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jueves, 21 de octubre de 2010

San Diego de Alcalá

A Sebastián Vizcaíno le daba un poco lo mismo todo. Como dice Carlos Canales, era un "hombre de acción", y explorar la costa oeste americana iba a ser, hasta ese momento, su misión estelar. Vizcaíno debía tener un ego de considerables dimensiones, porque se dedicó a renombrar los lugares que ya había descubierto en 1542 Rodríguez Cabrillo, y así ocurrió con el puerto (en el sentido de bahía o puerto natural, porque aún no se había construido nada) de San Miguel.

Vizcaíno llegó allí en noviembre de 1602, se lo pensó como
dos segundos, y al final proclamó que desde entonces ese puerto se conocería como San Diego de Alcalá. Pudo ser por dos motivos: el primero, porque era el nombre del principal barco de su expedición. Y el otro, porque llegó allí en el mes de noviembre, cabe suponer que muy cerca de la festividad de San Diego, si no el mismo día. Y así, la que hoy es la octava ciudad más poblada de Estados Unidos (según algunas fuentes, aunque el concepto de "ciudad" es muy flexible), tomó, al ser fundada como presidio y misión españoles en 1769, el nombre de aquel fraile franciscano que varios siglos antes, bajo el atorrante sol del valle del Guadalquivir, se paseaba entre los jaramagos secos de la Albaida.

Fray Diego de San Nicolás llegó a Córdoba de joven, en el primer cuarto del siglo XV. Mientras se fundaba el presidio de San Diego, en California, Sánchez Feria escribía su "Yermo de Córdoba" y su "Palestra Sagrada", y por lo que nos cuenta, el fraile en cuestión, por entonces todavía un simple ermitaño nacido en San Nicolás del Puerto (Sevilla), podría hallarse ya en la Albaida cuando se fundó el convento franciscano de San Francisco de la Arruzafa, en 1417, del que aún se conservan restos en las cercanías del parador. Hay fuentes que nos hablan de una "cueva de San Diego", que en un documento de principios del XVIII he visto nombrada como "del Osario" (otro día hablamos de eso, si es que Paco Muñoz no lo ha contado ya en las Notas Cordobesas, que creo que sí), y que podría perfectamente ser la que aún hoy se conserva frente a los restos de la fachada del convento.

El paso de fray Diego por el convento de la Arruzafa, y por Córdoba en general, debió ser tan señalado que, aunque nosotros, los modernos cordofrikis, empleemos el nombre de San Francisco, Ramírez de Arellano nos dice en sus "Paseos" que el cenobio era conocido "generalmente" como "San Diego de Alcalá". La reliquia que se envió a Córdoba tras su muerte se depositó, tras la desamortización que puso fin a la existencia del convento de la Arruzafa, en el de Santa Isabel de los Ángeles, cerca de Santa Marina.

Que por cierto, y dicho sea de paso, es un nombre que no había escuchado, escrito ni pronunciado en el último mes y medio, y que me ha puesto un huevo de nostálgico. Un saludo a todos.

jueves, 31 de julio de 2008

El dibujante de mapas


Hombro con hombro, figuras altivas, en sus treinta el más joven, peinando canas el otro. Los rostros curtidos por el sol, la batalla y la aventura; los brazos gesticulan intensamente mientras se describen el uno al otro las situaciones vividas. Calle abajo por las Tiendas, desde la parroquia de Santo Domingo, los vecinos se les quedan mirando, porque las ropas y los andares denotan la alta clase de la que proceden. "Son forasteros", comenta alguien. Rápidamente un paisano le corrije:

- No, ese no. Ese es don Gonzalo.

Y el grupo de mirones cambia su expresión de recelo por otra de profundo respeto hacia el joven Gonzalo Fernández de Córdoba, a quien ya se llama Gran Capitán, el ganador de Íllora para la Cristiandad. Habrá venido a la ciudad de visita.

Caminan bajo el Arquillo junto a la iglesia y giran a la derecha hacia la puerta de Hierro. Por la cuesta va su acompañante charlando animadamente mientras mueve su mano en el aire, simulando el oleaje del mar embravecido. Don Gonzalo niega con la cabeza y dice que ya podéis vos decir misa, que yo no me creo una palabra. El otro le golpea en el hombro con camaradería y ambos ríen, Escribanías alante. Menudo rodeo hemos dado, parésceme. En efecto, no sería mala empresa abrir otra calle más centrada, si no fuera por la gran pendiente que formaría. Y hablando, entran en la pequeña tienda abarrotada de pinturas, tinta y papeles raídos.

