Hace unos meses, Saqunda me pasó una información sobre una pieza del Arqueológico que había permanecido olvidada durante casi todo el siglo XX, y que ahora se puede contemplar en el edificio de la ampliación. Se trata de un yamur, el remate típico de las mezquitas que consiste en varias bolas ("manzanas") engarzadas en un eje, reconvertido en veleta y coronado por una cruz.
Las bolas de este yamur tienen, empezando por la inferior, 23, 19, 16 y 14 centímetros de diámetro, separándose por piezas cilíndricas huecas de 7,5 cm de altura y 6 de diámetro. En total, el conjunto del yamur mide 108 centímetros.
Aunque la etiqueta del museo mantiene el origen como "desconocido", se sabe que esta pieza fue encontrada por Félix Hernández (importante cordobés de adopción) en el cortijo del Chanciller, muy cercano a la cárcel, en los alrededores de Alcolea. Probablemente, después de la conquista castellana de Córdoba, sirvió de remate para la capilla del cortijo hasta su recuperación para el museo.
No han faltado algunos expertos que han querido estudiar la pieza durante el perido en que no estuvo expuesta, y se encontraron con bastantes dificultades no ya para su análisis, sino para la propia localización dentro de los fondos del Arqueológico. A día de hoy, se puede ver en la exposición de la planta baja, en las vitrinas situadas más al fondo.
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Por recordar los tiempos del Chorrijuego, la propia Saqunda envió una foto/acertijo de un yamur (foto número 9), que correspondía a la torre de la iglesia de San Nicolás. En la vida me había fijado en que estuviera allí, y resulta de lo más chocante.
domingo, 3 de julio de 2011
lunes, 20 de junio de 2011
El asombro de Ambrosio de Morales
- Empiezo a pensar que no lo lograré jamás.
Morales se calló, porque en realidad pensaba poco más o menos igual. Pero claro, a él no podía decírselo, porque en su estado de desesperación, corría el riesgo de que el pobre hombre saltara del peñasco y se tirara al Tajo allí mismo. Optó por lo más sensato.
- Los asuntos del Rey suelen ir despacio, lo sabes mejor que nadie.
El ingeniero dio por buena la respuesta. El cordobés, por su parte, encontró otro argumento con el que consolarle.
- Fíjate en los molinos del Guadalquivir, por ejemplo. Cuando reformaron el molino de Martos, que pertenece a las Órdenes y por tanto al Rey, el agua subió tanto que arruinó los batanes de San Julián. Bueno, pues han tardado diez años, pero al final la Corona ha comprado los molinos perdidos a los propietarios.
Turriano levantó levemente la cabeza.
- Definitivamente, Felipe II tiene un problema con las norias de río.
- Le viene de familia. Sabrás que fue la reina Isabel la que mandó desmontar la noria del alcázar de Córdoba.
- ¿También?
- Eso dicen, que no le dejaba dormir.
Juanelo Turriano, uno de los ingenieros más importantes de la Europa del XVI (quizás sólo por detrás de Leonardo da Vinci), tampoco podía conciliar el sueño. Sus pleitos con la ciudad de Toledo y con el Rey pesaban demasiado en su cabeza, casi tanto como las deudas que le empezaban a acosar.
Ambrosio de Morales regresaba a la ciudad imperial por primera vez en varios años, con motivo de haber sido destinado al remoto pueblo toledano de Puente del Arzobispo. Por supuesto, nada más llegar había contactado con su amigo Juanelo, y éste había accedido a caminar por la orilla del Tajo junto al puente de Alcántara para contemplar juntos su gran obra: el Artificio. La primera vez que el cronista cordobés de la corte de Felipe II vio el Artificio de Juanelo, no podía dar crédito a lo que tenía ante sí. Movido por varias norias, un endiablado laberinto de torretas, brazos de madera, cacillos y tubos metálicos oscilaba rítmicamente mientras subía miles de litros de agua diarios desde el río Tajo hasta el alcázar de Toledo, en lo más alto de la ciudad.
- Cien varas, dices.
- Cien varas desde el río hasta el último cazo.
- Es el doble que la altura del campanario de la iglesia mayor de Córdoba...
