sábado, 29 de diciembre de 2007

Puertas de la Axerquía

Desde la época de las guerras civiles que pusieron fin al Califato cordobés (primera mitad del siglo XI), según los últimos datos arqueológicos, o desde los primeros tiempos de la dominación almorávide posterior, según la tradicional datación que aún defienden muchos autores, la Axerquía estuvo protegida por una larguísima muralla desde la puerta del Rincón a la Cruz del Rastro, que seguía el trazado de las grandes avenidas actuales.

A pesar de que existen extensos lienzos de muralla conservados, como el de Ronda del Marrubial, la calle Valencia o las cercanías del colegio de Salesianos, no se ha mantenido en pie ninguna puerta, siendo casi todas ellas sistemáticamente hundidas en el siglo XIX.


La primera se encontraba en el punto de inicio del muro y era la conocida como puerta del Rincón. No se conserva de ella ninguna imagen, como tampoco la hay de la puerta del Colodro, que se situaba en la plaza actual del mismo nombre, cerca de San Cayetano. Ésta última no existía durante la dominación musulmana, sino que fue abierta con posterioridad.


La siguiente entrada era la puerta Excusada o de la Misericordia, que se ubicaba por debajo de la avenida de las Ollerías, donde hoy está el control (pilona) que da acceso a la calle Cárcamo y a la Piedra Escrita. Al final del tramo conservado del Marrubial, en la plaza de los Trinitarios e inmortalizada por dos columnas, tenía su emplazamiento la puerta de Plasencia, antiguamente uno de los principales accesos a Córdoba.


Siguiendo hacia el sur encontrábamos la puerta de Andújar, también marcada por dos columnas que hay junto a la taberna de la Magdalena, y la puerta Nueva o de Alcolea, al final de la calle Alfonso XII, estando ambas puertas flanqueadas por la Facultad de Derecho. La puerta de Baeza, una de las más monumentales de la ciudad, se ubicaba al final de la calle del Sol (hoy Agustín Moreno), en el Campo Madre de Dios, y su situación está recordada por los cimientos de la muralla que son visibles a ras de suelo en el jardín.


Junto al molino de Martos y el antiguo convento de los Mártires se encontraba la puerta de Martos, derribada tras quedar muy dañada por el terremoto de 1755. Por último, es objeto de una larga discusión la ubicación exacta de la puerta de la Pescadería, de la que nada se conserva y poco se sabe, aunque no debía estar muy alejada de lo que hoy es la Cruz del Rastro.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Rabanales XI

Entre las vías del AVE y la vía de ancho convencional por la que circula el tren de Rabanales, y junto al arroyo del mismo nombre, trabajan sin descanso gran cantidad de operarios. Como consecuencia de las catas arqueológicas llevadas a cabo antes de la construcción del futuro Parque Científico y Tecnológico de Córdoba (!), Rabanales 21, han empezado a salir a la luz numerosos restos, visibles con inmejorable perspectiva desde el tren en el que viajan los estudiantes.


Las labores avanzan en un silencio casi completo, sin que en los medios de comunicación se destaquen noticias al respecto, mientras los picos van bajando de cota y sacando a la luz nuevos muros y sillares. Hasta donde sé, únicamente en el semanario La Calle de Córdoba se han dado algunos datos sobre el yacimiento, que se ha identificado de manera preliminar con una almunia árabe de alrededor del siglo XI, lo cual retrasa en diez siglos el foco de atención que se le quería dar al eslogan del nuevo polígono.


También es mala suerte toparse con esta nueva piedra en el camino cuando por fin se habían decidido a empezar movimientos de tierras, pero ahora podremos hacer una curiosa comprobación. Será el momento de observar de qué manera se comporta la Universidad con este sitio arqueológico donde se juega una buena suma de dinero. Aunque siempre habrá que hacer esta valoración en función de la importancia de lo encontrado, puede que Rabanales 21 y el anfiteatro romano del Rectorado nos indiquen por dónde van a ir los tiros de la futura arqueología cordobesa.

sábado, 22 de diciembre de 2007

El mausoleo de Puerta Gallegos

En los primeros años del siglo I, Corduba despertaba poco a poco de la pesadilla de la destrucción cesariana gracias a su refundación como Colonia Patricia por Augusto, en el 25 a.C. La monumentalización de la ciudad iba a convertirla en una imitación de la capital del imperio, y pronto empezaron a extenderse barrios extramuros donde antes sólo existían necrópolis.

La muralla occidental, que seguía la línea de fachadas del actual paseo de la Victoria, estaba protegida por un arroyo que corría paralelo (posteriormente conocido como arroyo del Moro) y presentaba desde los tiempos de la república una puerta que llegaría a ser la de Gallegos. Muy probablemente existiría un pequeño puente a la salida de la ciudad, donde comenzaba la calzada Corduba-Hispalis por la margen derecha del Guadalquivir.


Es en esta privilegiada zona y durante la época de Tiberio, cuando se erigen, sobre monumentos funerarios previamente construidos, dos enormes túmulos cilíndricos, de doce metros de diámetro, a ambos lados de la calzada. Debieron corresponder a enterramientos familiares, que fueron engrandeciéndose generación tras generación. Esta familia, desde luego, debía de ser una de las principales de la ciudad, a juzgar por el emplazamiento de los túmulos, que en origen, durante la época augustea, contenían ya un horno crematorio (ustrinum) y varios espacios de deposición de restos.


Son tan especiales estos monumentos que no existe ninguno igual en toda Hispania, y sólo encontramos ejemplos parecidos en la misma Italia, siendo el mayor exponente el mausoleo del propio emperador Augusto.


Actualmente, son visitables por grupos previa petición al Ayuntamiento, aunque en su exterior, bajando las escaleras junto al semáforo, hay también algunos paneles explicativos, así como un tramo bien conservado de la calzada romana.

martes, 18 de diciembre de 2007

San Zoilo

A pocos metros de la iglesia de San Miguel, encontramos, en una calle a la que se encarga de dar nombre, la antigua ermita de San Zoilo. Sólo vemos en ella una fachada con motivos religiosos, incluyendo la efigie de un hombre siendo martirizado, y una minúscula espadaña para una campana.


San Zoilo, uno de los primeros mártires cordobeses, nació a finales del siglo tercero, bajo la dominación romana. Educado en el cristianismo, no dudó en desafiar de manera constante la represión religiosa de los tiempos de Diocleciano y Maximiano, a causa de la cual fue apresado por el sanguinario gobernador Daciano en junio de 303. Según la tradición, antes de ser decapitado fue despedazado con garfios de hierro, extrayéndole los riñones durante su martirio.


El descubrimiento de sus restos por el obispo Agapito tres siglos después llevó a la refundación en su honor de una basílica cristiana existente en lo que hoy es la iglesia de San Andrés. Allí fueron respetados durante los años del emirato y el Califato, y no fue hasta cerca de 1070 cuando, en el marco de inestabilidad causado por las grandes campañas castellanas contra los reinos de taifas musulmanes, se ordena el rescate de las reliquias de San Zoilo, que son llevadas en un largo viaje hasta la provincia de Palencia, donde se depositan en Carrión de los Condes.


A la ermita que hoy conocemos fueron traídas reliquias de San Zoilo el 18 de junio de 1714, desde Carrión, y se convirtió así en un centro de religiosidad local, sin saberse bien si esta casa fue la natal del santo o si, como se afirmaba, el pozo que en ella se encuentra fue adonde se arrojaron sus riñones. Ramírez de Arellano ironiza en los Paseos sobre “beatas de las antiguas que aseguran haberlos visto salir en el cubo al sacar agua, y que, al irlos a recoger, han saltado por sí solos a lo hondo, donde han de permanecer incorruptos”.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Córdoba frente al misterio (4): el Panderete de las Brujas


A la caída de la noche, cuando el titilante brillo de las velas de los altares callejeros perdía su batalla diaria con la oscuridad, volvían muchos cordobeses a sus casas entrando en la ciudad por la puerta de Baeza, junto a la actual comisaría de Lonjas. 