El Gran Capitán estrecha la mano del comerciante y presenta a su compañero, quien expone sin dilación lo que necesita. Un mapa de las Jónicas, para uso personal. Nada recargado, sin adornos, algo sobrio para manejo cotidiano. Extrañado, el hombre pasa al interior y ambos se acodan en la mesa, bicheando la tienda.

De vuelta con un boceto del mapa, el tendero le dice el autor y el año, y le comunica que en un par de semanas podría tenerlo listo. Semblante serio, se habla de maravedíes y de plazos, y queda la fecha recortada en dos días. Un hombre se levanta de un pequeño taburete desde el que contemplaba un viejo mapa del norte de África con grandes manchas, y sale sin mirarles. Don Gonzalo se tienta el cinto, por si acaso.

Apretón de manos, no esperaba menos de vuestra merced. Un honor tenerle por aquí, Capitán General. También un honor volver a verle, don Gonzalo. Salen girando a mano izquierda, hacia la calle de la Feria. De pronto, a pocos metros, les sorprende un paisano que asoma de una casa muy baja y casi derruida con una gran losa de mármol en sus brazos. Le siguen, a la carrera, otros dos, con la misma carga, que sonríen a los militares con la boca desdentada y la cara tiznada. En la pared, apoyado junto a una ventana hundida, hay un hombre. El que estaba en la tienda. Ropa oscura, rostro afilado.

- Os jugáis los barcos usando esas cartas - le dice al forastero.

- Os jugáis vos la vida hablando así tan cerca de la escribanía - contesta él. Pero ve que ha dejado un flanco expuesto y trata de corregirlo - ¿Y quién os ha hablado de que yo pueda tener varios barcos?

El desconocido le ha ganado la primera mano.

- Sé que barcos tiene vuestra merced, y que barcos manda. Y sé, también, que los perderá en Cefalonia o donde quiera que se meta si usa ese mapa que le ofrecen.

- ¿Y cómo sabéis vos que el mapa está equivocado?

- Porque hace diez años que tuve que corregirlo con mis manos. Salvé una carraca a menos de veinte pies de unas rocas que no estaban señaladas.

- ¿Sugerís, quizás, que debo navegar sin mapas?

- Sugiero que vengáis a mi taller dentro de diez días y recojáis mi mapa por el primer precio que os ofreció ese iletrado.

De modo que aquel sujeto dibujaba mapas, había navegado por todo el Mediterráneo y no regateaba. Parecía extranjero, estiraba las palabras y se atascaba en ocasiones. Pero estaba muy seguro de sí mismo.

- ¿Cuál es vuestro nombre, si no es molestia?

- Mi nombre me lo labraré si quiere Dios y sus Católicas Majestades.

Entonces fue don Gonzalo quien sintió curiosidad.

- ¿Hace su merced negocios con sus Majestades?

Una sonrisa triste invadió su rostro.

- A eso vine a Castilla. Pero volveréme pronto si el asunto no mejora. Quizás Enrique el inglés sea más razonable.

Caminaron juntos los tres hacia el río. Para negocios están los Reinos. Primero, la guerra. Cuando haya caído Granada, habrá tiempo y dinero para otra empresa. Ya lo entiendo, señores, pero lo que yo prometo es gloria, y no se me entiende. Gloria e inmensas riquezas, y tierras si se tercia. ¿Dónde están esas tierras, y cómo llegar a ellas?

- Esas tierras están a Poniente. Y yo mismo llegaré con un puñado de barcos, si aceptan Sus Majestades dotarme de ellos.

En ese momento, Galcerán de Requesens reconoce el rostro del extraño. Se le quedan los ojos como platos al contemplar al lunático al que vio un día, de lejos, en una Audiencia Real en la que se preparaban los planes para el bloqueo naval de Málaga por la flota de Aragón, que él comandaba y sigue comandando. Don Gonzalo también repara en ello. Él estuvo presente en esa misma reunión. Es el hombre que pretende que le nombren Almirante de una flota, y partir hacia el fin del mundo, adonde nadie ha ido, a buscar la ruta de las Indias por Occidente.

Llegan al río, y don Gonzalo le cuenta al extranjero la historia de la Cruz del Rastro. Galcerán, que también la conocía de oídas, se estremece con ella y niega suavemente con la cabeza.

