viernes, 29 de enero de 2010

La Luna, Marte y Santa Marina

Todo el cuarto creciente planificando la foto, para esto. Tenía el ángulo, Marte está en oposición (rojo, muy brillante estos días), la Luna llena... y va, y se nubla.
Otra vez será. No he mandado a mi blog a luchar contra los elementos.

EDITO


La foto no vale un duro, pero a mí me ha dejado feliz y contento.


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El otro tres en raya.

jueves, 28 de enero de 2010

Plan Renfe: guía de invernada

Desde que decidí aparcar el coche en la medida de lo posible y volver a tirar de zapatilla y tren, aparte de disfrutar de un ratito de radio o de un libro con los pies en el asiento de enfrente (niños, no lo hagáis, que está prohibido), he vuelto a encontrarme con los curiosos inquilinos del parque del Plan Renfe.

Aparte de palomas (para los de la LOGSE, las blancas), mirlos (los negros que chillan) y gorriones (los chicos), hay otros muchos pájaros que se protegen entre las manchas verdes de la ciudad. Sobre todo en invierno, cuando resulta más fácil verlos y oírlos ya que parecen preferir el efecto
isla de calor del interior de la ciudad y las suaves temperaturas de la vega del Guadalquivir frente a los fríos de la sierra. Por ejemplo, el pollo que me ha dado la idea de la entrada ha sido una curruca cabecinegra (Sylvia melanocephala) como la de la foto, que se colaba esta tarde como un ratoncillo entre los setos junto al carril bici.

Algunos son más fáciles de reconocer por el canto, como por ejemplo el
herrerillo (Parus caeruleus), arriba a la izquierda en el mosaico, o el carbonero (Parus major, con su chi-chi-pán o su ti-chá, ti-chá característico), que se luce algunas mañanas. Los petirrojos (Erithacus rubecula, último del mosaico) también son reconocibles de oído (tek-tek-tek), pero se acercan con más curiosidad a las personas. Lo mismo estás en un banco sentado y se te pone uno a dos metros mirándote como si fuera un gorrión.

Arriba a la derecha está el jilguero (
Carduelis carduelis, conocido por el blog como malabaddon) de toda la vida. El año pasado me encontraba todos los días con uno que había descubierto su percha favorita en una jacaranda del cruce del Pretorio, y se pasaba los ratos muertos allí cantando.

Los otros tres son más discretos. El más estirado, en el centro a la izquierda, es el colirrojo tizón (
Phoenicurus ochruros), cuyo macho en primavera es bastante más oscuro que en la foto. Después de cada vuelo corto, se posa y se agacha varias veces mientras calcula si supones una amenaza. La lavandera blanca (Motacilla alba) es un delicado pajarillo que corretea por los caminos del parque del Vial. Y el mosquitero común (Phylloscopus collybita, chiffchaff en inglés, por su canto, abajo a la izquierda) es un poco más escurridizo, pero fácil de ver si se pasa a diario por allí.

domingo, 24 de enero de 2010

Huerta de Santa Isabel: la última batalla del ejército califal

Si se jura fidelidad, es para siempre. Hace mil años que cientos, miles de ellos murieron en los campos de batalla de la locura provocada por la guerra civil, y que fueron enterrados, en el mejor de los casos, en alguno de los inmensos cementerios de la agonizante capital del imperio califal. Sus espíritus han sido convocados y ahora se preparan para dar una última batalla, como si de los muertos de las Montañas Blancas de El Señor de los Anillos se tratara.

Se han levantado de los
maqabir de la avenida del Aeropuerto, de la glorieta de Almogávares, de todas las necrópolis conocidas, y se dirigen al antiguo Cuartel de Artillería, en la avenida de Medina Azahara. Allí, dando la espalda al Rectorado, ante los atónitos conductores y paseantes, forman en medio centenar de filas, sobre la calzada, y preparan sus espadas. Piensan, mientras la caballería califal se posiciona en los flancos y los conductores huyen despavoridos, en qué horribles ingenios habrá desarrollado el arte militar de los infieles (iba a decir cristianos) a lo largo de este milenio.

Los mismos infieles que, con sus máquinas imparables, han desenterrado los restos de su cuartel general del noroeste, entre Turruñuelos y Miralbaida. Los mismos que quieren construir allí esas verdaderas colmenas que ellos llaman viviendas. Todos sus informes concluían que la operación se estaba gestando en el antiguo cuartel, hoy más conocido como Gerencia Municipal de Urbanismo. Al grito habitual de "Alá es grande", y esas cosas, saltan la verja de las dependencias municipales y, rompiendo puertas y ventanas, entran a saco en las oficinas.


Allí les reciben hordas de funcionarios del Ayuntamiento y de técnicos en nómina, empuñando licencias de obra enrolladas, contra las que las espadas califales, oxidadas de hace mil años, se quiebran y deshacen, dejando los papeles teñidos de un color anaranjado. Los aviones de papel hechos con las resoluciones que autorizaron la destrucción de los arrabales de Poniente, vergüenza de nuestra época, sobrevuelan a los asustados soldados de Alhakén II, cuya moral va quedando minada al contemplar las autorizaciones de eliminación de los restos encontrados en Fátima junto al arroyo Pedroches, o los de la avenida de Libia. Sus casas habían sido destruidas por la invencible mano de la Gerencia.


