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jueves, 8 de agosto de 2019

El jardín botánico del Instituto de Segunda Enseñanza o por qué no hay una secuoya gigante en las Tendillas

Algunos colonos anglosajones de California, desde unos años antes de 1850, venían contando historias de árboles gigantescos ocultos en las sierras que separaban este territorio y el futuro estado de Nevada. Sin embargo, no fue hasta 1852 cuando el descubrimiento de las secuoyas gigantes (para el hombre blanco) se hizo oficial y creíble, y muchos árboles fueron talados y repartidos por el mundo para asombro del público. La secuoya es el árbol más grande del mundo por volumen, y el segundo por altura (por un estrecho margen).

Ya al año siguiente, en 1853, llegaron a Europa una gran cantidad de semillas de secuoya, que fueron distribuidas por varios países y plantadas en España con fines tanto científicos como ornamentales. Once años después, en 1864, alguno de estos pequeños arbolitos nacidos en Europa llegó a Córdoba y fue cuidadosamente plantado en las cercanías de lo que hoy es la plaza de las Tendillas, junto a muchas otras especies exóticas, en el primer jardín botánico propiamente dicho que tuvo nuestra ciudad. (Con permiso de los jardines de la Agricultura, para experimentación agraria, de principios del siglo XIX.)

Adaptado de Moreno A y Devesa JA, 2011

Ángel Montero y Juan Antonio Devesa publicaron en 2011 un completo estudio sobre el jardín botánico del Instituto Provincial o de Segunda Enseñanza de Córdoba, en el solar tradicional del Colegio de Nuestra Señora de la Asunción, que hoy es el IES Góngora. El Instituto se funda en 1847 como parte de un plan nacional, y el jardín botánico se crea en su patio sur en el curso 1858-1859, quizás trasladando desde el patio norte algunas plantas ya existentes. El plano puede ser complicado de leer, porque la ciudad ha cambiado mucho desde entonces. La fachada principal (noroeste), abajo en el dibujo, es la fachada del Góngora que da a las Tendillas actualmente. Toda la plaza estaba por entonces ocupada por casas. La calle Claudio Marcelo no existía, pero su tramo más cercano a las Tendillas coincide con el jardín botánico. A la derecha se puede ver la calle del Paraíso (Duque de Hornachuelos) que va hacia la Compañía.

Moreno A y Devesa JA, 2011
Gracias a las memorias del Instituto, sabemos la disposición de los grupos de plantas en el jardín. Quizás esta configuración fuera variando con los años porque, según esos documentos, cada año se recibían decenas de especies nuevas, procedentes de donaciones particulares o de otros jardines botánicos como el de Madrid. Al jardín llegaron diversas coníferas exóticas como la propia secuoya gigante, la secuoya costera, también de California, el cefalotaxo drupáceo de Japón, el ciprés de la Cordillera argentino, el cedro del Himalaya y diversas especies de abetos, incluyendo el pinsapo. También plantas medicinales que, originalmente, deberían haber sido cultivadas como servicio público, algo que resultó imposible por limitaciones de espacio.

¿Por qué no tenemos, a día de hoy, una monstruosa secuoya de cincuenta metros y cientos de toneladas en el centro de Córdoba? Pues porque el jardín botánico, por desgracia, nació condenado por su ubicación. Pocos años después de su creación, en el último cuarto del siglo XIX, comenzó a abrirse la "calle nueva", Claudio Marcelo, por el lado del ayuntamiento. Las obras se acercaron lentamente al Instituto, hasta que a principios del siglo XX se expropió el último solar que faltaba para completar la calle hasta el Hotel Suizo. En 1909, pese a la resistencia del Instituto a sacrificar su jardín, las obras se llevaron a cabo. Algunos árboles fueron trasladados a otro patio, donde no sobrevivirían. El derribo del hotel en 1923, la imagen que se ve en la última foto, fue el último paso para dejar el trazado urbano en su estado actual y a Córdoba sin un jardín botánico hasta varias décadas después.

Los últimos restos del Hotel Suizo en el solar de las Tendillas. Al fondo, la calle Claudio Marcelo. Tomada/editada de Lolo Córdoba/foro Historia de Córdoba en Imágenes

domingo, 15 de enero de 2012

El Rodadero de los Lobos sobre la Albaida, y la piedra de mina de Córdoba

Creo que la imagen se nos hace a los cordobeses tan familiar que nunca nos paramos a pensar por qué esta ahí: esa mancha sin vegetación, ese pedregal que vemos en la sierra, por encima de la Albaida, y que es distinguible desde casi cualquier punto de la ciudad. Por ejemplo, desde la explanada de la estación, un poco a la izquierda de los muros blancos que refuerzan la zona del cortijo de Piquín.

Ese canchal no es natural, sino que fue creado por la mano del hombre, y son los restos de décadas, siglos de excavaciones en la cantera del Rodadero de los Lobos. Todos los trozos de piedra que no se consideraban valiosos, todos los estratos que se iban pasando en busca de las vetas deseadas, iban cayendo ladera abajo hasta tomar el aspecto que vemos hoy día. El nombre es un recuerdo de las épocas de las batidas contra los lobos, una batalla que hace mucho tiempo que perdió el animal, y se aplica también al arroyo que recoge las aguas de la zona y la dirige hacia los llanos de la Albaida, cerca del antiguo matadero de Iccosa.