En la España imperial de Carlos I y Felipe II, cuando las guerras de religión estaban en su apogeo, quedaban escondidos rincones donde sobrevivían los cultos paganos y la hechicería, en un pacto tácito de miedo con la población. Es por ello que nadie tomaba, si se había hecho demasiado tarde, la segunda calle a la derecha, luego llamada calle de Ravé. Porque allí, en una minúscula plazoleta, y a atendiendo a calendarios desconocidos, podría estar comenzando un aquelarre.

Los míticos ritos que se celebrarían en el Panderete de las Brujas nunca fueron demostrados, y es posible que surgieran únicamente de la leyenda, pero han llegado hasta nosotros datos que hacen pensar que tenían un fundamento real. Aunque ninguna prueba hay que apoye los relatos de secuestros de niños, sí que tenemos testimonios de que allí vivieron una o más hechiceras, conocedoras de fórmulas ocultas que llevaban a sus víctimas o, mejor dicho, a sus clientes, a un estado alterado de conciencia.

El mismísimo médico de Felipe II, Andrés Laguna, llegó a trabar relación con una de ellas, y consiguió como fruto a sus esfuerzos una muestra de la sustancia que empleaban para provocar el trance. Usando como cobaya a una criada, y sabiendo ya que la composición era, básicamente, un conjunto de hierbas aromáticas, comprobó que el ungüento era la causa de sueños extraños, alucinaciones y viajes de la mente.

Perseguidas por los tribunales de la Inquisición, y vencidas por el paso de los siglos, las hechiceras del Panderete de las Brujas fueron perdiendo su aura de misterio, y al final su propia existencia se deshizo entre las brumas de la historia.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Córdoba nace al Islam

Escucha aquí el relato de la invasión en la voz de Juan Antonio Cebrián.

Avanzan por los campos de Cádiz; enorme masa de hombres, siete mil, dicen, a pie en su mayor parte. A lo lejos, los tejados de Medina Sidonia, quizás, o bien de El Puerto de Santa María, porque aún no sabe nadie dónde se sitúa el punto que en las crónicas árabes quedó para siempre marcado como Wadi Lakka, el lugar que siglos después sería recordado como el de la batalla de Guadalete.


El gobernador de Ceuta, el conde traidor Don Julián, les había garantizado paso franco por el estrecho. Gracias a ello, los musulmanes beréberes, norteafricanos, que no árabes, habían acumulado tropas y victorias en Gibraltar y Algeciras.


Enfrente, una abigarrada mezcla de pelotones visigodos reclutados a la carrera por toda la península y concentrados en la gran ciudad más allá de Sierra Morena, Córdoba, por el rey Ruderico, Don Rodrigo, que se dispone a expulsar al invasor. Han caminado durante semanas, están agotados y se tuestan al sur del valle del Guadalquivir en la mañana de un 19 de julio del año 711.


Ante sí, visigodos e indígenas hispanorromanos ven cómo el caudillo Tariq levanta su espada, curva, que brilla al sol de Andalucía, mientras escuchan un grito que es nuevo para ellos, una frase que está grabada en los templos musulmanes de todo el mundo: “no hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”. El eco de la consigna recorre de punta a punta el ejército africano, y comienza su carga.

Roída por las disputas, la monarquía visigoda se quiebra en el campo de batalla cuando los flancos del ejército, formados por partidarios del depuesto y fallecido rey Witiza, se separan del grupo principal, desertando al inicio de la contienda. La traición, negociada con Tariq, tramada desde el principio y fruto de las graves disensiones internas del reino, hunde la moral de las tropas del centro, que son masacradas por los musulmanes. Los beréberes se desparraman sin resistencia por el valle del Guadalquivir, y los últimos supervivientes huyen a las ciudades próximas.


Pocos días después, en los primeros de agosto, setecientos jinetes al mando de Mugit al Rumí clavan sus tiendas y banderas en los
bosques cercanos al sur de Córdoba. Es tal el descontento popular por el caos de la administración visigoda, que los líderes musulmanes conocen de boca de los campesinos locales el penoso estado de las murallas y del puente romano, hundido a tramos en las aguas del río. Este día, un musulmán contempla Córdoba por primera vez.

Y al amparo de la luna, como fantasmas en la oscuridad, los caballos chapotean mientras vadean el Guadalquivir. Saltan los invasores por los huecos de los muros, toman al asalto la desguarnecida ciudad y obligan a los escasos defensores a huir a lasafueras hacia San Acisclo, el mítico templo-fortaleza donde un puñado de cordobeses se resistirán, unas semanas más, al aplastante curso de
la Historia.

sábado, 8 de diciembre de 2007

El arroyo de la Axerquía


Mucho antes de que se asfaltaran las calles del centro de Córdoba o de que se cubrieran de adoquines uniformes, corría por
la Axerquía un curso estacional de agua, que en la época de lluvias y en algunas tormentas llegaba a amenazar la integridad de muchas casas, y que en ocasiones provocó inundaciones de importancia.

Aunque extramuros se le llamaba del Camello (¿?), el arroyo no recibía un solo nombre, sino que iba variando a medida que pasaba por los diferentes barrios. Entraba en la ciudad cerca de la torre de la Malmuerta, afluyendo a la Lagunilla desde el barrio del Matadero por una reja al pie de la muralla. Descendía por la calle Mayor hasta Santa Marina, y continuaba por Isabel Losa y Álamos hasta llamarse arroyo de San Andrés camino del Buen Suceso. Con el nombre de arroyo de San Rafael, llegaba hasta lo que hoy es el cruce con semáforos frente a San Lorenzo, y con este último nombre salía de la ciudad por otra reja en la muralla que cortaba en dos la calle que hoy lleva a Derecho.


Mientras en algunas zonas y momentos no era más que un hilillo de agua mezclado con los desperdicios de las casas, a la altura del colegio López Diéguez la calle era conocida como “Despeñadero”, por el peligro que causaba el cauce del arroyo. En varios lugares se perpetuó el nombre de “puentezuelo” para señalar los lugares por los que se podía vadear, como el de San Lorenzo en el mencionado cruce.


En el año 1689, las lluvias y la obstrucción del arroyo a su salida de la ciudad hacia el cerro de la Golondrina provocaron que se inundara casi todo el barrio de San Lorenzo, llegando a cubrirse de agua el altar mayor de la iglesia.


No fue hasta el año 1789 cuando se tomó la decisión, forzada por una reciente epidemia, de cegar el cauce del arroyo, empedrar las calles y redirigir el curso del agua por el paseo de las Ollerías hasta el Marrubial, bordeando la ciudad amurallada.

martes, 4 de diciembre de 2007

El Bailío de la Orden de Malta

La Cuesta del Bailío ha sido desde siempre uno de los rincones más conocidos y emblemáticos de la ciudad de Córdoba. Concebida como comunicación entre Medina y Axerquía por los musulmanes, ha sufrido grandes cambios a lo largo de la Historia.


Nadie conoce el nombre que se le dio originalmente, cuando aún no era más que un pequeño arco en la muralla, pero ya a finales del siglo XIV se menciona por esta zona un “portillo de Ferrant Yñeguez” que no puede ser otro que el del Bailío. Asimismo, fue llamado Portillo Corbacho, al haber correspondido a don Bartolomé Corbacho, tras la conquista de Córdoba, todo el terreno que luego fue convento de Capuchinos.


El origen del nombre posterior hay que buscarlo en la importantísima familia de los Fernández de Córdoba. Un miembro de una de sus ramas habitó en la llamada “casa del Bailío”, cuya fachada renacentista, obra de Hernán Ruiz II, es una de las joyas de la arquitectura civil cordobesa. Dicho personaje fue Caballero de la Orden de Malta, en tiempos conocida como de San Juan de Jerusalén, fundada con la misión de proteger a los peregrinos a Tierra Santa durante las Cruzadas, y que llegó a adquirir gran poder en el Mediterráneo. Entre los títulos o dignidades a que sus miembros aspiraban estaba la de Bailío, concedida por antigüedad o por gracia del Gran Maestre de la Orden, con capacidad de conceder el bailiaje.


