sábado, 24 de mayo de 2008

Milenario (1): la última primavera de Qurtuba

(ver siguiente)

Hace exactamente mil años, la grandiosa Qurtuba califal vivió su última primavera. Era mayo de 1008, cuando florecieron por última vez los jardines de Medina Alzahira (
al-Madinat al-Zahira) y se adornaron de colores las almunias que rodeaban a la capital.

Reinaba el tercer Califa de la dinastía de los Omeya, Hisham (Hixem) II, encerrado en su propio palacio por el valido Abd al-Malik al-Muzaffar, hijo del todopoderoso Almanzor y gobernante efectivo desde su muerte en 1002, estableciendo de esta manera una dinastía amirí en el poder, paralela y sobrepuesta a la legítima familia reinante.

La ciudad era inmensa. Inabarcable. Los historiadores decimonónicos jamás se creyeron las cifras de población porque no imaginaban una Córdoba de doscientos, trescientos mil, medio millón de habitantes constreñida entre sus murallas medievales; les faltaba el dato esencial: Córdoba ocupaba una superficie mucho, muchísimo mayor. Rebasaba los muros y se extendía por la actual Ciudad Jardín hasta más allá de los límites actuales, seguía el río hasta las almunias de Casillas, se había construido en lo que hoy son las Margaritas, Ollerías, casi con toda seguridad algunas zonas de Levante hasta Carlos III.

Ni París, ni Roma, ni Londres podían soñar siquiera con semejante extensión o con una parecida cantidad de artistas, artesanos o científicos. Sólo la opulenta Constantinopla, Bagdad o Cairuán podían compararse con Córdoba.

Dos ciudades palatinas, Medina Azahara al oeste y Medina Alzahira al este, rivalizaban en riqueza. Junto a ellas, se habían extendido los barrios de funcionarios y comerciantes, formando en algunas zonas casi un continuo de siete millas que Ramírez de las Casas-Deza nunca pudo llegar a entender.

Y sin embargo, la bomba étnica que suponía la mezcla de árabes, beréberes, muladíes, eslavos y mozárabes había ido fraguando una inestabilidad cuya mecha sería el enfrentamiento dinástico entre omeyas y amiríes. Desde finales de 1008 y, especialmente, principios de 1009, cuando estalló la guerra civil, una vertiginosa sucesión de Califas, asedios, saqueos y revueltas aplastó durante veintidós años la memoria de Qurtuba. Medina Alzahira fue destruida en 1009, Medina Azahara fue violada y hundida en 1010. Sólo quedó, en palabras de Ocaña Jiménez, un "campo pletórico de espantosas ruinas", un cementerio de casas, muros caídos y tejados carbonizados, miles de viviendas abandonadas, capiteles rotos. Columnas caídas, arcos colapsados, palacios desvalijados.

Fue la mayor catástrofe, sólo comparable a la destrucción por las legiones de Julio César, que esta ciudad haya visto en su Historia, y se va a cumplir su milenario. Ha llegado la hora de rescatarla del olvido.

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Línea temporal de la dominación musulmana (I y II)

miércoles, 21 de mayo de 2008

Cine Alkazar

A veces, moviéndose por el pasado, se encuentra uno lo que menos se espera. La prueba está en este cartel anunciador que se publicó en el Diario Córdoba el día 2 de mayo de 1930, comunicando la primera función en el nuevo cine Alkazar, de la calle Reyes Católicos.

El periódico del día siguiente se deshace en halagos hacia la calidad del sonido, de las butacas, de la iluminación indirecta y de las múltiples comodidades que habrían de llegar en cuanto el cine estuviera terminado por completo, ya que se inauguró inconcluso por los deseos del público, según la empresa explotadora.

Aquí queda, archivado para la posteridad.

lunes, 19 de mayo de 2008

Retoques

Como algunas entradas quedaban un poco sosas, he puesto algunos vídeos (el del Hombre Río, que me gusta especialmente, y uno de Valdés Leal, por si alguien no la ubicaba) y he cambiado una foto.

Córdoba vive: el Hombre Río

Abrazamozas

Don Juan, el último bohemio

domingo, 18 de mayo de 2008

Cruda descripción del cordobés medio

Ramírez de las Casas-Deza no se anda con medias tintas. Como lo ve, lo cuenta, y así describe al pueblo cordobés de su época, allá por 1867, cuando se publicó la cuarta edición de su "Indicador cordobés". Copio la cita, para que nadie se me moleste.

