sábado, 29 de diciembre de 2007
Puertas de la Axerquía
miércoles, 26 de diciembre de 2007
Rabanales XI
sábado, 22 de diciembre de 2007
El mausoleo de Puerta Gallegos
martes, 18 de diciembre de 2007
San Zoilo
sábado, 15 de diciembre de 2007
Córdoba frente al misterio (4): el Panderete de las Brujas
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Córdoba nace al Islam
Avanzan por los campos de Cádiz; enorme masa de hombres, siete mil, dicen, a pie en su mayor parte. A lo lejos, los tejados de Medina Sidonia, quizás, o bien de El Puerto de Santa María, porque aún no sabe nadie dónde se sitúa el punto que en las crónicas árabes quedó para siempre marcado como Wadi Lakka, el lugar que siglos después sería recordado como el de la batalla de Guadalete.
El gobernador de Ceuta, el conde traidor Don Julián, les había garantizado paso franco por el estrecho. Gracias a ello, los musulmanes beréberes, norteafricanos, que no árabes, habían acumulado tropas y victorias en Gibraltar y Algeciras.
Enfrente, una abigarrada mezcla de pelotones visigodos reclutados a la carrera por toda la península y concentrados en la gran ciudad más allá de Sierra Morena, Córdoba, por el rey Ruderico, Don Rodrigo, que se dispone a expulsar al invasor. Han caminado durante semanas, están agotados y se tuestan al sur del valle del Guadalquivir en la mañana de un 19 de julio del año 711.
Roída por las disputas, la monarquía visigoda se quiebra en el campo de batalla cuando los flancos del ejército, formados por partidarios del depuesto y fallecido rey Witiza, se separan del grupo principal, desertando al inicio de la contienda. La traición, negociada con Tariq, tramada desde el principio y fruto de las graves disensiones internas del reino, hunde la moral de las tropas del centro, que son masacradas por los musulmanes. Los beréberes se desparraman sin resistencia por el valle del Guadalquivir, y los últimos supervivientes huyen a las ciudades próximas.
Pocos días después, en los primeros de agosto, setecientos jinetes al mando de Mugit al Rumí clavan sus tiendas y banderas en los bosques cercanos al sur de Córdoba. Es tal el descontento popular por el caos de la administración visigoda, que los líderes musulmanes conocen de boca de los campesinos locales el penoso estado de las murallas y del puente romano, hundido a tramos en las aguas del río. Este día, un musulmán contempla Córdoba por primera vez.
Y al amparo de la luna, como fantasmas en la oscuridad, los caballos chapotean mientras vadean el Guadalquivir. Saltan los invasores por los huecos de los muros, toman al asalto la desguarnecida ciudad y obligan a los escasos defensores a huir a lasafueras hacia San Acisclo, el mítico templo-fortaleza donde un puñado de cordobeses se resistirán, unas semanas más, al aplastante curso de
sábado, 8 de diciembre de 2007
El arroyo de la Axerquía
Mucho antes de que se asfaltaran las calles del centro de Córdoba o de que se cubrieran de adoquines uniformes, corría por
martes, 4 de diciembre de 2007
El Bailío de la Orden de Malta
domingo, 2 de diciembre de 2007
Las dos mitades de Córdoba
jueves, 29 de noviembre de 2007
San Juan y el Omnium Sanctorum
lunes, 26 de noviembre de 2007
Córdoba vive: el Hombre Río
Córdoba se refresca en los pies descalzos e invisibles de su Hombre Río, rejuvenece y comprueba que aún es posible seguir inventándose, asombrar a sus gentes y confundir a sus políticos. El Hombre toma personalidad propia a medida que entra en la retina de la gente somnolienta; gira su cabeza y contempla la ciudad que le ha dado a luz.