Contra lo que pueda parecer, la fuente de la cuesta es muy reciente, obra de Víctor Escribano, y fue colocada allí en 1944. El resto del entorno es más antiguo, y resulta del progresivo ensanchamiento del paso tras el derribo en 1711 de un arco que existía hasta entonces, desapareciendo poco a poco entre los edificios la muralla cercana.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Las dos mitades de Córdoba

Fosilizada entre las nuevas edificaciones, escondida como tabique medianero de las casas desde la puerta del Rincón hasta la actual Cruz del Rastro, pasando por Alfaros y la calle de la Feria, sobrevive, a tramos, la antigua muralla divisoria de la ciudad. Fue, en origen, el muro oriental de la ciudad romana. Sobre él, en una superficie aterrazada, se incrustó el templo de culto imperial que vemos al bajar Claudio Marcelo, y enfrente se extendía, imponente, el hipódromo original (“Campo de Cuádrigas”). La puerta de Roma se abría en la esquina del Ayuntamiento, y la confusa puerta de la Pescadería, probablemente, casi llegando al río, en la zona llamada Arquillo de Calceteros.


Todos los barrios que hoy integran la Axerquía eran entonces áreas extramuros, y siguieron siéndolo hasta las guerras civiles del siglo XI (o la dominación almorávide posterior), cuando estos arrabales fueron fortificados con una larga muralla que pasaba por Ollerías, Marrubial, Ronda de Andújar y Campo Madre de Dios hasta la Ribera. De ese modo, la ciudad intramuros quedaba dividida por una enorme pared almenada de quince metros, con torres y barbacana. Nunca se perdió la función defensiva y se prohibió edificar en las proximidades del lienzo de separación por su lado bajo, prohibición que fue efectiva hasta décadas después de la ocupación cristiana (1236).


Los árabes abrieron dos nuevas comunicaciones, que acabarían por llamarse arco del Portillo (que aún persiste en la calle de la Feria) y arco del Bailío. Siglos después de la conquista, en el año 1531, el corregidor Pérez de Luján abriría una nueva comunicación en cuesta escalonada que aún lleva su nombre. La última transformación fue la apertura de la Calle Nueva, a finales del siglo XIX.


Un paseo hacia el Ayuntamiento desde la Ribera nos permite ver grandes muros e incluso torres enteras que sobreviven en la casa de los marqueses del Carpio, en las ruinas de la ermita de la Aurora y en algún otro solar. Además, casi todos los edificios de la calle Alfaros están separados de los de la calle del Císter, a sus espaldas, por restos de la antigua muralla.

jueves, 29 de noviembre de 2007

San Juan y el Omnium Sanctorum

Quizás debido a la intención de aprovechar algunos edificios preexistentes en forma de mezquitas, los barrios que se establecieron en el siglo XIII tras la conquista cristiana eran a veces de forma irregular y caprichosa. Esto ocurría con las minúsculas collaciones de San Juan y de Omnium Sanctorum (Todos los Santos), que en el padrón de 1769 contaban únicamente con unas setecientas personas cada una y que venían a cubrir lo que hoy es el espacio desde el paseo de la Victoria a la altura de la Trinidad hasta el Conservatorio de Música.

La antigua iglesia de San Juan, origen de la actual capilla perteneciente al colegio de Las Esclavas, sigue mostrando el alminar de la antigua mezquita, con pequeños arcos de herradura, fechado entre el final del siglo IX y los comienzos del X.

Si entramos por la estrecha calle que, desde la plazuela frente a la iglesia, nos lleva al conocido bar “Lucas”, salimos a la actual plaza de Ramón y Cajal, donde se hallaba la desaparecida parroquia de Todos los Santos.

El Omnium Sanctorum, también antiguo templo musulmán, se levantaba de frente al final de la citada calle. Después de más de quinientos años de existencia, el 13 de febrero de 1799 fue suprimida la parroquia, fundiéndose con la de San Juan, y siendo derribada poco después. Su situación quedó fosilizada en el trazado urbano, por la alineación de algunas casas de la plaza con lo que fue la nave principal.

Casi un siglo después, y tras años de reclamaciones en ese sentido, la parroquia duplicada se trasladó a la iglesia de la Trinidad, a pocos metros del antiguo Omnium Sanctorum por la calle del Tesoro, donde ha permanecido hasta hoy día.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Córdoba vive: el Hombre Río

Sorpresa, Córdoba vive, Córdoba respira e imagina. Córdoba salta a su río desnuda, en la furtividad de la noche; nada por él, espanta a las garcillas y se sorprende a sí misma una mañana de abril de 2006, paseando por la Ribera. Flotando en el Guadalquivir, en forma de hombre de mirada sonriente, de burla al aburrimiento, a la premeditación, de homenaje a la libre creación, la ciudad se gusta y se curiosea.

Córdoba se refresca en los pies descalzos e invisibles de su Hombre Río, rejuvenece y comprueba que aún es posible seguir inventándose, asombrar a sus gentes y confundir a sus políticos. El Hombre toma personalidad propia a medida que entra en la retina de la gente somnolienta; gira su cabeza y contempla la ciudad que le ha dado a luz.


Educado, se aparta de los sotos y busca su lugar sin estorbar a la vista del casco histórico, disfrutando de
la Mezquita desde el cobijo del puente de Miraflores, pasando los días al tibio sol de primavera. Al fin, cuando se cansa de flotar, sin perder su alegría, se deja llevar por las aguas hasta el Molino de Martos, donde espera a que le recojan.

Sorpresa, aún hay en Córdoba alguien capaz de hacer lo que a nadie se le había ocurrido, de regalarle a la ciudad un símbolo sin que se lo haya pedido. Y mientras el Hombre Río, rehabilitado, posaba para YouTube con su bandera blanquiverde, se daba cuenta de que era un granito de arena más en la identidad común, un segundo más en la historia. Gracias a unos autores (Rafael Cornejo y Francisco Marcos) que lo entregaron a nuestra ciudad, literalmente, por amor al arte.


Arrastrado y mutilado hace unos días por las aguas que te vieron nacer, esperas ahora en algún almacén. Resístete, Hombre Río, apaga tu sonrisa, exige tu lugar. Vuelve a relajarnos con la música que acompaña tus vídeos, a distraer nuestras miradas para que nos olvidemos del puente oxidado, a confundir a los japoneses que te rebuscan en sus guías. Vuelve al Guadalquivir, donde Córdoba te espera asomada al murallón.



viernes, 23 de noviembre de 2007

Juan Bernier

El carloteño Juan Bernier (1911-1989), le dedicó este soneto a Córdoba antes de que Córdoba le dedicara a él una plaza.


Amarillo perfil de arquitectura
de cúpulas y torres coronado,
torso de duro mármol cincelado,
estatua de ciudad. Córdoba pura.


Abres al valle virginal figura
a la que el Betis besa enamorado
y en tu más alta torre reflejado
el oro de tu Arcángel te fulgura.


Arena y cal, olivo, serranía,
enhiesto pino, palmeral ardiente
ciñen tu delicada argentería.


Relicario de siglos donde Oriente
engarza en vesperal policromía
tu albo destello ¡oh perla de Occidente!.


Poeta del grupo Cántico, superviviente de la Guerra Civil en que varios autores cordobeses fueron barridos por las armas, siguió dedicándose a las letras y a la arqueología mientras tuvo fuerzas, legando a Córdoba conocimientos sobre algunos asentamientos prerromanos y, sobre todo, una obra literaria de referencia para las nuevas generaciones de poetas de nuestra ciudad.

martes, 20 de noviembre de 2007

¡Vikingos!

Pincha en la imagen para escuchar el ataque vikingo contado por Juan Antonio Cebrián

Nadie pudo imaginarlo, y nadie parecía capaz de pararles. Correos a caballo volaban hacia Qurtuba, a finales de septiembre de 844, con la peor noticia que el emir Abderramán II podía esperar.

P
or la desembocadura del Guadalquivir, uno de los lugares más tranquilos de Al Andalus, estaban pasando sin cesar decenas de enormes barcos de guerra, orlados de remos que se movían siguiendo la cadencia de estridentes tambores. Velas rayadas, rojas y blancas, terroríficas figuras en las proas, cortando a contracorriente las aguas del río, y las miradas fijas de los guerreros del norte, que helaban la sangre de los habitantes de las orillas cuando los barcos se acercaban a ellas. Una flota de ochenta drakkars vikingos se dirigían por la vía rápida al corazón del emirato cordobés.