Ayer pasé por allí y, pese a la relativa normalidad que se veía desde fuera, la fiera batalla continuaba en su interior. El resultado es incierto, aunque se rumorea que habrá una tregua que respetará ambas cosas, viviendas y restos arqueológicos. No me lo acabo de creer. El tiempo dirá.
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El tiempo dirá, de paso, si realmente estos restos se corresponden con algún tipo de instalación militar de época califal. La cercanía a la casi inexplorada almunia o palacio de Turruñuelos abre un gran abanico de posibilidades.

miércoles, 20 de enero de 2010

El espía, el poeta, el nacimiento del pego y el globo que no voló

Debo reconocer que escribo esta historia sobre los hombros de gigantes, pero no por ello me ilusiona menos, porque a mí me da que nos vamos a acercar mucho al origen de esta expresión genuinamente cordobesa. Falta la prueba definitiva, por lo que esto no deja de ser una teoría, pero se non é vero, é ben trovato. Si no es verdad, al menos tiene muy buena pinta.

Hace mucho tiempo ya
colgué por aquí un enlace a la Cordobapedia, que explica el origen del pego como resultado del ascenso fallido de un globo, a finales del XIX, por parte de un francés, cuyo apellido sonaba más o menos "Pegó", empezándose a relacionar con este hombre cualquier tontería local. Yo no sé quién colgó esto en la Cordobapedia, y esta es la primera clave a tener en cuenta: ¿de dónde salió esta hipótesis? Evidentemente, alguien estudió el tema antes y llegó a la misma conclusión que luego contaré. Así que todo parece indicar que estamos asistiendo en directo al nacimiento de una leyenda, que conserva algunos datos y modifica otros. Una versión 2.0 de esta leyenda es la que refleja la Cordobapedia.

El caso es que existió un episodio histórico similar al mencionado. Hubo globo, hubo franceses (aunque no directamente ni en ese momento) y hubo fracaso... Y de paso, nos introduce en la vida de uno de los más apasionantes personajes que han pisado la Córdoba moderna: Domingo Badía y Leblich, catalán, que llegó a ser prefecto de la ciudad bajo la dominación napoleónica y que, camuflado como árabe musulmán, fue el segundo europeo y primer español en penetrar en los recintos prohibidos de La Meca, después de actuar durante años como espía en Marruecos.

Domingo Badía, caracterizado como el musulmán Alí Bey

Hay que atrasar el calendario hasta 1795, al final del siglo de las luces, cuando Domingo Badía fue nombrado administrador de las rentas del tabaco para el Estado en Córdoba, procedente de un cargo de Defensa en Granada. Entre 1792 y 1793, según las fuentes, había remitido al primer ministro Godoy un informe sobre globos aerostáticos, que al parecer pretendía emplear con fines militares, aun cuando las primeras ascensiones de los Montgolfiere se llevaron a cabo una década antes, y era una tecnología aún en pañales.

El Campo de la Merced en 1862, 70 años después

Badía recibió el visto bueno del Estado y construyó su globo en el Campo de la Merced (también bailan las fechas, 1793-1795, me gusta más esta última), fracasando en sus dos intentos de hacerlo volar, debido a las adversas condiciones meteorológicas. El revuelo y las espectativas en la ciudad habían sido enormes y la multitud quedó totalmente decepcionada.

La aventura le supuso su ruina económica, y su padre consiguió que el Consejo de Castilla le retirara la autorización para seguir experimentando, por su propia seguridad. Si queremos encuadrar correctamente la entrada de la Cordobapedia
, parece que habría sido este acontecimiento el que habría grabado la palabra "pego" en la mente popular. Pero, ¿por qué, una vez descartado el tema del apellido francés?

Firma de José Mariano Moreno

Pues resulta que, por Ramírez de Arellano y sus Paseos, sabemos que el fracaso de Badía fue caricaturizado en unos versos satíricos por un poeta local cordobés. Ese poeta se llamaba José Mariano Moreno. Desde luego, esa coplilla debió tener relevancia, cuando los Paseos la mencionan 80 años después. ¿Usó Moreno la palabra "pego", en el sentido de "trampa" o "engaño", en esos versos? En una palabra, ¿fue Moreno el inventor del pego, y Badía el primer pegoso?

Todo esto se basa en unos versos que no he encontrado, y en una mención a un globo fallido que no sé de dónde salió. Pero me gusta, y me parece
ben trovato. Ahora falta que algún sesudo investigador o académico con acceso a los manuscritos de Moreno se ponga a rebuscar en su obra. ¿Dónde pudo publicar sus versos satíricos para que fueran accesibles al público en general? ¿Había algo parecido a un periódico local en aquella época? Hasta aquí he podido llegar yo, y parece que ya hubo quien llegó antes. Ahora que sigan otros.

