viernes, 10 de mayo de 2013

El saqueo del colegio de la Asunción (hoy IES Góngora) en 1814

Retrato de Fernando VII; obra de Goya
El documento que hace unos días colgué en el "Archivo" del blog, un panfleto de 1814 que recibía con un extremo entusiasmo (más bien, con veneración) al rey Fernando VII a su vuelta de Francia, es sólo una pequeña muestra de lo agitadas que corrieron, durante aquellos días, las aguas populares en Córdoba.

El 6 de mayo, tres semanas después de esa calurosa bienvenida, ocurrió lo que los liberales temían desde un primer momento: el Rey suprimió la Constitución de 1812 y cualquier otra acción que hubieran llevado a cabo las Cortes de Cádiz. Era el retorno al absolutismo, cuyo apoyo por una parte de la población quedaría estereotipado en la frase "¡vivan las caenas!". La supresión fue celebrada en Córdoba, el 9 de mayo, con una algarada callejera que arrancó de la Corredera la lápida conmemorativa de la Constitución. Los participantes en la acción subieron luego hacia la plaza del Salvador (que se encontraba en la unión de las calles San Pablo y Alfaros, aunque ya no existe como tal, al haber ocupado su terreno el Ayuntamiento) y, a continuación, por la calle Alfonso XIII (entonces, del Liceo), saqueando algunas casas de personas que se suponían liberales.

El colegio de Nuestra Señora de la Asunción era uno de los principales centros educativos de la ciudad, si no el mayor de ellos, y tenía una notable tradición de imprenta de documentos, especialmente durante la etapa en que los jesuitas trabajaron en él durante el tercer cuarto del siglo XVIII. Desde siempre, los ilustrados cordobeses fueron bien recibidos en la imprenta de la Asunción, que dejó de funcionar con la expulsión de la Compañía de Jesús. En 1814, cuando aún no existían la calle Claudio Marcelo ni la plaza de las Tendillas, se estaba trabajando en la reorganización de la imprenta y, conocidas las opiniones de los rectores del colegio, se sospechaba que se emplearía para difundir documentos a favor de la soberanía popular y la Constitución de 1812.

Además, se corrió la voz de que el colegio albergaba un retrato de Fernando VII encadenado, algo lógico dado su cautiverio en Francia, pero que se interpretó como un deseo de encarcelar al monarca (y, de hecho, posiblemente fuera conservado en la Asunción con algo de sorna). Como consecuencia de todo ello, la gente enfurecida entró en el colegio, destrozando la Academia de Dibujo, los muebles y, por supuesto, la imprenta, cuyas piezas y letras fueron esparcidas por las calles cercanas.

El rector del colegio, José de Hoyos y Noriega, fue desterrado a un pueblo de Sierra Morena y se le prohibió que ejerciera la enseñanza, y varios de los profesores fueron encarcelados en los meses sucesivos, acusados de afrancesados. Esto supuso el declive del colegio, y determinó su clausura en 1817, a pesar de que pasados los años se rehabilitara la función educativa del edificio, que ha llegado hasta nuestros días siendo instituto de secundaria con el nombre de Luis de Góngora.

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Sánchez de Miguel, Ana. "Córdoba 1898. Generación e Historia".
Porro Herrera, María José. "Imprenta y lectura en Córdoba (1556-1900)".
Ramírez de Arellano, Teodomiro. "Paseos por Córdoba".

lunes, 29 de abril de 2013

El bar Correo y la oficina postal de la calle Jesús María

El bar Correo y Simago, foto tomada del blog "Córdoba por siempre"
Reconozco que no abundan mucho los bares por este blog, ni las cañas, ni los flamenquines. Podría decir que lo hago aposta, para contrarrestar el imperio de los devoradores de salmorejo sobre esta ciudad y sus espacios libres (la última vez que paseé de noche por la muralla de la puerta de Almodóvar se me cayó el alma al suelo), pero en realidad es más bien por falta de datos.

Aún así, y como muestra de buena voluntad, quería compartir la alegría de haberme enterado de por qué al bar Correo se le llama así. Para quien no conozca el bar, estamos hablando de un minúsculo local junto a la heladería de David Rico de las Tendillas, en la calle Jesús María. Aquí no son muy populares las tapas, los refrescos o los vargas. Al Correo se va básicamente a beber cerveza, mientras se charla alegremente en la calle, de pie, ocupando en los días buenos todo el ancho de la calle.

Los más avispados lo habrán asociado ya con el nombre de la farmacia "del Correo", que está a dos pasos del bar, y por ahí van los tiros. Aunque la calle Jesús María mantiene su nombre original (que viene del convento de monjas, llamado de Jesús y María, que había junto al local del cine Góngora), su aspecto cambió enormemente a lo largo del siglo XX. Originalmente era una calle estrecha y llena de rincones, desde el Conservatorio hasta las Tendillas. Como se ve en las fotos de la derecha, circular por esa calle era un auténtico tostón.

Pues bien, en el número cinco de esa calle, tercer portal de la izquierda contando desde las Tendillas, estaba situada una oficina de Correos y Telégrafos, que siguió allí hasta el traslado al edificio de la calle Cruz Conde en los años 40. Esa oficina dio nombre tanto a la farmacia como al bar, que según la Cordobapedia abrió un 25 de mayo de 1931, siendo desde entonces un negocio familiar. Así se puede ver en la fotografía de abajo (izquierda), de los años 50, en la que se distingue el cartel del bar Correo detrás del de David Rico. La oficina de Correos, que ya no estaba activa en aquel momento, corresponde al pequeño edificio de la acera de enfrente, uno que está encajado entre el bloque de tres plantas y la fachada encalada del otro edificio ancho y bajo que, si no equivoco, debe ser el palacio de los marqueses de Valdeflores (también vacío en esos años).



