Cuando Fernando de Cárcamo se asomó a la puertecilla trasera de la casa, la mujer se sobresaltó primero, pero luego debió ver el cielo abierto. El joven noble estaba disfrutando de una de sus correrías nocturnas por la ciudad, las cuales le habían hecho famoso y poco popular entre los vecinos, cuando los gritos desgarrados de aquella señora le habían obligado a acercarse a ver qué pasaba.
Oyendo las voces, había dado un par de vueltas por las cercanías del convento de la Merced, adonde había llegado saltando la muralla junto a la puerta de Osario (ele), y al final se había encontrado la escenita de una mujer amortajando a su marido muerto, mientras dormía, en mitad de la noche veraniega.
El juerguista hizo de la necesidad virtud y le dijo a la buena señora que se fuera a buscar al cura del barrio de San Juan, mientras él se quedaría con el muerto en un patio. El Cárcamo se debió sentar delante de aquel hombre, rezaría alguna oración y luego se quedaría tamborileando con los dedos en alguna mesita, pensando quién carajo le mandaría meterse donde no le llamaban.
Pasaron unos minutos, don Fernando casi daba cabezadas, cuando oyó algo, se volvió hacia el difunto, y lo descubrió sentado en la cama, mirándole fijamente. En el siglo XXI, pasado el susto inicial, habría buscado una cámara oculta, pero en el siglo XVI no había de eso. Tampoco se le pasó el susto inicial, porque el muerto se levantó y caminó hacia él con las manos extendidas.
El caballero se defendía, según cuentan las crónicas, "pareciéndole cobardía arremeterle con las armas que el otro no tenía", así que se zurraron a manotazos, con el amortajado intentando ahogar al Cárcamo. A eso de las tres de la madrugada, cuando apenas le quedaban fuerzas para defenderse, el joven vio cómo el difunto le soltaba, se retiraba a su lecho y se volvía a tumbar inerte. Dio unos pasos atrás, se sentó también, blanco como la cera, y en ese momento abrió la puerta la señora, que ya venía acompañada.
Después de recibir los agradecimientos, don Fernando de Cárcamo, en vez de volver a entrar a la ciudad, caminó hacia el norte, cuando el cielo ya empezaba a clarear. Se presentó en el convento de San Francisco de la Arruzafa, del que hablamos hace poco, y tomó el hábito esa misma mañana, arrojándose entre lágrimas al guardián del convento. Allí vivió el resto de su vida, y allí murió entre la admiración de toda Córdoba por su conversión.
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"Casos notables de la ciudad de Córdoba", anónimo. Edición de Francisco Baena Altolaguirre, 2003.
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sábado, 19 de febrero de 2011
martes, 27 de julio de 2010
Leche de sirena en la Córdoba califal
De vez en cuando, la motivación llega en forma de caluroso apoyo de los amigos. El otro día, tinto en mano, el compañero malabaddon me recordó que, días atrás, me había pasado un enlace curioso, añadiendo que "ya no publicas entradas ni cuando te las dan hechas". Guardaré esa frase junto a las no menos queridas "maldita la hora en la que te enseñé la Piedra Escrita", "a veces pienso que el blog te lo escribe un negro" o "si son más de tres párrafos ni lo leo" que me han ido regalando en estos años.
El caso es que estaba malabaddon echando el rato ante la "Historia medieval del sexo y el erotismo" de Ana Martos, cuando encontró una referencia que no he podido localizar en ninguna fuente diferente a esa: el uso de leche de sirena en la corte del ilustrado Califa Alhakén II, a finales del siglo X.
Al parecer, este exótico producto cuya fuente real (una vez descartada la colaboración de las quimeras de mujer y pescadilla) es desconocida, provenía de una anciana, de existencia no menos cuestionable, que vivía en el golfo de Bengala, y que se lo proporcionaba a los mercaderes que llegaban del Mediterráneo.
La leche de sirena tenía dos propiedades a cuál más apetecibles: por un lado, permitía a aquél que la tomaba disfrutar de sueños eróticos con la mujer que quisiera. Por otro, le convertía en invisible, con lo que podía entrar a los harenes sin ser visto por los eunucos que vigilaban a las concubinas de palacio.
El hecho de que esa fuera la mejor utilidad que le vieran a un brebaje que vuelve invisible dice mucho a favor de la gente del siglo X. Quizás estaban menos obsesionados con la guerra de lo que a veces nos pensamos...
El caso es que estaba malabaddon echando el rato ante la "Historia medieval del sexo y el erotismo" de Ana Martos, cuando encontró una referencia que no he podido localizar en ninguna fuente diferente a esa: el uso de leche de sirena en la corte del ilustrado Califa Alhakén II, a finales del siglo X.
Al parecer, este exótico producto cuya fuente real (una vez descartada la colaboración de las quimeras de mujer y pescadilla) es desconocida, provenía de una anciana, de existencia no menos cuestionable, que vivía en el golfo de Bengala, y que se lo proporcionaba a los mercaderes que llegaban del Mediterráneo.
La leche de sirena tenía dos propiedades a cuál más apetecibles: por un lado, permitía a aquél que la tomaba disfrutar de sueños eróticos con la mujer que quisiera. Por otro, le convertía en invisible, con lo que podía entrar a los harenes sin ser visto por los eunucos que vigilaban a las concubinas de palacio.
El hecho de que esa fuera la mejor utilidad que le vieran a un brebaje que vuelve invisible dice mucho a favor de la gente del siglo X. Quizás estaban menos obsesionados con la guerra de lo que a veces nos pensamos...
domingo, 6 de junio de 2010
El algarrobo del Patriarca: ¿cómo de centenario? (y II)
Capítulo Dos: la leyenda del algarrobo del Moro
(Capítulo Uno: el árbol)
Hace unos años, cuando ya conocía el algarrobo del que hablamos en la entrada anterior, leí en la "Palestra Sagrada" de Sánchez Feria una vieja historia sobre una imagen religiosa encontrada en las cercanías del cerro de las ermitas. Hacía referencia a un árbol de esta especie y desde entonces no puedo dejar de preguntarme si estamos hablando del mismo lugar. Os hago copia-pega de la historia según este autor:
Los "Paseos por Córdoba" más o menos vienen a corroborar el relato, aunque se sustituye el terremoto por una tormenta y varía la fecha un par de días.
Refiere la historia que un niño de siete años llamado Bartolomé de Pedroza fue el día de 7 de octubre de 1680 a buscar un haz de leña. Ya muy lejos de la población se armó una gran tormenta de agua y grandes exhalaciones que acobardaron al niño, pensando si volverse o no a su casa, cuando vio entre las matas una horrible culebra en dirección suya. Entonces corrió a esconderse entre unas peñas, donde encontró esta imagen, que trajo a Córdoba, entregándola al rector de su parroquia, Santa Marina, don Fernando Dávila, quien, para darla título, puso varias papeletas y sacó una, tocándole el de Villaviciosa. Donola al convento del Cister, recién establecido, y cuya comunidad la ha conservado con extremado culto.


La expresión "al pie del cerro" es un poco ambigua, pero puede aplicarse al lugar del algarrobo que conocemos, porque desde allí todo es subida (y dura) hacia las ermitas, y nos metemos en la falda de la montaña. La foto en la que se ven el árbol y el cerro puede resultar engañosa a este respecto. Y curiosamente, a unos metros del árbol se encuentran unas antiguas canteras, similares a las conservadas junto al Castillo de la Albaida que, si dejamos volar la imaginación, podrían identificarse con los peñascos de la leyenda.
Cada uno es libre a la hora de interpretar el tema como quiera. La
identificación del árbol con el "algarrobo del Moro" es algo que nunca será posible probar, pero que tampoco me parece descabellado. Implicaría que en 1792, hace 200 años, al imprimirse la "Palestra" (y no en 1680, según entiendo al leer el relato), el algarrobo era ya tan grande y conocido que tenía nombre propio y sirvió al autor para orientar a los lectores sobre el lugar del suceso. Aquí quedan la leyenda, la literatura y la imagen encontrada en aquel lugar a finales del siglo XVII, y conservada en el Císter, en el primer altar del lado de la epístola (fuente). Allí, esperemos que por muchos años, queda el monumental algarrobo del Patriarca.
---
Para el que se encuentre algo confuso con el tema, aclarar que esta imagen es sólo una de varias con el mismo título que se han venerado históricamente en Córdoba.