Como por arte de magia, el Artificio jugaba con la gravedad y hacía que el agua pasara de un recipiente a otro, ganando metros de altura por la empinada pendiente. Tal fue su fascinación que cuando escribió sus Antigüedades de las ciudades de España, Morales se olvidó un rato de la arqueología (fue en esta obra donde identificó Medina Azahara con la Corduba de Claudio Marcelo) para dedicar páginas enteras a la descripción del Artificio, que luego sería mencionado por varios de los más grandes autores del Siglo de Oro, incluyendo a Góngora.
Tras el paseo, la noche en casa de Juanelo se había ido espesando y los fantasmas habían vuelto al ánimo del genio cremonés.
- No es justo lo que te están haciendo, desde luego. La ciudad no te paga porque el agua se queda en el alcázar. El Rey no te paga porque no firmó ningún contrato. Y de la segunda máquina nadie se hace cargo porque...
- Porque Su Majestad se reservó el derecho de usar el agua si lo precisaba. Necesito que vayas a Madrid, Ambrosio. A ti te respeta.
No dio tiempo a cerrar el compromiso, porque llamaron a la puerta. Un hombre con barba, de mediana edad, entró en la estancia y dejó en suelo un pesado fardo. Charló con Juanelo en italiano, su idioma natal, y saludó en castellano a Morales, que le miraba con admiración. Al fin, fueron presentados.
- Ambrosio, este es Domingo.
El tal "Domingo" le tendió la mano sonriendo, y el cordobés sólo acertó a mostrar su respeto al maehtro Seotocópulo. Seseo incluido.
El visitante levantó la lona y dejó ver un par de lienzos en sus marcos povisionales de madera. No era una limosna, era un regalo, pero posiblemente permitieran a Turriano saldar algunas de sus cuentas, y sostener el pleito unos meses más. Era también la forma de agradecerle su hospitalidad al llegar a Toledo unos meses atrás.
El vino de Montilla fue agotándose en la mesa de Juanelo, y las figuras alargadas de los cuadros ahora además parecían desdoblarse. Las preocupaciones se diluían y el Greco hacía reír a Juanelo con chascarrillos venecianos que Morales no entendía. Cuando hablaron de una mujer toledana que el pintor acababa de conocer y de algunas que Turriano había conocido, el cordobés tuvo que contar lo del baúl, y acabó por erradicar cualquier sombra de la cara del anfitrión.
En una esquina del salón, rodeado de herramientas, papeles y serrín, les contemplaba un autómata de madera a medio hacer.
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Sí, es más Toledo que Córdoba. Pero había que darle un papel digno a Ambrosio de Morales después de las otras entradas...
viernes, 13 de mayo de 2011
La puerta de los Sacos en la muralla de la Huerta del Alcázar
Llevo mucho tiempo detrás de esta entrada, pensando si debería colgarla toda del tirón o partirla para hacerla menos rollete. Pero creo que, según he bajado el ritmo de producción, lo justo es contarlo todo junto y que cada uno se administre. Ha sido un trabajo muy bonito y, aunque no está cerrado, creo que hay material como para contar la historia de la más desconocida de las puertas de las murallas de Córdoba: la puerta de los Sacos.
La puerta de los Sacos no pertenecía a la muralla de la ciudad, propiamente dicha, sino al último recinto fortificado que se construyó, junto con el Alcázar Viejo: la Huerta del Alcázar. Es el trozo de color amarillo en la foto de arriba, que he ampliado en un detalle del plano de 1851. En los años 50, cuando se construyó la autovía atravesando la Huerta del Alcázar, para ir a dar al nuevo puente de San Rafael, la puerta de los Sacos fue eliminada de su ubicación, quedando sólo el nombre conservado en el llamado puente de la puerta de los Sacos, un puentecillo califal sobre el cauce del arroyo del Moro, hoy escondido debajo de la avenida.
La puerta de los Sacos ha cambiado tanto de sitio, que más vale que contemos su historia a través de las fuentes de cada época para aclararnos un poco. Vámonos, por supuesto, al maestro Wyngaerde, el que hizo la foto de Córdoba en el siglo XVI: esta es la primera imagen de la puerta, y la única en su ubicación original en el lienzo sur de la muralla, el que mira al río. Ahí la tenemos, casi en la esquina de la Huerta del Alcázar, mirando al sur. Probablemente ya tuviera el mismo nombre, debido a que era el punto principal de abastecimiento de harina al Alcázar, procedente de los molinos del río. Debo reconocer que me fijé en esa imagen de la puerta gracias al análisis que hizo Rojunson en su blog.
