lunes, 14 de junio de 2010

El collar de la paloma, de Ibn Hazm

Todo estaba ya inventado, porque todos somos, como dice don Manuel, hijos del vaivén. Ya se podía escribir un tratado, todas las situaciones que vinieran después se podrían aplicar a algún pasaje de "El collar de la paloma", un ensayo sobre el amor. Hace mil años, entre pesadillas, mientras ardía su memoria de tiempos de grandeza del Califato cordobés, Ibn Hazm iba rumiando la obra que más contribuiría a hacerle inmortal.

Ibn Hazm de Córdoba, nacido el año 994, criado en los
últimos estertores de grandeza de la corte de Almanzor, es el tipo que está hecho estatua delante de los arcos que hay junto a la puerta de Sevilla y hecho calle entre el Brillante y la Cuesta Negra, con la transliteración de "Abén Hazam". Un hombre al que las revoluciones de 1009 en adelante pillaron por sorpresa, derrumbando su mundo, su familia, sus sueños y sus aspiraciones; quizás también parte de su carácter. Se convirtió en lo que se llamaba un legitimista omeya, es decir, alguien que soñaba, en medio de los ríos de sangre de las guerras civiles de Al Andalus, con restituir en el poder a un Omeya que volviera a reinar sobre todo el antiguo imperio cordobés.

Y entretanto, desde el exilio en las taifas de Levante, escribió una pequeña joya en treinta capítulos (muy cortitos, la mayoría), en la que se sumerge en todos los matices de una relación sentimental, recordando de vez en cuando detalles de la Córdoba que ya no existía (
un pasado roto no es nada...) y refiriéndose constantemente a los recuerdos de su infancia entre las concubinas de la corte.

En medio de cada capítulo, el autor incluye poesías de su propia cosecha (que al traducirse, como pasa normalmente, pierden casi toda la gracia), además de historias con moraleja y enseñanzas de su propia experiencia.


Sentado debajo de un árbol, en las últimas mañanas frescas antes del verano, con el "Collar" entre las manos, resulta fácil comprender que las personas no han cambiado demasiado en el último milenio. Tenemos los mismos deseos, las mismas ilusiones y muy parecidos problemas. A través de la pluma de Ibn Hazm, los cordobeses del siglo XI nos siguen ayudando a explicarnos a nosotros mismos.


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"El collar de la paloma", Alianza editorial. Versión de Emilio García Gómez, bolsillo, 350 págs.

viernes, 11 de junio de 2010

El Palace antes de volverse mohoso




Han caído en mis manos unos cuantos folletos que mi compañera pucelana definiría sabiamente como "añejos", y la verdad es que no sabía por cuál empezar a publicarlos aquí. He elegido este del desaparecido Hotel Meliá, entonces "Córdoba Palace", porque es uno de los más antiguos (de entre mediados de los cincuenta y mediados de los sesenta) y, en mi opinión, de los más curiosos.

Así que, para no aburrir, os dejo directamente que disfrutéis del estilo publicitario de la época. Con aire acondicionado, teléfono e incluso aparato de radio en cada habitación, ¿quién no querría venir al "corazón de la romántica y legendaria Andalucía?"











































domingo, 6 de junio de 2010

El algarrobo del Patriarca: ¿cómo de centenario? (y II)

Capítulo Dos: la leyenda del algarrobo del Moro

(Capítulo Uno: el árbol)


Hace unos años,
cuando ya conocía el algarrobo del que hablamos en la entrada anterior, leí en la "Palestra Sagrada" de Sánchez Feria una vieja historia sobre una imagen religiosa encontrada en las cercanías del cerro de las ermitas. Hacía referencia a un árbol de esta especie y desde entonces no puedo dejar de preguntarme si estamos hablando del mismo lugar. Os hago copia-pega de la historia según este autor:

Los "Paseos por Córdoba" más o menos vienen a corroborar el relato, aunque se sustituye el terremoto por una tormenta y varía la fecha un par de días.