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Los aficionados a La Rosa de los Vientos conocemos los llamados Versus de Juan Antonio Cebrián, pequeños relatos sobre una pareja de personajes históricos cuyas vidas se entrecruzan, normalmente por motivos poco amistosos. Algo parecido ocurre entre José Mariano Moreno y Domingo Badía. Después de haberle dedicado sus versos satíricos en 1795, Badía fue prefecto casi el mismo tiempo que estuvo Moreno de secretario de la Academia, una importante institución de la época.

sábado, 16 de enero de 2010

La firma inmortal de José Mariano Moreno


Os presento a un hombre que, poco a poco, va perdiéndose en la memoria de los cordobeses que aún pudieran, dos siglos después, haber oído algo sobre él. Se ha refugiado en las bibliotecas, como muchos grandes personajes, y aún así resulta complicado dar con él. Así que siento mucho que este retrato que cuelgo aquí sea totalmente fragmentario, formado por algunos trocitos de su persona procedentes sólo de un par de fuentes.

José Mariano Moreno Bejarano nació en Córdoba, de familia humilde, un 4 de julio de 1764. Fue un estudioso y especialista en la lengua latina, ya que no tuvo recursos para dedicarse a la judicatura. De carácter retraído, fue discreto y salía poco de la casa donde vivía con su mujer, Francisca Uriarte. Dedicado casi toda su vida a la enseñanza, fue también bibliotecario durante algún tiempo.


En la mañana del domingo 11 de noviembre de 1810, se celebró la primera reunión de la que, empezando como Academia literaria de Córdoba, se convertiría en Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de esta ciudad. En las elecciones que ese día tuvieron lugar, José Mariano Moreno fue nombrado secretario, y por tanto es su firma la que aparece estampada, junto a otras, en las actas de cada reunión de la Academia hasta, al menos, mayo de 1811.


Presentó en este foro diversas obras, como su
Crítica imparcial de Lucano, una Memoria sobre la naturaleza de la oruga y modo de extinguirla, otra Memoria sobre el modo de escribir la historia de Córdoba y su Provincia, o el Elogio del literato cordobés Pedro de Valencia. Hay, de paso, alguna fábula y un estudio sobre el tizón del trigo.

Murió el 20 de octubre de 1833, en la ciudad que le vio nacer. Francisco de Borja Pavón y Luis María Ramírez de las Casas-Deza fueron algunos de sus discípulos más destacados, y perpetuaron en la medida de lo posible su memoria.


Punto y seguido.

martes, 12 de enero de 2010

Córdoba frente al misterio (15): el bien contra el mal en la plaza de las Dueñas

Hace unos días salió la plaza de las Dueñas en el pequeño juego de lugares cordobeses que tenemos en el blog, y pensé que podría ser un buen momento para contar una de las muchas leyendas milagrosas que adornan la vida de San Álvaro de Córdoba, ojo, el del siglo XV, no el mozárabe.

El
convento de las Dueñas se encontraba más o menos entre el Císter y el Hospital de San Jacinto (Los Dolores). Para no iniciados: subiendo desde el Ayuntamiento por Alfonso XIII, coges la calle del Maimónides a la derecha y llegas a un jardincito. Pues la plaza y la manzana que está sola formaban el desamortizado (1868) convento de las Dueñas.

Cuentan los relatos, más o menos coincidentes, que una noche indeterminada, probablemente a finales del siglo XIV, estaba San Álvaro en su cueva junto al convento de Santo Domingo, que él había fundado, cuando oyó pasar por el cielo una legión de demonios. Algunas fuentes pintan un cielo enrojecido mientras los espíritus malignos explicaban al fraile que se dirigían a Córdoba, al convento de las Dueñas, a recoger el alma de la monja Juana Díaz, que estaba a punto de morir en pecado, según Ramírez de Arellano (1875). Las versiones anteriores dicen simplemente que bajaban a tentarla, con permiso de Dios, en la última hora de su vida.

San Álvaro, haciendo un poco de Herodes con los Reyes Magos, les pidió a los demonios que a su regreso le contaran qué tal les había ido. Nada más verlos bajar hacia Córdoba, se puso en oración para pedir por el alma de la monja.


Es muy interesante la crónica de Luis Sotillo de Mesa en 1628, que menciona a Teresa Muñiz de Godoy y a Andrea de Cárdenas, monjas de las Dueñas, como ancianas (durante el proceso de beatificación, se entiende) que habrían escuchado en su juventud el testimonio de los testigos directos de lo que pasó aquella noche.


Cuentan que gracias a las o
raciones de San Álvaro y a la vigilia permanente de las monjas junto a la moribunda...

El brocal saltó en pedazos, y los demonios huyeron por donde habían venido, no sin antes echarle en cara a Álvaro que les había fastidiado la misión.