Educado, se aparta de los sotos y busca su lugar sin estorbar a la vista del casco histórico, disfrutando de
Sorpresa, aún hay en Córdoba alguien capaz de hacer lo que a nadie se le había ocurrido, de regalarle a la ciudad un símbolo sin que se lo haya pedido. Y mientras el Hombre Río, rehabilitado, posaba para YouTube con su bandera blanquiverde, se daba cuenta de que era un granito de arena más en la identidad común, un segundo más en la historia. Gracias a unos autores (Rafael Cornejo y Francisco Marcos) que lo entregaron a nuestra ciudad, literalmente, por amor al arte.
Arrastrado y mutilado hace unos días por las aguas que te vieron nacer, esperas ahora en algún almacén. Resístete, Hombre Río, apaga tu sonrisa, exige tu lugar. Vuelve a relajarnos con la música que acompaña tus vídeos, a distraer nuestras miradas para que nos olvidemos del puente oxidado, a confundir a los japoneses que te rebuscan en sus guías. Vuelve al Guadalquivir, donde Córdoba te espera asomada al murallón.
viernes, 23 de noviembre de 2007
Juan Bernier
El carloteño Juan Bernier (1911-1989), le dedicó este soneto a Córdoba antes de que Córdoba le dedicara a él una plaza.
Amarillo perfil de arquitectura
de cúpulas y torres coronado,
torso de duro mármol cincelado,
estatua de ciudad. Córdoba pura.
Abres al valle virginal figura
a la que el Betis besa enamorado
y en tu más alta torre reflejado
el oro de tu Arcángel te fulgura.
Arena y cal, olivo, serranía,
enhiesto pino, palmeral ardiente
ciñen tu delicada argentería.
Relicario de siglos donde Oriente
engarza en vesperal policromía
tu albo destello ¡oh perla de Occidente!.
Poeta del grupo Cántico, superviviente de
martes, 20 de noviembre de 2007
¡Vikingos!
Nadie pudo imaginarlo, y nadie parecía capaz de pararles. Correos a caballo volaban hacia Qurtuba, a finales de septiembre de 844, con la peor noticia que el emir Abderramán II podía esperar.
Por la desembocadura del Guadalquivir, uno de los lugares más tranquilos de Al Andalus, estaban pasando sin cesar decenas de enormes barcos de guerra, orlados de remos que se movían siguiendo la cadencia de estridentes tambores. Velas rayadas, rojas y blancas, terroríficas figuras en las proas, cortando a contracorriente las aguas del río, y las miradas fijas de los guerreros del norte, que helaban la sangre de los habitantes de las orillas cuando los barcos se acercaban a ellas. Una flota de ochenta drakkars vikingos se dirigían por la vía rápida al corazón del emirato cordobés.
El sur de la península Ibérica estaba casi desguarnecido, con las tropas bereberes y sirias combatiendo a los cristianos en el norte, y Abderramán tuvo que echar mano de las divisiones locales cordobesas y de parte del ejército que se hallaba al norte de Sierra Morena.
En pocas horas, los drakkars alcanzaron la ciudad de Isbiliya y miles de vikingos, acostumbrados a este tipo de batallas, desembarcaron para pasarla a sangre y fuego. Las murallas fueron superadas, las mezquitas destruidas, los habitantes asesinados. El gobernador y un grupo numeroso de sevillanos huyeron hacia Carmona, donde se encontraron con el ejército cordobés de Abderramán II.
Pasada una semana, según algunas fuentes, o hasta un mes, según otras, se libró en Tablada, a las afueras de Sevilla, una feroz batalla en la que más de treinta naves vikingas fueron incendiadas, y sus fuerzas diezmadas. Los supervivientes volvieron a embarcar a la carrera y salvaron la vida bajando de nuevo por el Guadalquivir.
Abderramán II ordenó, desde ese momento, instalar una red de atalayas de vigilancia costera por todo Al Andalus, que no pudo evitar nuevos desembarcos en la costa de Levante, e incluso contra los reinos cristianos del norte.