Ampliando las fotos se puede ver como el balcón de ese edificio tiene un mástil para bandera, indicando su función pasada de sede de un organismo oficial. En la foto de la derecha, es el edificio que hay entre el señor que camina despistado y el que posa apoyado en un jaco. Al fondo, se ve la plaza de las Tendillas.

Y una vez dicho todo esto, ya podemos ir de cañas al Correo a comentar el urbanismo de mediados del siglo pasado.

PS. Carlos Castilla del Pino, en su famoso artículo "Apresúrese a ver Córdoba", menciona en la segunda página al palacio de los marqueses de Valdeflores (siglo XVIII) como uno de los que se habían ido destruyendo ante la pasividad de las autoridades que debían conservar el patrimonio histórico. Pues bien, ahí está una foto del palacio perdido.


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Fotos del Archivo Municipal de Córdoba.

jueves, 25 de abril de 2013

Capiteles de avispados: historia, vergüenzas y esperanza


El nombre fue una feliz ocurrencia para denominar a una triste realidad.

Los capiteles que coronaban los palacios cordobeses en el siglo X, la época del esplendor de la Córdoba califal, eran similares a los que se ven en la foto: cubos de mármol tallados y trepanados, es decir, con pequeños agujeros practicados como decoración, dándoles la apariencia, según se mire, de un conjunto de plantas, de una esponja o de un nido de avispas. De ahí que se les haya llamado "capiteles de avispero".

El motivo por el cual los talleres califales comenzaron a producir este tipo de capiteles se explica, en ocasiones, como una evolución original a partir del capitel corintio que trabajaban los romanos, y que los propios musulmanes hispánicos reutilizaron en edificios como la Mezquita (antes templo pagano). Debí leer, aunque no recuerdo dónde, una explicación complementaria de la producción de capiteles de avispero durante el Califato. Sin embargo, no la entendí mejor hasta que no tuve la suerte de visitar, hace pocos días, uno de los lugares más increíbles que puede haber en el mundo, y sin duda el monumento más impresionante en el que he entrado: la antigua iglesia y mezquita de la Divina Sabiduría. Para los amigos, Santa Sofía, en Constantinopla, actual Estambul.

Capiteles en Santa Sofía (Estambul)
Esta iglesia de finales del siglo VI, dentro de la cual cabría el campanario-alminar de la Mezquita-Catedral, sin que el San Rafael que lo corona llegara a tocar el techo de la cúpula, está cuajada de capiteles de mármol blanco, sospechosamente similares al modelo califal cordobés. Lo mismo ocurre en otras antiguas iglesias bizantinas, con su origen más remoto en los años de esplendor del Imperio romano de Oriente, llamado más tarde Imperio bizantino. Pero, ¿cómo pudo influir la arquitectura de Constantinopla sobre la de Córdoba, en una época en la que las distancias eran mucho mayores que hoy? Bueno, esta relación se expone claramente en algún trabajo publicado hace años, acerca del apasionante relato de las embajadas que iban y venían, en los siglos IX y X, desde Córdoba hasta Constantinopla, estableciendo una relación de amistad entre dos poderosos estados que constituían enemigos naturales (en el caso de Bizancio, en constante guerra abierta) de los califatos de Oriente Medio y el norte de África. Las relaciones no fueron sólo políticas (la isla griega de Creta estaba aún ocupada por los cordobeses deportados tras la revuelta de Saqunda), sino también, y quizás sobre todo, culturales. Decenas de columnas fueron enviadas por el emperador bizantino cuando se comenzó la construcción de Medina Azahara, y los mosaicos del mirhab de la Mezquita fueron elaborados por especialistas mandados desde Constantinopla con el encargo de reproducir en Occidente, y para un monarca musulmán, las obras de arte cristiano de las iglesias orientales.


Capiteles en Küçük Ayasofya (Estambul)
Muchos siglos después, cuando las guerras hubieron destruido los palacios, y cientos de años después de la salida de los moriscos del reino español, los capiteles de avispero se convirtieron en piezas de museo y en objeto de conversaciones alrededor de un flamenquín o unos caracoles. También, por desgracia, en objeto de la codicia de algunos cordobeses (o no, a saber) que vieron en el abandono del enorme patrimonio cultural local una posible fuente de ingresos. Esos inteligentísimos y vivarachos hijos de padre anónimo decidieron que podían sacarse una millonada si conseguían hacer llegar algún capitel abandonado hasta la eterna tierra de los piratas, y su capital: Londres. Cada cierto tiempo, nos hemos estados despertando con la noticia de que una casa de subastas inglesa saca la venta capiteles procedentes de la época califal cordobesa. Así ocurrió, por ejemplo, hace unos cinco años, en Christie's, y parecidos disgustos vuelven a castigarnos de vez en cuando, ante la desidia y/o la impotencia de las autoridades españolas.

Capiteles de avispados, según la denominación que se le ocurrió a un amigo. Capiteles que ni siquiera acabarán en un museo a miles de kilómetros de su hogar, como este, este o este. Avispados e iletrados chorizos que se dedican a mangar y vender estas piezas únicas, y a los que se refiere un artículo aparecido hoy en Cordópolis (y, a continuación, en multitud de periódicos), que afirma que la denuncia de un particular ha conseguido poner en marcha una investigación sobre la salida del país de dos de estos capiteles cordobeses. La subasta no ha encontrado comprador, y quiero pensar que sea por miedo a adquirir una pieza robada.