El Rodadero nevado, enero de 2010
La cantera del Rodadero de los Lobos viene clasificada en algunos sitios como de origen romano. Supongo que bastaría una visita con Saqunda y Alimoche para aprender lo que no está escrito sobre ese sitio, y lo mismo un día lo intento de alguna forma distinta a la de Manolo Trujillo, al que he leído un relato sobre lo complicado que es llegar allí campo a través. Tarea para primavera.

Pero, lo más importante, ¿qué es lo que se buscaba en ese lugar? Pues una de las piedras de las que está hecha Córdoba. Al menos, la Córdoba antigua, medieval y moderna: la piedra de la que se fabricaron los miliarios romanos, las columnas de época califal y los umbrales de las puertas de las casas del Casco Histórico. Esa piedra gris, violácea o azulada, con vetas blancas, que llevamos toda la vida viendo. La piedra que contiene el agua de la fuente de la Piedra Escrita, la que sostiene la cruz junto a la iglesia de San Juan (Las Esclavas) y la que soportó el paso de los carros en la puerta del Colodro, por poner sólo algunos ejemplos.

Una de tantas casas de Córdoba (C/ Valladares)
Se la llama piedra de mina, y es un tipo de caliza ("caliza micrítica", dicen los entendidos, "mármol cárdeno", he leído en algunas fuentes antiguas) que aflora en cuanto subimos a la sierra de Córdoba, a la zona de los lagares y los miradores. Por debajo quedan los niveles donde encontramos la piedra franca, la calcarenita amarillenta de la mezquita, asomando en las cercanías del Patriarca o en el barrio del Naranjo, por ejemplo. Estos últimos son estratos sedimentarios terciarios, más modernos que las calizas grises, formadas en el período Cámbrico, hace unos quinientos millones de años.



Basta con acercarse al mirador de las Niñas (de allí es la foto superior), entre el cruce de Trassierra y las ermitas, para encontrarse algún enorme peñasco de esta caliza micrítica gris. Por supuesto, no sólo en el Rodadero de los Lobos se extraía la piedra: por toda la sierra cercana a Córdoba proliferaban las minas, con distintas calidades y matices. Toneladas y toneladas de este material están desperdigadas por el Casco Histórico, desde las aceras al museo arqueológico, basta un paseo para verlo por cualquier rincón. Nuestra ciudad es, en cierto modo, un trocito de sierra cortado y esculpido.

Columnas de la amplicación de Almanzor en la Mezquita

domingo, 6 de junio de 2010

El algarrobo del Patriarca: ¿cómo de centenario? (y II)

Capítulo Dos: la leyenda del algarrobo del Moro

(Capítulo Uno: el árbol)


Hace unos años,
cuando ya conocía el algarrobo del que hablamos en la entrada anterior, leí en la "Palestra Sagrada" de Sánchez Feria una vieja historia sobre una imagen religiosa encontrada en las cercanías del cerro de las ermitas. Hacía referencia a un árbol de esta especie y desde entonces no puedo dejar de preguntarme si estamos hablando del mismo lugar. Os hago copia-pega de la historia según este autor:

Los "Paseos por Córdoba" más o menos vienen a corroborar el relato, aunque se sustituye el terremoto por una tormenta y varía la fecha un par de días.

Refiere la historia que un niño de siete años llamado
Bartolomé de Pedroza fue el día de 7 de octubre de 1680 a buscar un haz de leña. Ya muy lejos de la población se armó una gran tormenta de agua y grandes exhalaciones que acobardaron al niño, pensando si volverse o no a su casa, cuando vio entre las matas una horrible culebra en dirección suya. Entonces corrió a esconderse entre unas peñas, donde encontró esta imagen, que trajo a Córdoba, entregándola al rector de su parroquia, Santa Marina, don Fernando Dávila, quien, para darla título, puso varias papeletas y sacó una, tocándole el de Villaviciosa. Donola al convento del Cister, recién establecido, y cuya comunidad la ha conservado con extremado culto.











La expresión "al pie del cerro" es un poco ambigua, pero puede aplicarse al lugar del algarrobo que conocemos, porque desde allí todo es subida (y dura) hacia las ermitas, y nos metemos en la falda de la montaña. La foto en la que se ven el árbol y el cerro puede resultar engañosa a este respecto. Y curiosam
ente, a unos metros del árbol se encuentran unas antiguas canteras, similares a las conservadas junto al Castillo de la Albaida que, si dejamos volar la imaginación, podrían identificarse con los peñascos de la leyenda.

Cada uno es libre a la hora de interpretar el tema como quiera. La
identificación del árbol con el "algarrobo del Moro" es algo que nunca será posible probar, pero que tampoco me parece descabellado. Implicaría que en 1792, hace 200 años, al imprimirse la "Palestra" (y no en 1680, según entiendo al leer el relato), el algarrobo era ya tan grande y conocido que tenía nombre propio y sirvió al autor para orientar a los lectores sobre el lugar del suceso. Aquí quedan la leyenda, la literatura y la imagen encontrada en aquel lugar a finales del siglo XVII, y conservada en el Císter, en el primer altar del lado de la epístola (fuente). Allí, esperemos que por muchos años, queda el monumental algarrobo del Patriarca.