Fray Hipólito García, prior de Santo Domingo en 1785, contará así el suceso:


Sánchez Feria (Palestra Sagrada, tomo I, pág. 40) también tratará el tema sin añadir grandes novedades al relato.

Queda por saber si el pozo al que se hace referencia se encontraba en los terrenos del convento. Si era así, y con todas las precauciones que evidentemente hay que tomar con este tema, cabría pensar que según se describe su situación estaría al norte, en la parte del convento que daba a la actual calle Ramírez de las Casas-Deza, o incluso en sus terrenos junto a la cuesta del Bailío, junto a la casa hoy en ruinas.

Esta entrada tiene tantísimas ramificaciones que no voy a tomar ninguna... el manantial de las Dueñas, la curiosísima historia del convento de Santo Domingo y otras entregas de misterios cordobeses que algún día verán la luz. Poco a poco.

Para los más curiosos, aquí dejo la crónica completa de 1628 sobre el tema.













































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Foto en color: Cordobapedia

viernes, 8 de enero de 2010

Córdoba, como la vio Alfred Guesdon


Parece como si la ciudad, antes de emprender un largo viaje, hubiera querido hacerse una foto de despedida. Hacía unos quinientos años que sus límites urbanos no variaban, y su fisionomía sólo había cambiado por la construcción de algunas iglesias y conventos (incluyendo, por supuesto, la Catedral), así como algunos edificios notables como la plaza de toros o la llamativa fábrica de sombreros de la Corredera, cuya chimenea expulsaba los primeros humos sobre la ciudad.

La imagen que vemos es una pintura realizada por Alfred Guesdon entre 1850 y 1860, en uno de sus viajes por España, basada en uno o más
daguerrotipos, que eran primitivas fotografías con un tiempo muy largo de exposición. Guesdon las hacía desde un globo en vuelo, así que nos lo podemos imaginar esperando pacientemente los momentos de calma atmosférica para lanzar sus fotos, si quería ser capaz de reconocer en ellas algo más que borrosas manchas alargadas. Aun así, el hecho de que fuera necesario hacer luego una pintura dice mucho de la calidad de los daguerrotipos obtenidos.

Sin embargo, ahora tenemos casi una fotografía en color de la Córdoba de la época, donde se intuye ya una construcción o arboleda en la zona de la estación (que entró en servicio en 1859), aunque ciertamente no se aprecian muchos detalles. Se pueden ver muchos otros lugares ya desaparecidos, como el
convento de la Victoria, la puerta del Colodro, la de Plasencia, el molino de la Albolafia antes de ser destruido por la carretera de Cádiz, el estado de la huerta del Alcázar que ahora se pretende recuperar... Algunos detalles aparecen un poco desplazados, como ocurre por ejemplo con San Hipólito, que se va casi a los Tejares, pero se puede disculpar.

Aunque el ferrocarril estaba a punto de transformar la ciudad, aún no habían comenzado los grandes cambios, como la prolongación hasta la ronda de los Tejares del entonces paseo de San Martín (hoy Gran Capitán), la apertura de la calle Claudio Marcelo o el ensanche norte hacia la estación.


La ciudad aún tardaría más de medio siglo en abandonar de forma decidida el perímetro de sus murallas.


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La entrada del Chorrijuego del Patrimonio Cordobés sigue y seguirá accesible desde el enlace en la barra lateral. Saqunda, Sherezade y lamalgama están empatados a una foto adivinada...

sábado, 2 de enero de 2010

El último escudo republicano de Córdoba


¿Cómo ha podido aguantar intacto, en un lugar visible, treinta y nueve años largos de régimen franquista en Córdoba? Al contrario de lo que ocurrió con otros símbolos republicanos de la ciudad, este escudo resistió, sin que nadie se ocupara de quitarlo de enmedio, hasta la vuelta de la democracia, y permanece aún hoy a la vista de los cordobeses.

He tenido la alegría de enseñar esta rareza histórica a algunos paisanos y visitantes desde que descubrí, como la mayoría, su existencia gracias a este artículo de Saqunda en la Calleja de las Flores, del cual tomo con escasa vergüenza la foto y la información (incluyendo algún comentario) para hacer esta entrada.

El escudo en cuestión está situado en el edificio del grupo escolar Rey Heredia, justo detrás de la Calahorra, entre ésta y la plaza de Santa Teresa, coronando un
a puerta de la fachada principal del colegio. Se distingue del actual por la ausencia de la corona real (tiene lo que se llama "corona mural") y, evidentemente, de las flores de lis del centro.

El colegio no fue construido durante la II República, sino a finales de la década de 1918. Llama la atención, además, que la placa está incompleta, quedando un espacio en blanco detrás de "Escuela Nacional", porque se solía escribir "de niños" o "de niñas". Como el Rey Heredia era un colegio mixto, se dejó sin rellenar.


Finalmente, hay que recordar el oscuro destino que parece tener el edificio. Según el plano del PGOU, ese solar está marcado como zona verde, por lo que, si nadie lo remedia, el colegio será derribado, con escudo y todo, para hacer
jardines a la cordobesa, es decir, adoquines con tres arbolitos.