Refiere la historia que un niño de siete años llamado
Bartolomé de Pedroza fue el día de 7 de octubre de 1680 a buscar un haz de leña. Ya muy lejos de la población se armó una gran tormenta de agua y grandes exhalaciones que acobardaron al niño, pensando si volverse o no a su casa, cuando vio entre las matas una horrible culebra en dirección suya. Entonces corrió a esconderse entre unas peñas, donde encontró esta imagen, que trajo a Córdoba, entregándola al rector de su parroquia, Santa Marina, don Fernando Dávila, quien, para darla título, puso varias papeletas y sacó una, tocándole el de Villaviciosa. Donola al convento del Cister, recién establecido, y cuya comunidad la ha conservado con extremado culto.











La expresión "al pie del cerro" es un poco ambigua, pero puede aplicarse al lugar del algarrobo que conocemos, porque desde allí todo es subida (y dura) hacia las ermitas, y nos metemos en la falda de la montaña. La foto en la que se ven el árbol y el cerro puede resultar engañosa a este respecto. Y curiosam
ente, a unos metros del árbol se encuentran unas antiguas canteras, similares a las conservadas junto al Castillo de la Albaida que, si dejamos volar la imaginación, podrían identificarse con los peñascos de la leyenda.

Cada uno es libre a la hora de interpretar el tema como quiera. La
identificación del árbol con el "algarrobo del Moro" es algo que nunca será posible probar, pero que tampoco me parece descabellado. Implicaría que en 1792, hace 200 años, al imprimirse la "Palestra" (y no en 1680, según entiendo al leer el relato), el algarrobo era ya tan grande y conocido que tenía nombre propio y sirvió al autor para orientar a los lectores sobre el lugar del suceso. Aquí quedan la leyenda, la literatura y la imagen encontrada en aquel lugar a finales del siglo XVII, y conservada en el Císter, en el primer altar del lado de la epístola (fuente). Allí, esperemos que por muchos años, queda el monumental algarrobo del Patriarca.

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Para el que se encuentre algo confuso con el tema, aclarar que esta imagen es sólo una de varias con el mismo título que se han venerado históricamente en Córdoba.

viernes, 4 de junio de 2010

El algarrobo del Patriarca: ¿cómo de centenario? (I)

Capítulo Uno: el árbol

(Capítulo Dos: la leyenda del algarrobo del Moro)

¿Cuántos atardeceres ha visto uno de los seres vivos más viejos de Córdoba y sus alrededores? Resulta imposible aproximarse a una respuesta, con los métodos que conocemos, antes de que acabe por morir de forma natural o, más probablemente en este mundo que nos ha tocado vivir, de ser tristemente talado.















En la zona del Patriarca, más cerca ya de las primeras casas de Santa Ana de la Albaida, hunde sus raíces un algarrobo (Ceratonia siliqua) que, aunque menos conocido que el de la loma de los Escalones, cuya edad se estima entre 350 y 400 años, se le aproxima en sus dimensiones. Realmente es muy complicado dar un dato fiable hasta que no se corta el árbol y se cuentan los anillos, porque además la toma de una muestra radial se complica cuanto más dura es la madera, siendo, para colmo, más complicado contar los anillos estacionales en especies de hoja perenne.

Este algarrobo centenario viene señalado en la conocida como "ruta verde" de los
Paseos por la Sierra de Córdoba, y creo recordar que durante un tiempo tuvo un cartel explicativo sobre cómo sirvió de fuente de alimento en las épocas del hambre.











El árbol tiene tres enormes fustes que emergen de un tronco principal cuyo perímetro a ras de suelo es complicado de definir, por la sedimentación en el lado norte y la erosión del lado sur. De todos modos, se acerca a los diez metros (espero poder traer las medidas más precisas en breve). Los diámetros N-S y W-E son, respectivamente, 16,5 y 14 metros. A pesar de ello, no está en la lista de árboles singulares de la provincia, lo cual debería corregirse de inmediato, dándole protección ante cualquier futura agresión urbanística.

Y aunque el algarrobo del Patriarca, por su propia historia vital, ya merecía una entrada en este blog, hay algo más que me tiene escamado, y que quería compartir aquí desde hace tiempo. Una leyenda local, de las llamadas "tradiciones piadosas", que remite a este lugar y quién sabe si a este árbol en concreto.


Para no alargar el tema, partiré la entrada, y os la contaré en un par de días.

miércoles, 26 de mayo de 2010

La Casa de las Tetas

Volviendo un poco a los orígenes (y también un poco por vagancia), quería traer por aquí un detalle curioso de los Paseos, concretamente de la descripción del barrio de Santa Marina. Contra lo que pueda parecer, que se sepa, no tiene nada que ver con la Mancebía ni nada por el estilo.