Porque cuando estamos tocando el fondo, como decía Celaya, nuestros cantares no pueden ser simplemente un adorno, vaya desde aquí mi deseo, con todas mis fuerzas, de que se localice y empure al chorizo capitelista. Pero más alegría me produce la noticia de que un particular o particulara, alguien nacido en esta feria de los discretos que tenemos por ciudad, ha tenido las pelotas necesarias para hacer algo por nuestro patrimonio. Gracias en nombre de todos los cordofrikis locales.

viernes, 14 de septiembre de 2012

El traslado de la parroquia de San Nicolás de la Axerquía

Una de las parroquias fernandinas más desconocidas de Córdoba es que la daba nombre al barrio comprendido, más o menos, entre la calle de la Feria y el convento de Santa Clara, de oeste a este, y la plaza de las Cañas y el río, de norte a sur, por decirlo breve e inexactamente: era San Nicolás de la Axerquía, popularmente San Nicolás del Río. La plaza del Potro o el convento de San Francisco (oficialmente, San Pedro el Real), por ejemplo, formaban parte de este barrio.

La pequeña iglesia dejó de serlo en 1877 para trasladar la parroquia a dicho convento, donde aún hoy se encuentra. El edificio se fue arruinando progresivamente pero, para sorpresa de muchos cordobeses, ahí sigue, en la Ribera, rompiendo la línea de fachadas con una esquina saliente. Sí, ese cocherón blanco entre Bodegas Campos y el río es la antigua iglesia de la Axerquía, hoy aparcamiento privado.


Aunque otro día podríamos ver un poco de la historia de la parroquia (antigua mezquita, como muchas de ellas), hoy me gustaría ver por qué fue necesario su traslado y en qué circunstancias se produjo. La respuesta, como no podía ser de otra forma en ese barrio, está en el Guadalquivir.

El invierno de 1876-1877 fue especialmente lluvioso. Uno de esos años en los que el río crecía de tal forma que la maquinaria erosiva del meandro del Arenal se ponía en marcha (como ocurrió también en 1860, arruinando lo que quedaba del murallón de San Julián) y el terreno bajo la primera línea de casas del actual paseo de la Ribera era peligrosamente horadado.

Un vistazo a la prensa de aquellos días nos deja noticias cuando menos inquietantes. Alrededor del 6 de diciembre debió venir tal riada que las casas de la Fuensanta, Campo de la Verdad y San Nicolás de la Axerquía fueron inundadas. El Santísimo fue llevado a toda prisa a la ermita de la Aurora, y las bombas de desagüe trabajaron en el barrio durante varias jornadas, llegando a medio metro la altura del agua dentro de la parroquia. Se recaudaron fondos para los afectados por la riada y se llevaron a cabo trabajos de limpieza.

No era la primera vez que ocurría pero, ya fuera porque peligrara la propia integridad del edificio, o por la incomodidad de una parroquia pequeña e indefensa frente al río, se decidió que la iglesia del convento de San Francisco sería la nueva sede parroquial de San Nicolás y San Eulogio. Ramírez de Arellano describe una iglesia de proporciones reducidas y con un techo bajo. Uno de los barrios más humildes de Córdoba tenía, por tanto, una de las más pobres iglesias, lejos de la magnificiencia de la homónima parroquia de San Nicolás de la Villa.

El 4 de enero se celebra allí el funeral de una mujer, Josefa del Pino, posiblemente uno de los últimos oficios religiosos de San Nicolás de la Axerquía. Pese a usarse la sacristía para reunión de alguna hermandad, el 14 de febrero el Diario de Córdoba da por hecho el traslado: una de las campanas se envía a Santiago y las otras dos, a San Francisco.

A San Francisco se llevan también los archivos y todas las imágenes, así como la pila bautismal y el pequeño retablo con una pintura del bautismo de Cristo, procedente (no estoy seguro de que ocurriera lo mismo con la pila) de la también desaparecida parroquia de Omnium Sanctorum.

domingo, 2 de septiembre de 2012

El Archivo

 
Desde el año 2010, el blog Puerta de Osario está recibiendo préstamos de documentos originales representativos de la vida en la sociedad cordobesa, principalmente de la época del Franquismo, pero también procedentes del siglo XIX y del primer tercio del siglo XX, a condición de que al menos una parte sean publicados para el disfrute de los cordobeses.

La custodia, digitalización y publicación de esos documentos son a la vez una alegría y un reto. La alegría, por tener entre mis manos papeles que han sobrevivido, nuevos como el primer día, el paso de cincuenta, ochenta o doscientos años. El reto, por la falta de tiempo que, como es evidente desde hace mucho, paraliza la página por largas temporadas. También en el aspecto organizativo, ya que no era mi intención monopolizar el blog con entradas sobre documentación de un período histórico concreto y, sin embargo, la facilidad de la publicación ocasional de estos documentos me invitaba a un mayor dinamismo que la redacción de entradas sobre historia, leyendas y personajes.

Es por eso que nace este "Archivo cordobés" de Puerta de Osario, con el ánimo exclusivo de dar un pequeño servicio y fomentar la curiosidad por la Córdoba de décadas pasadas. Bueno, y también por matar el gusanillo "cordofriki" en el poco tiempo libre que me vaya quedando, a qué negarlo. Será un blog diferenciado, pero conectado en todo momento con el original por enlaces bien visibles. De hecho, cuando uno de estos documentos sea de especial interés o deba ir acompañado de una historia más desarrollada, la entrada aparecerá en ambas páginas.

Las novedades se podrán seguir en la misma página de Facebook que las del blog, y en la misma cuenta de Twitter. Cualquier aviso de enlaces incorrectos o imágenes en baja resolución será bien recibido (puertadeosario@gmail.com). Abrir las imágenes en ventana o pestaña nueva permite más zoom que la vista por defecto que ofrece Blogger al hacer click sobre ellas.