Gonzalo Fernández de Córdoba, Galcerán de Requesens y Cristóbal Colón dejan pasar un rato en silencio, de pie, sobre el barro, mirando a un río que viene crecido y se va comiendo la tierra de la orilla. Otean el horizonte, contemplando el grandioso puente y la inexpugnable torre que lo protege. Colón se rasca la nuca y se siente observado. Al girarse, ve cómo, tras una cortina, les contempla la Historia. Se escapan del cielo encapotado unas gotitas, envejece el año de Nuestro Señor de 1487.

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La iglesia junto al Arquillo es la del Salvador.
Puedes leer la historia de la Cruz del Rastro aquí: I y II.

Algo más sobre el Gran Capitán y Galcerán de Requesens.

Esta escena, probablemente, nunca tuvo lugar. Pero las frecuentes visitas a la Corte, establecida gran parte del tiempo en Córdoba, de estos tres personajes entre 1486 y 1492 hacen más que posible que se conocieran entre sí, y quién sabe, que hubiera una conversación parecida a ésta.

domingo, 27 de abril de 2008

Las conquistas italianas del Gran Capitán (I)

En los últimos días de abril de 1495, los puertos de Cartagena y Alicante rebosan de actividad. Afluyen a ellos decenas de navíos, muchos de ellos abarrotados de soldados de infantería, que llegan a la concentración de tropas ordenada por el rey Fernando el Católico.

Más de cinco mil hombres se agolpan ya en los campamentos de las afueras, y entre ellos, explorando sus sensaciones y su nivel de moral, cabalga Gonzalo Fernández de Córdoba, uno de los artífices de la toma de Granada. A sus cuarenta y dos años, inteligente, curtido en la guerra civil de Castilla y en las últimas etapas de la Reconquista, Fernández de Córdoba puede notar en el ambiente el respeto hacia su figura.

Su misión era clara: debía expulsar a los ejércitos franceses del reino de Nápoles, y asegurar el dominio aragonés al sur de los territorios del Papa. El rey francés Carlos VIII había enviado allí duque de Montpensier, quien había ocupado las principales ciudades napolitanas.

Sesenta navíos y diez leños (a vela y remo) transportarían a seis mil infantes y casi un millar de jinetes hasta Sicilia, territorio aragonés, y después hasta Calabria, en el extremo sur de la península Itálica, donde se hicieron fuertes. Gonzalo Fernández de Córdoba se trabajó la lealtad de sus hombres dirigiéndoles con mano maestra y forzando sus posibilidades con largas marchas hacia sus objetivos.

El magistral manejo de la flota por el conde de Trivento, Galcerán de Requesens, permitió a los españoles bloquear y amenazar los puertos ocupados por Francia, causando revueltas de la población en la misma capital, Nápoles.

Por tierra, el Gran Capitán avanzó hasta recluir a los franceses en Gaeta, al norte de Nápoles, y en Tarento, cerca de la costa adriática. En estos últimos actos de la campaña, al bloqueo naval y a la colaboración de los aliados venecianos se unión el efecto de la peste declarada entre las filas de Montpensier, quien murió en Gaeta, marcando el final de la resistencia francesa.

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Con cariño para Antonio

jueves, 24 de mayo de 2007

Paciencia y obediencia

La torre de la iglesia de San Nicolás de la Villa se levanta hoy tímida entre los modernos edificios del centro. Sin embargo, cuando fue construida a finales del siglo XV, para acompañar a una de las iglesias que fundó Fernando III el Santo tras la conquista, las casas de los alrededores rara vez poseían segunda planta.

Así, se cuenta que en aquel año de 1496, al comenzar las obras del campanario, los nobles que habitaban una vivienda contigua, Señores de Chillón, Lucena y Espejo, se percataron de que desde la altura prevista para la torre perderían su intimidad. Comenzaron, por tanto, un pleito para conseguir que se rebajara el ambicioso proyecto, con escaso éxito, ya que el fallo favoreció a la parroquia.

Este fue el motivo de que, a media altura de la torre, fueran esculpidos dos bustos de piedra con sendos motes que aún hoy es posible leer, y que rezan Paciencia y Obediencia, como un mensaje a los irreverentes nobles. De hecho, por la estrecha callejuela junto a la salida del Gran Teatro, se puede ver la torre desde el lado de la inscripción de la Paciencia, de la que tomó el nombre la calle.