Eso debía pensar, desde luego, Ramírez de Arellano sobre el nombre que la gente le daba desde siempre a esa casa situada al final de la calle Cárcamo, llegando ya al hospital de la Misericordia y a la muralla norte de la ciudad. La verdadera respuesta le vino dada por unas obras en 1870, cuando se derribó la fachada de la casa, y apareció bajo los materiales modernos y formando parte de una antigua portada, un fragmento de escultura romana femenina con un busto desproporcionado. Los antiguos, que solían llamar a las cosas por su nombre, no tardarían en bautizar el inmueble en honor a la señora aquella.


Al parecer, la escultura fue llevada a uno de los patios del hospital. Cabe la posibilidad de que allí estuviera hasta el derribo y nueva urbanización en el siglo XX, por lo que, con un poco de suerte, la pieza podría estar en el Museo Arqueológico. Un día me llegaré a echar un ojo a todas las esculturas romanas femeninas, todo sea por la cultura.

sábado, 22 de mayo de 2010

El asedio de San Acisclo y el complicado encuentro de razas

En el relato tradicional de la invasión musulmana está incluida la resitencia de un puñado de soldados visigodos (varios cientos, no diré trescientos por no pagar derechos de autor) en la iglesia de San Acisclo, donde aguantaron unos tres meses el asedio beréber.

Aunque no tenemos suficientes datos para afirmarlo con seguridad, se ha postulado que San Acisclo podría haberse encontrado en algún lugar entre el sur de Ciudad Jardín y el cementerio de la Salud, en la zona de Vista Alegre y, dado el tiempo que duró la defensa, debía estar bien protegida o fortificada.


Los musulmanes veían que se prolongaba demasiado tiempo la situación, y decidieron forzar la rendición cortando el suministro de agua que llegaba a la iglesia mediante un acueducto (interesantísimo dato), para lo cual enviaron a un soldado que, según el cronista Ibn al-Sabbat, era el único de raza negra que había pasado el Estrecho. Su misión era, si atendemos al historiador magrebí al-Maqqari, apresar en los alrededores de San Acisclo a algún cristiano al que sacar informes sobre la situación de los sitiados y el lugar por el que les llegaba el agua.


El soldado, sin embargo, fue apresado por los visigodos, que se extrañaron del color de su piel, y le llevaron junto al punto de salida del acueducto para allí tratar de quitarle el pigmento que le cubría, hasta hacerle sangrar de tanto frotar. Así, una vez que le dejaron tranquilo y consiguió fugarse, pudo contar a los musulmanes de dónde llegaba el abastecimiento de agua potable.


Al cortarles el agua, los cristianos debieron quedar algo menos animosos, pero aún así no quisieron rendirse y probablemente ardieron junto a su iglesia-fortaleza cuando al caudillo Mugit se le acabó la paciencia, al cabo de tres meses.


Aunque es muy probable que en época romana llegaran a Córdoba hombres y mujeres de raza negra, no deja de ser curioso que se mencione en las crónicas a este "adelantado", que vino a hacer el papel del
negro Estebanico en América, pero con un final algo más digno.

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Tomado, un poco libremente, de la Historia de Córdoba durante el emirato omeya, de Antonio Arjona Castro

martes, 18 de mayo de 2010

Córdoba frente al misterio (16): la trola del fantasma de Santa Marina

Hace poco me preguntaba, cabizbajo, un desconsolado seguidor del Fulham, mientras le enseñaba el patio de Marroquíes, si había leyendas de fantasmas y esas cosillas en el Casco Histórico de Córdoba. Él no sabía nada del blog ni de la ciudad, así que le podía haber hablado del duende de la calle Almonas o de casas embrujadas, o de muchas cosas que te van contando pero no puedes publicar por aquí, pero me dio por comentarle un fantasma de mentira, y luego escribir esta entrada.

No sé exactamente qué andaba buscando por periódicos de 1859, cuando me encontré una de las tres
gacetillas que aparecen aquí, y luego me puse a rastrear los periódicos de esos días hasta reconstruir, más o menos, la historia.