Espero que con el tiempo la nueva página se vaya llenando de folletos, octavillas, carnets y cualquier documento que pudiéramos encontrarnos en un cajón cordobés que llevara medio siglo sin ser abierto.

lunes, 28 de mayo de 2012

Mil años y siete millas: el enclave de Tábanos, posible origen de Los Villares

La Vega del Guadalquivir asomando desde Los Villares

Esta es una de esas historias que se pierde en el tiempo, en la incertidumbre y en páginas de crónicas confusas. De modo que vamos a llegar a un acuerdo: yo lo cuento un poco recortado con respecto a lo que me gustaría, y quien lo lea lo hace poniéndole un poco de imaginación. Que si no, esto no tiene gracia.

Hablan las crónicas del obispo Eulogio, de mediados del siglo IX, cuando explican los lugares de origen de los cristianos andalusíes que participaron en el movimiento martirial (que ya se mencionó anteriormente, del que nos saltaremos de momento la parte polémica), de un pequeño pueblecito (viculum) conocido como Tábanos. Nada se dice de su origen, de su etimología o de su población. Sólo se menciona que se encuentra a siete millas al norte de Córdoba, entre densos bosques y abruptos montes. Allí hubo, parece ser, un monasterio dúplice (de hombres y mujeres, algo relativamente común en la época), quizás también con una escuela de enseñanzas cristianas. Fundado por un grupo familiar en el propio siglo IX, habría uno de los focos de reacción ante la creciente islamización de la población hispanorromana. No he sido capaz de encontrar bibliografía capaz de aventurarse a hablar algo más sobre este pueblo de Tábanos, al que se tragó la historia, ni siquiera entre varios trabajos especializados en los monasterios mozárabes. Nadie, salvo Sánchez Feria, claro.

El autor de la Palestra Sagrada, cuando está explicando la vida de Isaac, uno de los primeros ejecutados por la autoridad emiral por delito de blasfemia, a mediados del siglo IX, se detiene a comentar la ubicación de Tábanos. Y siguiendo su lógica, desde luego, podemos seguir el camino que hacia el norte conduce en dirección a Santo Domingo, y desde allí sigue remontando la sierra salvando la cuesta del Cambrón (o del "catorce por ciento") o algún recorrido equivalente. Subamos por allí o por Los Morales, al cabo de siete millas casi exactas, contadas desde la puerta de Osario, estamos en Los Villares. En "la casería de los Villares", según aparece en un mapa de la sierra de finales del XIX, sin olvidar que ese mismo nombre nos indica una población humana estable.

A la parte aquilonar, o del norte, siete millas de Córdoba, estuvo hasta más de la mitad del siglo pasado el lugar que llaman el Villar, decía Sánchez Feria a finales del XVIII, y de él han quedado buenos y visibles rastros: las calles existen, y las paredes de su iglesia aún duran en pie.

Este documento sería suficientemente interesante como historia de Los Villares. Sin embargo, la posible identificación con el Tábanos que menciona Eulogio (a mi corto juicio nada disparatada, pese a lo poco científico del método) le da todavía mayor interés. La distancia y sitio es totalmente conforme, y no hay en sus cercanías ruinas con que pueda equivocarse.

Queda casi todo por hacer para determinar si estamos ante una posible identificación de un topónimo con más de mil años de antigüedad en la sierra de Córdoba, y queda todo por estudiar sobre un posible lugar arqueológico de gran interés. Algún día, quizás.

miércoles, 23 de mayo de 2012

La corrida que pagó el monumento a Manolete

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De gustos no hay nada escrito, de modo que, aunque a mí no me gusta, ya nos conocemos y nos llevamos bien. Hace mucho tiempo que leí mi descripción favorita del monumento a Manolete de la plaza del Conde de Priego (Santa Marina, vaya), y ahora no lograba volver a encontrarla. Lo asociaba vagamente con el estilo Harazem, y por ahí me ha venido la respuesta. Fue Carlos Castilla del Pino, en su artículo Apresúrese a ver Córdoba, el que lo describió de esta manera:

"La destrucción comenzó emplazando allí el monumento a Manolete, horrendo pisapapeles de tamaño descomunal, que tiene el honor de figurar en la antología del mal gusto mundial" [y aporta cita].

Pero el pisapapeles kitsch al que nos hemos acostumbrado no salió gratis. La pasta para la obra, que sería luego encargada a Manuel Álvarez Laviada (800.000 pesetas de la época), se quiso reunir por suscripción pública pero el pueblo no estuvo por la labor. Al final provino, como cuenta la Cordobapedia, de una corrida de toros con matadores españoles y mexicanos celebrada el 21 de octubre de 1951, domingo para más señas, y cuyo folleto llegó a mis manos hace unas semanas, como me llegan últimamente algunas verdaderas maravillas del siglo pasado.

Aquí lo dejo, adornado de topicazos cordobeses y con publicidad y todo (sombrerería Rusi incluida). Diez toros, diez, uno de cada ganadería, con un estadillo para permitir al público explayarse en su crítica taurina. Por mi falta de cultura del tema o mi castellanidad de sangre, sólo conozco a dos toreros de la lista, Lagartijo y Calerito. A éste último, por la calle de la academia "Número e", lo reconozco.





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Foto del monumento tomada de Cordobapedia. 

domingo, 15 de enero de 2012

El Rodadero de los Lobos sobre la Albaida, y la piedra de mina de Córdoba

Creo que la imagen se nos hace a los cordobeses tan familiar que nunca nos paramos a pensar por qué esta ahí: esa mancha sin vegetación, ese pedregal que vemos en la sierra, por encima de la Albaida, y que es distinguible desde casi cualquier punto de la ciudad. Por ejemplo, desde la explanada de la estación, un poco a la izquierda de los muros blancos que refuerzan la zona del cortijo de Piquín.