Los cordobeses son bien formados, de color trigueño o moreno por lo general, gallardos y buenos jinetes; y disfrutando de un cielo despejado, de un clima meridional apacible y risueño y de un suelo feracísimo y ameno; son vivos, alegres, ingeniosos de imaginación ardiente, ponderativos, amantes del lujo y de la vida libre y aventurera, frugales, presuntuosos, poco dados al trabajo, enemigos de la profesión militar, y nada hospitalarios ni benéficos aún con los consanguíneos. La educación está descuidada proporcionalmente en todas las clases y en uno y otro sexo.

Magistral don Luis María en la técnica de atraer al incauto con halagos y pasar a continuación a zurrarle sin contemplaciones. ¿Cuánto hemos cambiado en siglo y medio?

jueves, 15 de mayo de 2008

Ategua

Muchos arqueólogos, si tuvieran que pedir un deseo el día de su cumpleaños, al soplar una vela como la que celebra el aniversario de esta página, cerrarían los ojos y pensarían en un solo lugar: Ategua. La mayor parte de los cordobeses, por desgracia, nunca han escuchado ese nombre. No han tenido la oportunidad de contemplar la suave colina que la sostiene. No han sentido el peso de la Historia, de toda la Historia, soportado por sus viejos y cansados muros. Y, sin embargo, Ategua sigue allí, sola desde hace casi siete siglos, en medio de la campiña, con lo que queda de su tesoro escondido bajo la hierba.

El poblado medieval posteriormente conocido como Teba, cuyos restos se alzan hoy junto al cortijo de Teba la Vieja, a unos cinco kilómetros de Santa Cruz en dirección a Castro, es el yacimiento con mayor cantidad de estratos históricos estudiables de todo el término de Córdoba, y posiblemente de toda su provincia, igualando a la capital, con la salvedad de que ésta varió de emplazamiento en el momento de la fundación romana.

En Ategua se han hallado restos del Calcolítico, allá por el tercer milenio antes de Cristo, de la Edad del Bronce, cuya etapa final se difumina entre una mezcolanza de civilizaciones con restos tartésicos, celtíberos, fenicios y griegos, que nos llevan a las primeras etapas históricas. Para entonces ya existía una ciudad amurallada, que los romanos ocuparon y conservaron, convirtiéndose en escenario de algunos enfrentamientos decisivos de las guerras civiles en tiempos de Julio César.

La ciudad siguió habitada durante la ocupación musulmana, habiéndose encontrado, entre otros muchos restos, cerámicas califales. Fue reconquistada por los castellanos, pero su vida estaba a punto de llegar a su fin. Apenas un siglo después, en 1348, la Peste Negra asoló el poblado, y los escasos supervivientes se dispersaron por otras poblaciones.

Ategua ha sido excavada en varias ocasiones, pero de una manera parcial y sin perspectiva de convertirlo en un monumento visitable de primer orden. Miles de piezas descansan en las salas y los sótanos de museos y depósitos, otras muchas en naves industriales de las redes de traficantes. Mientras tanto, los enamorados de esta ciudad perdida siguen soñando con tiempos mejores.

lunes, 12 de mayo de 2008

El cofre escondido de Lepanto

Hace unos años, cuando vio a las primeras máquinas derribar la cerca de piedra del cuartel de Alfonso XII, también llamado de Lepanto, para dejar sitio al nuevo espacio público que hoy existe, una mujer se decidió a contar lo que llevaba muchos años sabiendo.

Afirmó, a sus 66 años, que alguien debería rebuscar en el subsuelo de dicho muro, cerca de las columnas de ladrillo que flanquean la puerta frenta a los Trinitarios, para encontrar un pequeño cofre que se depositó allí el día de 1877 en que Alfonso XII, de visita en Córdoba, colocó la primera piedra de los futuros cuarteles.

Dentro del cofre se habrían depositado algunos objetos de la época, como monedas o algún mensaje escrito para la posteridad. Ahora es el momento de elegir entre recuperarlo para un museo o dejarlo dormir bajo la nueva avenida que se está proyectando en Ronda del Marrubial.

Como curiosidad, aquí os dejo el periódico del día en que se anunciaba la visita del Rey.

viernes, 9 de mayo de 2008

Juan Palo

Una historia popular de las que llenan los "Paseos por Córdoba" nos la encontramos en la explicación que da el autor al nombre de una de las calles que están entre San Lorenzo y el Alpargate (Trinitarios).