(Capítulo Uno: el árbol)
Hace unos años, cuando ya conocía el algarrobo del que hablamos en la entrada anterior, leí en la "Palestra Sagrada" de Sánchez Feria una vieja historia sobre una imagen religiosa encontrada en las cercanías del cerro de las ermitas. Hacía referencia a un árbol de esta especie y desde entonces no puedo dejar de preguntarme si estamos hablando del mismo lugar. Os hago copia-pega de la historia según este autor:
Los "Paseos por Córdoba" más o menos vienen a corroborar el relato, aunque se sustituye el terremoto por una tormenta y varía la fecha un par de días.Refiere la historia que un niño de siete años llamado Bartolomé de Pedroza fue el día de 7 de octubre de 1680 a buscar un haz de leña. Ya muy lejos de la población se armó una gran tormenta de agua y grandes exhalaciones que acobardaron al niño, pensando si volverse o no a su casa, cuando vio entre las matas una horrible culebra en dirección suya. Entonces corrió a esconderse entre unas peñas, donde encontró esta imagen, que trajo a Córdoba, entregándola al rector de su parroquia, Santa Marina, don Fernando Dávila, quien, para darla título, puso varias papeletas y sacó una, tocándole el de Villaviciosa. Donola al convento del Cister, recién establecido, y cuya comunidad la ha conservado con extremado culto.
La expresión "al pie del cerro" es un poco ambigua, pero puede aplicarse al lugar del algarrobo que conocemos, porque desde allí todo es subida (y dura) hacia las ermitas, y nos metemos en la falda de la montaña. La foto en la que se ven el árbol y el cerro puede resultar engañosa a este respecto. Y curiosamente, a unos metros del árbol se encuentran unas antiguas canteras, similares a las conservadas junto al Castillo de la Albaida que, si dejamos volar la imaginación, podrían identificarse con los peñascos de la leyenda.
Cada uno es libre a la hora de interpretar el tema como quiera. La
identificación del árbol con el "algarrobo del Moro" es algo que nunca será posible probar, pero que tampoco me parece descabellado. Implicaría que en 1792, hace 200 años, al imprimirse la "Palestra" (y no en 1680, según entiendo al leer el relato), el algarrobo era ya tan grande y conocido que tenía nombre propio y sirvió al autor para orientar a los lectores sobre el lugar del suceso. Aquí quedan la leyenda, la literatura y la imagen encontrada en aquel lugar a finales del siglo XVII, y conservada en el Císter, en el primer altar del lado de la epístola (fuente). Allí, esperemos que por muchos años, queda el monumental algarrobo del Patriarca.---
Para el que se encuentre algo confuso con el tema, aclarar que esta imagen es sólo una de varias con el mismo título que se han venerado históricamente en Córdoba.
viernes, 4 de junio de 2010
El algarrobo del Patriarca: ¿cómo de centenario? (I)
Capítulo Uno: el árbol
(Capítulo Dos: la leyenda del algarrobo del Moro)
¿Cuántos atardeceres ha visto uno de los seres vivos más viejos de Córdoba y sus alrededores? Resulta imposible aproximarse a una respuesta, con los métodos que conocemos, antes de que acabe por morir de forma natural o, más probablemente en este mundo que nos ha tocado vivir, de ser tristemente talado.


En la zona del Patriarca, más cerca ya de las primeras casas de Santa Ana de la Albaida, hunde sus raíces un algarrobo (Ceratonia siliqua) que, aunque menos conocido que el de la loma de los Escalones, cuya edad se estima entre 350 y 400 años, se le aproxima en sus dimensiones. Realmente es muy complicado dar un dato fiable hasta que no se corta el árbol y se cuentan los anillos, porque además la toma de una muestra radial se complica cuanto más dura es la madera, siendo, para colmo, más complicado contar los anillos estacionales en especies de hoja perenne.
Este algarrobo centenario viene señalado en la conocida como "ruta verde" de los Paseos por la Sierra de Córdoba, y creo recordar que durante un tiempo tuvo un cartel explicativo sobre cómo sirvió de fuente de alimento en las épocas del hambre.


El árbol tiene tres enormes fustes que emergen de un tronco principal cuyo perímetro a ras de suelo es complicado de definir, por la sedimentación en el lado norte y la erosión del lado sur. De todos modos, se acerca a los diez metros (espero poder traer las medidas más precisas en breve). Los diámetros N-S y W-E son, respectivamente, 16,5 y 14 metros. A pesar de ello, no está en la lista de árboles singulares de la provincia, lo cual debería corregirse de inmediato, dándole protección ante cualquier futura agresión urbanística.
Y aunque el algarrobo del Patriarca, por su propia historia vital, ya merecía una entrada en este blog, hay algo más que me tiene escamado, y que quería compartir aquí desde hace tiempo. Una leyenda local, de las llamadas "tradiciones piadosas", que remite a este lugar y quién sabe si a este árbol en concreto.
Para no alargar el tema, partiré la entrada, y os la contaré en un par de días.
(Capítulo Dos: la leyenda del algarrobo del Moro)
En la zona del Patriarca, más cerca ya de las primeras casas de Santa Ana de la Albaida, hunde sus raíces un algarrobo (Ceratonia siliqua) que, aunque menos conocido que el de la loma de los Escalones, cuya edad se estima entre 350 y 400 años, se le aproxima en sus dimensiones. Realmente es muy complicado dar un dato fiable hasta que no se corta el árbol y se cuentan los anillos, porque además la toma de una muestra radial se complica cuanto más dura es la madera, siendo, para colmo, más complicado contar los anillos estacionales en especies de hoja perenne.
Este algarrobo centenario viene señalado en la conocida como "ruta verde" de los Paseos por la Sierra de Córdoba, y creo recordar que durante un tiempo tuvo un cartel explicativo sobre cómo sirvió de fuente de alimento en las épocas del hambre.
El árbol tiene tres enormes fustes que emergen de un tronco principal cuyo perímetro a ras de suelo es complicado de definir, por la sedimentación en el lado norte y la erosión del lado sur. De todos modos, se acerca a los diez metros (espero poder traer las medidas más precisas en breve). Los diámetros N-S y W-E son, respectivamente, 16,5 y 14 metros. A pesar de ello, no está en la lista de árboles singulares de la provincia, lo cual debería corregirse de inmediato, dándole protección ante cualquier futura agresión urbanística.
Y aunque el algarrobo del Patriarca, por su propia historia vital, ya merecía una entrada en este blog, hay algo más que me tiene escamado, y que quería compartir aquí desde hace tiempo. Una leyenda local, de las llamadas "tradiciones piadosas", que remite a este lugar y quién sabe si a este árbol en concreto.
Para no alargar el tema, partiré la entrada, y os la contaré en un par de días.
sábado, 22 de mayo de 2010
El asedio de San Acisclo y el complicado encuentro de razas
En el relato tradicional de la invasión musulmana está incluida la resitencia de un puñado de soldados visigodos (varios cientos, no diré trescientos por no pagar derechos de autor) en la iglesia de San Acisclo, donde aguantaron unos tres meses el asedio beréber.
Aunque no tenemos suficientes datos para afirmarlo con seguridad, se ha postulado que San Acisclo podría haberse encontrado en algún lugar entre el sur de Ciudad Jardín y el cementerio de la Salud, en la zona de Vista Alegre y, dado el tiempo que duró la defensa, debía estar bien protegida o fortificada.
Los musulmanes veían que se prolongaba demasiado tiempo la situación, y decidieron forzar la rendición cortando el suministro de agua que llegaba a la iglesia mediante un acueducto (interesantísimo dato), para lo cual enviaron a un soldado que, según el cronista Ibn al-Sabbat, era el único de raza negra que había pasado el Estrecho. Su misión era, si atendemos al historiador magrebí al-Maqqari, apresar en los alrededores de San Acisclo a algún cristiano al que sacar informes sobre la situación de los sitiados y el lugar por el que les llegaba el agua.
El soldado, sin embargo, fue apresado por los visigodos, que se extrañaron del color de su piel, y le llevaron junto al punto de salida del acueducto para allí tratar de quitarle el pigmento que le cubría, hasta hacerle sangrar de tanto frotar. Así, una vez que le dejaron tranquilo y consiguió fugarse, pudo contar a los musulmanes de dónde llegaba el abastecimiento de agua potable.
Al cortarles el agua, los cristianos debieron quedar algo menos animosos, pero aún así no quisieron rendirse y probablemente ardieron junto a su iglesia-fortaleza cuando al caudillo Mugit se le acabó la paciencia, al cabo de tres meses.
Aunque es muy probable que en época romana llegaran a Córdoba hombres y mujeres de raza negra, no deja de ser curioso que se mencione en las crónicas a este "adelantado", que vino a hacer el papel del negro Estebanico en América, pero con un final algo más digno.