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Para el que se encuentre algo confuso con el tema, aclarar que esta imagen es sólo una de varias con el mismo título que se han venerado históricamente en Córdoba.

viernes, 4 de junio de 2010

El algarrobo del Patriarca: ¿cómo de centenario? (I)

Capítulo Uno: el árbol

(Capítulo Dos: la leyenda del algarrobo del Moro)

¿Cuántos atardeceres ha visto uno de los seres vivos más viejos de Córdoba y sus alrededores? Resulta imposible aproximarse a una respuesta, con los métodos que conocemos, antes de que acabe por morir de forma natural o, más probablemente en este mundo que nos ha tocado vivir, de ser tristemente talado.















En la zona del Patriarca, más cerca ya de las primeras casas de Santa Ana de la Albaida, hunde sus raíces un algarrobo (Ceratonia siliqua) que, aunque menos conocido que el de la loma de los Escalones, cuya edad se estima entre 350 y 400 años, se le aproxima en sus dimensiones. Realmente es muy complicado dar un dato fiable hasta que no se corta el árbol y se cuentan los anillos, porque además la toma de una muestra radial se complica cuanto más dura es la madera, siendo, para colmo, más complicado contar los anillos estacionales en especies de hoja perenne.

Este algarrobo centenario viene señalado en la conocida como "ruta verde" de los
Paseos por la Sierra de Córdoba, y creo recordar que durante un tiempo tuvo un cartel explicativo sobre cómo sirvió de fuente de alimento en las épocas del hambre.











El árbol tiene tres enormes fustes que emergen de un tronco principal cuyo perímetro a ras de suelo es complicado de definir, por la sedimentación en el lado norte y la erosión del lado sur. De todos modos, se acerca a los diez metros (espero poder traer las medidas más precisas en breve). Los diámetros N-S y W-E son, respectivamente, 16,5 y 14 metros. A pesar de ello, no está en la lista de árboles singulares de la provincia, lo cual debería corregirse de inmediato, dándole protección ante cualquier futura agresión urbanística.

Y aunque el algarrobo del Patriarca, por su propia historia vital, ya merecía una entrada en este blog, hay algo más que me tiene escamado, y que quería compartir aquí desde hace tiempo. Una leyenda local, de las llamadas "tradiciones piadosas", que remite a este lugar y quién sabe si a este árbol en concreto.


Para no alargar el tema, partiré la entrada, y os la contaré en un par de días.

jueves, 11 de marzo de 2010

Una cita decimonónica de quebrantahuesos cordobeses

Bonito o no, depende de gustos (a mí, desde luego, me lo parece). Pero en cuanto a impresionante, creo que no hay ningún animal en toda la península capaz de hacerle sombra al quebrantahuesos (Gypaetus barbatus), la mayor rapaz de nuestro país en estrecha competencia con el buitre negro, llegando los dos a superar los 2,5 metros de envergadura. Es, además, la única ave capaz de alimentarse de forma casi exclusiva de huesos, que despeña previamente para ingerirlos en trozos de hasta veinte centímetros. 

Personalmente, por encima de los subvencionados bigotes del lince ibérico, me quedo como icono de la conservación de la naturaleza con el mágico juego cromático del ojo del quebranta, y me parece que en este caso ni todas las negligencias ambientales del mundo me harían aborrecerlo. Además, es posible que, si los esfuerzos de reintroducción que se llevan a cabo en Cazorla dan los frutos deseados, pasen pocos años antes de volver a disfrutar de su inconfundible silueta en nuestros cielos.

A lo que vamos.

Hace unos años, la primera vez que leí el Indicador Cordobés de Ramírez de las Casas-Deza, me llamó la atención su descripción de la flora y fauna de la sierra cordobesa. En lo referente a las especies de aves, dice que llegan al número de 242, debiendo notarse entre las rapaces los buitres leonado y pardo que anidan en los escarpados picos de las cabreras del Guadiato [frente a los baños de Popea, por ejemplo]; varias especies de alcones [sic], entre ellos el azul; las águilas imperial, real y calzada..." Y a continuación añade: "el grifo (gipastos barbatus [sic]) ave de gran fuerza y tamaño, pues la envergadura de sus alas llega a 15 pies: no es abundante pero se le ve alguna vez en la parte alta de la sierra." La medida parece exagerada, porque supera los 4 metros (1 pie castellano = 0,28 m). 

Parece normal que aún quedaran quebrantas en la provincia de Córdoba a finales del siglo XIX, y lo más probable es que sobrevivieran hasta mediados del siglo XX, aunque no tengo más datos. Lo que me llamó la atención fue el nombre que Ramírez de las Casas-Deza le dio, "grifo", como la bestia mitológica que era mitad águila y mitad león, de plumas doradas y enorme fuerza. Es la primera vez que leo una cita con esa denominación, y la verdad es que no sé hasta dónde fue una licencia o un cultismo del autor, que prefirió usar la mitología en lugar del nombre común que le daría por entonces la gente de los pueblos, que le veía despeñar los secos huesos del ganado muerto por los riscos.

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La segunda foto, la buena, es del fotógrafo Richard Bartz.

jueves, 28 de enero de 2010

Plan Renfe: guía de invernada

Desde que decidí aparcar el coche en la medida de lo posible y volver a tirar de zapatilla y tren, aparte de disfrutar de un ratito de radio o de un libro con los pies en el asiento de enfrente (niños, no lo hagáis, que está prohibido), he vuelto a encontrarme con los curiosos inquilinos del parque del Plan Renfe.