E
l sur de la península Ibérica estaba casi desguarnecido, con las tropas bereberes y sirias combatiendo a los cristianos en el norte, y Abderramán tuvo que echar mano de las divisiones locales cordobesas y de parte del ejército que se hallaba al norte de Sierra Morena.

E
n pocas horas, los drakkars alcanzaron la ciudad de Isbiliya y miles de vikingos, acostumbrados a este tipo de batallas, desembarcaron para pasarla a sangre y fuego. Las murallas fueron superadas, las mezquitas destruidas, los habitantes asesinados. El gobernador y un grupo numeroso de sevillanos huyeron hacia Carmona, donde se encontraron con el ejército cordobés de Abderramán II.

P
asada una semana, según algunas fuentes, o hasta un mes, según otras, se libró en Tablada, a las afueras de Sevilla, una feroz batalla en la que más de treinta naves vikingas fueron incendiadas, y sus fuerzas diezmadas. Los supervivientes volvieron a embarcar a la carrera y salvaron la vida bajando de nuevo por el Guadalquivir.

Ab
derramán II ordenó, desde ese momento, instalar una red de atalayas de vigilancia costera por todo Al Andalus, que no pudo evitar nuevos desembarcos en la costa de Levante, e incluso contra los reinos cristianos del norte.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Hundamos las murallas (III): aquí no ha pasado nada

He aquí, ante todos los que pasamos varias veces al día por esta avenida, una obra maestra en el arte del disimulo. Una joya del típico sistema andaluz de resolución de problemas, en un solar demolido hace algo más de un año en la avenida de las Ollerías, frente a San Cayetano.

No podemos culpar al operario en cuestión, porque a él sólo le dijeron que echara abajo la casa sin tocar el muro del fondo. Seguro que el pobre hombre no le dio mayor importancia al hecho de meterle un bocado considerable a la pared, que de todas formas era de tapial, es decir, una especie de barro comprimido. Vaya, lo que se dice una mierda de muro. Igual que los sesenta metros que otro compadre se cargó hace veinte años junto a la Malmuerta.


No es el verdadero problema el hecho de que se deteriorara la muralla de origen almorávide (probablemente algo anterior) de la Axerquía, que hunde sus raíces en el siglo XI, porque esta vez ha sido un boquete pequeño. Lo que te duele en el alma son los ladrillos sueltos que llevan ahí puestos como diez meses, viendo pasar las estaciones, arañando el tapial, sin que a nadie se le ocurra una idea mejor, sin que nadie sepa cómo se restaura de urgencia un monumento para que cada vez que caigan cuatro gotas no se deshaga un poco más.


Dan ganas, cuando se anuncia un derribo, hacer con la muralla que está empotrada en muchas casas de Córdoba lo que hacían los soldados en el frente antes de la amputación de una pierna: escribir con letras grandes en la que les quedaba sana “esta no, por favor”.

jueves, 15 de noviembre de 2007

El cólera de 1835: la resurrección del linero

En el año 1835, mientras el país se enfrentaba duramente en las guerras carlistas, se extendió por España, por primera vez, una epidemia de cólera. Córdoba no fue una excepción y pronto, pese a haberse extremado las medidas de prevención, la enfermedad entró en la ciudad y comenzó a cundir el pánico entre la población.


El miedo al contagio era tal que los muertos por la enfermedad eran enterrados a toda prisa, con el fin de evitar, aun saltándose las tradiciones establecidas, que la familia pudiera contraer también el mal.


Esto ocurrió con un vecino linero, de apellido Martínez, de la ya mencionada calle Almonas, que enfermó gravemente ante la impotencia de su mujer e hijos. Tan consumido estaba, que un día cerró los ojos y, la mujer, entre llantos, mandó llamar a varios voluntarios para que trasladaran el cuerpo hasta los cementerios extramuros donde se acumulaban los fallecidos.


Le trasladaban en su caja camino de Puerta Nueva para sacarlo de la ciudad, cuando el linero volvió en sí, y comenzó a golpear la madera mientras preguntaba a voces a dónde le llevaban. Aterrorizados, los hombres dejaron caer el rústico ataúd, del que salió, confuso, el enfermo, que se dirigió tambaleante a su casa.


Al verlo entrar, la mujer se arrodilló ante él y comenzó a exclamar con asombro que su marido había vuelto del más allá. Las demás personas presentes también se maravillaron de lo sucedido, y cuando la mujer empezó a preguntarle por sus propósitos, y sobre cuántas misas quería que se le dijeran, el marido, cansado, no supo ya cómo hacerla entrar en razón. De manera, que haciendo acopio de fuerzas, y para demostrar su naturaleza carnal, nos cuenta Ramírez de Arellano que la emprendió a silletazos (sic) con los presentes, hasta que, una vez más tranquilos todos, pudo explicarse ante ellos.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Cervantes y Córdoba

Si hay un escenario recurrente para las andanzas del Quijote, éste son las ventas y posadas de los antiguos caminos españoles. Y entre las que aparecen citadas en la novela, la Posada del Potro es una de las que más se repiten, dada la importancia que en su tiempo debió tener como descanso obligado en el viaje entre la recién instalada villa y corte de Madrid y el gran puerto del sur, Sevilla.


Hay dos mosaicos de azulejos en Córdoba que recuerdan las citas de Miguel de Cervantes. Uno lo podemos encontrar en la puerta de Osario, sobre el muro ocre, y es el que se limita a señalar que el autor “mencionó este lugar en sus obras”. El otro, situado en la misma plaza del Potro, no duda en afirmar que Córdoba fue citada “en la mejor novela del mundo”, “El Quijote”. El abolengo cordobés que tenía el escritor, según se afirma en la inscripción de 1917, le venía por parte de padre.


En “El Quijote” se cita la posada del Potro entre aquellas por las que un ventero había pasado en los años de su juventud (Capítulo III, parte primera) y vuelve a mencionarla en parecida situación en el Capítulo XVII. Hace también referencia al Gran Capitán (“renombre famoso y claro y dél solo merecido”) en el Capítulo XXXII, al hablar de una serie de libros valiosos.


Del mismo modo, y durante el “donoso escrutinio” (Capítulo VI) en que el cura y el barbero criban la biblioteca del Quijote, se menciona un libro del jurado cordobés Juan Rufo, “La Austríada”, junto con otros dos de distintos autores, de los cuales afirma el sacerdote:


- “Todos estos tres libros son los mejores que en verso heroico en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia: guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España.”

viernes, 9 de noviembre de 2007

La posada del Potro

Uno de los lugares donde se puede vivir la leyenda de la ciudad es la plaza del Potro, centro de negocios de Córdoba desde los tiempos inmediatamente posteriores a la conquista y lugar de encuentro entre residentes y forasteros camino de la Baja Andalucía. Cervantes mencionó el lugar varias veces en el Quijote, y así lo recuerdan los azulejos de la imagen. Desde el siglo XIV (que se sepa) hasta 1972 funcionó una posada, que se convirtió en uno de los lugares más populares de la ciudad. Actualmente se encuentra en obras, y en mayo se reabrirá como local para espectáculos flamencos.

Nada que ver con el ambiente que, según nos cuenta Ramírez de Arellano, se vivía en ella a mediados del mencionado siglo XIV, reinando en Castilla Pedro I el Cruel.


Nos habla de un mesonero contrahecho, de carácter traicionero y poco popular en el barrio. Una noche de intensa tormenta, en medio de una tromba de agua, habría llegado al Potro, a lomos de un magnífico caballo, un joven capitán del ejército castellano, que se dirigía a Sevilla a encontrarse con el Rey. Pidió posada y allí cenó, junto a otra gente de menor distinción, reparando en la que se suponía (aun sin que hubiera parecido) hija del mesonero, que también se había fijado en él. La misma muchacha que, cuando el mesonero acompañaba al capitán a la mejor habitación de su posada, le agarró de un brazo y le advirtió:

- Caballero, no durmáis.