---
Tomado, un poco libremente, de la Historia de Córdoba durante el emirato omeya, de Antonio Arjona Castro
Aunque no tenemos suficientes datos para afirmarlo con seguridad, se ha postulado que San Acisclo podría haberse encontrado en algún lugar entre el sur de Ciudad Jardín y el cementerio de la Salud, en la zona de Vista Alegre y, dado el tiempo que duró la defensa, debía estar bien protegida o fortificada.
Los musulmanes veían que se prolongaba demasiado tiempo la situación, y decidieron forzar la rendición cortando el suministro de agua que llegaba a la iglesia mediante un acueducto (interesantísimo dato), para lo cual enviaron a un soldado que, según el cronista Ibn al-Sabbat, era el único de raza negra que había pasado el Estrecho. Su misión era, si atendemos al historiador magrebí al-Maqqari, apresar en los alrededores de San Acisclo a algún cristiano al que sacar informes sobre la situación de los sitiados y el lugar por el que les llegaba el agua.
El soldado, sin embargo, fue apresado por los visigodos, que se extrañaron del color de su piel, y le llevaron junto al punto de salida del acueducto para allí tratar de quitarle el pigmento que le cubría, hasta hacerle sangrar de tanto frotar. Así, una vez que le dejaron tranquilo y consiguió fugarse, pudo contar a los musulmanes de dónde llegaba el abastecimiento de agua potable.
Al cortarles el agua, los cristianos debieron quedar algo menos animosos, pero aún así no quisieron rendirse y probablemente ardieron junto a su iglesia-fortaleza cuando al caudillo Mugit se le acabó la paciencia, al cabo de tres meses.
Aunque es muy probable que en época romana llegaran a Córdoba hombres y mujeres de raza negra, no deja de ser curioso que se mencione en las crónicas a este "adelantado", que vino a hacer el papel del negro Estebanico en América, pero con un final algo más digno.
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Tomado, un poco libremente, de la Historia de Córdoba durante el emirato omeya, de Antonio Arjona Castro
miércoles, 5 de mayo de 2010
Los cordobeses de la Invencible
Audio sobre la Armada Invencible, vía 32rumbos.com (para el mp3, click derecho y "Guardar enlace como")No se le puede reprochar a Felipe II que fuera chuleando, desde luego. Él nunca la llamó la Armada Invencible, como mucho era llamada "la Grande y Felicísima Armada", o "la Gran Armada", a secas. Fueron los propios ingleses, que no se creían que fueran a salir con vida de aquella, los que le pusieron el nombre con el que la recordamos.
Para el pueblo llano era sencillamente "la empresa de Inglaterra", es decir, la genial idea de poner a Isabel I mirando a Escocia a base de transportar a través del Canal de la Mancha, con una enorme flota, a la infantería que Alejandro Farnesio tenía en Flandes, logrando invadir Inglaterra (1), que además había abandonado durante aquel siglo el recto camino del catolicismo.
Entre el reguero de barcos que fue quedando por las costas inglesas, nos hablan los "Casos Notables", escritos apenas unos años después de esta guerra, de uno en concreto, que fue a embarrancar en la playa de Londres (?, la verdad es que el relato, contrastado con información de hoy día, huele un poquillo a historias de marineros que no tenían muy claro por dónde andaban). Se trataba de un barco capitaneado por el caballero Antonio de Córdoba (don Antonio embarcose, como le gustaba decir al Cebri), cuyos hombres, convertidos en náufragos en un país extraño y enemigo, estaban dispuestos a convertirse en esclavos de los ingleses con tal de salvar la vida.
Las órdenes de la reina Isabel I, por desgracia, eran poco compatibles con su idea. Temerosa de que los curtidos infantes españoles colaboraran en una revuelta interna de los católicos ingleses, ordenó que se pasara a cuchillo a cualquier náufrago de la Invencible que llegara a las costas (como dicen los "Casos Notables", que no dejasen ni piante ni mamante). Miles de españoles murieron así en Inglaterra e Irlanda. Pero don Antonio de Córdoba debía ser un tipo con suerte, porque se topó con un capitán inglés que, jugándose su puesto y quizás algo más, decidió que el español y muchos de los hombres que le acompañaban quedaran libres incluso contraviniendo las órdenes recibidas.
Don Antonio y todos los naturales de Córdoba fueron enviados de vuelta a España para sorpresa de las familias que ya les daban por muertos. El inglés sólo dio una explicación para justificar su comportamiento: había escuchado tanto acerca de los hombres de armas y letras que la ciudad de Córdoba había dado a lo largo de la historia, que creyó a los soldados cordobeses dignos de ser devueltos a su tierra sin daño alguno, y sin contrapartida.
Como realidad se cuenta en el libro; como leyenda, probablemente, hay que leerlo a día de hoy. Pero si fue verdad, más vale que lo primero que hicieran al llegar a casa fuera irse a Granada a ponerle flores al Gran Capitán.
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(1) Algo parecido intentaría Napoleón unos siglos más tarde, con similar resultado.
viernes, 26 de marzo de 2010
El puente de los Diablos sobre el arroyo Pedroche
La ciudad de Córdoba, en su crecimiento a lo largo del siglo XX, fue engullendo poco a poco las zonas del ruedo, es decir, las huertas que rodeaban la población y cuyo terreno ocupan hoy barrios periféricos como Ciudad Jardín, Levante o la Fuensanta.En estas últimas zonas, además, la urbanización se fue comiendo el cauce de antiguos arroyos que quedaron soterrados, perdiéndose con ellos los puentecillos que servían para sortearlos y llegar hasta los terrenos de labor.
Uno de los puentes con nombre propio era el llamado de los Diablos, situado más o menos en lo que hoy es el paso del camino de Carbonell por debajo de la autovía de Madrid, al lado de la avenida Virgen del Mar. Era un puente sobre el arroyo Pedroche, como se ve en la foto aérea de 1957, adonde llegaban dos caminos, procedentes de las puertas Nueva y de Baeza, que se dirigían desde allí a los molinos de Lope García y Carbonell (Salmoral, a finales del XIX). Estos caminos figuran en las ordenanzas de 1884 y han sido recuperados para el nuevo proyecto municipal de reglamento para los caminos públicos, con los números 70 y 73.
Ramírez de Arellano, en sus Paseos, imagina la construcción del puente alrededor de los siglos XIV o XV, mientras que expone una vieja leyenda según la cual fue construido en una noche de tormenta en que un lego franciscano, de vida un poco libertina, volvía de una cita y se encontró crecido el arroyo, sin poder vadearlo. En ese momento invocó al diablo para que le ayudara a regresar al convento de Madre de Dios, y una legión de demonios (socios de los de la plaza de las Dueñas, quizás) le construyeron en tiempo récord un puente sobre sobre el Pedroche, tal y como otras leyendas relatan en varios puntos de la geografía europea.Hoy, desgraciadamente, se ha perdido no sólo el puente, sino también su memoria, salvo los mayores que sean capaces de recordar el nombre de aquel lugar, un topónimo que ya, también, es historia de Córdoba.
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Siento la ausencia. Las musas pasaron de mí, se habrían ido con el Nano, allá por Huelva...
domingo, 21 de febrero de 2010
La Casa del Agua de la calle Juan de Mena
La leyenda del lago de las Tendillas, probablemente, nació en una pequeña casa-patio a las espaldas del colegio de la Inmaculada, en la calle Juan de Mena, nº 3, encajonada entre éste y las dependencias de la parroquia del Salvador (Compañía). Como se puede ver en la ficha de la Gerencia de Urbanismo, se la llama la "Casa del Agua", aunque realmente hubo varios lugares en Córdoba con el mismo nombre, lo que pudo dar lugar a alguna confusión a lo largo de la historia. Quizás esta confusión fue relativamente reciente, ya que Ramírez de Arellano ni siquiera menciona el término en su paseo por Juan de Mena. Este tema ya se trató en comentarios de una entrada antigua, en Una mirada desde el sur, y antes aún en el foro antiguo de la Calleja.
La Casa del Agua, vamos a llamarla así, tiene poco de especial por encima del suelo, pero a través de una trampilla en el patio se puede acceder a uno de los secretos mejor guardados del casco histórico cordobés. Cinco tramos de escaleras empinadas conducen a un sótano cuya construcción podría remontarse a la época romana (según la mayoría de las fuentes, aunque no he visto ningún estudio científico ni sé si lo hay). La caprichosa disposición de las escaleras permite ver, desde un balconcillo junto a uno de los tramos, la balsa de agua que existe al final de la bajada. En la foto, que fue colgada en el foro de la Calleja y en "Una mirada desde el sur", se aprecia una pequeña estancia, con huecos para unas tinajas, así como el aspecto que presenta el aljibe lleno de agua.