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Un segundo escudo, sólo visible en su mitad inferior, es el de la antigua Facultad de Veterinaria, hoy rectorado de la Universidad de Córdoba. Lamalgama fue el primero que lo mencionó en esta entrada.


 
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El lector Werrybee ha enviado una foto de otro escudo republicano, más visible todavía, que sobrevive en Córdoba, y se ha callado la ubicación para que seamos nosotros quienes lo averigüemos. Saqunda ha averiguado que está en Gran Capitán, en el edificio municipal junto a Hacienda y enfrente de San Hipólito.

Mi agradecimiento para Werrybee desde aquí, claro.

martes, 29 de diciembre de 2009

La olvidada muralla del Parque Cruz Conde

Alguno se quedaría el otro día con la duda de si existió realmente ese puente prerromano de Córdoba que algunos autores antiguos defendían. La verdad es que en el siglo XIX, dada la cantidad de restos que nos hemos cargado para construir los barrios más cercanos al centro, podrían tener algunos motivos que hoy desconocemos para defender esas ideas.

Uno de ellos se ha conservado en parte. Hay quien lo consideraría la prueba más clara de la existencia de una poderosa Córdoba prerromana, aparte de la extensión de lo que hoy sabemos que eran los arrabales del siglo X. Aquellos que hayan echado un vistazo al plano de 1884, probablemente se habrán fijado en un detalle curioso en el ángulo inferior derecho, cerca de la Alameda del Obispo, hoy, aproximadamente, Jardín Botánico.


Se trata de unos restos de muralla que están fuera de cualquier recinto conocido: no son de la Medina, ni de castillos que hayan sobrevivido, ni defienden un antiguo centro de poder. Fueron considerados de origen fenicio mientras duró la teoría de una gran Córdoba amurallada prerromana, pero luego la cosa vino a menos y, simplemente, todo el mundo pasó de ellos.


Ahora mismo no es fácil ver la muralla, pero está ahí. Arranca más o menos junto a la valla del instituto Séneca, pegando a la calle que baja del Parque Cruz Conde. Más o menos va marcando la separación entre el insituto y el zoológico, por un lado, y la Ciudad de los Niños, por otro. Se ha ido rellenando de tierra del cerro, y esto ha provocado en ocasiones el derrumbe de algunas zonas, como cuenta de las Casas-Deza que ocurrió el 21 de febrero de 1841.

El que se quiera enterar bien del tema puede leer a Alberto León (El Guadalquivir y las fortificaciones urbanas de Córdoba, 2008) que cita a Castejón (en 1926 hablaba del topónimo "Paredes Gordas" para la zona), y que resume y explica el misterio: de acuerdo con las excavaciones arqueológicas en el zoo estaríamos ante una fortificación de época almohade (finales del siglo XII), que formó parte de todo un programa militar en el que se construyeron las fortificaciones que rodean a la Calahorra (hoy visibles a trozos entre los solares en obras) y el Castillo de la Judería, la muralla que corre por dentro de San Basilio.

Aquí se pueden ver los
resultados de la excavación de 2003, y aquí las fotos, donde da un poco de pena este tramo de muralla en concreto.

El estudio serio de los restos, en este caso, nos saca de teorías exóticas del siglo XIX y nos envía a una realidad que a alguno le puede parecer más aburrida, pero no es menos interesante. Porque seguimos sin saber casi nada de este trocito de pasado.


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Las fotos son del usuario de Calleja de las Flores que firma como La Colina, un experto en estructuras hidráulicas y el subsuelo cordobés, al que le doy las gracias.

martes, 22 de diciembre de 2009

¿Hubo un puente anterior al romano en Córdoba?

¿Alguien se lo había planteado antes de leerlo aquí? Hoy, esa pregunta es poco menos que un sacrilegio, y su respuesta es "no". Hace poco más de cien años, esa pregunta era de lo más normalito, y su respuesta era "sí". Espero que os guste esta historia, que es cuando menos curiosa, y que abre las puertas de toda una teoría, hoy olvidada, que imaginaba una inmensa y poderosa Córdoba anterior a Roma.


I. Citas históricas de un supuesto puente prerromano

Bartolomé Sánchez Feria, a finales del siglo XVIII, no lo duda.
Ese puente existió, y se encontraba por debajo del actual, casi exactamente donde hoy está el puente de San Rafael, por debajo de la desembocadura del arroyo del Moro. Sí, el arroyo del Moro es el chorrillo que bordea la puerta de Sevilla. De todos modos, si hay que tomar por cierto todo lo que Sánchez Feria creía, podemos empezar a quemar libros de historia de Córdoba que, como a él le gustaba decir, sólo serían buenos como tizones.

Dice este autor (tomo IV, pag. 64) que la ciudad...


El molino que cita puede ser el que hoy llamamos de la Alegría (integrado en el Botánico) o algún otro que estuviera por la zona de la desembocadura del arroyo. No es el de las Tripas, que estaba más abajo y en funcionamiento en aquella época.