Confuso, el viajero pasó las horas espada en mano, en un rincón de la habitación, mientras el viento y la lluvia sacudían los postigos, hasta que empezó a percibir un pequeño chirrido, como de una portezuela. Allí, entre las sombras, pudo distinguir al mesonero, esperando asomado a que se durmiera y bajara la guardia.


Le ahuyentó con la espada y saltó rápidamente a un patio donde le esperaba la joven, que le acompañó hasta las caballerizas y le despidió a toda prisa, tras pedirle:

- Caballero, idos y contad al Rey lo que pasa en el mesón del Potro.

Y antes del amanecer, ya cruzaba el puente el capitán, camino de Sevilla y de su Alcázar.


Tras el abrazo de bienvenida de Pedro I, el semblante del Rey se fue ennegreciendo al conocer las noticias que traía el capitán. Aunque bromeaba con la medida en que la mujer había hecho perder la razón al soldado, decidió ir a Córdoba en persona para comprobar sus afirmaciones.


Y así, ante la sorpresa del Corregidor, de los caballeros Treces y de todos los habitantes, se presentó el Rey en el Alcázar de Córdoba y convocó allí a toda la nobleza, dando orden de que nadie saliera hasta que no llevara a cabo una tarea personal. Con todos ellos, se dirigió hasta la plaza del Potro, y entró en la posada, donde el mesonero le recibió con grandes honores, cambiándole el semblante cuando reconoció al capitán.


La muchacha se tiró a los pies del Rey y le pidió venganza y justicia, comenzando los hombres que le acompañaban a desenterrar cadáveres de viajeros asesinados por el mesonero para robarles, uno de los cuales resultó ser el verdadero padre de la joven.


El Rey montó en cólera contra el Corregidor, a quien acusó de incompetente, y ordenó atar al mesonero a una reja, mientras que dos caballos amarrados a sus pies eran espoleados para que le despedazaran, en medio del terror de la gente. El cuerpo fue arrastrado por la calle Lineros, y el Rey advirtió al Corregidor: “Ya que no sabes ejercer en mi nombre la justicia que te he confiado, he venido en persona a enseñarte tu deber. Mas ten entendido que si a hacerlo otra vez me obligas, haré recordar en ti al mesonero del Potro”.

martes, 6 de noviembre de 2007

El Pretorio

Cuando el ferrocarril no había llegado a Córdoba, y las huertas se extendían desde la tapia de la Merced hasta las faldas de la sierra, una de las últimas construcciones que se veían al salir de Córdoba era la minúscula ermita del Pretorio, un reducido humilladero adosado al muro que rodeaba la Huerta de la Reina, cuyos terrenos se extendían por lo que hoy son los jardines del Paseo de Córdoba, hasta las Margaritas.

Al tirarse la tapia para las obras del tren, la ermita, reconstruida varias veces antes de darle forma definitiva en el siglo XVIII, comenzó a resquebrajarse. El Ecce-homo venerado por los vecinos del barrio del Matadero (las escasas viviendas extramuros de la Malmuerta) fue trasladado a San Miguel, y la ermita fue derribada.

Los vecinos, indignados, comenzaron a reclamar, mientras recaudaban fondos para costearse ellos mismos otra capilla. Celebraron incluso una novillada en el barrio, lo cual convenció al Ayuntamiento, que completó el coste de la obra y se la encargó al arquitecto Don Amadeo Rodríguez. Terminada en 1872 en el emplazamiento en que la hemos conocido, se inauguró el día 14 de enero.

Una variación más ha sufrido, como consecuencia de las obras del Plan Renfe, cuando hace cinco años se la trasladó a los nuevos jardines, quedando en el suelo una línea de piedras que recuerda su antiguo emplazamiento junto al muro de la Merced.

domingo, 4 de noviembre de 2007

La fiebre amarilla de 1804: el cierre de Almonas

En cuanto llegaron las primeras noticias de que la enfermedad estaba afectando a varias poblaciones del litoral mediterráneo, se decidió que había que aprender de errores pasados y prepararse para combatir a la enfermedad con el único medio eficaz que se conocía: el aislamiento. Para ello se cerraron a cal y canto (en ocasiones, literalmente) casi todas las puertas de la ciudad, intactas aún en esa época, exceptuando las del Rincón, el Puente y Puerta Nueva, donde se colocaron hombres de confianza, entre ellos un médico que determinaba quién podía entrar y quién no. Los equipajes a los que se permitía el acceso a Córdoba eran fumigados, y los enfermos que llegaban eran enviados a la Arruzafa, el Carmen, San Cayetano, la Victoria y otros lugares y conventos de los alrededores de la ciudad.


No se puede saber si, como se ha contado, fue un cargamento de lino sin fumigar lo que entró en la ciudad o un simple mosquito portador. Fuera lo que fuera, consiguió llegar a una casa de la calle Almonas (actual Gutiérrez de los Ríos), y para el 4 de septiembre habían enfermado casi todos sus habitantes y numerosos vecinos.


La concentración de casos en el barrio de San Andrés alcanzó tal nivel que, a pesar de que ya se habían extendido los enfermos por toda la ciudad, se tomó la decisión más drástica. Se levantaron muros en todas las calles que afluían a las calles Almonas, Huerto de San Andrés y Carretera, como se ve en la imagen, quedando aislado todo el barrio entre la Espartería, el Realejo y la Almagra. En diversos puntos, se instalaron postigos para pasar víveres a los vecinos en cuarentena, que se limitaron a rezar para que, como ocurría en muchas ocasiones, sufrieran sólo una leve versión de la enfermedad.


Mientras, en el resto de la ciudad, se delimitaban los espacios en los hospitales para los enfermos de fiebre amarilla, y se habilitaban cementerios en exclusiva para ellos. Más de 1.500 cordobeses murieron víctimas de la enfermedad hasta que, el día 26 de noviembre, se hizo público el fin de la epidemia, celebrándose con fiestas y ofrendas en las parroquias a la vez que se echaban abajo los tabiques de cuarentena.

viernes, 2 de noviembre de 2007

La Chiquita Piconera

Al fondo, cae el atardecer oscuro sobre Córdoba. En primer plano, llena de luz, la mirada firme de María Teresa López, que se sabía desde hacía años el objeto de deseo de Julio Romero de Torres, y que aun así seguía accediendo a posar durante horas para sus retratos, entendiendo quizás que se aseguraba, de este modo, quedar en la memoria y en la retina de todos los cordobeses.

Es 1930, primeros meses, y el pintor sabe que no le queda mucho tiempo. Dicen que refleja su propia angustia en los ojos de la mujer morena, que el entorno tenebroso del cuadro no es sino el sentimiento que le atenaza. Y tarde tras tarde, en su estudio de la plaza del Potro, se aferra a aquello que mantiene encendido su corazón.


Entre continuas interrupciones de su recelosa mujer, que eran agradecidas con alivio por la propia Chiquita, y que malhumoraban al maestro, pasaban los trazos y los días, y el hombro de María Teresa se estremecía de frío en aquellas últimas semanas de invierno.


Invierno que, para ella, duró toda la vida, por la tristeza y el dolor que le causaron los rumores, la incomprensión y la maldad que amargaron sus días tras posar para el pintor. Cuando los ojos de María Teresa se cerraron en 2003, muriendo mayo, esta ciudad se perdió un poco a sí misma, sin haberse conocido, sin haberse confesado lo que una parte debía a la otra. El sacrificio de la Chiquita Piconera fue dar su vida y su alegría por ponerle rostro a nuestra tierra.

martes, 23 de octubre de 2007

Habrás de jurarlo

Cuenta la tradición, transmitida por varias generaciones de cordobeses, que el padre Andrés de las Roelas, en aquellas noches de primavera de 1578, se sentía carcomido por la duda, por la sospecha de que todo pudiera ser un engaño de sus mermados sentidos, una consecuencia de la enfermedad que padecía.