Parece lógico que la existencia de este depósito, así como de algunos veneros cercanos, esté detrás de la leyenda del lago. De hecho, se cuenta que fue en algún intento de introducirse en las galerías que llegan hasta la Casa de Agua, en los años 20, como se llegó a conocer la existencia de una cueva de estalagmitas y estalactitas bajo el centro de Córdoba, que nunca se volvió a investigar. Es un trabajo, en todo caso, peligroso, y los propietarios guardan con celo el secreto de su sótano, por lo que actualmente este lugar no es visitable. Eso sí, conozco a un par de personas que han bajado allí, y coinciden en que es una verdadera experiencia.
La Casa del Agua, vamos a llamarla así, tiene poco de especial por encima del suelo, pero a través de una trampilla en el patio se puede acceder a uno de los secretos mejor guardados del casco histórico cordobés. Cinco tramos de escaleras empinadas conducen a un sótano cuya construcción podría remontarse a la época romana (según la mayoría de las fuentes, aunque no he visto ningún estudio científico ni sé si lo hay). La caprichosa disposición de las escaleras permite ver, desde un balconcillo junto a uno de los tramos, la balsa de agua que existe al final de la bajada. En la foto, que fue colgada en el foro de la Calleja y en "Una mirada desde el sur", se aprecia una pequeña estancia, con huecos para unas tinajas, así como el aspecto que presenta el aljibe lleno de agua.Parece lógico que la existencia de este depósito, así como de algunos veneros cercanos, esté detrás de la leyenda del lago. De hecho, se cuenta que fue en algún intento de introducirse en las galerías que llegan hasta la Casa de Agua, en los años 20, como se llegó a conocer la existencia de una cueva de estalagmitas y estalactitas bajo el centro de Córdoba, que nunca se volvió a investigar. Es un trabajo, en todo caso, peligroso, y los propietarios guardan con celo el secreto de su sótano, por lo que actualmente este lugar no es visitable. Eso sí, conozco a un par de personas que han bajado allí, y coinciden en que es una verdadera experiencia.
martes, 16 de febrero de 2010
La leyenda del lago de las Tendillas
En este tiempo de pérdida de tradiciones orales, hay un puñado de relatos que sobreviven agonizantes entre televisiones y videojuegos, tratando de transmitirse a una generación más. El oro macizo del interior de la Malmuerta es uno de ellos, otro algo más tangible es el del caimán de la Fuensanta y luego, entre otros, tenemos el del lago de las Tendillas. "El lago de las Tendillas". La expresión se me hace tan familiar porque llevo oyéndola desde el colegio, cuando sin tener una gran idea de qué podía significar, todos dejábamos volar la imaginación bajo la plaza.Que hay un lago debajo de las Tendillas lo sabe todo el mundo. Basta con charlar un rato con el dueño de algún negocio de toda la vida por la zona para que te cuente con pelos y señales una historia, siempre distinta, sobre ese reino oculto. Al fin y al cabo, en eso consiste una leyenda.
Hace ya unos años, hubo una alegre discusión en el foro de la Calleja de las Flores en la que varios participantes estuvieron a punto de llamarse el nombre del marrano mientras buscaban un enfoque científico del tema. Se comentó, por ejemplo, que había existido un cierto interés por parte de la televisión autonómica para rodar un pequeño documental sobre el supuesto lago subterráneo del centro de Córdoba. También se llegó a decir que habían navegado barcas por un amplio curso de agua situado por debajo de las Tendillas, lo que habría dado origen a la leyenda del lago.
Evidentemente, cada uno de estos datos es un poco más alucinante que el anterior. ¿Hay realmente un lago debajo de las Tendillas? Pues un lago, propiamente dicho, probablemente no. Pero perfectamente podría haberlo, sin duda, porque Córdoba tiene aguas subterráneas para aburrir, y muchos habréis oído hablar del sistema de cuevas que recorre la zona del norte y centro de la ciudad.
¿Y de dónde salió esta idea tan peregrina que ha sobrevivido a lo largo de los siglos? Salió del subsuelo, de donde mana el agua que, efectivamente, hay justo debajo o cerca de las Tendillas. Y esto sí es real. Uno de los usuarios de Calleja de las Flores colgó una foto, nada más llegar, y afirmó: "yo he estado allí". Por la desaparición del foro con el ataque, y por el hecho de que él mismo la publicara, me permito ponerla encabezando la entrada. Su autor añadió que estaba tomada a muchos metros de profundidad, debajo del centro de Córdoba.
El caso es que para entender la leyenda del lago de las Tendillas, hay que visitar una casa en la que se mezclan el patrimonio y la tradición popular... la Casa del Agua de la calle Juan de Mena.
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La foto pertenece al usuario La Colina. El resto de los datos sobre aguas subterráneas en el centro de Córdoba que se aporten en este blog serán de fuentes alternativas a este usuario, por motivos de confidencialidad y seguridad.
miércoles, 20 de enero de 2010
El espía, el poeta, el nacimiento del pego y el globo que no voló
Hace mucho tiempo ya colgué por aquí un enlace a la Cordobapedia, que explica el origen del pego como resultado del ascenso fallido de un globo, a finales del XIX, por parte de un francés, cuyo apellido sonaba más o menos "Pegó", empezándose a relacionar con este hombre cualquier tontería local. Yo no sé quién colgó esto en la Cordobapedia, y esta es la primera clave a tener en cuenta: ¿de dónde salió esta hipótesis? Evidentemente, alguien estudió el tema antes y llegó a la misma conclusión que luego contaré. Así que todo parece indicar que estamos asistiendo en directo al nacimiento de una leyenda, que conserva algunos datos y modifica otros. Una versión 2.0 de esta leyenda es la que refleja la Cordobapedia.
El caso es que existió un episodio histórico similar al mencionado. Hubo globo, hubo franceses (aunque no directamente ni en ese momento) y hubo fracaso... Y de paso, nos introduce en la vida de uno de los más apasionantes personajes que han pisado la Córdoba moderna: Domingo Badía y Leblich, catalán, que llegó a ser prefecto de la ciudad bajo la dominación napoleónica y que, camuflado como árabe musulmán, fue el segundo europeo y primer español en penetrar en los recintos prohibidos de La Meca, después de actuar durante años como espía en Marruecos.
Hay que atrasar el calendario hasta 1795, al final del siglo de las luces, cuando Domingo Badía fue nombrado administrador de las rentas del tabaco para el Estado en Córdoba, procedente de un cargo de Defensa en Granada. Entre 1792 y 1793, según las fuentes, había remitido al primer ministro Godoy un informe sobre globos aerostáticos, que al parecer pretendía emplear con fines militares, aun cuando las primeras ascensiones de los Montgolfiere se llevaron a cabo una década antes, y era una tecnología aún en pañales.
Badía recibió el visto bueno del Estado y construyó su globo en el Campo de la Merced (también bailan las fechas, 1793-1795, me gusta más esta última), fracasando en sus dos intentos de hacerlo volar, debido a las adversas condiciones meteorológicas. El revuelo y las espectativas en la ciudad habían sido enormes y la multitud quedó totalmente decepcionada.
La aventura le supuso su ruina económica, y su padre consiguió que el Consejo de Castilla le retirara la autorización para seguir experimentando, por su propia seguridad. Si queremos encuadrar correctamente la entrada de la Cordobapedia, parece que habría sido este acontecimiento el que habría grabado la palabra "pego" en la mente popular. Pero, ¿por qué, una vez descartado el tema del apellido francés?
Pues resulta que, por Ramírez de Arellano y sus Paseos, sabemos que el fracaso de Badía fue caricaturizado en unos versos satíricos por un poeta local cordobés. Ese poeta se llamaba José Mariano Moreno. Desde luego, esa coplilla debió tener relevancia, cuando los Paseos la mencionan 80 años después. ¿Usó Moreno la palabra "pego", en el sentido de "trampa" o "engaño", en esos versos? En una palabra, ¿fue Moreno el inventor del pego, y Badía el primer pegoso?
Todo esto se basa en unos versos que no he encontrado, y en una mención a un globo fallido que no sé de dónde salió. Pero me gusta, y me parece ben trovato. Ahora falta que algún sesudo investigador o académico con acceso a los manuscritos de Moreno se ponga a rebuscar en su obra. ¿Dónde pudo publicar sus versos satíricos para que fueran accesibles al público en general? ¿Había algo parecido a un periódico local en aquella época? Hasta aquí he podido llegar yo, y parece que ya hubo quien llegó antes. Ahora que sigan otros.