Aparte de palomas (para los de la LOGSE, las blancas), mirlos (los negros que chillan) y gorriones (los chicos), hay otros muchos pájaros que se protegen entre las manchas verdes de la ciudad. Sobre todo en invierno, cuando resulta más fácil verlos y oírlos ya que parecen preferir el efecto
isla de calor del interior de la ciudad y las suaves temperaturas de la vega del Guadalquivir frente a los fríos de la sierra. Por ejemplo, el pollo que me ha dado la idea de la entrada ha sido una curruca cabecinegra (Sylvia melanocephala) como la de la foto, que se colaba esta tarde como un ratoncillo entre los setos junto al carril bici.

Algunos son más fáciles de reconocer por el canto, como por ejemplo el
herrerillo (Parus caeruleus), arriba a la izquierda en el mosaico, o el carbonero (Parus major, con su chi-chi-pán o su ti-chá, ti-chá característico), que se luce algunas mañanas. Los petirrojos (Erithacus rubecula, último del mosaico) también son reconocibles de oído (tek-tek-tek), pero se acercan con más curiosidad a las personas. Lo mismo estás en un banco sentado y se te pone uno a dos metros mirándote como si fuera un gorrión.

Arriba a la derecha está el jilguero (
Carduelis carduelis, conocido por el blog como malabaddon) de toda la vida. El año pasado me encontraba todos los días con uno que había descubierto su percha favorita en una jacaranda del cruce del Pretorio, y se pasaba los ratos muertos allí cantando.

Los otros tres son más discretos. El más estirado, en el centro a la izquierda, es el colirrojo tizón (
Phoenicurus ochruros), cuyo macho en primavera es bastante más oscuro que en la foto. Después de cada vuelo corto, se posa y se agacha varias veces mientras calcula si supones una amenaza. La lavandera blanca (Motacilla alba) es un delicado pajarillo que corretea por los caminos del parque del Vial. Y el mosquitero común (Phylloscopus collybita, chiffchaff en inglés, por su canto, abajo a la izquierda) es un poco más escurridizo, pero fácil de ver si se pasa a diario por allí.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Propietarios faroleros: el mortal peligro de perderse en la sierra.

Cordobeses (y cordobesas) inconscientes (e inconscientas), imprudente gentuza aún empeñada en andurrear libremente por la sierra y sus caminos públicos de cuyo recorrido el Hexcelentísimo Alluntamiento no quiere acordarse. ¿No se dai cuenta del peligro que acecha al senderista incauto a la vuelta de la esquina?

La muerte se esconde en cualquier rincón en caso de despistarse y no seguir al pie de la letra las instrucciones de los propietarios y guardas de las fincas, que por nuestro bien van cerrando las veredas y caminos de libre tránsito, no vaya a ser que un día ocurra una tragedia.


Tragedia como la que le pudo ocurrir a un pariente de un guarda de una finca cercana a Valdejetas, cuando un jabalí enfurecido se le acercó amenazante, cerca de la zona por donde pretendíamos dar una vuelta, según nos contó. Ni se me pasó por la cabeza que simplemente nos estuviera metiendo miedo para no recorrer una vereda usurpada por los propietarios de la finca.


O como la que puede suceder en una finca próxima a Las Jaras, donde al parecer, según me contó un pariente del dueño, los guardas tienen la orden de soltar los perros a cualquiera que se encuentre fuera del recorrido habilitado por la Junta como vereda provisional. Es decir, que si te pierdes o caminas por la vereda auténtica, corres peligro de muerte.
Igual sí que los propietarios hacen uso del humor argentino: señora, no asuste a los niños con brujas, ogros, extraños seres imaginarios. Llegado el caso, emplee algo más real. Un lobo, una araña, una buena víbora...

O, finalmente, como el aviso a navegantes que encabeza el artículo, sito en un camino junto al Guadiatillo. No hay ninguna valla que cierre la finca, ni ningún obstáculo al paso de ganado por el camino, pero te asustan con la existencia de ganado bravo, igual que te avisan del corte del camino cuando hay cacería. Con la escopeta hemos ido a dar, amigo Sancho.

Paseen, gente. Que a poco que llueva estará el campo bonito.

sábado, 18 de abril de 2009

Buscando el arroyo del Camello: recuperación de un topónimo olvidado (y II)

(ver anterior)

Pero, ¿tenemos algún testimonio más directo de cómo era el arroyo del Camello o Casitas Blancas antes de la urbanización de gran parte de su cauce? Por fortuna, sí. Encontramos uno de ellos en el mapa realizado por el ejército alemán a una escala de 1:50000 en los primeros años cuarenta. En él se puede ver marcado en azul el recorrido del arroyo hasta verter sus aguas en el de las Piedras, ya en el Marrubial.



Por otro lado, una referencia más tardía aunque mucho más ilustrativa es la ortofoto estadounidense de finales de los 50. En ella he marcado con puntos azules el cauce, para no ocultar la imagen, y si la comparamos con la foto de Google Earth de la entrada anterior, podemos hacernos una idea de cómo ha ido evolucionando toda la zona por la que el arroyo transitaba.