Al parecer, lo tomó de uno de sus vecinos, un tal Juan, de apodo "Juan Palo", que vivía con una mujer que la leyenda nos presenta como muy autoritaria, de manera que el marido acababa con frecuencia en casa de su madre, donde se lamentaba de su suerte.

La madre, que debemos recordar que vivió hará como unos tres siglos, le señalaba insistentemente que "ninguna medicina era tan eficaz como una buena dosis de acebuche (sic)". Expresaba su idea gritándole al pobre hombre:
- ¡Juan, palo, palo en ella, que el loco por la pena es cuerdo!
Los vecinos, que pasaban las semanas escuchando semejantes consejos de madre, acabaron por ponerle al tal Juan el apodo que le ha quedado para la posteridad.

lunes, 5 de mayo de 2008

¿Hacia dónde mira la qibla? (y II)

A lo largo de los siglos se han dado muchas respuestas distintas a este problema. Hay quien ha argumentado que la Mezquita, ubicada en un lugar donde todas las civilizaciones que han pasado por Córdoba han instalado importantes centros de culto, presentaba su orientación condicionada por el urbanismo romano desde los primeros momentos de su existencia.

Ángel Ventura, en varios trabajos, identifica la nave central de la Mezquita, antes de la ampliación de Almanzor que descentró el Mihrab, con uno de los kardines o calles que se crearon tras la refundación augustea de la ciudad, que desbordó hacia el sur las primitivas murallas republicanas. De esta forma, la Mezquita sería un edificio aún encorsetado, siete siglos después, por el urbanismo hispanorromano. Una aproximación a su teoría es la que muestra esta figura:



Sin embargo, la hipótesis más romántica y exótica es la que ha gozado de más popularidad. Navegando por el terreno de la leyenda, se afirma que Abderramán I, al emprender la construcción de la Aljama, se dejó llevar por la añoranza de su tierra siria, donde las mezquitas señalan casi hacia el sur, hacia La Meca, y ordenó que la nueva edificación respetara esta orientación.

Podemos hacer un viaje a Siria y tratar de verificar esta idea:
A vista de pájaro, las mezquitas de Damasco se desvían del eje norte-sur bastante menos que la Aljama de Córdoba. De modo que ese deseo de Abderramán I tampoco explica totalmente la anómala disposición de la qibla de nuestra Mezquita.

Que cada uno estudie las fuentes y entienda lo que crea más conveniente, porque seguramente habrá explicaciones alternativas a estas, pero a mí, que no me dedico a la Historia, me convence más la teoría del urbanismo romano. Y cuando encuentre tiempo para leer, a lo mejor profundizamos por ese lado.

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¿Hacia dónde mira la qibla? (I)

sábado, 3 de mayo de 2008

¿Hacia dónde mira la qibla? (I)

Las mezquitas de todo el mundo se han ido construyendo de acuerdo con un patrón repetitivo: el muro principal, la qibla, ante el que se realizan las oraciones, debe estar mirando hacia la ciudad santa, La Meca. Sin embargo, desde antiguo se han preguntado los estudiosos por qué una de las mezquitas más importantes del mundo musulmán, la Aljama de Córdoba, no mira a La Meca.

En efecto, si trazamos una línea prolongando el muro occidental o el oriental de la Mezquita más allá del río, de la costa y del Mediterráneo, acabaremos aproximadamente en el centro de África, a miles de kilómetros de Arabia. Podéis hacer la prueba con cualquier mapamundi. La qibla de la Mezquita de Córdoba mira hacia el sudeste.
 Cabría preguntarse si los arquitectos del emir tenían una idea clara de dónde se encontraba La Meca. Para contestar a esta pregunta, podemos dar una vuelta por Córdoba para ver la orientación de otras mezquitas que se han conservado en mayor o menor medida. La iglesia de Santiago tiene una casi perfecta orientación este-oeste (ergo no tendrían ni idea), pero como todos los templos que sufrieron modificaciones para adaptarlos al culto cristiano, da mucho juego a la imaginación sobre su orientación primitiva. Algo así pasa con San Lorenzo, que según como se mire se puede parecer mucho a la foto anterior...

... con San Juan (Las Esclavas)...
 ... o con la antigua parroquia de San Nicolás de la Axerquía, de la que habrá tiempo de hablar.