Desde aquella noche en que, animado por una voz interior (Sal al campo y sanarás) salió al Marrubial desde su casa, cerca de San Lorenzo, y se le aparecieron cinco caballeros, quienes le aseguraron que los restos recientemente encontrados en la iglesia de San Pedro pertenecían a los mártires de Córdoba, Acisclo y Victoria.

El joven que, desde entonces, le visitaba por las noches para contarle historias sobre estos mártires, y que se había identificado como el Arcángel San Rafael, había motivado sus consultas con otros religiosos, e incluso con el Provisor de los Jesuitas, el cual fue claro en su consejo: que la visión demostrara ser quien decía.

Esa fue la condición que puso el padre Roelas para escucharle la quinta noche de apariciones. Cuentan que el ángel, se dice incluso que con irritación, mostró su autoridad con un juramento: "Yo te juro ante Cristo crucificado que soy Rafael, ángel a quien Dios tiene puesto por custodio de esta ciudad".

Así lo contaron los cordobeses cuando los escritos privados del sacerdote se dieron a conocer, y así lo grabaron los escultores en los triunfos por toda la ciudad.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Las Siete Revueltas

Uno de los rincones más desconocidos y menos transitados del Casco Histórico es el conjunto de callejas agrupadas bajo el nombre de las Siete Revueltas, que empiezan justo enfrente de la iglesia de Santiago y van trazando varios ángulos y dejando callejones sin salida hasta desembocar en la calle Alfonso XII (la que va de San Pedro a Derecho).

Este olvidado lugar albergó en su día el caso de mayor longevidad de la ciudad de Córdoba, registrado por el censo de 1718. Habitaban estas callejas unas veinte personas de origen africano (aunque llaman la atención sus nombres, españoles, quizás por nacimiento en colonias o por un cambio posterior), una de las cuales, María de la Encarnación, contaba ciento catorce años de edad. Su vecina Ana Catalina la seguía con ciento cinco, según cuenta Ramírez de Arellano en los Paseos.

Pero sin duda lo más importante de las Siete Revueltas es la llamada Casa de las Campanas, que toma su nombre de su antiguo uso como fundición, y que constituye una de las joyas de la arquitectura civil cordobesa. Es de estilo mudéjar, del siglo XIV, y las arquerías y elaborados relieves la hacen comparable en valor a la Casa del Indiano. Hoy día está dedicada a la Biblioteca Viva de Al Andalus, así como a festivales de música y otros actos culturales.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Córdoba frente al misterio (3): Don Severo Ochoa

Premio Nobel de Medicina y Fisiología, asturiano, fallecido en 1993. Uno de los españoles más importantes del siglo XX, investigador incansable en Biología Molecular y Bioquímica y Doctor “Honoris Causa” por la Universidad de Córdoba en el año 1989.

A finales de junio de 2007, una limpiadora, sordomuda, subió aterrorizada hasta la conserjería. En el semisótano había visto algo extraño. Acompañada por otra trabajadora, volvió a bajar, y señaló repetidamente al lugar en el que veía aquella figura, que nadie más conseguía distinguir.

Presa de la histeria, abandonó el escenario y prometió, aun costándole su puesto de trabajo, que nunca más volvería a aquel edificio. No fue hasta pasados unos días, en otras dependencias de la Universidad, cuando tuvo un segundo susto, en un pasillo, al observar colgada en la pared una foto que le resultó familiar. La mujer aseguraba que era el hombre que había visto en el pasillo del semisótano. Le informaron de que aquel hombre se llamaba Severo Ochoa.

Los trabajadores de servicios y muchos investigadores del módulo, que alberga los departamentos de Bioquímica, Biología Molecular y Biología Celular, manejan con abrumador desparpajo las palabras espíritu y fantasma, y coinciden en que nunca antes, ni después, ha habido un caso similar que haya turbado la calma del lugar. Del edificio C6, renombrado hace años, como reza el cartel de la entrada, como “Severo Ochoa”.

martes, 18 de septiembre de 2007

El muro en Fuentes Guerra

Esta foto nos muestra lo que en realidad cualquiera puede ver con asomarse por encima del muro que protege las obras del solar junto a la parada de Fuentes Guerra. Cimientos de construcciones recientes, muros de los bloques circundantes y, embutida en la Córdoba moderna, la muralla, con enormes bloques romanos y posteriores adiciones.

Hasta hace ciento cincuenta años, durante casi exactamente dos mil, un gran muro iba, sin interrupción, desde la esquina de la Puerta de Osario hasta la de la Victoria, y no se encontraba ninguna puerta hasta la de Gallegos. La calle Caño (la de Fuentes Guerra) no tenía el ramal que ahora la conecta con Ronda de los Tejares, Cruz Conde aún no había atravesado las antiguas callejuelas, la calle en "L" frente a Cajasur no era sino un callejón ciego, Gran Capitán era ocupada por un convento y huertas, y las otras dos pequeñas calles no se abrían aún a la avenida.

Era el lienzo norte de la muralla original de la Corduba republicana, especialmente fortificado en épocas posteriores, de manera que aquel barrio que la calle Cruz Conde desconfiguró se llamaba el Trascastillo y, por su apartada situación y enrevesadas callejas, fue uno de los centros de la mala vida cordobesa del XIX.

domingo, 16 de septiembre de 2007

Guía Arqueológica de Córdoba

En el año 2003 vio la luz uno de los más completos esfuerzos por acercar a los cordobeses la historia de su ciudad, prescindiendo en gran medida del relato histórico y basándose en la evidencia, en lo que los lectores pueden visitar un sábado por la tarde o un día libre.

Dirigida por el profesor de la UCO Desiderio Vaquerizo, la Guía Arqueológica de Córdoba se estructura en varios capítulos, en los que explica brevemente el contexto histórico de cada época, para a continuación analizar lo que podemos averiguar de ella en los restos arqueológicos y del trazado urbano actual.

Presenta varios itinerarios de visita por el centro, reconstrucciones por ordenador de edificios y monumentos desaparecidos, fotografías normalmente desconocidas de excavaciones arqueológicas y una completa guía de los fondos del Museo Arqueológico.

El libro es pequeño, manejable y comprensible gracias al glosario y a una línea cronológica que te permite situarte en cada momento de la historia. Muchos de sus contenidos se pueden ver también en la web www.arqueocordoba.com.

Guía Arqueológica de Córdoba
Editorial Plurabelle
312 páginas, color, 24 x 13 cm

miércoles, 12 de septiembre de 2007

La Fuensanta (III): el caimán

El río Guadalquivir, en tiempos históricos, no ha sido nunca refugio de caimanes. Y se hace muy raro que alguien, en siglos pasados, quisiera liberar uno en sus aguas por algún motivo. Sin embargo, la cultura popular ha construido en torno al caimán del santuario de la Fuensanta una curiosa historia.

Dice la tradición que este animal, merodeando las aguas y la orilla del río a su paso por Córdoba, estaba sembrando el pánico entre sus habitantes, sin que nadie se atreviera a hacerle frente. Al fin, decidieron ofrecer a un condenado a muerte (¿estaban de vacaciones todos los alguaciles de la ciudad?) el indulto a cambio de la caza del animal. Sin que haya trascendido cómo lo hizo, semejante motivación fue suficiente como para que le diera muerte en un arroyo cercano, quedando como recuerdo de aquellos días su cuerpo en el santuario.

Es una lástima que Ramírez de Arellano, el cronista de la Córdoba moderna y contemporánea, se limite a decir que el caimán fue traído de América, y que se puede relegar la otra versión al terreno de la fábula popular.

Y un pequeño detalle. En Ávila, en el santuario de Ntra Sra de Sonsoles, muy visitado en la ciudad, suelen llevar a muchos niños para que disfruten con el objeto más curioso del lugar: un caimán disecado.

jueves, 6 de septiembre de 2007

La Fuensanta (II)

En el año de 1420, según unos, y 1442, según otros, este ermitaño tuvo su respuesta. Afirmó que la noche del 8 de septiembre escuchó una voz que le revelaba la existencia de una imagen de la Virgen en el interior de la higuera, donde habría quedado escondida en tiempos de la dominación musulmana, envolviéndola el árbol en su crecimiento. Informado el obispo, se decidió cortar la higuera, apareciendo la imagen de barro de la Fuensanta.