Habría que hacer referencia a otro grupo de documentos que mencionan también el arrroyo del Camello, como son los relativos a una conducción medieval de agua que llegaba a la parte oriental de Córdoba hasta su inutilización (y posible recuperación parcial posterior) a mediados del siglo XIX. Este agua era conocida como del nacimiento de Miraflores, y fue concedida su explotación y aprovechamiento, con muchas condiciones, a los Padres Trinitarios, para abastecimiento de su convento y las fuentes cercanas.

El agua procedía de dos puntos diferentes. En primer lugar, un nacimiento en las proximidades, según López Amo en "Las aguas de Córdoba", del arroyo Hormiguita (recordemos que esta es la denominación que adoptó el del Camello desde el punto en que se unían los dos), a la altura del Molino Quemado, es decir, poco antes de la junta de los arroyos.

Además, este agua se unía al procedente de un segundo origen denominado "sudaderos del arroyo del Camello". ¿Dónde se encontraba esta zona, en el sector ya urbanizado o en la parte que subsiste más o menos intacta? Sánchez Feria dice que sube este Arroyo à cortar el camino real, que baxa de las Ollerìas, y caminando poco mas arriba àzia el Norte està en èl el nacimiento de dichas aguas de los Padres Trinitarios. Si "poco" quiere decir menos de un kilómetro, entonces esos manantiales están bajo el Polígono de Chinales. Pero si nos permitimos estirar ese "poco" hasta un 1,3 km, llegamos a una zona que, verdaderamente, rezuma agua.

Se encuentra frente a las nuevas urbanizaciones de Mirabueno, donde el arroyo corre más o menos paralelo a la antigua vía de Almorchón. Cuando estuve por allí una semana después de algunas lluvias intensas, todos los rodales de juncos que pueblan la ladera estaban completamente encharcados, bajando el agua hacia el fondo de la vaguada. Los manantiales más importantes, al menos dos de ellos, están marcados con piezas de hierro clavadas en troncos o en el suelo.











El arroyo corría débilmente, pero se podía seguir su rastro en dirección a su nacimiento, encontrando los restos de una fuente destruida, que menciona Francisco Carrasco en su descripción. Son visibles los tres pilares (no en la foto), pero la inscripción y la palmera parece que desaparecieron hace mucho tiempo.











Y hasta aquí lo que puedo aportar sobre el tema. No estoy seguro de que sea esta zona la de los "sudaderos", porque para ello habría que excavar y localizar el origen de las aguas de los Trinitarios, pero al menos ha quedado constancia de lo poco que se conserva de este arroyo que un día regó el Marrubial.

miércoles, 15 de abril de 2009

Buscando el arroyo del Camello: recuperación de un topónimo olvidado (I)

(ver siguiente)

Hace bastante tiempo, en los primeros pasos del blog, se trató en una entrada sobre el arroyo que atravesaba la parte oriental del casco histórico de Córdoba, hasta finales del siglo XVIII. Este arroyo, que recibía diversos nombres según el barrio por el que iba pasand
o, entraba en la ciudad por las inmediaciones de la puerta del Colodro, procedente con toda probabilidad de la zona de Santa Rosa o Valdeolleros. Y a él hace referencia Francisco Carrasco en su libro "Arroyos de Córdoba", mencionándolo brevemente:

Venía de la Asomadilla por la Cruz de Juárez, Matadero Viejo, Puerta del Colodro, Santa Marina, San Andrés, San Rafael y San Lorenzo. todavía se oyen sus aguas por el pozo que hay en uno de los patios del Palacio de Viana. El alcalde mandó construir puentecillos de madera para cruzar las calles. Este arroyo se llamaba del Camello y ha aparecido su cauce cuando se realizaron trabajos para el ferrocarril de alta velocidad en estos años.

Posteriormente me fui encontrando varias referencias a un "arroyo del Camello" que nada tenía que ver con esta descripción, de modo que las expondré aquí, a sabiendas de que es un tema resbaladizo por basarse en nombres populares que van cambiando con el tiempo.

La descripción más detallada de la situación de este arroyo desaparecido bajo el asfalto de los barrios de Levante la proporciona en 1772 el médico y escritor Bartolomé Sánchez de Feria en su "Palestra Sagrada", cuando trata de precisar de manera exacta el lugar en el que Andrés de las Roelas se encontró con los Cinco Caballeros. El relato completo está en la siguiente imagen, pero abreviadamente, viene a decir que los dos arroyos que discurrían por el campo del Marrubial, el de las Peñas, las Piedras o San Cristóbal, que bajaba de Sansueña, y el de la Hormiguita u Hormiguilla, que venía de lo que hoy es la fábrica de cementos, confluían en un punto situado unos metros al norte del actual cuartel de Lepanto.

Además, explica que dicho arroyo de la Hormiguita, marcado en azul en la superposición de planos, había sido llamado desde antiguo "del Camello", hasta principios o mediados del siglo XVIII, cuando fue tomando el nombre de un pequeño arroyuelo que se le incorporaba desde el este. Sánchez Feria rechaza esa modificación, afirmando que debería conservarse en todo su recorrido el nombre del mayor y más largo, el del Camello.

Curiosamente, Francisco Carrasco sí menciona ese arroyo de la Hormiguita como un afluente menor de otro, al que denomina arroyo de Casitas Blancas, cuyo recorrido coincide con el atribuido al del Camello en el siglo XVIII por la "Palestra". Son el mismo curso de agua, llamado de distinta manera con una diferencia de dos siglos y medio.