De todos modos, para salir de dudas nada mejor que irnos a campo abierto, donde ninguna limitación de espacio o reorientación del callejero nos pueda confundir. ¿Tenemos una mezquita conservada en medio del campo? Hombre, conservada conservada no está, pero sus restos han sobrevivido: aquí vemos cómo la mezquita de Medina Azahara sí que se orienta correctamente hacia La Meca, rompiendo la cuadrícula del resto del Alcázar.
 Lo mismo ocurre con la mezquita de la plaza de Colón, el Almorabito, aunque a una escala bastante menor. Ésta, construida en el siglo XX, mantiene exactamente la misma orientación que la de Medina Azahara.
¿Cuál es, entonces, la causa de que en Córdoba unas mezquitas miraran a la Meca y otras no? Mejor dicho, ¿a qué se debe que la mezquita Aljama no lo hiciera?

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¿Hacia dónde mira la qibla? (II)

miércoles, 30 de abril de 2008

Una poesía de García Baena

Una poesía, homenaje a la dignidad que vive en el recuerdo fiel de lo que fue nuestra ciudad. De Pablo García Baena, del Grupo Cántico.


Córdoba
A Carlos Castilla


¿A quien pediremos noticias de Córdoba?
Porque las piedras que amabas a la tarde han sido derribadas,
talados los cipreses y su claustro de salmos silenciosos,
destruidos los arcos,
el capitel rodó sobre la ortiga
y los artesonados aplastaron blasones,
soberbia, yelmos, gules...
Corrio la lagartija sobre lises
y las manos falaces arrasaron vergeles,
enmudeció la esquila en la espadaña,
abatieron dinteles, picaron tracerías. hundieron hornacinas
y a la venta pusieron atauriques,
teselas. surtidores, plata ilustre de ofrendas
y cobraron monedas de la traición tus hijos,
subastaron tus lágrimas, oh madre,
patria mía.

No había más belleza en este mundo
Por las calles de cal cuando furtiva
ajena sombra iba enamorada,
incansable de sol a sol,
tejiendo el embeleso luna a luna,
telones y murallas, celosías
de altas clausuras,
palmas de sombra sobre tapias blancas,
era ya solo amor el escenario,
la letanía armoniosa de los nombres:
Muro de la Misericordia, Alcázar Viejo,
Plaza de los Aguayos, Piedra Escrita,
Tesoro, Hoguera, Cidros, Mucho Trigo
¿Que ramos de tristeza los naranjos al cielo levantaban?
¿Que soledad y sus aspas de relente
enfriaban heridas como joyas?
Fuentes cegadas, oigo vuestros caños por la memoria,
vivas gargantas sollozantes.
Palpo el mármol, los fustes, las verdinas
sobre bronces ecuestres. Aromas como anillos
ciñen nupcias, suben por galerias desvaídas:
jazmín morisco, lilas, ajedrea.
Edén siempre perdido,
concédeme el recuerdo y su llave de niebla.

Don Luis se alejó por la calleja,
el Duque miró el ángel dorado del ocaso,
volvió al baño Lucano y tus hijos
de la campiña fueron a trabajar a Dusseldorf
Amarillas banderas
como présagas aves codlciosas
enlutaron terrazas. Usura y avaricia
la heredad repartieron destruyéndola,
dividieron tu suelo,
echaron suertes
sobre el solar patricio,
fonsque sophiae,
mientras te disfrazaban percalinas
para un siniestro carnaval turístico,
oh inmortal, eterna, augusta siempre,
oh flor pisoteada de España.

domingo, 27 de abril de 2008

Las conquistas italianas del Gran Capitán (I)

En los últimos días de abril de 1495, los puertos de Cartagena y Alicante rebosan de actividad. Afluyen a ellos decenas de navíos, muchos de ellos abarrotados de soldados de infantería, que llegan a la concentración de tropas ordenada por el rey Fernando el Católico.

Más de cinco mil hombres se agolpan ya en los campamentos de las afueras, y entre ellos, explorando sus sensaciones y su nivel de moral, cabalga Gonzalo Fernández de Córdoba, uno de los artífices de la toma de Granada. A sus cuarenta y dos años, inteligente, curtido en la guerra civil de Castilla y en las últimas etapas de la Reconquista, Fernández de Córdoba puede notar en el ambiente el respeto hacia su figura.