Fue llevada a la Catedral mientras se construía el primer humilladero en el lugar, rápidamente sustituido a finales del siglo XV por la base del santuario actual. La fama de la Fuensanta se había extendido ya por todo el país, e incluso la reina Dª María de Aragón, esposa del rey D. Alonso, se acercó a Córdoba a mediados de dicho siglo, para curarse de una hidropia (no pregunteis). En agradecimiento, hizo al santuario donaciones suficientes como para levantar una hospedería para los pobres que llegaban hasta él.

Las leyendas y tradiciones sobre la Fuensanta necesitarían un blog para ellas solas, pero hay muchas que, por conocidas o curiosas, se pueden destacar.

Como la de los tres hermanos cordobeses que arrojaron a su hermana inválida al pozo del santuario para librarse de ella, contándose que ella misma salió por sus medios y se volvió andando a casa, curada.

O como el niño que en dicho pozo cayó en 1554, diciendo la tradición que el agua abría subido hasta hacer posible que saliera de él. O como el demonio que consiguieron expulsar, el 7 de junio de 1671, del cuerpo de una mujer llamada María Manuela, después de ocho meses de exorcismos e intentos fallidos.

lunes, 3 de septiembre de 2007

La Fuensanta (I)

Cuenta la tradición, ya casi olvidada, que un hombre llamado Gonzalo García, cardador de lana que habitaba el barrio de San Lorenzo en la primera mitad del siglo XV, salió un día a pasear por los alrededores de la ciudad, por la zona de la actual Facultad de Derecho. Iba lamentándose de la suerte de su familia, ya que había dejado en casa a su mujer, paralítica, y a su hija, que había perdido la razón.

Caminaba cerca del arroyo de las Piedras, que bajaba del Marrubial, y llegado un punto se encontró con tres jóvenes, un hombre y dos mujeres, a los que identificó como a la Virgen y a los patronos de Córdoba (Acisclo y Victoria). Se dirigieron a él y, señalando una fuente que brotaba de una higuera cerca de la puerta de Baeza (junto a las Lonjas), le dijeron que tomara agua y la llevara a casa, dando de beber a su familia. Compró un jarro en la calle del Sol y lo llenó, volviendo con su mujer e hija, que sanaron ese mismo día.

Cundió la noticia, y muchos cordobeses se fueron cercando al lugar, bebiendo y, según recoge la tradición, afirmando que gracias a aquel agua se curaban milagrosamente numerosos enfermos.

Uno de ellos fue un ermitaño de la Albaida, incurable, que se acercó, veinte años después del primer caso, a beber de aquella fuente y, agradecido por su sanación, quiso saber cuál era el origen de aquel misterio.

viernes, 31 de agosto de 2007

La entrada de Dupont

Vencida la resistencia de los cordobeses, los cañones martillearon las murallas y las bombas cayeron sobre el barrio de la Magdalena, hasta que la Puerta Nueva no resistió más y quedó abierta. Los franceses, que habían sido hostigados desde la iglesia de Trinitarios y otros edificios altos, entraron con orden de saqueo, arrasando iglesias, conventos y cualquier vivienda en que intuyeran la presencia de objetos de valor.

Los conventos de San Francisco y Capuchinos fueron especialmente castigados, junto con la Fuensanta, La intervención del alférez mayor de la ciudad, que salió al encuentro de Dupont a la altura de San Pedro y que, dando la ciudad por rendida, pidió clemencia para sus habitantes, evitó que la violencia fuera aún mayor.

Nada más entrar el general Dupont por la Puerta Nueva, en la calle hoy de Alfonso XII, un vecino llamado Pedro Moreno se asomó a su balcón y, lleno de rabia por ver Córdoba vencida, disparó su escopeta contra el francés, matando a su caballo e hiriendo a uno de sus acompañantes.

Los soldados franceses entraron a la casa y, sin mediar palabra, mataron a toda la familia, exceptuando a una niña de pocos meses, que dieron a una mujer en acogida.

Según se entra desde la la rotonda, la casa hace esquina con la primera calle a la derecha. La taberna que en ella había fue conocida desde aquel suceso como de la "Niña del milagro"

martes, 28 de agosto de 2007

Alcolea, 1808

Entremezclados el populacho y las tropas españolas, la verdadera caballería y los jinetes voluntarios, alrededor de veinte mil hombres (algunas fuentes hablan del doble) se concentraron en los días precedentes al 7 de junio de 1808, algo más de un mes después del alzamiento del 2 de mayo en Madrid, para salvaguardar la puerta por la que el ejército francés quería entrar en el bajo Guadalquivir: el puente de Alcolea.


Los milicianos habían llegado de los pueblos, de la capital y también desde Sevilla, de donde trajeron la escasa artillería disponible. Durante toda la mañana del día 7, los cordobeses, al mando del comandante general Chavarri, resistieron con sus escopetas a los quince mil franceses veteranos bien armados. Los cañones iban reteniendo a la vanguardia francesa, e incluso la caballería intentó una acción por sorpresa que fue frustrada.


Finalmente, la lógica se impuso y la falta de munición empezó a hacer cundir el pánico, empujando a los paisanos hacia Córdoba y hacia sus pueblos de origen. Los batallones españoles se retiraron en relativo orden, y los invasores cruzaron el puente.


Poco a poco, el general Dupont fue concentrando sus soldados frente a la Puerta Nueva o de Alcolea, que estaba cerrada a cal y canto, como toda la ciudad: dispuesta a resistir desde los escasos tejados que asomaban sobre la muralla, tratando de evitar a la desesperada el saqueo y los crímenes en venganza por la batalla.

domingo, 26 de agosto de 2007

Osio de Córdoba

Frente al Rectorado de la Universidad, ante la puerta del convento de las Capuchinas, se levanta la estatua de Osio, obispo de Córdoba en los últimos años del siglo III y primera mitad del IV, venerado como santo por la Iglesia Ortodoxa y la Católica de rito Oriental el 27 de agosto de cada año.


A lo largo de sus 101 años de vida, Osio se convirtió en uno de los personajes más influyentes del Imperio Romano, por su cercanía de consejero con el emperador Constantino, a quien se cree que convenció para su conversión al cristianismo en el lecho de muerte. Junto a él viajó a Milán en el año 313, en que se proclamó el Edicto que ponía fin a las persecuciones religiosas en el Imperio.


La misión de Osio se centró en la oposición a la herejía arriana, a la que combatió en Alejandría y en los numerosos concilios de la época. En el más importante de ellos, el de Nicea, el obispo de Córdoba redactó y proclamó el credo que ha llegado hasta nuestros días, y que es quizás el más fuerte vínculo entre la Iglesia Católica y la Ortodoxa.


Desterrado a la actual Serbia por el emperador proarriano Constancio, Osio murió en el año 357, sin llegar a ver la desaparición de los seguidores de Arrio, que llegaría siglos después.

viernes, 24 de agosto de 2007

Campo de cuádrigas

La refundación de la asolada Corduba republicana bajo el mandato de Augusto, pocos años antes del inicio de nuestra era, marcó el inicio de su apogeo. Recuperó la capitalidad de la provincia Baetica tras la reorganización de Hispania y comenzó una monumentalización de la ciudad bajo el nuevo nombre de Colonia Patricia.

Buscado desde hacía años, dado que la importancia de Colonia Patricia (junto con indicios arqueológicos indirectos) implicaba que tenía que haberse construido, el Circo o hipódromo romano cordobés permanecía oculto para la arqueología. Hubo que esperar hasta los años noventa para que unas excavaciones en el palacio de Orive, junto a San Pablo, empezaran a sacar a la luz materiales y terrazas pertenecientes a este enorme edificio, que mostraba su lado menor al actual Ayuntamiento y al templo que hay junto a él, y que se prolongaba más de doscientos metros encajado entre la actual calle San Pablo y la plaza de la Corredera.