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Los aficionados a La Rosa de los Vientos conocemos los llamados Versus de Juan Antonio Cebrián, pequeños relatos sobre una pareja de personajes históricos cuyas vidas se entrecruzan, normalmente por motivos poco amistosos. Algo parecido ocurre entre José Mariano Moreno y Domingo Badía. Después de haberle dedicado sus versos satíricos en 1795, Badía fue prefecto casi el mismo tiempo que estuvo Moreno de secretario de la Academia, una importante institución de la época.
martes, 12 de enero de 2010
Córdoba frente al misterio (15): el bien contra el mal en la plaza de las Dueñas
Hace unos días salió la plaza de las Dueñas en el pequeño juego de lugares cordobeses que tenemos en el blog, y pensé que podría ser un buen momento para contar una de las muchas leyendas milagrosas que adornan la vida de San Álvaro de Córdoba, ojo, el del siglo XV, no el mozárabe.El convento de las Dueñas se encontraba más o menos entre el Císter y el Hospital de San Jacinto (Los Dolores). Para no iniciados: subiendo desde el Ayuntamiento por Alfonso XIII, coges la calle del Maimónides a la derecha y llegas a un jardincito. Pues la plaza y la manzana que está sola formaban el desamortizado (1868) convento de las Dueñas.
Cuentan los relatos, más o menos coincidentes, que una noche indeterminada, probablemente a finales del siglo XIV, estaba San Álvaro en su cueva junto al convento de Santo Domingo, que él había fundado, cuando oyó pasar por el cielo una legión de demonios. Algunas fuentes pintan un cielo enrojecido mientras los espíritus malignos explicaban al fraile que se dirigían a Córdoba, al convento de las Dueñas, a recoger el alma de la monja Juana Díaz, que estaba a punto de morir en pecado, según Ramírez de Arellano (1875). Las versiones anteriores dicen simplemente que bajaban a tentarla, con permiso de Dios, en la última hora de su vida.
San Álvaro, haciendo un poco de Herodes con los Reyes Magos, les pidió a los demonios que a su regreso le contaran qué tal les había ido. Nada más verlos bajar hacia Córdoba, se puso en oración para pedir por el alma de la monja.
Es muy interesante la crónica de Luis Sotillo de Mesa en 1628, que menciona a Teresa Muñiz de Godoy y a Andrea de Cárdenas, monjas de las Dueñas, como ancianas (durante el proceso de beatificación, se entiende) que habrían escuchado en su juventud el testimonio de los testigos directos de lo que pasó aquella noche.
Cuentan que gracias a las oraciones de San Álvaro y a la vigilia permanente de las monjas junto a la moribunda...
El brocal saltó en pedazos, y los demonios huyeron por donde habían venido, no sin antes echarle en cara a Álvaro que les había fastidiado la misión.Fray Hipólito García, prior de Santo Domingo en 1785, contará así el suceso:
Sánchez Feria (Palestra Sagrada, tomo I, pág. 40) también tratará el tema sin añadir grandes novedades al relato.Queda por saber si el pozo al que se hace referencia se encontraba en los terrenos del convento. Si era así, y con todas las precauciones que evidentemente hay que tomar con este tema, cabría pensar que según se describe su situación estaría al norte, en la parte del convento que daba a la actual calle Ramírez de las Casas-Deza, o incluso en sus terrenos junto a la cuesta del Bailío, junto a la casa hoy en ruinas.
Esta entrada tiene tantísimas ramificaciones que no voy a tomar ninguna... el manantial de las Dueñas, la curiosísima historia del convento de Santo Domingo y otras entregas de misterios cordobeses que algún día verán la luz. Poco a poco.
Para los más curiosos, aquí dejo la crónica completa de 1628 sobre el tema.




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Foto en color: Cordobapedia
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Las cuentas del Gran Capitán
Una de anécdotas, que me hizo ilusión escucharla en la voz del maestro Cebrián. Aunque recomiendo escuchar el audio, lo contaré también por escrito, porque si no quitaría el blog y pondría un podcast.
Básicamente, la historia trata de la antipatía que sentía el rey Fernando V de Castilla (y, sobre todo, II de Aragón), más conocido como Fernando el Católico, hacia su mejor jefe militar, el montillano Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Dicen las malas lenguas que su animadversión venía de la sospechosa e intensa amistad que unía a éste con la reina Isabel la Católica, pero nada hay confirmado.
El caso es que después de una serie de campañas victoriosas que permitieron a la Corona de Aragón consolidar su expansión por el sur de Italia, tomando la ciudad y el reino de Nápoles, se comenzó a cuestionar la gestión del Gran Capitán como virrey de los nuevos territorios, hasta que las malas lenguas convencieron al rey Fernando de que era necesario pedir explicaciones al militar por el uso de la pasta del reino aragonés.
Y don Gonzalo hizo dos cosas: por un lado, enviar unas pormenorizadas cuentas que se conservan en el Archivo General de Simancas. Y por otro, entrar en la leyenda cuando se popularizó la versión legendaria del suceso.
Dicen que el Gran Capitán se sentó delante de Su Majestad, abrió su libro y empezó a relatar, tal que así:
Ciento setenta mil ducados en poner y renovar campanas destruidas con el uso continuo de repicar todos los días por nuevas victorias conseguidas sobre el enemigo.
Millón y medio para mantener prisioneros y heridos.
Diez mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres de los enemigos tendidos en el campo de batalla.
Y así sucesivamente, mientras don Fernando se iba poniendo de todos los colores de su escudo heráldico. La última partida, concretamente, fue la que le puso de color verde Granada:
Y cien millones de ducados, que es lo que vale mi paciencia al tener que descender a estas pequeñeces del rey a quien he regalado todo un reino.
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Más sobre las cuentas del Gran Capitán, en Wikipedia. También en este documento de 1910. Sus primeras batallas en Nápoles están contadas aquí, pendientes de continuación (siguen dedicadas a Antonio, claro).
miércoles, 24 de junio de 2009
Córdoba frente al misterio (12): el duende de la calle Almonas
Érase una vez.
Nadie sabe en qué recóndito rincón, un día de la primera mitad del siglo XVII, comenzaron a escribirse los Casos Notables de la Ciudad de Córdoba. Tampoco tenemos gran idea de quién empuñó la pluma la noche en que se escribió el caso número 23: la historia de la casa del Duende. Había en Córdoba una señora rica...
Y había una intriga, una lucha por los bienes que habían sido legados a dos hermanos, parientes del caballero, y luego fraile, Fernando de Cárcamo. Los padres, deseosos de igualar la suerte de ambos, habían adjudicado a la mujer una parte mayor que al varón, que ya poseía notables rentas. Él, no conforme con la decisión, trató de variar el reparto, pero su hermana no aceptó ningún cambio. Fue en ese momento cuando resolvió acabar con su vida.
La señora eligió para residir la casa que había heredado, situada en la calle Almonas del barrio de San Andrés. Allí se instaló, y allí se presentó su nueva compañía.
Cuenta Ramírez de Arellano, en su variante de la leyenda, que hubo en cierta ocasión un hombre que cometió el cruel pecado de abofetear a su padre anciano, acto por el que fue condenado a vagar como alma en pena. Este dato no está presente en el relato del siglo XVII, así que parece que fue después cuando se produjo la confusión entre la idea de duende y la de fantasma. Su nombre, Martín, coincide con el de varios duendes conocidos en zonas como Castilla-La Mancha o Granada.
El caso es que este Martín coincidió en la casa con la mujer, y aficionóse el duende de la güéspeda [sic] y aparecíasele en formas exteriores, hablándole y diciéndole mil requiebros. Ella le rechazaba una y otra vez, entre otras cosas por su apariencia de ser feo y diminuto (no levantaba más de media vara), pero el amor del duende era incondicional.
Tanto es así que, durante seis años, se encargó de que cada vez que llegaba el hermano con intención de cometer el asesinato, hubiera tal escándalo en la casa que éste decidiera dejar pasar la ocasión, por exceso de testigos. La comidilla de que en la casa de la calle Almonas había un duende se fue extendiendo por el vecindario, y la señora tenía frecuentes charlas con su confesor, que le rogaba que no mantuviera trato con aquél elemental, fantasma o lo que fuera. El duende, a su vez, daba extensas clases de teología a la mujer, como prueba de su buena intención y de su conocimiento de los asuntos del cielo.
Sin embargo, llegó el día en que ella no pudo soportar más tan atenta compañía, y decidió mudarse. Se trasladó a las cercanías del colegio de San Roque, próximo a la Catedral. De nada sirvieron los ruegos del duende, que le advirtió de que estaba ligado a aquella casa, y de que no podría protegerla fuera de ella. Efectivamente, en Nochebuena, en la esquina de la calle Judería que da a la Mezquita, su hermano la apuñaló mortalmente, desapareciendo del lugar sin ser visto. Sí que se dejó ver en los días siguientes, en los que fingió su pesar por la muerte de la mujer.