Ese canchal no es natural, sino que fue creado por la mano del hombre, y son los restos de décadas, siglos de excavaciones en la cantera del Rodadero de los Lobos. Todos los trozos de piedra que no se consideraban valiosos, todos los estratos que se iban pasando en busca de las vetas deseadas, iban cayendo ladera abajo hasta tomar el aspecto que vemos hoy día. El nombre es un recuerdo de las épocas de las batidas contra los lobos, una batalla que hace mucho tiempo que perdió el animal, y se aplica también al arroyo que recoge las aguas de la zona y la dirige hacia los llanos de la Albaida, cerca del antiguo matadero de Iccosa.

El Rodadero nevado, enero de 2010
La cantera del Rodadero de los Lobos viene clasificada en algunos sitios como de origen romano. Supongo que bastaría una visita con Saqunda y Alimoche para aprender lo que no está escrito sobre ese sitio, y lo mismo un día lo intento de alguna forma distinta a la de Manolo Trujillo, al que he leído un relato sobre lo complicado que es llegar allí campo a través. Tarea para primavera.

Pero, lo más importante, ¿qué es lo que se buscaba en ese lugar? Pues una de las piedras de las que está hecha Córdoba. Al menos, la Córdoba antigua, medieval y moderna: la piedra de la que se fabricaron los miliarios romanos, las columnas de época califal y los umbrales de las puertas de las casas del Casco Histórico. Esa piedra gris, violácea o azulada, con vetas blancas, que llevamos toda la vida viendo. La piedra que contiene el agua de la fuente de la Piedra Escrita, la que sostiene la cruz junto a la iglesia de San Juan (Las Esclavas) y la que soportó el paso de los carros en la puerta del Colodro, por poner sólo algunos ejemplos.

Una de tantas casas de Córdoba (C/ Valladares)
Se la llama piedra de mina, y es un tipo de caliza ("caliza micrítica", dicen los entendidos, "mármol cárdeno", he leído en algunas fuentes antiguas) que aflora en cuanto subimos a la sierra de Córdoba, a la zona de los lagares y los miradores. Por debajo quedan los niveles donde encontramos la piedra franca, la calcarenita amarillenta de la mezquita, asomando en las cercanías del Patriarca o en el barrio del Naranjo, por ejemplo. Estos últimos son estratos sedimentarios terciarios, más modernos que las calizas grises, formadas en el período Cámbrico, hace unos quinientos millones de años.



Basta con acercarse al mirador de las Niñas (de allí es la foto superior), entre el cruce de Trassierra y las ermitas, para encontrarse algún enorme peñasco de esta caliza micrítica gris. Por supuesto, no sólo en el Rodadero de los Lobos se extraía la piedra: por toda la sierra cercana a Córdoba proliferaban las minas, con distintas calidades y matices. Toneladas y toneladas de este material están desperdigadas por el Casco Histórico, desde las aceras al museo arqueológico, basta un paseo para verlo por cualquier rincón. Nuestra ciudad es, en cierto modo, un trocito de sierra cortado y esculpido.

Columnas de la amplicación de Almanzor en la Mezquita

miércoles, 11 de enero de 2012

La visita del embajador Juan de Gorze: el fraile y el Califa (y II)


(Ir a la primera parte)

Pronto apareció un voluntario para hacer el viaje y calmar los ánimos del rey germano: un importante clérigo cristiano llamado Recemundo, que había pasado algún tiempo charlando con el monje Juan, informándose sobre la personalidad y actitud de Otón I. La idea, además, le sirvió para ser nombrado por Abderramán III como obispo de Granada.

Esta vez, se decidió que las cartas que llevaría la embajada cordobesa no mencionarían ni a Jesucristo, ni a Mahoma ni ningún tema divino, y se limitarían a constatar lo amigos que eran todos y cuánto se alegraba el Califa de que el rey Otón le hubiera dado un repaso a sus enemigos húngaros, aparte de una buena disposición diplomática acerca de los piratas musulmanes que, respaldados por el gobierno de Córdoba, hostigaban a los barcos de los aliados centroeuropeos en el Mediterráneo.

En su largo viaje, Recemundo tuvo la ocasión de visitar la abadía de Gorze antes de llegar a Frankfurt, donde Otón accedió a nombrar a un nuevo embajador, también con un mensaje conciliador. No fue hasta mayo de 959 cuando regresó a Córdoba con los enviados, y para entonces, Abderramán III estaba tan harto del asunto que ordenó que nadie relacionado con toda esta historia entrase en su palacio antes que el testarudo fraile Juan de Gorze, con o sin cartas, con o sin regalos.

Un día al inicio del verano, caminando durante dos millas entre una impresionante demostración de fuerza militar, y sobre un suelo cubierto de alfombras hasta Medina Azahara, Juan y los demás embajadores se prepararon para ver al Califa, que recibió al lorenés con enorme educación y hospitalidad. Cuenta el cronista que se miraron con curiosidad durante largo tiempo, en silencio. Abderramán se excusó por las molestias, y el fraile se mostró condescendiente y valoró el esfuerzo por resolver la situación sin que se cortara ninguna cabeza, especialmente la suya propia.

Charlaron durante largo tiempo en la primera de una serie de entrevistas, en unos días que fueron motivo de orgullo para las comunidades cristiana, musulmana y judía de Córdoba. Cuando los emisarios tuvieron que regresar a Alemania, llevaron consigo un pequeño tesoro en forma de valiosísimos libros para la abadía de Gorze. Eran los años del culmen del Califato, del gobierno culto de Abderramán III que continuaría y perfeccionaría Alhakén II.

Si es cierta la leyenda que dice que Abderramán III sólo fue feliz, como él mismo escribió, catorce días en su vida, no sería de extrañar que la entrevista con el embajador de Otón I fuera uno de ellos.

