. Una pequeña casa de la Axerquía, colindante con la muralla, era echada abajo, abriéndose un pequeño postigo para que los vecinos del barrio de la Magdalena tuvieran otra salida al campo.

Este postigo, ampliado unos años más tarde durante los preparativos de la visita del rey Felipe II, en 1570, fue tomando el nombre por el que aún hoy se conoce a esa parte de la ciudad: la Puerta Nueva.

Muy pocas puertas cordobesas, probablemente sólo la olvidada puerta de Plasencia, a la que robó el puesto de privilegio, han visto pasar a tal cantidad de personajes históricos. Felipe IV, medio siglo después, Carlos II, Fernando VII e Isabel II, así como José I, hermano de Napoleón, y los generales Dupont y Godinot durante la guerra de la Independencia.

Fue en el siglo XVIII cuando se acometieron las mayores reformas de la puerta, primero en 1723 y posteriormente con motivo de la construcción de la carretera de Madrid a Cádiz, que entraba en Córdoba por este punto. El arco original, que estaba coronado por una pequeña capilla, fue sustituido por la portada que quedó inmortalizada gracias a los primeros fotógrafos cordobeses y a varios grabados como el de la imagen.

En el año 1895, habiendo sobrevivido a la peor época de destrucción monumental, la Puerta Nueva fue sacrificada por la piqueta municipal, perdurando sólo en el recuerdo y la toponimia del ciudad de Córdoba.

viernes, 8 de febrero de 2008

La malaria de 1785

Cuando el agua de las lluvias de abril comenzó a ser templada por el sol, a su paso por los barrios de Santa Marina y San Lorenzo, comenzó a gestarse una amenaza para la ciudad. Los mosquitos Anopheles se reprodujeron en el casco urbano, del mismo modo que lo hacían por todo el país, y a los pocos días se dieron los primeros casos de las llamadas, por su sintomatología, “fiebres intermitentes”: malaria.


Al producirse los primeros muertos, ante el desconocimiento de la causa última de la epidemia, se temía a los miasmas o vapores tóxicos que pudieran exhalar, pero nadie prestaba atención al foco principal de la enfermedad: el arroyo de la Axerquía.


Aunque ya en 1785 tuvo que cerrarse la iglesia de Santa Marina por la abundancia de enfermos que habían sido enterrados en el cementerio parroquial, tras el ábside del templo, en 1786 se recrudeció la epidemia. Hasta 12.000 personas enfermaron, muriendo algo más de 1.200. Los Hospitales del Cardenal Salazar (hoy Facultad de Filosofía y Letras), Misericordia y Jesús Nazareno se llenaron de infectados, y mientras que en barrios muy populosos como San Pedro y San Miguel murieron en sus casas una cincuentena de personas, en San Lorenzo y Santa Marina las cifras se dispararon por encima del centenar.


Fue por ello por lo que, cuando la epidemia comenzó a remitir a mediados de noviembre, se fijaron los ojos del Ayuntamiento sobre el arroyo, proyectándose y ejecutándose tres años después la obra de cegado de su cauce, empedrándose las calles y desviándose el curso de agua por el exterior de la ciudad. Por fortuna, no fue necesario esperar a que comenzaran las obras para atajar el mal, ya que el paludismo no regresó la primavera siguiente.

viernes, 18 de mayo de 2007

El terremoto de Lisboa (1755)











































Sábad
o primero de noviembre de mil setecientos cincuenta y cinco en que la Universal Iglesia celebra la festividad de todos los Santos, habiendo amanecido muy claro, y muy templado, a las diez de la mañana, minuto más o menos, repentinamente sentimos todos cuantos vivíamos en esta Ciudad de Córdoba un ruido tan grande, que llamó la atención de todos. [...]

Instantáneamente se comenzó a estremecer la tierra, y todos los edificios con tanta violencia y vaybenes que no hubo persona que no se persuadiera que todos quedaríamos sepultados entre las ruinas de las propias habitaciones, durando todo este primer estremecimiento medio cuarto de hora, en cuyo tiempo se vieron flaquear todos los más fuertes y eminentes edificios, unos abriéndose por sus techumbres, otros bamboléandose de uno a otro lado, como si fueran débiles cañaverales agitados de oleadas de viento; y habiéndose suspendido como otro medio cuarto de hora, repitió el mismo ruido y temblor con poca menos violencia que el primero, pero con sólo un minuto de duración.

Esta repetición acobardó hasta los más varoniles ánimos, saliéndose los más de los que estaban en los templos, huyendo al despoblado, para escapar con vida.

(Del archivo de la Universidad de señores Beneficiados de las parroquias de Córdoba, y Paseos por Córdoba)

Pueden verse aún los daños en el interior de la Catedral, y la fachada resquebrajada de la iglesia de Santa Marina. Quedó condenada al derribo también la torre de San Lorenzo, y otros muchos edificios de la ciudad.

El terremoto de Lisboa destruyó la capital portuguesa, mató entre 60.000 y 100.000 personas, y el tsunami que le acompañó rompió las murallas de Cádiz y acabó con 1.000 personas en Ayamonte.

Nadie murió en Córdoba, y sólo se refiere un herido en las crónicas: una niña en una iglesia cercana a la Magdalena.