Todo esto parece una tomadura de pelo, pero luego avanzamos casi cien años, hasta mediados o finales del siglo XIX, y nos encontramos a Luis Maraver diciendo en la
Historia de Córdoba (Tomo I, pag. 228, edición 1863) que allí hubo otro puente cuyos cimientos se descubren aún.


Y se basa en la misma cita que Sánchez Feria, en la
Historia arabum del arzobispo Don Rodrigo, la clave de este follón. En este texto se dice que el emir Hisham hizo un puente nuevo (hay consenso en que reparó, y quizás rehizo, el romano) por encima del antiguo. Por encima, ¿literalmente, o en el sentido de la corriente del río? A saber.

Con la duda en el cuerpo, podemos leer a Ramírez y de las Casas-Deza, del que os pongo un manuscrito, que insiste en la misma ubicación, cita y opinión.


II. ¿Existió un puente prerromano o romano donde hoy está el de San Rafael?


Hasta donde hoy sabemos, no tiene ningún sentido. ¿Para qué querían los romanos dos enormes y costosos puentes de piedra separados sólo por unos cientos de metros? Sin embargo, la ciudad romana original no llegaba hasta el río, como se ve en la primera imagen, sino que se protegía de forma natural por la pendiente que hay a partir del actual Conservatorio. ¿Pudo una riada llevarse un primer puente de piedra en el siglo II o I a.C., obligando a los romanos a construir uno nuevo donde hoy lo vemos, al tiempo que extendían la ciudad hacia él? Suena muy rebuscado.

Hay una mínima posibilidad de que en el futuro la arqueología nos dé una sorpresa, pero por el momento todo indica que esta historia del puente fenicio (como decían en el XIX) de Córdoba no es más que una mala interpretación de unos restos que ya no existen, o que están enterrados en la zona.

¿Por qué tuvo tanto éxito esta teoría? Porque esos restos no estaban solos. Había junto a ellos algunas ruinas que sugerían una poderosa ciudad prerromana, ruinas que siguen, en parte, allí. El próximo día las vemos.


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Ojo. Para la próxima entrada no habrá aviso en Facebook ni Twitter porque andaré por tierras castellanas sin internés y con mucha nieve. Espero. La dejo programada. Feliz Navidad a todos, todas y todes.

viernes, 18 de diciembre de 2009

La casa de baños del Campo de la Merced y el negocio de Enrique Hernández

Esta entrada es mero entretenimiento, para leer el fin de semana con tranquilidad y conocer un poco de algunos personajes que la bruma del tiempo ha ido relegando al olvido, pero que en su época tuvieron un importante papel en la ciudad. No sé mucho de ellos, pero lo suficiente para hacer una pequeña entrada sobre el negocio de los baños públicos en la Córdoba de finales del siglo XIX, cuando las nuevas ideas de salubridad se reflejaban tanto en el derribo de la muralla y la construcción de paseos como en el surgimiento de este tipo de negocios.


Según explica la Cordobapedia, el empresario
José Sánchez Peña, que debía estar ganando el dinero a espuertas con su sombrerería de la Corredera, se puso a diversificar su actividad, y construyó, en lo que hoy es el supermercado entre la plaza de las Doblas y la de Colón, una casa de baños. Aunque esta enciclopedia cordobesa nos dice que fue en 1877, lo cierto es que en 1875 ya hay constancia de su existencia, teniendo la entrada por el Campo de la Merced, cerrada por una verja de hierro. La casa consistía en una serie de habitaciones individuales con bañera de mármol, con grifos de agua fría y caliente, iluminación de gas y algunos utensilios para el baño.

En cada habitación existía un tirador que hacía sonar, en la oficina, la campanilla correspondiente al cliente que requería algún servicio. Había incluso algunos baños dobles (para matrimonios, por supuesto), así como lo que se llamaba alberca general de 4,4 por 3,3 metros, para acogidos de beneficiencia, también de mármol blanco.



El agua se guardaba en un gran depósito, asociado a un molino de viento y una máquina de vapor (para días de calma), los cuales no tengo muy claro si servían para llenar el depósito o para abastecer las habitaciones. No he averiguado qué agua se usaba, pero sería de pozo, porque el agua potable de las conducciones llamadas "del Cabildo"
estaba muy solicitada, y no se menciona la casa de baños en el reparto de 1876.

Había una sala para piano, un pequeño jardín de recreo y la posibilidad de imitar, mediante compuestos artificiales, la composición de los baños medicinales de algunas localidades de España y el extranjero, como se ve en los anuncios de prensa.


En 1883, el empresario debió aprovechar la máquina de vapor para abrir una fábrica de pastas, lo que provocó las quejas de los vecinos por el ruido y los humos. Ese mismo año, murió José Sánchez Peña, aunque la casa de baños siguió funcionando, como demuestra este anuncio de 1887.