La casa quedó vacía por miedo al duende, y solamente el hermano, harto de no poder obtener rentas de ella, se decidió a ocuparla, considerando simples habladurías los relatos sobre el ser que convivía con la señora.
Dos o tres años después, el Corregidor, avisado por los vecinos del barrio, hizo hundir la puerta que, desde hacía varios días, permanecía cerrada a cal y canto. De una desdichada muerte, se limita a decir el autor de los Casos Raros que falleció el asesino. Ramírez de Arellano hace aparecer, junto al cadáver que se balanceaba de la soga, la horrible figura del duende, autorizando a que fuera enterrado en suelo sagrado. No había sido un suicidio, sino la divina Providencia, a través de él, quien había ajusticiado al hombre que segó la vida de su hermana.
El duende desapareció en el preciso instante en que nació su leyenda.
(Más sobre la Casa del Duende)
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Visto también en Duendes, de Jesús Callejo y Carlos Canales.
Nadie sabe en qué recóndito rincón, un día de la primera mitad del siglo XVII, comenzaron a escribirse los Casos Notables de la Ciudad de Córdoba. Tampoco tenemos gran idea de quién empuñó la pluma la noche en que se escribió el caso número 23: la historia de la casa del Duende. Había en Córdoba una señora rica...
Y había una intriga, una lucha por los bienes que habían sido legados a dos hermanos, parientes del caballero, y luego fraile, Fernando de Cárcamo. Los padres, deseosos de igualar la suerte de ambos, habían adjudicado a la mujer una parte mayor que al varón, que ya poseía notables rentas. Él, no conforme con la decisión, trató de variar el reparto, pero su hermana no aceptó ningún cambio. Fue en ese momento cuando resolvió acabar con su vida.
La señora eligió para residir la casa que había heredado, situada en la calle Almonas del barrio de San Andrés. Allí se instaló, y allí se presentó su nueva compañía.
Cuenta Ramírez de Arellano, en su variante de la leyenda, que hubo en cierta ocasión un hombre que cometió el cruel pecado de abofetear a su padre anciano, acto por el que fue condenado a vagar como alma en pena. Este dato no está presente en el relato del siglo XVII, así que parece que fue después cuando se produjo la confusión entre la idea de duende y la de fantasma. Su nombre, Martín, coincide con el de varios duendes conocidos en zonas como Castilla-La Mancha o Granada.
El caso es que este Martín coincidió en la casa con la mujer, y aficionóse el duende de la güéspeda [sic] y aparecíasele en formas exteriores, hablándole y diciéndole mil requiebros. Ella le rechazaba una y otra vez, entre otras cosas por su apariencia de ser feo y diminuto (no levantaba más de media vara), pero el amor del duende era incondicional.
Tanto es así que, durante seis años, se encargó de que cada vez que llegaba el hermano con intención de cometer el asesinato, hubiera tal escándalo en la casa que éste decidiera dejar pasar la ocasión, por exceso de testigos. La comidilla de que en la casa de la calle Almonas había un duende se fue extendiendo por el vecindario, y la señora tenía frecuentes charlas con su confesor, que le rogaba que no mantuviera trato con aquél elemental, fantasma o lo que fuera. El duende, a su vez, daba extensas clases de teología a la mujer, como prueba de su buena intención y de su conocimiento de los asuntos del cielo.
Sin embargo, llegó el día en que ella no pudo soportar más tan atenta compañía, y decidió mudarse. Se trasladó a las cercanías del colegio de San Roque, próximo a la Catedral. De nada sirvieron los ruegos del duende, que le advirtió de que estaba ligado a aquella casa, y de que no podría protegerla fuera de ella. Efectivamente, en Nochebuena, en la esquina de la calle Judería que da a la Mezquita, su hermano la apuñaló mortalmente, desapareciendo del lugar sin ser visto. Sí que se dejó ver en los días siguientes, en los que fingió su pesar por la muerte de la mujer.
La casa quedó vacía por miedo al duende, y solamente el hermano, harto de no poder obtener rentas de ella, se decidió a ocuparla, considerando simples habladurías los relatos sobre el ser que convivía con la señora.
Dos o tres años después, el Corregidor, avisado por los vecinos del barrio, hizo hundir la puerta que, desde hacía varios días, permanecía cerrada a cal y canto. De una desdichada muerte, se limita a decir el autor de los Casos Raros que falleció el asesino. Ramírez de Arellano hace aparecer, junto al cadáver que se balanceaba de la soga, la horrible figura del duende, autorizando a que fuera enterrado en suelo sagrado. No había sido un suicidio, sino la divina Providencia, a través de él, quien había ajusticiado al hombre que segó la vida de su hermana.
El duende desapareció en el preciso instante en que nació su leyenda.
(Más sobre la Casa del Duende)
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Visto también en Duendes, de Jesús Callejo y Carlos Canales.
lunes, 12 de enero de 2009
Córdoba frente al misterio (11): el fantasma del conde Don Julián
Esta es una ciudad rica en historia, y aquí no se puede manifestar el primer fantasma que pase por una dimensión paralela. Si hace ya tiempo reflejamos un testimonio que situaba al espíritu de Don Severo Ochoa en el edificio homónimo del Campus de Rabanales, hoy veremos que ha habido más espectros ilustres en nuestra tierra, en concreto uno que el imaginario tradicional español fue convirtiendo, a lo largo de los años, en una verdadera encarnación del mal: el conde Don Julián.
Recordando un poco lo que se lee en los libros de historia (y sobre todo, lo que se leía), este hombre era gobernador de la plaza de Ceuta a principios del siglo VIII, defendiéndola de los primeros ataques musulmanes previos a la invasión de la Península Ibérica. Por intrigas palaciegas, tan típicas del periodo de ocupación germánica, el conde traicionó al rey don Rodrigo y permitió la entrada en Andalucía de los primeros contingentes beréberes. Evidentemente, Don Julián fue al infierno por entregar a los infieles tan significativo pedazo de tierra cristiana. Simplificando mucho, versión España es así.
Pues bien, cuentan las crónicas, concretamente los Casos Raros, que un día de finales del siglo XVI, un lagarero salía de Córdoba en dirección a la sierra, por la Puerta del Rincón. Era media mañana y viajaba a caballo, avanzando por el Campo de la Merced en dirección al Pretorio.
A la altura del convento, otro caballero se dirigió a él y le pidió compartir unos minutos de charla, considerando que era aún temprano. Así, el lagarero tuvo que ir saciando la curiosidad del caballero anónimo acerca del estado de la ciudad de Córdoba, de sus jardines y de su sierra, contando con tristeza cómo corrían años de decadencia.
El desconocido, a continuación, explicó cómo en su época, Córdoba era una ciudad con tanta grandeza que, se encendía lumbre desde el Potro hasta las puentes de Alcolea, y se comunicaba toda la gente, y se iban paseando de una parte a otra. Extrañado el lagarero, afirmó que debía ser una persona de edad muy avanzada.
Sí soy, dijo el caballero, porque soy aquel desventurado don Julián, por quien se perdió España, y estoy padeciendo tormentos increíbles en el infierno. En ese momento, sonó un gran estampido y el hombre desapareció, dejando un desagradable olor en el ambiente.
El lagarero quedó tan conmocionado que perdió la vida al cabo de unos días, habiendo contado a mucha gente su aventura. Entre estas personas se encontraba su sobrino, Baltasar de Ahumada, que será quien informe al anónimo autor de los Casos Raros, siempre según la versión de este último.
Recordando un poco lo que se lee en los libros de historia (y sobre todo, lo que se leía), este hombre era gobernador de la plaza de Ceuta a principios del siglo VIII, defendiéndola de los primeros ataques musulmanes previos a la invasión de la Península Ibérica. Por intrigas palaciegas, tan típicas del periodo de ocupación germánica, el conde traicionó al rey don Rodrigo y permitió la entrada en Andalucía de los primeros contingentes beréberes. Evidentemente, Don Julián fue al infierno por entregar a los infieles tan significativo pedazo de tierra cristiana. Simplificando mucho, versión España es así.
Pues bien, cuentan las crónicas, concretamente los Casos Raros, que un día de finales del siglo XVI, un lagarero salía de Córdoba en dirección a la sierra, por la Puerta del Rincón. Era media mañana y viajaba a caballo, avanzando por el Campo de la Merced en dirección al Pretorio.