Cerca de un siglo después, Vaca de Alfaro hace su valiosísima descripción de la muralla de la ciudad, y nos cuenta cómo en el siglo XVII la puerta se encontraba cerrada por su estado de deterioro, confirmando su ubicación en el lienzo sur, entre dos torres un poco maltrechas ya en aquella época. Las fuentes del siglo XIX, como Ramírez de las Casas-Deza, nos hablan de una puerta de los Sacos tapiada y sin uso en el lienzo occidental de la muralla. Es decir, en algún momento, entre el XVII tardío y el XIX temprano, la puerta se traslada al otro lado de la esquina y se reconstruye, probablemente ya sin torres, la parte de la muralla donde estaba la antigua puerta que daba al sur.
Y aquí llegan los primeros fotógrafos en el siglo XX, y consiguen este documento para la Historia: la foto más antigua de la puerta. Está hecha desde la orilla del río, en lo que hoy sería la base de la parte norte del puente de San Rafael. La puerta es el hueco que se ve entre los álamos, su ubicación del cuadro de Wyngaerde estaría más a la derecha, entre la esquina y la torre.
Pocos años después de esta foto, llegaría la definitiva remodelación que haría caer la puerta en el olvido. La radical intervención que rompió el lazo entre la ciudad y el río, la nacional IV que invadió la ribera norte, derribó la muralla y enlazó con el nuevo eje de Vallellano y el puente de San Rafael. El antes y el después de esa obra nos muestra el grado de impacto que tuvo en el urbanismo de la zona.
Esa puerta coincide por situación con esta otra, que es la actual: alguien puso unas dovelas nuevas donde no las había, fueran o no las de la puerta de los Sacos.
Las dos opciones me parecen buenas. La segunda tiene a favor la evidencia del cambio, pero en contra el tamaño (el arco es pequeño para lo que parece la puerta en las fotos antiguas). Cuando estábamos delante, parecía más tentadora esta última, pero ahora, después de ver los andamios que prueban que también se reformó (y mucho) la puerta que da a la huerta, parece más lógico que sea esa la que contenga hoy día las dovelas de la antigua y sufrida puerta de los Sacos. Hay que añadir que la pequeña debe dar entrada a una casa particular, y la grande da a un espacio público abierto. Pero bueno, a lo mejor pronto tenemos más datos para tomar una decisión mejor argumentada. Mientras tanto, por qué no un paseíto para volver a conocer con otros ojos ese rincón de la ciudad...
La puerta de los Sacos no pertenecía a la muralla de la ciudad, propiamente dicha, sino al último recinto fortificado que se construyó, junto con el Alcázar Viejo: la Huerta del Alcázar. Es el trozo de color amarillo en la foto de arriba, que he ampliado en un detalle del plano de 1851. En los años 50, cuando se construyó la autovía atravesando la Huerta del Alcázar, para ir a dar al nuevo puente de San Rafael, la puerta de los Sacos fue eliminada de su ubicación, quedando sólo el nombre conservado en el llamado puente de la puerta de los Sacos, un puentecillo califal sobre el cauce del arroyo del Moro, hoy escondido debajo de la avenida.
La puerta de los Sacos ha cambiado tanto de sitio, que más vale que contemos su historia a través de las fuentes de cada época para aclararnos un poco. Vámonos, por supuesto, al maestro Wyngaerde, el que hizo la foto de Córdoba en el siglo XVI: esta es la primera imagen de la puerta, y la única en su ubicación original en el lienzo sur de la muralla, el que mira al río. Ahí la tenemos, casi en la esquina de la Huerta del Alcázar, mirando al sur. Probablemente ya tuviera el mismo nombre, debido a que era el punto principal de abastecimiento de harina al Alcázar, procedente de los molinos del río. Debo reconocer que me fijé en esa imagen de la puerta gracias al análisis que hizo Rojunson en su blog.
Cerca de un siglo después, Vaca de Alfaro hace su valiosísima descripción de la muralla de la ciudad, y nos cuenta cómo en el siglo XVII la puerta se encontraba cerrada por su estado de deterioro, confirmando su ubicación en el lienzo sur, entre dos torres un poco maltrechas ya en aquella época. Las fuentes del siglo XIX, como Ramírez de las Casas-Deza, nos hablan de una puerta de los Sacos tapiada y sin uso en el lienzo occidental de la muralla. Es decir, en algún momento, entre el XVII tardío y el XIX temprano, la puerta se traslada al otro lado de la esquina y se reconstruye, probablemente ya sin torres, la parte de la muralla donde estaba la antigua puerta que daba al sur.