Siguiendo la descripción de este arroyo de Casitas Blancas, y combinándolo con el plano de Córdoba de 1884, podemos definir el recorrido que seguía desde su origen hasta su desembocadura en el arroyo de las Piedras.

lunes, 6 de abril de 2009

Guerra al invasor: manual de uso de Datura stramonium

Hoy vamos a abandonar un poco los libros para dar un paseo por el campo, que van llegando los buenos días en los que el sol calienta algo el cogote al mediodía y los alérgicos al olivo aún no desean el exilio.

Todos en esta sociedad tenemos una serie de impulsos coléricos que tarde o temprano acaban por aflorar. Una adjudicación dedocrática de un contrato público, unas obras interminables en la carretera, un yacimiento arqueológico volatilizado, una mala tarde de Asen y Yordi... cosillas que te encuentras cualquier día en esta Córdoba nuestra, y que van acumulándose hasta convertir al ciudadano en un potencial increíble Hulk.

Pues bien, cabreado convecino, este blog le ofrece una alternativa a la destrucción de mobiliario urbano: la erradicación de especies invasoras. Con ustedes, el terror del valle del Guadiato: el estramonio.

Puede que hayas visto a este pequeño hijo de Satanás adornando con sus flores, como trompetitas blancas, las riberas de nuestro río serrano. Debes saber que no es originario de aquí, sino que procede de un proceso de asilvestramiento a partir de jardines de gente que la debió considerar muy bonita y decorativa. El estramonio (Datura stramonium) ha venido siendo usado desde siempre en América como planta medicinal y, en otros casos, como vía de contacto con el más allá para los chamanes, por sus efectos psicotrópicos. No, no lo hagas, te puede mandar al otro barrio: una cierta cantidad de esta planta, por ingestión, puede resultar letal.

Esta especie está recogida en el catálogo de especies invasoras de la Junta de Andalucía, pero como ellos mismos reconocen, su erradicación es muy difícil o prácticamente imposible. Se reproduce de manera endiablada, y crece en las zonas de arena o grava junto al río. La ventaja es que, por eso, resulta muy fácil arrancar las pequeñas matas anuales.

De modo que si, en alguna ocasión, piensas dar un paseo por el valle del Guadiato, no olvides llevar un guante y bolsas de plástico, cuanto más grandes mejor. Y a la vuelta, dedica unos minutos a llevarte cuantos ejemplares puedas, si estás seguro de haberlos reconocido. Si no han formado aún la semilla, estás autorizado a arrojarlos con ira contra las piedras, mientras maldices al culpable de tu cabreo semanal. Estarás haciendo, además, un favor a nuestro ecosistema.

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Las imágenes muestran distintas partes de la planta, y lo que se debe hacer con ella.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Los faroles tienen dueño

Aprovecharé un día en que no está el ingenio para mucho esfuerzo (escribo la entrada con una sola mano y calmante en el cuerpo), y le haré un pequeño pero merecido homenaje a esa raza de acompañantes de paseos nocturnos por el centro de Córdoba.

El tiempo que lleves sin ver esta silueta recortada en los faroles del casco histórico es un buen indicador de cuánto estás desaprovechando la tranquilidad y la sencillez de las callejuelas de nuestra ciudad.

Las salamanquesas se adueñan de sus territorios de caza en cuanto lo permite la temperatura, y nos observan desde sus atalayas en los paseos de primavera y verano. Con un poco de suerte, incluso en estos días fríos se las puede llegar a ver acechar a los pocos insectos que sobreviven a las primeras madrugadas heladoras.

Con bufanda y guantes, sal a pasear: igual eres el último en ver una este año.

viernes, 17 de octubre de 2008

La tormenta de 1589



Gracias a los muchos cronistas que ha tenido la ciudad de Córdoba a lo largo de su Historia, nos encontramos con relatos minuciosos de algunos acontecimientos que perfectamente podrían haberse perdido en el olvido, por no pertenecer al tipo de sucesos que quedan escritos en la literatura "oficial".

Algo así ocurre con la terrible tormenta que asoló la ciudad el día 21 de septiembre de 1589, según cuentan los escritos de fray Juan Chirinos, en su Sumario de las persecuciones de la Iglesia. Según relata este religioso, aquél día se habían ido formando en el cielo algunos nubarrones que en ningún momento preocuparon a la gente que paseaba por la calle. Sin embargo, al caer la noche, se desató toda la fuerza de la naturaleza.

El viento y el pedrisco castigaron, a partir de las once de la noche y de una manera nunca vista, todos los edificios de la ciudad, incluso los que parecían más sólidos. Las torres de las iglesias fueron algunos de los que más sufrieron, por encontrarse más expuestas. La de la iglesia de la Compañía, recién construida por aquellos tiempos, se derrumbó sobre la cúpula del templo, y las campanas cayeron a su interior. Una de ellas, incluso, reventó uno de los enterramientos del suelo de la iglesia.

Muchas casas de la ciudad se vinieron abajo, y algunas, como una casucha de madera que había en la Alameda del Corregidor (cerca de la puerta de Sevilla), volaron literalmente con sus ocupantes en su interior. La torre del convento de los Mártires (hoy desaparecido, junto al molino de Martos) se hundió sobre algunas celdas de frailes, que salieron sanos de entre los restos de la catástrofe.