La cosa debió empezar a primeros de
septiembre, cuando en el barrio de Santa Marina se corrió la voz de que un fantasma salía a recorrer las calles todas las noches, asustando a la gente y tocando una bocina. Se decía incluso que si el ruido se escuchaba frente a alguna casa en concreto, al día siguiente habría alguna desgracia en ella.

Todo olía un poco a chamusquina, y se pedía, desde luego, que interviniera la polícía, lo que también hacía un periódico de Málaga, en referencia a los casos repetidos de "fantasmas" en las calles de las dos ciudades andaluzas y también de Madrid.

Y fue a raíz de las patrullas de la policía cuando, unos dí
as después, el propio "Diario de Córdoba" dio por terminado el asunto con una gacetilla titulada "Ya no sale" que terminaba con una frase categórica: "no estamos ya en tiempo de duendes". Fue una frase valiente pero que los años desmentirían, porque siempre es tiempo de duendes y fantasmas, aunque vayan evolucionando de la mano de nuestra sociedad.

Y como el año pasado, habrá otra historia de misterio por la noche mágica de San Juan.

viernes, 14 de mayo de 2010

Puerta de Osario, mirando atrás

Si me hubieran contado, tal día como hoy, tres años atrás, que este blog iba a llegar con vida y (esporádica) actividad hasta aquí, no me lo habría creído. Cuando colgué la primera entrada era mayo de 2007 y no tenía nada mejor que hacer que preparar los exámenes de 5º... ahora echo la vista atrás y me parece increíble la cantidad de cosas que han ocurrido desde que me puse la careta del león de piedra.

El caso es que había escrito hace tiempo, para hoy, una larguíiiisima entrada sobre cómo nació y creció la página, pero luego pensé que era mejor, simplemente, acordarme de todos los que habéis pasado por aquí en algún momento a lo largo de estos años. Me vale con que hayáis echado un buen rato con alguna entrada en particular, o que hayáis descubierto algo que os gustara. También, por supuesto, de los muchos que han ayudado en los momentos de poca motivación, que los ha habido. Muchas gracias a todos.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Los cordobeses de la Invencible

Audio sobre la Armada Invencible, vía 32rumbos.com (para el mp3, click derecho y "Guardar enlace como")

No se le puede reprochar a Felipe II que fuera chuleando, desde luego. Él nunca la llamó la Armada Invencible, como mucho era llamada "la Grande y Felicísima Armada", o "la Gran Armada", a secas. Fueron los propios ingleses, que no se creían que fueran a salir con vida de aquella, los que le pusieron el nombre con el que la recordamos.

Para el pueblo llano era sencillamente "la empresa de Inglaterra", es decir, la genial idea de poner a Isabel I mirando a Escocia a base de transportar a través del Canal de la Mancha, con una enorme flota, a la infantería que Alejandro Farnesio tenía en Flandes, logrando invadir Inglaterra (1), que además había abandonado durante aquel siglo el recto camino del catolicismo.



Sin embargo, nada salió como estaba previsto. No se puede decir que los ingleses hundieran la Armada en aquel verano de 1588, pero no hubo invasión, y el regreso de los barcos en su enorme rodeo por el norte de Escocia y el oeste de Irlanda se convirtió en un infierno meteorológico y de otros tipos, como cuenta en el archivo de audio Juan Antonio Cebrián.

Entre el reguero de barcos que fue quedando por las costas inglesas, nos hablan los "
Casos Notables", escritos apenas unos años después de esta guerra, de uno en concreto, que fue a embarrancar en la playa de Londres (?, la verdad es que el relato, contrastado con información de hoy día, huele un poquillo a historias de marineros que no tenían muy claro por dónde andaban). Se trataba de un barco capitaneado por el caballero Antonio de Córdoba (don Antonio embarcose, como le gustaba decir al Cebri), cuyos hombres, convertidos en náufragos en un país extraño y enemigo, estaban dispuestos a convertirse en esclavos de los ingleses con tal de salvar la vida.