Su misión era clara: debía expulsar a los ejércitos franceses del reino de Nápoles, y asegurar el dominio aragonés al sur de los territorios del Papa. El rey francés Carlos VIII había enviado allí duque de Montpensier, quien había ocupado las principales ciudades napolitanas.

Sesenta navíos y diez leños (a vela y remo) transportarían a seis mil infantes y casi un millar de jinetes hasta Sicilia, territorio aragonés, y después hasta Calabria, en el extremo sur de la península Itálica, donde se hicieron fuertes. Gonzalo Fernández de Córdoba se trabajó la lealtad de sus hombres dirigiéndoles con mano maestra y forzando sus posibilidades con largas marchas hacia sus objetivos.

El magistral manejo de la flota por el conde de Trivento, Galcerán de Requesens, permitió a los españoles bloquear y amenazar los puertos ocupados por Francia, causando revueltas de la población en la misma capital, Nápoles.

Por tierra, el Gran Capitán avanzó hasta recluir a los franceses en Gaeta, al norte de Nápoles, y en Tarento, cerca de la costa adriática. En estos últimos actos de la campaña, al bloqueo naval y a la colaboración de los aliados venecianos se unión el efecto de la peste declarada entre las filas de Montpensier, quien murió en Gaeta, marcando el final de la resistencia francesa.

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Con cariño para Antonio

jueves, 24 de abril de 2008

Abrazamozas



A medio camino entre las Tendillas y la Trinidad, comunicando la plaza Doctor Emilio Luque con San Felipe, se encuentra la estrecha calle de Valdés Leal. Sin embargo, hasta 1862, en que se quiso recordar para siempre a este pintor cordobés dándole su nombre a esta callejuela, se la había conocido como Abrazamozas, al menos desde el siglo XVIII.

Contaban antiguamente a modo de enseñanza que un joven atrevido, de los muchos que se dedicaban a dar serenatas a las mujeres de la ciudad, solía ser algo más decidido que sus compañeros y siempre acababa por abrazar ("abrazar") a las damas que rondaban por aquel barrio.

Una noche se encontró con una, bien alta, que venía andando por la calle de los Leones (hoy, Sevilla), con el rostro tapado y todo el cuerpo cubierto, y que se resistió más de lo habitual a su cortejo. Por más que ella insistió en que la dejara marchar tranquila, él la siguió hasta la calle de la Palma, antiguo nombre de Abrazamozas, donde le hizo un último requerimiento.

La mujer, deteniéndose, le advirtió. Si quería un abrazo, podía exponerse a consecuencias poco agradables. Considerando esta amenaza como una muestra de debilidad, la rodeó con sus brazos y sintió bajo la tela el frío roce de un amasijo de huesos desnudos, sin carne ni piel, de un esqueleto fantasmal que le heló el ánimo al corresponderle en su abrazo y no dejarle marchar. El muchacho perdió el conocimiento y le encontraron a la mañana siguiente, tirado en la calle y convencido de que, desde aquel día, iba a cambiar algunos hábitos.

lunes, 21 de abril de 2008

Y tocar el cielo en las Tendillas

Muchos de los que cada domingo van al Nuevo Arcángel a ver convertirse en infinitos los diez últimos minutos de cada partido estaban allí aquella tarde mágica de 1962. El 16 de septiembre en que el Córdoba, es decir, aquel Córdoba, salió al césped a enfrentarse al Valladolid y a dejar su huella en la historia del fútbol. Empezaba la temporada en Primera División.

Roque Olsen en el banquillo. Benegas, Simonet, Mingorance, Navarro, Martínez, Marañón, Riaji, Juanín, Miralles, Vázquez y Homar creando para el cordobesismo del futuro una leyenda a la que agarrarse en las aciagas tardes de paseo al borde del pozo. Casi los mismos (salvo Paz y Costa) que el 1 de abril habían celebrado en el Colombino, ante diez mil cordobeses, el 0-4 con el que el equipo lograba el sueño acariciado desde su fundación en 1954, a partir de las cenizas de anteriores proyectos.

En el estreno, con el antiguo estadio del Arcángel convertido en una fiesta, la leyenda tomó forma cuando Juanín, en el minuto 59, se encontró con un balón en el punto de penalti y lo hizo volar hasta el fondo de la portería del fondo sur. Fue el primer gol y la primera victoria del Córdoba entre los grandes. Días de gloria, para soñar.

viernes, 18 de abril de 2008

La venida de Gómez

A mediados de un siglo XIX que estuvo plagado de enfrentamientos entre españoles, la cuestión sucesoria posterior a Fernando VII prendió la mecha de las llamadas Guerras Carlistas. La primera de ellas, que duró desde 1833 a 1840, fue la más intensa.