Y aquí llegan los primeros fotógrafos en el siglo XX, y consiguen este documento para la Historia: la foto más antigua de la puerta. Está hecha desde la orilla del río, en lo que hoy sería la base de la parte norte del puente de San Rafael. La puerta es el hueco que se ve entre los álamos, su ubicación del cuadro de Wyngaerde estaría más a la derecha, entre la esquina y la torre.
Pocos años después de esta foto, llegaría la definitiva remodelación que haría caer la puerta en el olvido. La radical intervención que rompió el lazo entre la ciudad y el río, la nacional IV que invadió la ribera norte, derribó la muralla y enlazó con el nuevo eje de Vallellano y el puente de San Rafael. El antes y el después de esa obra nos muestra el grado de impacto que tuvo en el urbanismo de la zona.
Y sí, ahí está, en la primera foto, nuestra puerta de los Sacos, rodeada por el progreso. En este detalle se ve mejor.
¿Qué fue de la puerta? Pues aquí entra el soplo que me dio Saqunda, sacado del libro de Solano Márquez, La Córdoba de Antonio Cruz Conde: el alcalde que cambió la ciudad. Se dice aquí que a partir de 1954, cuando finaliza la restauración de la barbacana y el foso y empieza la de la muralla, la puerta de los Sacos fue desmontada, "restaurando el dovelaje de su arco apuntado, volviendo a montarlo y rehaciendo su almenado". Es decir, que la trasladaron. ¿Adónde? Pues hay dos opciones.
La primera de ellas es una puerta que aparece en el plano de 1851 que puse antes. Se ve en el lienzo oeste, a la izquierda, como un hueco en el muro cerca ya de las primeras casas de San Basilio. Esa puerta sigue existiendo hoy, y sufrió una restauración como se ve en las fotos siguientes, una de ellas tomada justo cuando tenía los andamios puestos.
La segunda está un poquito más al norte. Hay que recordar que la puerta de Sevilla que hoy vemos no es la original, sino una mera reconstrucción. En esta foto de los años 50 se puede ver todavía el boquete que quedaba desde su derribo en 1865. Pero no es eso lo que nos importa, sino la puerta ancha encalada que se ve a la derecha:
Las dos opciones me parecen buenas. La segunda tiene a favor la evidencia del cambio, pero en contra el tamaño (el arco es pequeño para lo que parece la puerta en las fotos antiguas). Cuando estábamos delante, parecía más tentadora esta última, pero ahora, después de ver los andamios que prueban que también se reformó (y mucho) la puerta que da a la huerta, parece más lógico que sea esa la que contenga hoy día las dovelas de la antigua y sufrida puerta de los Sacos. Hay que añadir que la pequeña debe dar entrada a una casa particular, y la grande da a un espacio público abierto. Pero bueno, a lo mejor pronto tenemos más datos para tomar una decisión mejor argumentada. Mientras tanto, por qué no un paseíto para volver a conocer con otros ojos ese rincón de la ciudad...
domingo, 1 de mayo de 2011
Primero de mayo, ochenta años atrás
Los dos documentos que hoy aparecen en el blog han sido digitalizados a partir de los originales, cedidos por un colaborador, y son sendas convocatorias a un mitin y una manifestación que iban a tener lugar en Córdoba ese día. Aquí os los dejo, ochenta años después, para que los disfruten los más curiosos.
lunes, 18 de abril de 2011
Los últimos días de la casa de Lagartijo
Llevaba dando vueltas al tema mucho tiempo: la casa de la finca del torero Lagartijo, a la salida de Córdoba en dirección a Rabanales y las Quemadas, amenazaba con venirse abajo el día menos pensado, toda vez que al declararla protegida el Ayuntamiento, quedaba prohibido derribarla directamente. Los días y las lluvias intensas fueron pasando, hasta que una mañana, conduciendo hacia Rabanales, me encontré la temida estampa de un derrumbe parcial de la casa.
Decidí preguntar al Tabernero de la Calleja si tenía alguna foto o pensaba hacerla, para que quedara como recuerdo, porque era evidente que a la casa ya no la salvaba ni el arcángel San Rafael. Supongo que se cogería la moto y se plantaría allí a retratar lo que quedaba del cortijillo, porque a los pocos días me envió la imagen.