Las órdenes de la reina Isabel I, por desgracia, eran poco compatibles con su idea. Temerosa de que los curtidos infantes españoles colaboraran en una revuelta interna de los católicos ingleses, ordenó que se pasara a cuchillo a cualquier náufrago de la Invencible que llegara a las costas (como dicen los "Casos Notables",
que no dejasen ni piante ni mamante). Miles de españoles murieron así en Inglaterra e Irlanda. Pero don Antonio de Córdoba debía ser un tipo con suerte, porque se topó con un capitán inglés que, jugándose su puesto y quizás algo más, decidió que el español y muchos de los hombres que le acompañaban quedaran libres incluso contraviniendo las órdenes recibidas.

Don Antonio y todos los naturales de Córdoba fueron enviados de vuelta a España para sorpresa de las familias que ya les daban por muertos. El inglés sólo dio una explicación para justificar su comportamiento: había escuchado tanto acerca de los hombres de armas y letras que la ciudad de Córdoba había dado a lo largo de la historia, que creyó a los soldados cordobeses dignos de ser devueltos a su tierra sin daño alguno, y sin contrapartida.


Como realidad se cuenta en el libro; como leyenda, probablemente, hay que leerlo a día de hoy. Pero si fue verdad, más vale que lo primero que hicieran al llegar a casa fuera irse a Granada a ponerle flores al Gran Capitán.


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(1) Algo parecido intentaría Napoleón unos siglos más tarde, con similar resultado.

sábado, 1 de mayo de 2010

La gran rajada de Alfonso XIII en el Círculo de la Amistad

Habría muchos que no se estuvieran enterando de la misa la media, pero la mayor parte de los asistentes sí que entendían por dónde iban los tiros, y los tiros iban muy altos. Nobleza, autoridades, el ministro de Fomento y el resto de la élite de la ciudad de Córdoba miraban con los ojos como platos al Rey mientras éste proclamaba un inesperado y sorprendente discurso.


Es la noche del 23 de mayo de 1921, y Alfonso XIII recibe todos los honores del centenar y medio de ilustres invitados que se han congregado para la cena de gala en el Cïrculo de la Amistad. Era una de sus visitas oficiales (sobre las extraoficiales ya dejamos volar un día la imaginación). En boca del monarca, se suceden los elogios a Córdoba: a su pasado, a su presente y al futuro que las obras públicas en proyecto iban a proporcionarle. Si es que esas obras eran aprobadas, claro, si es que la burocracia no las ponía en peligro como muchas otras veces. Podemos imaginar, en ese punto, un silencio incómodo, unas densas miradas entre los invitados, un traguito de fino del Borbón.

Y comenzó el verdadero discurso:
yo no soy un Rey absoluto -estoy muy satisfecho de no serlo- y mi firma autoriza tan sólo a los gobiernos a presentar sus proyectos ante el Parlamento. Luego, en el Parlamento, ya saben ustedes lo que pasa... Murmullos, carraspeos, al ministro de Fomento se le atraganta una aceituna con el susto, y se pone a toser. Es evidente que el juego de la política, con sus movimientos pasionales, con sus arrebatos, con todo lo que constituye la lucha política, frustra muchas veces el buen deseo y el ánimo decidido que los gobiernos tienen de hacer labor útil para el país. Toses incómodas, caras blancas como la cera, ¿está este hombre cuestionando al Parlamento abiertamente?

Nunca el Rey se había atrevido a hablar así de los políticos y gobernantes, nunca había cedido de tal manera ante una pulsión autoritaria que pudiera tener en su interior...
Se derriba a los gobiernos [...] el nuevo gobierno hace suyos esos proyectos, pero entonces la hostilidad procede de quienes cayeron derribados... La política entorpece, indeliberadamente, pero con obstáculos insuperables, la acción de los gobernantes.

La línea argumental, la consecuencia lógica de ese discurso estaba llevando al fin de la legitimidad del Parlamento, a la oscuridad de las instituciones, y los presentes lo sabían y entendían. Los periodistas no daban abasto a copiar palabras que en muchos periódicos no saldrían íntegramente publicadas hasta varios días después, debido al escándalo y la polémica que sacudió todo el país.


Faltaba el último recado:
si ustedes se agrupan alrededor del Rey, si la opinión asiste al Rey, se logrará al menos que la firma del Rey sea una garantía para que los proyectos beneficiosos para el país salgan adelante, según transcribe "La acción". O según la versión de "El Defensor de Córdoba", comprendo la necesidad de que las provincias inicien un movimiento de apoyo al Rey y entonces en el Parlamento no triunfarán las ideas políticas, sino el bien de la nación. Entonces los políticos se comportarán como deben comportarse, [...] y el pueblo hará efectivo su voto, aquel voto que les dio en las urnas.