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La crónica de la visita se puede leer en el capítulo VIII del Catálogo de los Obispos de Córdoba, que se puede descargar en pdf.

martes, 10 de enero de 2012

La visita del embajador Juan de Gorze: el fraile y el Califa (I)

Europa alrededor del año 1000
En el siglo X, en pleno apogeo del Califato, con Abderramán III colocando a Córdoba entre las más importantes capitales del mundo, había que tener mucho cuidado con la imagen que se daba a los potenciales aliados, a los enemigos tradicionales y al resto de imperios vecinos. Un error diplomático podía modificar peligrosamente el mapa de amistades, y aislar a Al Andalus frente a otros estados rivales. El imperio con sede en Medina Azahara, por otro lado, no era tampoco un actor secundario, porque controlaba la Península hasta el desierto estratégico del Duero, presionando a los reinos del norte, y extendiendo su Marca Superior hasta las cercanías de los Pirineos.

En el año 950, el rey Otón I de Germania y Francia Oriental (posterior Emperador del Sacro Imperio) se subía por las paredes. El hombre que controlaba Europa Central acababa de recibir a unos emisarios supuestamente amistosos del Califa cordobés, que le habían transmitido un mensaje entre cuyos términos estaba una petición de conversión a la fe mahometana, al parecer demasiado brusca para el gusto de Otón el Grande. Todo parece derivar de un malentendido, al morir el principal embajador, un culto obispo, antes de poder entrevistarse con el rey para explicar los términos de la introducción protocolaria de aquella carta.

Otón I decidió devolver la jugada con un mensaje dirigido a Abderramán que incluía unas frases ofensivas dirigidas a Mahoma y al Islam en general, a sabiendas de que el mensajero encargado de transmitirlas iba a ser ejecutado en Córdoba, como castigo innegociable a su insulto. La búsqueda de un voluntario para semejante misión, prácticamente suicida, se topó con la evidencia de que nadie quería viajar de Alemania a Córdoba para ser ejecutado. Hasta que se ofreció el prior de un monasterio de Gorze, en la Lorena, hoy Francia: Juan de Gorze, el único dispuesto a viajar hasta la lejana capital andalusí aun a riesgo de su propia vida.

Salón Rico de Medina Azahara
Partió en 953, con un pequeño séquito, regalos y la carta de respuesta. A su llegada a Cataluña se le permitió el paso hasta Córdoba, donde Abderramán III le alojó en un lujoso palacio, probablemente una almunia entre la ciudad y Medina Azahara, y le comunicó que no sería recibido durante un prolongado tiempo, en respuesta a la espera que soportó la embajada cordobesa en Alemania. En realidad, Abderramán sabía cuál era el tono de la carta, y no quería tener que ajusticiar al fraile. Sólo podía evitarlo posponiendo indefinidamente la entrevista, y tratando de hacerle desistir a través de emisarios como el más importante judío de su corte, Hasdai ibn Shaprut, del que el propio Juan de Gorze dijo que nunca había visto "un hombre de intelecto tan sutil". Tampoco los cristianos mozárabes lograron convencerle, ni siquiera ante la amenaza (un evidente farol) de que el cristianismo sería erradicado de Al Andalus si no cedía.

El Califa y sus consejeros no entendían nada. Los meses pasaban y no se veía una solución. Definitivamente, alguien iba a tener que hacer el viaje de Córdoba a Frankfurt para resolver todo aquel follón.

(Ir a la segunda parte)
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Fuente del mapa. Fuente de la foto.

martes, 9 de agosto de 2011

Festivales en Córdoba, soldados en Marruecos

 Esta entrada forma parte del Archivo cordobés del blog. Puedes consultar allí otros documentos de interés.



En diciembre de 1921, escasos meses después de que miles de soldados fueran aniquilados en el desastre de Annual, la moral de la tropa y de la sociedad en general estaba absolutamente hundida. La guerra en Marruecos, incomprensible para muchos, se alargaba indefinidamente (y lo que quedaba) y con no muy buenas perspectivas.

En estas circunstancias, se sucedían por parte de la alta sociedad cordobesa las iniciativas para enviar donativos al frente (en general, las demás clases sociales bastante tenían con enviar a sus hijos). La marquesa del Mérito organizó un festival el día 2 de diciembre en el Gran Teatro con el objetivo de reunir fondos para enviar a los soldados un cargamento de impermeables que les ayudaran en las campañas de invierno, como se puede leer en la crónica del Diario de Córdoba.

El panfleto que cuelgo a continuación, cuyo original me ha cedido para digitalizarlo y publicarlo un colaborador del blog, da buena muestra del tono del festival y del tipo de canciones y composiciones que se pudieron escuchar aquella noche en el Gran Teatro. Sin embargo, todo ese entusiasmo patriótico tenía poco que ver con el sentimiento de la calle en lo referente a esta guerra, al contrario de lo que sucedió en 1860, cuando la victoria en Tetuán provocó celebraciones en toda la ciudad y el cambio de nombre de la efímera puerta de la Trinidad a "puerta de Tetuán".




viernes, 29 de julio de 2011

Dos recuerdos del paseo de San Martín y el bulevar del Gran Capitán

El bulevar del Gran Capitán, una de las grandes revoluciones urbanísticas de la Córdoba del XIX, ha sufrido tantos cambios a lo largo de su historia que a los más jóvenes nos resulta llamativo incluso verlo con coches circulando por su parte central, algo que ocurría hace relativamente pocos años. Las imágenes que dejo por aquí hoy son todavía más antiguas, y me acordé de ellas ayer cuando visitaba con un par de amigos las tumbas de los reyes en San Hipólito.

La primera es un cuadro titulado Street of the Great Captain, Cordoba que compartió en el proyecto del Museo Imaginado de Córdoba, de la Calleja de las Flores, el usuario Dr. Mabuse, al que ya le he fusilado anteriormente alguna que otra foto. Lo pintó el estadounidense Frederick Childe Hassam en 1910, y os recomiendo una lecturilla de la entrada original de Mabuse para conocer mejor a este artista. En la pintura se puede ver el paseo del Gran Capitán en dirección a la iglesia de San Hipólito, incluyendo una esquina del Gran Teatro. Al fondo se distingue la sierra, con una manchita blanca que por la perspectiva bien podría ser un intento de reflejar las ermitas en el cuadro.