Cien años, aproximadamente, estuvo activo este Circo, entre mediados del siglo I y del II d.C., hasta que graves problemas estructurales obligaron a abandonarlo, para construir otro en la zona occidental de la ciudad, cuyos restos aún no han sido hallados. Al aprovecharse gran cantidad de material del Circo antiguo, éste quedó prácticamente desaparecido, y de ahí lo compleja que ha resultado su localización.

miércoles, 22 de agosto de 2007

Un pego

"No digas pegos". "No seas pegoso". ¿Qué es un "pego"? Algo que dicho en cualquier parte de España les sonaría igual que si les pidieras un vargas, tiene en Córdoba un significado muy claro. El pego es la chorrada, la tontería, lo innecesario. Pero, ¿desde cuándo? Y, sobre todo, ¿por qué?

EL CONTENIDO DE ESTA ENTRADA HA SIDO REVISADO Y COMPLETADO
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Hace poco leí en la Cordobapedia la primera explicación coherente a este localismo, que no he podido confirmar por ningún sitio, pero tampoco sustituir por nada mejor. Esta fuente sitúa su origen al final del siglo XIX, afirmando que sería una variación del apellido de un intelectual francés, que no son capaces de concretar. Quién sabe si era Peraud, Pegaud, Pairaud o Pereaud, el caso es que a oídos de los cordobeses se presentaba como el señor “Pegó”.


El momento de gloria de este hombre tenía que haber sido el día en que, como muestra de la llegada a Córdoba de los adelantos tecnológicos, pretendió hacer volar un globo aerostático tripulado, después de generar una gran expectación a su alrededor.


El globo no logró elevarse y, fruto de la decepción y la burla, los ciudadanos empezaron a referirse a todo aquello que no funcionaba o era inútil como similar a “lo del Pegó”. La evolución con las décadas de la palabra acabó, si esta hipótesis es la correcta, por darle el significado que hoy conocemos.

lunes, 20 de agosto de 2007

Barrios del siglo XIII

Nada más conquistar Córdoba en 1236, el rey Fernando III el Santo decidió levantarla de sus cenizas y reorganizar su administración. Para ello, mandó construir una red de nuevas parroquias (llamadas 'fernandinas') que sirvieran tanto para los servicios religiosos como para el gobierno de los diferentes barrios.

Córdoba, limitada su extensión al espacio amurallado, estaba dividida en dos por el lienzo de muralla que seguía la línea Alfaros-calle de la Feria. A su izquierda, se levantaba la Madina, Villa o ciudad alta. A su derecha, la Axerquía, un antiguo arrabal musulmán amurallado a principios del siglo XI. El nuevo plano de Córdoba dividía cada una de ellas en siete barrios.

En la Villa, además de la collación o barrio de Santa María, alrededor de la Mezquita, se levantaron las parroquias de San Miguel, San Nicolás de la Villa y las desaparecidas de San Juan (actualmente perteneciente al colegio de Las Esclavas), Omnium Sanctorum (junto a la plaza Ramón y Cajal), San Salvador (frente al IES Maimónides) y Santo Domingo de Silos (en la plaza de la Compañía).

En la Axerquía, existen aún San Lorenzo, Santa Marina, San Pedro, Santiago y San Andrés, mientras que Santa María Magdalena se cerró al culto, y de San Nicolás de la Axerquía quedan sólo algunos muros junto a la Ribera.

sábado, 18 de agosto de 2007

El exilio en Oriente

La orden de que jamás regresaran a Qurtuba si querían salvar sus vidas empujó a los miles de exiliados por la revuelta del arrabal de Saqunda a buscar un nuevo hugar. Algunos grupos se dispersaron por Al Andalus, estableciéndose sobre todo en Toledo, y otros muchos cruzaron el estrecho y se asentaron en diversas ciudades marroquíes.

Sin embargo, el grueso de la población, hasta quince mil personas según algunas fuentes, huyeron en una flota que viajó hasta Egipto, donde desembarcaron en medio de una guerra civil en la que jugaron un importante papel, hasta el punto de que se les expulsó en el año 827 para evitar su influencia. Entonces, la búsqueda de refugio les llevó hacia el norte.

Ese mismo año, ante la impotencia del debilitado Imperio Bizantino, miles de cordobeses ocuparon la isla de Creta y establecieron en ella su propia dinastía, cultivando las tierras y organizando su sociedad. Para desesperación de los habitantes de la región, los exiliados armaron su propia flota de cuarenta barcos y hostigaron los puertos del mar Egeo durante un siglo, desembarcando en islas cada vez más cercanas a la capital, Constantinopla.

Finalmente, los griegos, con la excusa de que una gran carestía les impedía mantenerlas, convencieron al gobernador cordobés de Creta de aceptar el desembarco de una gran yeguada en la isla. Así, los bizantinos dispusieron de una gran ventaja cuando en el año 961 lanzaron su ataque por sorpresa, subieron a sus caballos y terminaron con la presencia andalusí.

jueves, 16 de agosto de 2007

La revuelta de Saqunda

Alhakén I y Abderramán II contados por Juan Antonio Cebrián

Allí donde antaño se encontrara el segundo miliario de la Vía Augusta que pasaba por Corduba, poco después de cruzar el puente sobre el Guadalquivir, florecía a principios del siglo IX, bajo el emirato, un extenso arrabal donde vivían comerciantes y trabajadores de los cercanos centros de poder de la capital andalusí.

La actitud despótica y dada a los placeres del emir Alhaken I, unida a su política fiscal, había venido, desde años atrás, fraguando un malestar entre la población y los alfaquíes o "doctores de la ley", de manera que se sucedían las conspiraciones y pequeños motines. Nada comparable, sin embargo, a lo que sucedió en el año 818, cuando la muerte de un niño a manos de un guardia desató, por fin, la esperada gran revuelta del arrabal del sur, a cuya población se unieron grupos de otras partes de la ciudad.


La muchedumbre armada se dirigió al Alcázar, rodeándolo. El emir, inseguro de la proporción de fuerzas, ordenó a su guardia personal, “los Mudos” (así llamados por ser mercenarios del norte que no hablaban ninguna lengua local) que prendiera fuego a las viviendas de los rebeldes para que, al ver arder sus propiedades, regresaran a salvarlas y levantaran el cerco al Alcázar. La estrategia funcionó y, durante tres días, los soldados del emir, en venganza, masacraron a la población del arrabal, cifrando algunos autores en diez mil los muertos en la lucha.


Trescientos notables fueron crucificados en las afueras de la ciudad, y alrededor de quince mil cordobeses tuvieron que exiliarse. Pero la orden más importante del emir fue la destrucción sistemática del arrabal, hasta los cimientos, la prohibición perpetua de habitar en la margen izquierda del río y la conversión del territorio en campos de cultivo.


La orden fue cumplida a rajatabla, y hubo que esperar a
la Reconquista para volver a ver asentamientos estables y numerosos en lo que hoy llamamos el Campo de la Verdad.

martes, 14 de agosto de 2007

Hundamos las murallas (II): el derribo de la Puerta de Almodóvar

En el año de 1882, cuando una gran parte de la cerca cordobesa y casi todas sus puertas estaban ya convertidas en ruinas, la ciudad de Córdoba se propuso embellecer los alrededores del Real de la Feria, en el Paseo de la Victoria.

Para ello, el 28 de abril el Ayuntamiento ordenó con carácter urgente (para la Feria de aquel año) la destrucción de uno de los símbolos de antigüedad y decadencia de Córdoba: la Puerta de Almodóvar. Para entender la mentalidad de aquella gente, basta ver que junto con dicho derribo se estaban emprendiendo actuaciones como la plantación de árboles en el paseo, el alineamiento de las fachadas y otras mejoras estéticas.

Si aún hoy podemos entrar a la Judería por una de las dos puertas que resisten intactas el paso de los hombres ignorantes, es por la casualidad de que junto a ella se encontrara un depósito de agua que era necesario variar y reconstruir, lo cual prolongó los trámites el tiempo suficiente como para que la Real Academia de San Fernando, que en otras ocasiones había fracasado en su intento de salvar parte del patrimonio cordobés, impidiera su ejecución con su dictamen negativo.

Una restauración llevada a cabo años más tarde devolvería a la puerta la apariencia monumental que hoy nos ofrece.