Nunca volvió a verse un desastre semejante. Y hoy en día, sin perder el respeto a las grandes tormentas ocasionales, hasta sacamos provecho artístico de los rayos, como es el caso del vídeo que ilustra la historia.

domingo, 5 de octubre de 2008

Un paseo por el Guadiatillo


Ahora que las mañanas se van refrescando y que el campo, una semana sí y otra no, se humedece con las lluvias de otoño (toquemos madera), es el mejor momento para salir al campo. Sobre todo si eres alérgico.

Así que aquí dejo una pequeña recomendación, por si alguien quiere pasear por una de las pocas zonas de nuestra sierra en la que las vallas no agobian al caminante. Siguiendo la carretera de Trassierra, tras pasar el pueblo, podemos continuar hasta cruzar el río Guadiato, transitando después entre pinares y sufriendo durante algunos metros un firme muy mejorable hasta llegar al segundo río, el Guadiatillo (km 26, aproximadamente), junto al cual hay espacio de sobra para dejar el coche.

Un paseo por esta zona, haciendo el menor caso posible de los carteles diseñados para espantar al caminante, puede darnos energía para enfrentar una semana entera en la ciudad. Podemos tomar hacia la izquierda, justo antes del puente, siguiendo río abajo un camino que se va elevando suavemente abriendo una vista del valle poblado de pinos. Los ciervos de la finca se dejarán ver sobre todo si llegamos temprano, las rapaces como las águilas reales (con mucha suerte) o las aguilillas calzadas se elevarán a media mañana aprovechando las térmicas, y después de caer cuatro gotas podremos ver a los trepadores y agateadores picoteando las cortezas ablandadas por el agua en busca de su alimento.

Si tenemos un día especialmente afortunado, que los hay, podremos ver, incluso a mediodía, cuando menos común resulta, a uno de los más escurridizos y tímidos habitantes de nuestros ríos. Allí estará alguna nutria, moviéndose a escondidas por la orilla y dejando ver las ondas en las charcas a su paso.

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La suerte de toparse con una nutria no es nada en comparación con la que supone cruzarse en el camino con este personaje. Suele pasar el primer domingo de cada mes cerca de la Malmuerta, a eso de las 10 de la mañana.

domingo, 3 de agosto de 2008

Voces de la noche

Cuando la ciudad se tranquiliza y se recoge a descansar, empieza la jornada para algunos cazadores nocturnos. Normalmente estos vecinos pasan desapercibidos, pero no es extraño cruzarse con alguno de ellos durante un paseo tranquilo por el centro de Córdoba.

De entre las rapaces nocturnas, las que con más facilidad se adaptan a la vida en la ciudad son las lechuzas y los cárabos, con la particularidad de que a una especie es más fácil verla, y a la otra resulta más normal escucharla.La lechuza se puede contemplar como una silueta blanca, con alas largas y de punta redondeada, planeando o batiendo con suavidad. Uno de los mejores lugares para verlas es la zona del río, donde con un poco de suerte se las puede avistar volando cerca de la Mezquita.

En general, están presentes en prácticamente todos los parques de mediano tamaño de nuestra ciudad: Colón, la Victoria, Vallellano, Chinales y el Parque Cruz Conde. Puede ser más complejo dar con ellas en estas zonas, ya que los árboles contribuyen a su discreción.


Lo mismo puede decirse de la distribución del cárabo, que resulta algo más huidizo a la vista. Se descubre de vez en cuando su
reclamo cuando los coches dejan de aturdir los oídos. Incluso desde dentro de las viviendas se pueden oír.

En ocasiones se pueden encontrar en los parques sus egagrópilas, los restos regurgitados de la digestión de sus presas, convertidos en bolitas de pelo y huesos. Ambas rapaces se alimentan principalmente de pequeños mamíferos, como ratones o topillos, rara vez de pájaros o lombrices. Son, por tanto, inofensivos y beneficiosos en el ambiente urbano.

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Las imágenes y el sonido están tomadas de brinzal.org

domingo, 9 de marzo de 2008

Restaurar los primilla

Muchos cordobeses se sorprenderían si descubrieran algunos de los vecinos con los que conviven en su barrio. Por regla general son criaturas discretas, pero no resulta difícil observarlos tanto casual como intencionadamente.


Los cernícalos primilla (Falco naumanni) son pequeñas rapaces, principalmente insectívoras, que se establecen por regla general en pueblos y ciudades del centro y sur de la península, allá donde haya edificios antiguos en estado de ruina, o con huecos donde poder anidar. En Córdoba han existido tradicionalmente colonias de primilla en la Mezquita, en las cercanías del Palacio de Orive, en la Compañía o en la iglesia de Madre de Dios (Lonjas), por poner algunos ejemplos.


Sin embargo, las restauraciones que se llevan a cabo en estos edificios, que eliminan los huecos formados con el paso de los años, limitan los lugares de anidamiento, lo que se une a la competencia de las grajillas. Así, está teniendo lugar un marcado declive de la población en la capital, que podemos cifrar en unas veinte parejas, como la de la foto (tomada de SEO Córdoba, a la izquierda la hembra).