A la altura del convento, otro caballero se dirigió a él y le pidió compartir unos minutos de charla, considerando que era aún temprano. Así, el lagarero tuvo que ir saciando la curiosidad del caballero anónimo acerca del estado de la ciudad de Córdoba, de sus jardines y de su sierra, contando con tristeza cómo corrían años de decadencia.
El desconocido, a continuación, explicó cómo en su época, Córdoba era una ciudad con tanta grandeza que, se encendía lumbre desde el Potro hasta las puentes de Alcolea, y se comunicaba toda la gente, y se iban paseando de una parte a otra. Extrañado el lagarero, afirmó que debía ser una persona de edad muy avanzada.
Sí soy, dijo el caballero, porque soy aquel desventurado don Julián, por quien se perdió España, y estoy padeciendo tormentos increíbles en el infierno. En ese momento, sonó un gran estampido y el hombre desapareció, dejando un desagradable olor en el ambiente.
El lagarero quedó tan conmocionado que perdió la vida al cabo de unos días, habiendo contado a mucha gente su aventura. Entre estas personas se encontraba su sobrino, Baltasar de Ahumada, que será quien informe al anónimo autor de los Casos Raros, siempre según la versión de este último.
viernes, 26 de diciembre de 2008
San Zoilo y Sonsoles
Desde Castilla y a cero grados, dejaré una pequeña historia y alguna foto sobre un tema que ya se trató anteriormente de pasada, como es la relación del Santuario de Sonsoles, a las afueras de la ciudad de Ávila, con San Zoilo, mártir cordobés cuyas reliquias fueron trasladas a Carrión en el año 1070, ó 1080 según otras fuentes.
Una de las tres teorías etimológicas más conocidas sobre el origen de la palabra "Sonsoles" sería la ascendencia latina del término, a partir de una supuesta Fons Solis, o fuente del Sol, que se correspondería con la que actualmente existe en el recinto del Santuario.
La segunda establece que se produjo una corrupción del nombre de San Zoilo a San Zoles, como ocurrió también en el pueblo de Zamora que recibe ese nombre, Sanzoles, y que tiene al cordobés como patrón. San Zoilo daba nombre, igualmente, a una iglesia de Toledo antes de que se llamara San Bartolomé. Esta teoría gana puntos si observamos una antigua inscripción en el interior del templo abulense, un edificio del siglo XV, en la que se menciona una donación a la iglesia de Nuestra Señora de Sansoles (la imagen está algo movida, a ver si me acerco por allí y la repito).

Además, un primer vistazo a la planta del edificio da a entender que existió un pequeño santuario anterior al actual, ya de por sí antiguo. La impresión procede de varios contrafuertes que penetran tanto en el crucero como en un puñado de pequeñas edificaciones que rodean al ábside, y que indicarían el mantenimiento de algún tipo de culto en el lugar pocos años después del paso de San Zoilo.
La tercera teoría, la que enseñan a todos los niños abulenses, es que un pastor vio dos luces en el cielo y exclamó, por su brillo: "¡Son soles!" Por supuesto, los soles eran la Virgen y el Niño, según la tradición popular (que dedico a Manuel Harazem y a Iker Jiménez). Como anécdota, cuelgo las fotos de una vidriera y un detalle de la fachada sur.


Y, por último, otra conexión cordobesa de Sonsoles: el lagarto, una versión castellana del conocido caimán de la Fuensanta, del que ya hablamos en su día. Como en Córdoba, se trata de un exvoto, pero al menos en este caso se reconoce que su origen es americano.

Bueno, hasta aquí llego hoy. Reconozco que la entrada me ha quedado más abulense que cordobesa, pero como dije cuando Calatañazor, Córdoba está por todas partes. Felices Fiestas a todos.
Una de las tres teorías etimológicas más conocidas sobre el origen de la palabra "Sonsoles" sería la ascendencia latina del término, a partir de una supuesta Fons Solis, o fuente del Sol, que se correspondería con la que actualmente existe en el recinto del Santuario.
La segunda establece que se produjo una corrupción del nombre de San Zoilo a San Zoles, como ocurrió también en el pueblo de Zamora que recibe ese nombre, Sanzoles, y que tiene al cordobés como patrón. San Zoilo daba nombre, igualmente, a una iglesia de Toledo antes de que se llamara San Bartolomé. Esta teoría gana puntos si observamos una antigua inscripción en el interior del templo abulense, un edificio del siglo XV, en la que se menciona una donación a la iglesia de Nuestra Señora de Sansoles (la imagen está algo movida, a ver si me acerco por allí y la repito).
Además, un primer vistazo a la planta del edificio da a entender que existió un pequeño santuario anterior al actual, ya de por sí antiguo. La impresión procede de varios contrafuertes que penetran tanto en el crucero como en un puñado de pequeñas edificaciones que rodean al ábside, y que indicarían el mantenimiento de algún tipo de culto en el lugar pocos años después del paso de San Zoilo.
La tercera teoría, la que enseñan a todos los niños abulenses, es que un pastor vio dos luces en el cielo y exclamó, por su brillo: "¡Son soles!" Por supuesto, los soles eran la Virgen y el Niño, según la tradición popular (que dedico a Manuel Harazem y a Iker Jiménez). Como anécdota, cuelgo las fotos de una vidriera y un detalle de la fachada sur.
Y, por último, otra conexión cordobesa de Sonsoles: el lagarto, una versión castellana del conocido caimán de la Fuensanta, del que ya hablamos en su día. Como en Córdoba, se trata de un exvoto, pero al menos en este caso se reconoce que su origen es americano.
Bueno, hasta aquí llego hoy. Reconozco que la entrada me ha quedado más abulense que cordobesa, pero como dije cuando Calatañazor, Córdoba está por todas partes. Felices Fiestas a todos.
martes, 23 de septiembre de 2008
Córdoba frente al misterio (10): la ternera descabezada
Si el tatarabuelo de Iker Jiménez hubiera visitado Córdoba, probablemente habría sabido de un pequeño cuento chino que se contaba por estas calles en los primeros años del siglo XIX, y vete tú a saber desde cuándo.
La leyenda se situaba en la calle Caño, la que hoy va de la esquina de Fuentes Guerra hasta cerca de la plazuela de Chirinos, y que antiguamente, por no existir comunicación con Ronda de los Tejares, giraba para desembocar en Osario. Contaban las madres para acongojar a los niños revoltosos, y educar a las niñas desmadradas, que vivían una vez una señora con su hija en la mencionada calle. Al parecer la chavala la humillaba constantemente y llevaba una vida, digamos, adelantada a su tiempo. Era tal la desesperación de la madre que un buen día, harta ya de maltratos y deshonras, le soltó una maldición no exenta de originalidad, pues le dijo que más le valdría haber parido cualquier tipo de bestia, desahogándose a continuación hasta que tembló el cielo y la tierra.
Cuál no sería la sorpresa la mañana (supongamos) que apareció la niña convertida en ternera, para desesperación de la madre, que pensaría que no se refería exactamente a eso cuando hablaba de bestias y castigos divinos. Vamos a pensar que la señora trató de enmendar el tema con el párroco de San Miguel o con unos pocos rosarios, antes de pasar al siguiente capítulo de la historia, que consistió en coger un hacha y cortarle el pescuezo a la ternera/hija, tirando ambas partes al caño subterráneo que daba y da nombre a la calle.
Y desde entonces, por las noches, los vecinos se recogían temprano en sus casas para evitar el encuentro con la ternera descabezada, que salía dando bramidos y espantando al vecindario del barrio del Trascastillo.
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Se puede leer un poco más de la historia en la edición digital de "Paseos por Córdoba".
La leyenda se situaba en la calle Caño, la que hoy va de la esquina de Fuentes Guerra hasta cerca de la plazuela de Chirinos, y que antiguamente, por no existir comunicación con Ronda de los Tejares, giraba para desembocar en Osario. Contaban las madres para acongojar a los niños revoltosos, y educar a las niñas desmadradas, que vivían una vez una señora con su hija en la mencionada calle. Al parecer la chavala la humillaba constantemente y llevaba una vida, digamos, adelantada a su tiempo. Era tal la desesperación de la madre que un buen día, harta ya de maltratos y deshonras, le soltó una maldición no exenta de originalidad, pues le dijo que más le valdría haber parido cualquier tipo de bestia, desahogándose a continuación hasta que tembló el cielo y la tierra.
Cuál no sería la sorpresa la mañana (supongamos) que apareció la niña convertida en ternera, para desesperación de la madre, que pensaría que no se refería exactamente a eso cuando hablaba de bestias y castigos divinos. Vamos a pensar que la señora trató de enmendar el tema con el párroco de San Miguel o con unos pocos rosarios, antes de pasar al siguiente capítulo de la historia, que consistió en coger un hacha y cortarle el pescuezo a la ternera/hija, tirando ambas partes al caño subterráneo que daba y da nombre a la calle.