¿Quién se había hecho cargo del establecimiento? Pues no tengo muy claro lo que ocurrió. Pero en el año 1891 sólo se registra un establecimiento de baños en Córdoba, que sigue siendo el del Campo de la Merced, propiedad ahora de Enrique Fernández, que también era el dueño de las aguas medicinales de Santaella: estaba construyendo un verdadero "imperio" de los baños en la provincia.


Más tarde, en 1896, encontramos este anuncio de unos baños de este mismo propietario en la calle San Álvaro, bajo el título de "Casa fundada en 1870". Sólo hay dos opciones: o bien este negocio siempre estuvo allí, y por algún motivo no se menciona en 1891, o bien es la misma casa, nacida en 1870 (ya tendríamos fecha de fundación) en el Campo de la Merced, y trasladada o ampliada como nueva sede por el nuevo dueño, Enrique Hernández, a las cercanías de la aún reducida
plaza de las Tendillas. Yo me inclino más por lo segundo.


Y después de derretirnos un rato el cerebro, quien haya llegado hasta aquí (que levante la mano), no habrá aprendido nada útil, pero a lo mejor le viene el recuerdo de esta historia la próxima vez que pase entre las Doblas y Colón, por la acera de la manzana de Capuchinos. Será suficiente.

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Todos los recortes son del Diario Córdoba. La fecha exacta viene puesta en el nombre de cada imagen si se amplía.

No dejéis de leer los anuncios, merecen la pena. Son un viaje en el tiempo. "Cuatro reales" por baño...

domingo, 13 de diciembre de 2009

Los reyes de Castilla descansan en San Hipólito

Hace poco estaba preparando una visita al Escorial, y me decidí a sacar un tema que a lo mejor sorprende a algunos paisanos: las tumbas de dos reyes de Castilla y de León que están en Córdoba. Más que tumbas, son sepulcros, y se encuentran los dos en el presbiterio de la que fue Real Colegiata de San Hipólito, hoy iglesia situada en el Paseo del Gran Capitán.

Fernando IV de Castilla y de León era bisnieto de Fernando III, el que conquistó la ciudad a los musulmanes, y su sepultura en Córdoba fue fruto de la casualidad, ya que murió en pleno verano en Jaén, y se temió que llevarle a Sevilla o Toledo, como era su deseo, causara la rápida putrefacción del cadáver. Fue llamado "el Emplazado", que es como decir "el maldito", porque se cuenta que su muerte, el día 7 de septiembre de 1312, se produjo cumpliendo el plazo dado por dos reos brutalmente ajusticiados.

Alfonso XI de Castilla y de León, hijo del anterior, fue el fundador de San Hipólito, en conmemoración de su victoria en la batalla del Salado, cerca de Tarifa. Muerto por la peste en 1350, no se respetó su deseo de ser enterrado en Córdoba hasta que su hijo Enrique II trasladó sus restos desde Sevilla en 1371, justo cuando se concluyó la obra de la Capilla Real de la Catedral cordobesa.

Allí permanecieron durante cuatro siglos, al tiempo que la construcción de San Hipólito avanzaba lenta e intermitentemente. Los ataúdes de madera eran abiertos para las visitas ilustres, como la de Felipe II, que tuvo curiosidad por ver a sus antepasados. Finalmente, en 1736, se produjo el traslado.


Ya en San Hipólito, hubo que esperar hasta 1846 para que, a petición de la Comisión de Monumentos, y usando piezas de mármol rojo procedentes del monasterio de San Jerónimo, se elaboraran los sepulcros que hoy en día se pueden ver en la iglesia. La corona y el cetro, símbolos reales, descansan sobre sendos almohadones encima de las tumbas, hoy apenas visitadas.


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También cuenta hoy Paco Muñoz una anécdota sobre la iglesia de San Hipólito en sus Notas cordobesas.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Las cuentas del Gran Capitán

Pincha para oír el audio

Una de anécdotas, que me hizo ilusión escucharla en la voz del maestro Cebrián. Aunque recomiendo escuchar el audio, lo contaré también por escrito, porque si no quitaría el blog y pondría un podcast.

Básicamente, la historia trata de la antipatía que sentía el rey Fernando V de Castilla (y, sobre todo, II de Aragón
), más conocido como Fernando el Católico, hacia su mejor jefe militar, el montillano Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Dicen las malas lenguas que su animadversión venía de la sospechosa e intensa amistad que unía a éste con la reina Isabel la Católica, pero nada hay confirmado.

El caso es que después de una serie de campañas victoriosas que permitieron a la Corona de Aragón consolidar su expansión por el sur de Italia, tomando la ciudad y el reino de Nápoles, se comenzó a cuestionar la gestión del Gran Capitán como virrey de los nuevos territorios, hasta que las malas lenguas convencieron al rey Fernando de que era necesario pedir explicaciones al militar por el uso de la pasta del reino aragonés.


Y don Gonzalo hizo dos cosas: por un lado, enviar unas pormenorizadas cuentas que se conservan en el Archivo General de Simancas. Y por otro, entrar en la leyenda cuando se popularizó la versión legendaria del suceso.