La tapia que Rafael Molina Sánchez mandó construir, derribar y volver a construir, delimitando su finca, con el fin de paliar, a su manera, la pobreza que existía entre los braceros cordobeses, se va cayendo también trozo a trozo con las inclemencias de cada invierno.
Así que como era una entrada facilita de escribir, y no tengo ganas de partirme la cabeza antes de las vacaciones, os dejo esta imagen para el recuerdo del cortijo de Lagartijo: lo suficientemente caído para que sintamos vergüenza por su situación, lo suficientemente en pie como para que lo añoremos.
Mucho descanso y buena semana.
---
Edito: me ha enviado Ildefonso López, colaborador habitual de Cordobapedia, un artículo muy interesante sobre cómo se construyó la famosa "cerca de Lagartijo". Os recomiendo echarle un vistazo, para completar la visión del tema. Había pensado en colgarlo en una entrada nueva, pero pensando en un futuro curioso que busque en Google, mejor ponerlo todo junto aquí.
Decidí preguntar al Tabernero de la Calleja si tenía alguna foto o pensaba hacerla, para que quedara como recuerdo, porque era evidente que a la casa ya no la salvaba ni el arcángel San Rafael. Supongo que se cogería la moto y se plantaría allí a retratar lo que quedaba del cortijillo, porque a los pocos días me envió la imagen.
La tapia que Rafael Molina Sánchez mandó construir, derribar y volver a construir, delimitando su finca, con el fin de paliar, a su manera, la pobreza que existía entre los braceros cordobeses, se va cayendo también trozo a trozo con las inclemencias de cada invierno.
Así que como era una entrada facilita de escribir, y no tengo ganas de partirme la cabeza antes de las vacaciones, os dejo esta imagen para el recuerdo del cortijo de Lagartijo: lo suficientemente caído para que sintamos vergüenza por su situación, lo suficientemente en pie como para que lo añoremos.
Mucho descanso y buena semana.
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Edito: me ha enviado Ildefonso López, colaborador habitual de Cordobapedia, un artículo muy interesante sobre cómo se construyó la famosa "cerca de Lagartijo". Os recomiendo echarle un vistazo, para completar la visión del tema. Había pensado en colgarlo en una entrada nueva, pero pensando en un futuro curioso que busque en Google, mejor ponerlo todo junto aquí.
sábado, 16 de abril de 2011
El agua de la Palma
Aunque es uno de mis temas favoritos, no lo trato mucho por aquí debido, en primer lugar, a su dificultad. Hablar de estas cosas sin meter la pata hasta el fondo requiere estar familiarizado con la toponimia y topografía antiguas de los alrededores de Córdoba, y muchas veces prefiero callarme antes de confundir al personal con informaciones erróneas. Muchas veces prefiero esperar a que sea Laurentino quien se explaye en su Puente Mayor, porque suele aportar datos muy interesantes.
Las aguas tradicionales procedentes de manantiales de la sierra abastecieron a Córdoba desde la época romana hasta principios del siglo XX, permitiendo a la población disfrutar de unos niveles de salubridad que variaron mucho a lo largo de las distintas épocas.
Una de las canalizaciones más importantes fue la conocida como "el agua de la Palma", por asociación con una huerta que se encontraba en lo que hoy es el barrio de Fátima, y que llevaba ese nombre. Esta conducción tiene la particularidad de nutrirse de la misma zona de la que en tiempos romanos, según Ángel Ventura, llegaba a Córdoba el acueducto Aqua Nova Domitiana Augusta: el arroyo Pedroche.
Según el libro de "Las aguas de Córdoba", de López Amo, el manantial se encontraba en el depósito del Sombrero del Rey. Este nombre era relativamente común, y se daba a las alcubillas que tenían una curiosa forma en la parte superior, de las que en Córdoba hubo al menos tres. Este Sombrero del Rey, cerca de las cocheras de Aucorsa y el molino de los Ciegos, fue tapado de manera inmisericorde en unas relativamente recientes obras de ampliación del acceso por la carretera de Badajoz. En esta foto de Saqunda se puede ver su estado antes de las obras.
Desde allí, el agua bajaba a Córdoba de alcubilla en alcubilla, hasta llegar a la puerta de Plasencia, donde comenzaba su distrubución hacia las distintas fuentes públicas y propietarios particulares. Un ramal se dirigía hacia la calle Montero: hace mucho tiempo, colgué por aquí la única foto conocida de la fuente de Mariblanca que, junto con el hospital de Jesús Nazareno, se abastecían de esta conducción.