Y desde entonces, por las noches, los vecinos se recogían temprano en sus casas para evitar el encuentro con la ternera descabezada, que salía dando bramidos y espantando al vecindario del barrio del Trascastillo.
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Se puede leer un poco más de la historia en la edición digital de "Paseos por Córdoba".
viernes, 19 de septiembre de 2008
Aquí yace Almanzor
Al menos, así lo dice la tradición y la mayor parte de las fuentes. Difunto o agonizante, Almanzor entró en Medinaceli (Soria) en agosto de 1002, y recibió sepultura en el interior de la ciudad, honor reservado únicamente a altas dignidades (en Córdoba, únicamente a emires y califas). Había mantenido durante años la tradición de sacudirse el polvo de sus vestimentas cada vez que llegaba al campamento tras una batalla, guardándolo para ser enterrado bajo él. La inscripción junto a la tumba decía así:
Sus hazañas te hablarán sobre él,
como si con tus ojos lo estuvieras viendo
¡Por Alá! Nunca volverá a dar el mundo nadie como él,
ni defenderá las fronteras otro que se le pueda comparar
El paso del tiempo y de las guerras llevaron al olvido general el lugar del reposo de Almanzor, pero siempre hubo alguien que pudo asegurar que allí donde se alzó en primer lugar la iglesia románica de Santa María y, ya en el siglo XVI, la nueva Colegiata, la tierra guardaba al guerrero andalusí.
Después de largos debates sobre lo que el destino ha podido deparar a las tumbas de los emires y califas cordobeses, emociona seguir una pista que nos puede llevar hasta este punto donde la Historia se detuvo hace más de mil años.
Os dejo las fotos del lugar donde empezamos la rutas soriana este verano.
domingo, 14 de septiembre de 2008
Calatañazor: todo imperio tiene un ocaso
A veces da la impresión de que Córdoba está por todas partes. Hace unas semanas, en nuestro camino de Burgo de Osma a Soria capital, tomamos un desvío para visitar el lugar donde dice la leyenda que se fraguó el declive del imperio omeya.
En el año 1002, siendo Califa el abúlico Hisham II, el hayib o todopoderoso primer ministro Muhammad ibn Abu Amir preparaba una de sus habituales expediciones hacia tierras cristianas, para pasar a sangre y fuego la región del Alto Duero, en la frontera entre los reinos del norte y el Califato.
Cuentan las crónicas que Almanzor, el Victorioso, que es como se hacía llamar el caudillo musulmán, regresaba de arrasar San Millán de la Cogolla cuando se encontró por sorpresa, en un lugar llamado Calatañazor, con un ejército coaligado de castellanos, leoneses y navarros. Se entabló una feroz batalla que dio como resultado la derrota de las tropas califales, quedando Almanzor herido de muerte.
Aprovechando la noche, huyó hacia la inexpugnable Medinaceli con los restos de su ejército, pero se cree que nunca llegó a la ciudad, muriendo en el valle de Bordecorex.
Sin embargo, esta leyenda que aún pervive en el imaginario colectivo castellano ("en Calatañazor, Almanzor perdió el tambor") podría no corresponderse con la realidad. Las fuentes cristianas de la época ignoran el acontecimiento y se limitan a señalar la fecha y lugar (Medinaceli, en este caso) de la muerte del líder amirí. Las fuentes musulmanas, por su parte, nos presentan a un Almanzor enfermo ya en la salida de Córdoba, y por lo tanto fallecido no a causa de heridas de guerra, sino de muerte natural.
¿Hubo realmente una batalla en los llanos de Calatañazor? ¿O fue sólo una pequeña escaramuza que, unida a la noticia de la desaparición del temido hayib, prendió la mecha de la leyenda en el mundo cristiano?
Según el interesantísimo artículo de Juan Castellanos, los castigados pobladores del norte necesitaban creer en un ejercicio de justicia divina para sanar las heridas que la destrucción de Santiago de Compostela en 998 produjo en sus almas.
Lo único seguro es que la sucesión de Almanzor en la figura de sus hijos, instaurando una dinastía amirí paralela a la de los califas omeyas, marcó un punto de no retorno en el declive del Califato. Cuentan que, en su lecho de muerte, al ver llorar a su hijo Abd al-Malik, el hayib afirmó: "Esta me parece la primera señal de la decadencia que aguarda al imperio".
Ver línea temporal.
miércoles, 6 de agosto de 2008
Palmera y recuerdo
Cuentan que una vez, paseando por su palacio de la Arruzafa, el emir Abderramán I reparó en un pequeño brote que salía del suelo. Se agachó y lo estudió con detenimiento. Era una única hoja afilada que se elevaba hacia el cielo, como preparándose para abrirse en abanico pasados unos días. Abderramán sabía que en aquella tierra no nacían plantas así, salvo los pequeños palmitos aguas abajo del Guadalquivir.
Según pasaba el tiempo iba viendo crecer a la planta. La protegía, y avisó a sus sirvientes de que no debía ser dañada bajo ningún concepto. Poco a poco, fue tomando la forma que el emir esperaba: el pequeño plantón era una palmera. Dice la leyenda que no existía ninguna hasta ese momento en la península Ibérica, y que esta primera vino como semilla con algún cargamento procedente de África u Oriente.
El caso es que Abderramán I, que añoraba su tierra siria de origen, veía a la palmera como una compañera en el agridulce destino que le había llevado a refundar su dinastía lejos de su reino original. Es por ello que, al cabo de los años, le compuso un poema que más tarde traduciría Juan Valera:
Tú también eres, oh palma
en este suelo extranjera.
Llora, pues, mas siendo muda
¿cómo has de llorar mis penas?
Tú no sientes, cual yo siento
el martirio de la ausencia.
Si tu pudieras sentir
amargo llanto vertieras.
Según pasaba el tiempo iba viendo crecer a la planta. La protegía, y avisó a sus sirvientes de que no debía ser dañada bajo ningún concepto. Poco a poco, fue tomando la forma que el emir esperaba: el pequeño plantón era una palmera. Dice la leyenda que no existía ninguna hasta ese momento en la península Ibérica, y que esta primera vino como semilla con algún cargamento procedente de África u Oriente.
El caso es que Abderramán I, que añoraba su tierra siria de origen, veía a la palmera como una compañera en el agridulce destino que le había llevado a refundar su dinastía lejos de su reino original. Es por ello que, al cabo de los años, le compuso un poema que más tarde traduciría Juan Valera:
Tú también eres, oh palma
en este suelo extranjera.
Llora, pues, mas siendo muda
¿cómo has de llorar mis penas?
Tú no sientes, cual yo siento
el martirio de la ausencia.
Si tu pudieras sentir
amargo llanto vertieras.
lunes, 12 de mayo de 2008
El cofre escondido de Lepanto
Hace unos años, cuando vio a las primeras máquinas derribar la cerca de piedra del cuartel de Alfonso XII, también llamado de Lepanto, para dejar sitio al nuevo espacio público que hoy existe, una mujer se decidió a contar lo que llevaba muchos años sabiendo.
Afirmó, a sus 66 años, que alguien debería rebuscar en el subsuelo de dicho muro, cerca de las columnas de ladrillo que flanquean la puerta frenta a los Trinitarios, para encontrar un pequeño cofre que se depositó allí el día de 1877 en que Alfonso XII, de visita en Córdoba, colocó la primera piedra de los futuros cuarteles.
Dentro del cofre se habrían depositado algunos objetos de la época, como monedas o algún mensaje escrito para la posteridad. Ahora es el momento de elegir entre recuperarlo para un museo o dejarlo dormir bajo la nueva avenida que se está proyectando en Ronda del Marrubial.
Como curiosidad, aquí os dejo el periódico del día en que se anunciaba la visita del Rey.
Afirmó, a sus 66 años, que alguien debería rebuscar en el subsuelo de dicho muro, cerca de las columnas de ladrillo que flanquean la puerta frenta a los Trinitarios, para encontrar un pequeño cofre que se depositó allí el día de 1877 en que Alfonso XII, de visita en Córdoba, colocó la primera piedra de los futuros cuarteles.
Dentro del cofre se habrían depositado algunos objetos de la época, como monedas o algún mensaje escrito para la posteridad. Ahora es el momento de elegir entre recuperarlo para un museo o dejarlo dormir bajo la nueva avenida que se está proyectando en Ronda del Marrubial.
Como curiosidad, aquí os dejo el periódico del día en que se anunciaba la visita del Rey.
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