La Consejería de Cultura de la Junta, preguntada en el diario Córdoba por su posición, ha señalado que la presencia de cernícalos “no es un elemento favorable, al ser fuente de posibles patologías, suciedad, humedades, peso añadido, etc.”. Llega a asegurar que su nidificación en la ciudad responde “a una situación anómala,[…] a una falta de conservación de los edificios”.


Sin entrar a discutir el impacto sobre la Mezquita del peso de un pollo de cernícalo, sí que cabe preguntarse si tan difícil resulta tener en cuenta la fauna salvaje de la ciudad a la hora de restaurar iglesias y monumentos, en lugar de tomar, dentro de unos años, medidas más caras para recuperar su presencia y compañía.


Cernícalo primilla cerca de Ávila. Foto: Juan Pablo Fuentes Serrano

miércoles, 6 de febrero de 2008

Alerces en la Mezquita

La campiña cordobesa ha sido, desde tiempos de los romanos, un importante granero para las poblaciones del valle del Guadalquivir. Sin embargo, antes de que el hombre empezara a cultivar estas grandes extensiones de suave relieve, debieron estar pobladas por bosques de los que nada ha quedado.

Un primer ejercicio de imaginación nos lleva hasta grandes masas de encinas de veinte metros de altura, creciendo sobre los fértiles terrenos de la vega, con un denso bosque caducifolio de galería a lo largo de los ríos Guadalquivir y Guadajoz. Sin embargo, la realidad pudo haber sido muy diferente.


Una buena pista nos la darían los edificios más antiguos de Córdoba de los que se conserve su techumbre original. Parecerá difícil encontrarlos aún en pie, pero alguno que otro que es bastante conocido. Por ejemplo, la Mezquita. Sus vigas, redescubiertas en el siglo XIX por los arquitectos Luque Lubián, primero, y Velásquez Bosco más tarde, son de madera de alerce, un pino oloroso del que Ambrosio de Morales nos cuenta que su lugar más cercano de crecimiento (en su siglo XVI) eran las montañas del Atlas marroquí, de donde se habrían traído para la obra de la Mezquita. Se muestra de acuerdo Ramírez de las Casas Deza, por considerar que el alerce europeo y el de las vigas son de especies distintas.


El problema es que no sólo la Aljama contiene esta madera, sino que otros edificios menores de la ciudad también la poseen. Siendo extremadamente apreciada en la antigüedad por no pudrirse casi en ninguna condición, parece difícil pensar que para cualquier casa cordobesa se trajera la madera de África.


La respuesta la dan las crónicas árabes del Ajbar Maymua: los jinetes beréberes que conquistaron Córdoba en 711 acamparon previamente en bosques de alerces situados al sur de la población, entre el Campo de la Verdad y la cuesta de los Visos. Hasta después de la Reconquista confirma Ramírez de Arellano la supervivencia de estos bosques de coníferas de hoja caduca.


Lo sorprendente del dato viene dado porque el alerce (Larix sp, en Europa Larix decidua) es un árbol propio de climas fríos, como ocurre con los bosques boreales de Siberia y Canadá, estando restringido a las montañas en latitudes más bajas. Nunca sabremos con certeza cuál de las hipótesis es la correcta, y nadie sabe qué otras sorpresas podría deparar un estudio del polen depositado en los sedimentos de nuestra campiña.

sábado, 8 de diciembre de 2007

El arroyo de la Axerquía


Mucho antes de que se asfaltaran las calles del centro de Córdoba o de que se cubrieran de adoquines uniformes, corría por
la Axerquía un curso estacional de agua, que en la época de lluvias y en algunas tormentas llegaba a amenazar la integridad de muchas casas, y que en ocasiones provocó inundaciones de importancia. 

Aunque extramuros se le llamaba del Camello (¿?), el arroyo no recibía un solo nombre, sino que iba variando a medida que pasaba por los diferentes barrios. Entraba en la ciudad cerca de la torre de la Malmuerta, afluyendo a la Lagunilla desde el barrio del Matadero por una reja al pie de la muralla. Descendía por la calle Mayor hasta Santa Marina, y continuaba por Isabel Losa y Álamos hasta llamarse arroyo de San Andrés camino del Buen Suceso. Con el nombre de arroyo de San Rafael, llegaba hasta lo que hoy es el cruce con semáforos frente a San Lorenzo, y con este último nombre salía de la ciudad por otra reja en la muralla que cortaba en dos la calle que hoy lleva a Derecho.

Mientras en algunas zonas y momentos no era más que un hilillo de agua mezclado con los desperdicios de las casas, a la altura del colegio López Diéguez la calle era conocida como “Despeñadero”, por el peligro que causaba el cauce del arroyo. En varios lugares se perpetuó el nombre de “puentezuelo” para señalar los lugares por los que se podía vadear, como el de San Lorenzo en el mencionado cruce.

En el año 1689, las lluvias y la obstrucción del arroyo a su salida de la ciudad hacia el cerro de la Golondrina provocaron que se inundara casi todo el barrio de San Lorenzo, llegando a cubrirse de agua el altar mayor de la iglesia.

No fue hasta el año 1789 cuando se tomó la decisión, forzada por una reciente epidemia, de cegar el cauce del arroyo, empedrar las calles y redirigir el curso del agua por el paseo de las Ollerías hasta el Marrubial, bordeando la ciudad amurallada.