La segunda, en dos versiones, es un grabado que sólo se entiende con el plano de 1851 que está al principio de la entrada. Es el único dibujo que conozco del paseo de San Martín, que ocupó el sitio del antiguo convento del mismo nombre, derribado entre 1840 y 1843. Comprendía el actual bulevar desde San Nicolás a San Hipólito, incluyendo la parcela que hoy es el Gran Teatro. Más o menos desde la actual puerta principal del teatro parece que está tomada esta vista, donde las casas pertenecen a la actual calle José Zorrilla (antigua de la Paciencia). La valla de madera coincide con la línea de fachada actual del Gran Teatro en la misma calle.

La importancia del grabado está en la brevedad de la existencia del paseo, que en menos de veinte años fue desmantelado para dejar paso al proyecto de nueva calle que iba a llegar, derribando algunas casas y parte de la muralla, hasta la ronda de los Tejares.

Por cierto, en este caso la fuente no tengo la menor idea de cuál ha sido, ya van tantos correos con fotos antiguas de Córdoba que me pierdo completamente.

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Edito: efectivamente, como decía Guadalupe en los comentarios, el grabado de la izquierda (del cual el de la derecha es una copia) pertenece a la obra "Recuerdos y bellezas de España", en su tomo correspondiente a Córdoba, y fue dibujado por Francisco Javier Parcerisa. En el grabado se aprecia la presencia de inscripciones en dos lados de la torre ("paciencia" y "obediencia", en uno de los casos casi perdida ya entonces) y también el yamur con cruz coronando el campanario.

sábado, 23 de julio de 2011

Córdoba y Duncan Shaw

Hace pocos años, el callejero trajo al presente uno de esos nombres que estaban prácticamente olvidados. A la glorieta del polígono de Chinales, cerca del barrio del Naranjo y junto a las instalaciones de Baldomero Moreno, se le puso el nombre del escocés Duncan Shaw, uno de los personajes más curiosos de la Córdoba del XIX.

Es directamente imposible contar en una entrada todo lo que representó Duncan Shaw para la ciudad. Fue uno de los pioneros en el establecimiento de industrias modernas, un impulsor de nuevas tecnologías (incluyendo su destacado papel en la construcción del ferrocarril) y, además, el creador de una de las grandes polémicas sociales de la historia contemporánea de la ciudad, en su condición de creyente protestante.

Con motivo del establecimiento de las nuevas libertades que llegaron con la revolución de 1868 (entre otras, la libertad de cargarte el trocito de muralla medieval que lindaba con tu casa), Shaw entendió que era el momento de reclamar también el reconocimiento efectivo de la libertad de culto. El escocés había sido miembro fundador del Círculo de la Amistad y disponía de varios negocios, destacando una fábrica de plomo junto al arroyo de las Piedras. Esta posición social y económica le dio seguridad para escribir una carta en el "Diario de Córdoba" el 5 de enero de 1869, pidiendo el respeto al culto protestante en Córdoba, la separación de la Iglesia católica y los poderes públicos y que los políticos se pronunciaran sobre estas cuestiones antes de las elecciones.

La monumental bronca que se armó en la ciudad permaneció en las portadas del Córdoba durante varios meses, y a lo largo de enero Rafael Conde y Luque publicó una serie de artículos contradiciendo las opiniones de Duncan Shaw. Se fundaron periódicos en defensa del catolicismo y los círculos sociales más privilegiados de la ciudad cerraron sus puertas al escocés.

En 1871, además, con motivo de la muerte de un niño, primer miembro de una comunidad protestante que fallecía en Córdoba, Shaw decidió acoger en un anexo de su fábrica de plomo "Pozo ancho" el embrión del primer cementerio protestante de la ciudad. Dicho recinto permaneció en uso en el mismo el lugar hasta su derribo en 1959 y su traslado al cementerio de San Rafael. Por tanto, en la ortofoto del vuelo americano de 1957 debería aparecer, como se muestra en la imagen de la derecha. El punto naranja indica la situación de la fábrica, y me da la sensación de que el recuadro marcado por el punto amarillo podría ser el cementerio protestante (aquí se pueden ver algunas fotos del lugar en el siglo XX)

Se puede leer sobre su actividad comercial y otros aspectos de su vida en este artículo de José Cruz Gutiérrez, que incluye una curiosa imagen del personaje con el traje típico escocés. También es interesante este enlace.

No he conseguido dar con el documento que originó la polémica, pero en el periódico del 8 de enero de 1869 de puede ver parte del intercambio de comunicados en la penúltima página.

domingo, 3 de julio de 2011

El yamur de Alcolea, en el Museo Arqueológico

Hace unos meses, Saqunda me pasó una información sobre una pieza del Arqueológico que había permanecido olvidada durante casi todo el siglo XX, y que ahora se puede contemplar en el edificio de la ampliación. Se trata de un yamur, el remate típico de las mezquitas que consiste en varias bolas ("manzanas") engarzadas en un eje, reconvertido en veleta y coronado por una cruz.

Las bolas de este yamur tienen, empezando por la inferior, 23, 19, 16 y 14 centímetros de diámetro, separándose por piezas cilíndricas huecas de 7,5 cm de altura y 6 de diámetro. En total, el conjunto del yamur mide 108 centímetros.

Aunque la etiqueta del museo mantiene el origen como "desconocido", se sabe que esta pieza fue encontrada por Félix Hernández (importante cordobés de adopción) en el cortijo del Chanciller, muy cercano a la cárcel, en los alrededores de Alcolea. Probablemente, después de la conquista castellana de Córdoba, sirvió de remate para la capilla del cortijo hasta su recuperación para el museo.