Otra parte del agua entraba hacia la entonces ermita de San Rafael, y surtía la fuente de la plazuela, que aún sigue allí. El convento de Santa María de Gracia e incluso algunas casas de la calle Almonas, mayormente de gente de pasta, se beneficiaban del agua de la Palma.
El grueso del caudal, sin embargo, se distribuía entre tres fuentes públicas de gran importancia: las de la plaza de la Magdalena, el Campo de San Antón y el Campo Madre de Dios. Cada una de ellas estaba surtida con seis pajas de agua, de las 27 que constituían el caudal completo que venía del manantial. La del Campo Madre de Dios, que hoy día sigue allí, un poco trasladada, en el jardincito frente a las Lonjas, es la de la izquierda. A la derecha se ve el Campo de San Antón, junto al convento del Carmen (hoy Facultad de Derecho). La fuente se trasladó más tarde a la plaza de los Trinitarios, donde anteriormente había otra pequeñita, surtida con agua de Miraflores.
Y, aparte, también les llegaba agua de esta conducción a otros edificios importantes extramuros de los barrios de la Magdalena y Santiago: el hospital de San Bartolomé y el convento de San Juan de Dios, cerca de Derecho, por ejemplo.
En fin, toda esta historia se fue terminando según avanzaba el siglo XX y se renovaba el aporte de agua potable a la ciudad, con la mejora de algunas cañerías de la sierra y, sobre todo, con la construcción de la presa del Guadalmellato.
Las aguas tradicionales procedentes de manantiales de la sierra abastecieron a Córdoba desde la época romana hasta principios del siglo XX, permitiendo a la población disfrutar de unos niveles de salubridad que variaron mucho a lo largo de las distintas épocas.
Una de las canalizaciones más importantes fue la conocida como "el agua de la Palma", por asociación con una huerta que se encontraba en lo que hoy es el barrio de Fátima, y que llevaba ese nombre. Esta conducción tiene la particularidad de nutrirse de la misma zona de la que en tiempos romanos, según Ángel Ventura, llegaba a Córdoba el acueducto Aqua Nova Domitiana Augusta: el arroyo Pedroche.
Según el libro de "Las aguas de Córdoba", de López Amo, el manantial se encontraba en el depósito del Sombrero del Rey. Este nombre era relativamente común, y se daba a las alcubillas que tenían una curiosa forma en la parte superior, de las que en Córdoba hubo al menos tres. Este Sombrero del Rey, cerca de las cocheras de Aucorsa y el molino de los Ciegos, fue tapado de manera inmisericorde en unas relativamente recientes obras de ampliación del acceso por la carretera de Badajoz. En esta foto de Saqunda se puede ver su estado antes de las obras.
Desde allí, el agua bajaba a Córdoba de alcubilla en alcubilla, hasta llegar a la puerta de Plasencia, donde comenzaba su distrubución hacia las distintas fuentes públicas y propietarios particulares. Un ramal se dirigía hacia la calle Montero: hace mucho tiempo, colgué por aquí la única foto conocida de la fuente de Mariblanca que, junto con el hospital de Jesús Nazareno, se abastecían de esta conducción.Otra parte del agua entraba hacia la entonces ermita de San Rafael, y surtía la fuente de la plazuela, que aún sigue allí. El convento de Santa María de Gracia e incluso algunas casas de la calle Almonas, mayormente de gente de pasta, se beneficiaban del agua de la Palma.
El grueso del caudal, sin embargo, se distribuía entre tres fuentes públicas de gran importancia: las de la plaza de la Magdalena, el Campo de San Antón y el Campo Madre de Dios. Cada una de ellas estaba surtida con seis pajas de agua, de las 27 que constituían el caudal completo que venía del manantial. La del Campo Madre de Dios, que hoy día sigue allí, un poco trasladada, en el jardincito frente a las Lonjas, es la de la izquierda. A la derecha se ve el Campo de San Antón, junto al convento del Carmen (hoy Facultad de Derecho). La fuente se trasladó más tarde a la plaza de los Trinitarios, donde anteriormente había otra pequeñita, surtida con agua de Miraflores.
Y, aparte, también les llegaba agua de esta conducción a otros edificios importantes extramuros de los barrios de la Magdalena y Santiago: el hospital de San Bartolomé y el convento de San Juan de Dios, cerca de Derecho, por ejemplo.