Con los carlistas controlando poco más que el País Vasco, Navarra y parte de La Rioja, saltando de ciudad en ciudad y perdiendo y ganando territorios constantemente, sus mandos concibieron el plan de extender la guerra a todo el país. Para ello, se armó en 1836 una columna compuesta por unos tres mil hombres, que partieron de Amurrio (Vizcaya) hacia Galicia, al mando de Miguel Gómez. En la línea habitual, y a pesar de la adhesión de centenares de voluntarios, perdieron Oviedo y Santiago en el mismo momento en que siguieron su camino a la conquista de más ciudades: no eran capaces de extender su control más allá de los núcleos urbanos ocupados.

El general Gómez, entonces, decidió actuar por su cuenta, emprendiendo una "larga marcha" que le llevó por media España, con el ejército cristino pisándole los talones, atravesando la meseta castellana y llegando a Andalucía junto a unos 8.000 hombres, ya que a la partida original se le habían unido otros grupos. El 30 de septiembre de 1836 se plantaron a las puertas de Córdoba.

Cuenta Ramírez de las Casas-Deza que las puertas estaban cerradas y la Guardia Nacional aprestaba a sus escasos efectivos para la defensa. Los carlistas entraron por la puerta de Baeza, sorprendiendo a la población y a los nacionales, que no se explicaban cómo Gómez había podido llegar hasta allí con tan escuálida división, si la comparamos con el ejército que le venía persiguiendo desde hacía semanas.

Los cristinos se refugiaron en el Alcázar y otras fortificaciones, que se vieron obligados a abandonar ante la falta de ayuda exterior. Fueron hechos prisioneros y, llevados con los carlistas cuando éstos abandonaron Córdoba definitivamente el día 14 de octubre, por la puerta del Rincón y a la carrera por haberles sorprendido la división nacional de Alaix. Terminaba así la "venida de Gómez", la semana en que Córdoba participó del surrealismo que en ocasiones impregnó aquellas campañas.

martes, 15 de abril de 2008

Los cordobeses de la II República

El 14 de abril de 1931, hubo dos cordobeses entre los hombres que dirigieron, a través de los acelerados acontecimientos de aquellas horas, el rumbo que habría de tomar el país. En casa del republicano Miguel Maura se agolpaban varios de los dirigentes que en los últimos años se habían destacado en su lucha por sustituir la Monarquía por una República moderna. Allí estaban Niceto Alcalá Zamora (Priego de Córdoba, 1877 - Buenos Aires, 1949) y Alejandro Lerroux (La Rambla, 1864 - Madrid, 1949).

Alcalá Zamora fue el hombre de consenso elegido para presidir el gobierno provisional, y luego para ser el Presidente de la República desde 1931 hasta 1936. Había estado presente en todas las conspiraciones antimonárquicas que se habían sucedido desde 1930, pasando por la cárcel y representando, en el Pacto de San Sebastián, al republicanismo conservador. Desde su cercanía ideológica a la derecha, trató de ser el contrapeso de los gobiernos reformistas de Azaña hasta el 33 y de controlar a los radicales y cedistas desde entonces hasta el 36. Expulsado de su cargo tras ganar el Frente Popular las últimas elecciones en paz, el golpe de julio le pilló en unas vacaciones de las que ya nunca regresaría.

Alejandro Lerroux fue, por su parte, el protagonista de uno de los viajes ideológicos más curiosos de la política española. No se puede definir de otra manera a aquél que a principios del siglo XX (fue diputado ya en 1901) iba proponiendo "elevar a las novicias a la categoría de madres", y en 1936 se puso de parte de los militares golpistas. Y sin embargo, yendo de extremo a extremo, la II República le pilló con su Partido Radical situado más o menos en el centro político, entre la izquierda que pedía la revolución y la derecha reaccionaria. De hecho, fue el último recurso de Alcalá Zamora para encontrar Presidente del Gobierno en varias ocasiones. Sin embargo, tras varios casos de corrupción, que algunos historiadores han llegado a considerar conspiraciones, uno de los pocos hombres que tenía el prestigio y la voluntad para sacar adelante el régimen tuvo que dejar el gobierno a mediados del 35. Probablemente, fue la última oportunidad de la II República.