No han faltado algunos expertos que han querido estudiar la pieza durante el perido en que no estuvo expuesta, y se encontraron con bastantes dificultades no ya para su análisis, sino para la propia localización dentro de los fondos del Arqueológico. A día de hoy, se puede ver en la exposición de la planta baja, en las vitrinas situadas más al fondo.

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Por recordar los tiempos del Chorrijuego, la propia Saqunda envió una foto/acertijo de un yamur (foto número 9), que correspondía a la torre de la iglesia de San Nicolás. En la vida me había fijado en que estuviera allí, y resulta de lo más chocante.

lunes, 20 de junio de 2011

El asombro de Ambrosio de Morales


- Empiezo a pensar que no lo lograré jamás.
Morales se calló, porque en realidad pensaba poco más o menos igual. Pero claro, a él no podía decírselo, porque en su estado de desesperación, corría el riesgo de que el pobre hombre saltara del peñasco y se tirara al Tajo allí mismo. Optó por lo más sensato.
- Los asuntos del Rey suelen ir despacio, lo sabes mejor que nadie.
El ingeniero dio por buena la respuesta. El cordobés, por su parte, encontró otro argumento con el que consolarle.
- Fíjate en los molinos del Guadalquivir, por ejemplo. Cuando reformaron el molino de Martos, que pertenece a las Órdenes y por tanto al Rey, el agua subió tanto que arruinó los batanes de San Julián. Bueno, pues han tardado diez años, pero al final la Corona ha comprado los molinos perdidos a los propietarios.
Turriano levantó levemente la cabeza.
- Definitivamente, Felipe II tiene un problema con las norias de río.
- Le viene de familia. Sabrás que fue la reina Isabel la que mandó desmontar la noria del alcázar de Córdoba.
- ¿También?
- Eso dicen, que no le dejaba dormir.

Juanelo Turriano, uno de los ingenieros más importantes de la Europa del XVI (quizás sólo por detrás de Leonardo da Vinci), tampoco podía conciliar el sueño. Sus pleitos con la ciudad de Toledo y con el Rey pesaban demasiado en su cabeza, casi tanto como las deudas que le empezaban a acosar.

Ambrosio de Morales regresaba a la ciudad imperial por primera vez en varios años, con motivo de haber sido destinado al remoto pueblo toledano de Puente del Arzobispo. Por supuesto, nada más llegar había contactado con su amigo Juanelo, y éste había accedido a caminar por la orilla del Tajo junto al puente de Alcántara para contemplar juntos su gran obra: el Artificio. La primera vez que el cronista cordobés de la corte de Felipe II vio el Artificio de Juanelo, no podía dar crédito a lo que tenía ante sí. Movido por varias norias, un endiablado laberinto de torretas, brazos de madera, cacillos y tubos metálicos oscilaba rítmicamente mientras subía miles de litros de agua diarios desde el río Tajo hasta el alcázar de Toledo, en lo más alto de la ciudad.
 - Cien varas, dices.
 - Cien varas desde el río hasta el último cazo.
 - Es el doble que la altura del campanario de la iglesia mayor de Córdoba...

Como por arte de magia, el Artificio jugaba con la gravedad y hacía que el agua pasara de un recipiente a otro, ganando metros de altura por la empinada pendiente. Tal fue su fascinación que cuando escribió sus Antigüedades de las ciudades de España, Morales se olvidó un rato de la arqueología (fue en esta obra donde identificó Medina Azahara con la Corduba de Claudio Marcelo) para dedicar páginas enteras a la descripción del Artificio, que luego sería mencionado por varios de los más grandes autores del Siglo de Oro, incluyendo a Góngora.

Tras el paseo, la noche en casa de Juanelo se había ido espesando y los fantasmas habían vuelto al ánimo del genio cremonés.
- No es justo lo que te están haciendo, desde luego. La ciudad no te paga porque el agua se queda en el alcázar. El Rey no te paga porque no firmó ningún contrato. Y de la segunda máquina nadie se hace cargo porque...
- Porque Su Majestad se reservó el derecho de usar el agua si lo precisaba. Necesito que vayas a Madrid, Ambrosio. A ti te respeta.
No dio tiempo a cerrar el compromiso, porque llamaron a la puerta. Un hombre con barba, de mediana edad, entró en la estancia y dejó en suelo un pesado fardo. Charló con Juanelo en italiano, su idioma natal, y saludó en castellano a Morales, que le miraba con admiración. Al fin, fueron presentados.
- Ambrosio, este es Domingo.
El tal "Domingo" le tendió la mano sonriendo, y el cordobés sólo acertó a mostrar su respeto al maehtro Seotocópulo. Seseo incluido.

El visitante levantó la lona y dejó ver un par de lienzos en sus marcos povisionales de madera. No era una limosna, era un regalo, pero posiblemente permitieran a Turriano saldar algunas de sus cuentas, y sostener el pleito unos meses más. Era también la forma de agradecerle su hospitalidad al llegar a Toledo unos meses atrás.

El vino de Montilla fue agotándose en la mesa de Juanelo, y las figuras alargadas de los cuadros ahora además parecían desdoblarse. Las preocupaciones se diluían y el Greco hacía reír a Juanelo con chascarrillos venecianos que Morales no entendía. Cuando hablaron de una mujer toledana que el pintor acababa de conocer y de algunas que Turriano había conocido, el cordobés tuvo que contar lo del baúl, y acabó por erradicar cualquier sombra de la cara del anfitrión.

En una esquina del salón, rodeado de herramientas, papeles y serrín, les contemplaba un autómata de madera a medio hacer.

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Sí, es más Toledo que Córdoba. Pero había que darle un papel digno a Ambrosio de Morales después de las otras entradas...