El Rey dijo que no quería salirse de la Constitución. Pero aquella soflama en contra del Parlamento y de los políticos la bordeaba por el lado de fuera. En la mente de todos estaba muy clara la consecuencia última que podrían traer aquellas palabras, combinadas con la explosiva situación que vivía el país, inmerso en la impopular guerra africana y sumido en el caos económico y social: la instauración de una dictadura militar autorizad
a por Alfonso XIII. Un par de años tardó en llegar el golpe de Estado de Primo de Rivera.

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Primicia primiciosa, por gentileza de Jerónimo Sánchez, un pequeño trozo de historia: el menú de la noche de autos. Madre mía, cómo se pusieron.


sábado, 24 de abril de 2010

La Piedra Escrita, entre dos Córdobas

No podía faltar, porque aquí empezó todo. Así que después de casi tres años de blog, ya va siendo hora de dedicarle una entrada a la Piedra Escrita, la fuente del cruce de las calles Cárcamo y Moriscos. La fuente que descubrí (me descubrieron) hace ya cosa de seis años, cuando por primera vez hice el camino de las Ollerías por dentro del barrio.

Hoy, la fuente es uno de los dos símbolos del blog, y al igual que el otro, si se mira bien, también tiene forma de puerta, de arco de entrada a la Córdoba que tuve la suerte de encontrarme aquella noche: la primera vez que dejé que el agua del león de la derecha, que es el que me gusta a mí, me chorreara por la cara.


Y aunque la única intención era traer a portada este rincón de la ciudad, habrá que contar también algo de curtura. La fuente fue construida en 1721, como atestiguan López Amo y Ramírez de Arellano, después de que las aguas que se iban a emplear para ella, las llamadas después
de la Piedra Escrita, fueran objeto de pleitos y negociaciones en las que intervinieron, sobre todo, los Trinitarios, interesados en el uso de este agua para su huerto.

El nacimiento se situaba en la zona de la Fuensantilla, hoy lo que queda del Hospital Militar, y al parecer eran aguas de las más corrosivas de Córdoba. Además, dejaban en las conducciones residuos de cardenillo, sedimentos de color verdoso.


Lo de la "piedra escrita", según Ramírez de Arellano, viene de una losa con una inscripción romana borrada ya en el siglo XIX, que había en lo que sería el vano del arco, encima del pilar. No la confunde con la losa escrita con el texto sobre su construcción, debajo del escudo, que también cita. De modo que hoy en día nos queda una "piedra escrita", pero no la original, la romana, que dio nombre a la fuente.


Para todo lo demás, salvo la fecha de construcción, ahí están los datos de la
Cordobapedia, que para algo la tenemos. La foto está tomada del artículo, y es de Rafaelji.

viernes, 9 de abril de 2010

Paradojas cordobesas

Por consejo de un amigo de baja resolución, hace poco me leí "La feria de los discretos", ambientada en la Córdoba del siglo XIX, y me ha venido muy bien para ponerme en situación de cara a otras tareíllas que ando haciendo por esa época. El caso es que me resultó un poco sorprendente encontrarme una referencia tan añeja de un típico pego cordobés contemporáneo: que tenemos la ONCE en Vista Alegre, un centro de ayuda a personas alcohólicas en los Olivos Borrachos y, por supuesto, el Cementerio de la Salud. Alguna otra he oído suelta por ahí, pero creo que estas tres son las más conocidas.

Pues en el libro de Baroja, ni más ni menos, un personaje se arranca a explicar a otro que en Córdoba puede encontrar la Caridad en el Potro, la verdad
en el Campo y la Salud en el cementerio.


Tan contento me quedé yo con esta cita, que aluciné unos días más tarde buscando no sé qué ñuscos en un periódico de 1883. Bajo la gacetilla "Se van perdiendo", se enumeran cuatro "paradojas cordobesas", a saber: en el cementerio, la Salud (esa la conocemos); la Caridad en el Potro (ese juego de palabras, también); la Merced en el Matadero (esa es nueva, y mira por dónde me toca en mi barrio, que antes se llamaba así) y el punto en un cuerno.


