En la Córdoba desbordante del siglo X, que se desparramaba por los bordes de lo imaginable sobre un plano, hubo dos focos de poder: uno era fruto del paso de los siglos y la tradición, el otro producto de la supremacía absoluta del Califato cordobés. El primero de ellos era el Alcázar andalusí, el palacio de los emires, en la esquina suroccidental de la Medina, entre la mezquita Aljama y la muralla. El segundo era el Alcázar de la ciudad de al-Zahra’, Medina Azahara, durante siglos olvidada, caricaturizada por historias de califas enamorados y campos de almendros en flor que se debaten entre la leyenda y la realidad.
Entre ambos centros neurálgicos discurría un camino, construido probablemente ex profeso, pavimentado en su totalidad, que en poco tiempo se convirtió en la vía protocolaria de acceso a la nueva ciudad palatina de la falda de la sierra. Hoy lo conocemos como el Camino de las Almunias porque atravesaba, dando un gran rodeo hacia el sur, las grandes fincas de las afueras, pasando por una de las más importantes, al-Na’ura, que se situaba al poco de pasar la curva hacia el noroeste.
El Camino de las Almunias era recorrido por las embajadas que llegaban a visitar al Califa, ya procedieran del reino germano de Otón I, del Imperio Bizantino de Constantino VIII o de los reinos cristianos del norte, en cuyo caso, por regla general, su moral se veía tan aplastada por la opulencia del trayecto que estaban dispuestos a firmar cualquier tratado una vez llegados al Salón del Trono en Medina Azahara.
Los puentes construidos cruzaban cuatro arroyos desde la salida de Qurtuba, incluyendo el arroyo del Moro y Cantarranas. Tras pasar al-Na’ura, el trazado rectilíneo del camino y la orografía de la zona permitían al comerciante, al mensajero, al asombrado viajero contemplar, en la lejanía, entre crecientes arrabales, la ciudad escalonada a la que se accedía por la puerta sur, la de la Estatua o las Cúpulas que hoy buscan con afán los arqueólogos. Caminaba por calles rectas, amplias, en dirección al Alcázar, en la zona alta, donde se abría la Bab al-Sudda, la puerta que recibió el mismo nombre que aquella de la que salía el camino en el Alcázar emiral, y descansaba finalmente, si era tan afortunado de que se le permitiera, en los jardines de palacio, volviendo la vista atrás y contemplando el mar de casas que se extendía ante sus ojos.
Cuentan las crónicas que en el momento de máximo esplendor de Córdoba y Medina Azahara, los arrabales de ambas ciudades llegaron a tocarse, formando una sola urbe. Es la ciudad que fue, y no volvió a ser. El sueño de cualquier investigador, escondido bajo las parcelaciones de la carretera del aeropuerto.