Dicen que el Gran Capitán se sentó delante de Su Majestad, abrió su libro y empezó a relatar, tal que así:


Ciento setenta mil ducados en poner y renovar campanas destruidas con el uso continuo de repicar todos los días por nuevas victorias conseguidas sobre el enemigo.


Millón y medio para mantener prisioneros y heridos.


Diez mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres de los enemigos tendidos en el campo de batalla.


Y así sucesivamente, mientras don Fernando se iba poniendo de todos los colores de su
escudo heráldico. La última partida, concretamente, fue la que le puso de color verde Granada:

Y cien millones de ducados, que es lo que vale mi paciencia al tener que descender a estas pequeñeces del rey a quien he regalado todo un reino.


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Más sobre las
cuentas del Gran Capitán, en Wikipedia. También en este documento de 1910. Sus primeras batallas en Nápoles están contadas aquí, pendientes de continuación (siguen dedicadas a Antonio, claro).


viernes, 4 de diciembre de 2009

La muralla romana de Ronda de los Tejares, 13

Cuando se habla de las sorpresas que esconde el subsuelo de Córdoba, normalmente pensamos en lo que se va desenterrando con el crecimiento urbanístico actual (casi pasado, ya). Sin embargo, hay algunos restos arqueológicos que llevan años a buen recaudo en los sótanos de la ciudad, ignorados por la mayor parte de los cordobeses.

Es el caso del lienzo de muralla conservado en las cocheras de Ronda de los Tejares, 13, un espacio privado pero que se puede visitar habitualmente sin problemas, y en cualquier caso con permiso de los propietarios o del portero, que recibe amablemente a los curiosos despistados.


Se trata de un muro de unos cuatro metros de alzado, formado por enormes bloques de
opus quadratum de 1,2 metros de espesor, que algunos autores fechan en el período fundacional, lo que convertiría este monumento en la construcción más antigua de Córdoba (mediados del siglo II a.C.) y otros retrasan hasta la época de las guerras civiles de César contra los hijos de Pompeyo (45 a.C.). Además del simple muro hay una torre cuadrangular, así como diversas estructuras que están ocultas tras algunas paredes del sótano, entras las que aparece una vivienda adosada a un fuerte muro, paralelo a la muralla, y que podría también tener alguna finalidad defensiva.



El vídeo que he subido tiene mala calidad, y queda aún peor en Youtube, pero confío en que ayude a hacerse una idea del lugar a los que no tengan ocasión de visitarlo. Este trozo de patrimonio fue declarado bien de interés cultural (BIC) en 1985, y figura en el catálogo del
Patrimonio Inmueble de Andalucía.



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Ventura Villanueva, A. El abastecimiento de agua a la Córdoba romana II, Universidad de Córdoba, p. 68

www.arqueocordoba.com


martes, 1 de diciembre de 2009

En el nombre de Córdoba (y 3): las raíces de Hispania

(anterior)

Si al tratar lenguas más o menos conocidas, como el fenicio, aparecen diversas opciones que podrían explicar el nombre de Córdoba, la búsqueda se convierte en laberinto al intentar encontrar una etimología anterior a la colonización oriental. Y eso es un verdadero problema, porque dada la antigüedad del asentamiento del Parque Cruz Conde, es muy posible que el topónimo cordobés sea anterior a las visitas de los comerciantes semitas.

La Península Ibérica prerromana, y esto está contado por un profano, aviso, podemos dividirla burdamente en dos partes. La Meseta, la costa occidental, el Cantábrico y el alto Ebro estarían ocupados por pueblos llegados al comenzar el primer milenio a. C. y que conocemos genéricamente como celtas, de origen indoeuropeo. Paralelamente, en Andalucía y Levante se desarrolló una cultura indígena que conocemos como pueblos íberos.


Todo esto viene a cuento de que algunos lingüistas están encontrando relación entre topónimos esparcidos por toda Europa y parte de Asia, que podrían derivar de lenguas indoeuropeas, grupo del que descendían los celtas, pero no los íberos. Así, Francisco Villar agrupa los nombres que comienzan por
kart-, kort-, kard- y kord- como equivalentes. Existen intentos de reconstrucción del idioma indoeuropeo original, que atribuyen a kar- un valor similar a "roca, piedra".

Por otro lado, -
uba (junto a algunas variantes parecidas) se ha considerado, entre otras posibilidades, como parte de numerosos hidrónimos, es decir, nombres de ríos o de lugares relacionados con el agua, también en el ámbito indoeuropeo.

La realidad es que, probablemente, nunca sabremos lo que significa "Córdoba". Salvo sorpresas arqueológicas futuras, seguiremos sin saber si el
kord- o kart- es, en este caso, indoeuropeo, fenicio, u otra cosa. Desconocemos incluso el idioma íbero: podemos leerlo, conocemos su alfabeto, pero el significado de sus palabras sigue siendo un misterio, y así no hay forma de buscar una explicación en la lengua que supuestamente hablaban los turdetanos cordobeses prerromanos.