¿El punto en un cuerno? ¿Qué acertijo es ese? Además, aparece como lo más normal del mundo, como si cualquier cordobés lo conociera, porque añade que aunque el Matadero se había trasladado ya al Campo de San Antón (hoy avenida de Libia) y el hospital de la Caridad había variado de uso, al menos "el Punto se encuentra en lugar seguro".

Después de jugar con la idea de que se refiriera a la calle del Cuerno, parece ser que está haciendo referencia a un altar, con capilla y sacristía, llamado del Punto, que existe o existía en una nave de la Mezquita en la que cuelga un
colmillo de elefante. Por lo que llevo leído, el Cristo lo debió regalar el obispo Martín de Córdoba y Mendoza, del siglo XVI, y con el nombre del Punto era conocido de forma general.

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Ya sé que no tiene nada que ver, pero no da para una entrada y me ha parecido que tenía que colgarlo por algún lado, por entrañable. Buscando el "Punto", en la calle de los Siete Rincones, hoy calle Málaga, junto a las Tendillas, me he encontrado a este señor adelantado a su siglo, y casi al siguiente. Un verdadero visionario en 1875.

viernes, 26 de marzo de 2010

El puente de los Diablos sobre el arroyo Pedroche

La ciudad de Córdoba, en su crecimiento a lo largo del siglo XX, fue engullendo poco a poco las zonas del ruedo, es decir, las huertas que rodeaban la población y cuyo terreno ocupan hoy barrios periféricos como Ciudad Jardín, Levante o la Fuensanta.

En estas últimas zonas, además, la urbanización se fue comiendo el cauce de antiguos arroyos que quedaron soterrados, perdiéndose con ellos los puentecillos que servían para sortearlos y llegar hasta los terrenos de labor.


Uno de los puentes con nombre propio era el llamado de los Diablos, situado más o menos en lo que hoy es el paso del camino de Carbonell por debajo de la autovía de Madrid, al lado de la avenida Virgen del Mar. Era un puente sobre el arroyo Pedroche, como se ve en la foto aérea de 1957, adonde llegaban dos caminos, procedentes de las puertas Nueva y de Baeza, que se dirigían desde allí a los molinos de Lope García y Carbonell (Salmoral, a finales del XIX). Estos caminos figuran en las ordenanzas de 1884 y han sido recuperados para el nuevo
proyecto municipal de reglamento para los caminos públicos, con los números 70 y 73.

Ramírez de Arellano, en sus Paseos, imagina la construcción del puente alrededor de los siglos XIV o XV, mientras que expone una vieja leyenda según la cual fue construido en una noche de tormenta en que un lego franciscano, de vida un poco libertina, volvía de una cita y se encontró crecido el arroyo, sin poder vadearlo. En ese momento invocó al diablo para que le ayudara a regresar al convento de Madre de Dios, y una legión de demonios (socios de los de la plaza de las Dueñas, quizás) le construyeron en tiempo récord un puente sobre sobre el Pedroche, tal y como otras leyendas relatan en varios puntos de la geografía europea.

Hoy, desgraciadamente, se ha perdido no sólo el puente, sino también su memoria, salvo los mayores que sean capaces de recordar el nombre de aquel lugar, un topónimo que ya, también, es historia de Córdoba.


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Siento la ausencia. Las musas pasaron de mí, se habrían ido con el Nano, allá por Huelva...

miércoles, 17 de marzo de 2010

Sánchez Peña, los mejores sombreros del país

Hay muchos detalles del dibujo de Guesdon que llaman poderosamente la atención, pero uno de los que más me descolocaron fue la enorme chimenea humeante junto a la plaza de la Corredera. ¿Qué era aquello? Una búsqueda en los Paseos por Córdoba me aclaró la duda: ni más ni menos que la renombrada fábrica de sombreros de "Sánchez y Cia".

José Sánchez Peña, que da nombre a la antigua calle de los Odreros, la que entra de la Corredera a la plaza de las Cañas, fue un comerciante e industrial cordobés del siglo XIX (1801-1883), al que conocimos al hablar de la
casa de baños de la Merced, que era de su propiedad.

Pero su gran apuesta, su empresa señera, fue esta fábrica de sombreros en que la usó la última tecnología de la época (máquinas de vapor) para producir género de primera calidad. La compró al Ayuntamiento después de que la cárcel fuera trasladada al Alcázar, y fundó su fábrica el día 23 de agosto de 1846, según explica la Cordobapedia. Llegó a exportar al extranjero, y a ganar premios en algunos certámenes.


Por otro lado, Ramírez de Arellano nos señala que Sánchez Peña fue un adelantado a su tiempo (y casi al nuestro) en lo referente al trato a sus empleados y a los derechos que les reconocía:
los operarios a las órdenes del señor Sánchez han encontrado siempre en él un amigo en vez de un principal, y un decidido protector que, lejos de escatimarles el producto de sus trabajos, se los ha favorecido, educando a sus hijos y dando a muchos participación en los productos.

En un Diario de Córdoba de 1869 encontré, un poco al azar, un anuncio de "Sánchez y compañía", que tenía su negocio de cara al público en la calle Librería (entre Capitulares y la Feria), en el mismo local en el que en 1875 aparece instalado otro negocio (una tienda de quincalla) ya que la tienda de Sánchez Peña, para ese año, se ha trasladado al número 46 de la plaza de la Corredera.

Tras la muerte del empresario, sus herederos fueron transformando poco a poco el establecimiento industrial en un conjunto de locales comerciales de alquiler, que serían el embrión del mercado que aún hoy se encuentra en ese edificio, el más importante de la plaza, y cuyo reloj debe la ciudad de Córdoba al fundador de la olvidada sombrerería.

jueves, 11 de marzo de 2010

Una cita decimonónica de quebrantahuesos cordobeses

Bonito o no, depende de gustos (a mí, desde luego, me lo parece). Pero en cuanto a impresionante, creo que no hay ningún animal en toda la península capaz de hacerle sombra al quebrantahuesos (Gypaetus barbatus), la mayor rapaz de nuestro país en estrecha competencia con el buitre negro, llegando los dos a superar los 2,5 metros de envergadura. Es, además, la única ave capaz de alimentarse de forma casi exclusiva de huesos, que despeña previamente para ingerirlos en trozos de hasta veinte centímetros. 

Personalmente, por encima de los subvencionados bigotes del lince ibérico, me quedo como icono de la conservación de la naturaleza con el mágico juego cromático del ojo del quebranta, y me parece que en este caso ni todas las negligencias ambientales del mundo me harían aborrecerlo. Además, es posible que, si los esfuerzos de reintroducción que se llevan a cabo en Cazorla dan los frutos deseados, pasen pocos años antes de volver a disfrutar de su inconfundible silueta en nuestros cielos.

A lo que vamos.

Hace unos años, la primera vez que leí el Indicador Cordobés de Ramírez de las Casas-Deza, me llamó la atención su descripción de la flora y fauna de la sierra cordobesa. En lo referente a las especies de aves, dice que llegan al número de 242, debiendo notarse entre las rapaces los buitres leonado y pardo que anidan en los escarpados picos de las cabreras del Guadiato [frente a los baños de Popea, por ejemplo]; varias especies de alcones [sic], entre ellos el azul; las águilas imperial, real y calzada..." Y a continuación añade: "el grifo (gipastos barbatus [sic]) ave de gran fuerza y tamaño, pues la envergadura de sus alas llega a 15 pies: no es abundante pero se le ve alguna vez en la parte alta de la sierra." La medida parece exagerada, porque supera los 4 metros (1 pie castellano = 0,28 m). 

Parece normal que aún quedaran quebrantas en la provincia de Córdoba a finales del siglo XIX, y lo más probable es que sobrevivieran hasta mediados del siglo XX, aunque no tengo más datos. Lo que me llamó la atención fue el nombre que Ramírez de las Casas-Deza le dio, "grifo", como la bestia mitológica que era mitad águila y mitad león, de plumas doradas y enorme fuerza. Es la primera vez que leo una cita con esa denominación, y la verdad es que no sé hasta dónde fue una licencia o un cultismo del autor, que prefirió usar la mitología en lugar del nombre común que le daría por entonces la gente de los pueblos, que le veía despeñar los secos huesos del ganado muerto por los riscos.

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La segunda foto, la buena, es del fotógrafo Richard Bartz.