En fin, toda esta historia se fue terminando según avanzaba el siglo XX y se renovaba el aporte de agua potable a la ciudad, con la mejora de algunas cañerías de la sierra y, sobre todo, con la construcción de la presa del Guadalmellato.
domingo, 10 de abril de 2011
El cacique que se metió a político
Érase una vez una ciudad de provincias venida a menos, hasta quedar olvidada por el resto del país y encerrada en sí misma. Éranse una vez Córdoba y sus mentideros, sus gentes, sus tabernas y sus personajes. Personajes como la figura del cacique local, el hombre al que la ciudad, huérfana en buena medida de otros referentes, rendía pleitesía y daba culto, obedeciendo a unas normas no escritas que la sociedad se había ido encargando de definir.
El cacique parecía amable y benevolente. Como se podía leer en la prensa, quién sabe hasta qué punto conchabada, abría las puertas de su casa a los que necesitaban de su ayuda. En su despacho, en un jardín o en un aparte durante el café en alguna terraza, escuchaba las penurias de sus conciudadanos y, mientras acariciaba su blanca pelambrera, movía los hilos que fueran necesarios para prestarles la asistencia que necesitaran. Una pequeña cantidad de dinero, quizás, un papelito, una carta de recomendación, un poco de agilidad para según qué trámites.
Todos sabían dónde podían conseguirse esos favores, todos sabían cómo y dónde se movían aquellos hilos, aquella burocracia paralela. No eran los mejores tiempos para la democracia en el país en general, pero tal perversión del principio de que el poder emanaba del pueblo a través de las instituciones libremente elegidas provocaba sarpullidos, tanto en los que, por convicción, no comulgaban con ese sistema, como en los curritos que, por razones evidentes de número, no llegaban a recibir los favores del cacique. El poder no venía del pueblo, venía de la pasta. En última instancia, fuera bueno o malo, bienintencionado o paternalista, lo que le daba la influencia a aquel hombre era su posición económica.
Al menos, hasta que se metió en la política. La política abría muchas más puertas, permitía tejer una red mucho más amplia con nuevos mecanismos de influencia. Además, permitía entrar en un círculo vicioso en el que los favores pasados atraían los votos futuros, y ser un cargo electo facilitaba los nuevos chanchullos. Y en todo ese juego, se diluía no sólo la democracia, sino la propia dignidad de la sociedad, que renunciaba a defender como suyo el derecho a un trabajo o a una vida próspera, a cambio de recibir las migajas de un sistema clientelar. Es así como se llegaba a poner el carisma por encima de la eficacia, el amiguismo por encima del compromiso y, al final, la trampa por encima de la ley.
Los vicios de la Restauración tuvieron en el caciquismo una de sus más nefastas representaciones en Andalucía. Aun sin muchos datos para decir si fueron, cada uno de ellos, malas o buenas personas, podemos saber que contribuyeron a la corrupción del sistema y, a la postre, a su desaparición en brazos del autoritarismo. El otro día, en los jardines de "Los Patos", pensaba, por ejemplo, en que la "blanca pelambrera" de la barba de Antonio Barroso y Castillo, que llegó a ocupar diversos cargos como ministro en Madrid, fue esculpida en un vistoso monumento esos mismos jardines a la muerte del político en 1916, para que así pudiera durar su memoria doscientos cincuenta o trescientos años. No duró ni uno: lo que tardó una manifestación obrera en hacer añicos aquellas figuras. Tal vez aquellas gentes se pensaban que era el principio del fin de esa lacra regional. Quién les iba a decir que, un siglo después, los cordobeses querrían volver a ser lo que fueron.
El cacique parecía amable y benevolente. Como se podía leer en la prensa, quién sabe hasta qué punto conchabada, abría las puertas de su casa a los que necesitaban de su ayuda. En su despacho, en un jardín o en un aparte durante el café en alguna terraza, escuchaba las penurias de sus conciudadanos y, mientras acariciaba su blanca pelambrera, movía los hilos que fueran necesarios para prestarles la asistencia que necesitaran. Una pequeña cantidad de dinero, quizás, un papelito, una carta de recomendación, un poco de agilidad para según qué trámites.
Todos sabían dónde podían conseguirse esos favores, todos sabían cómo y dónde se movían aquellos hilos, aquella burocracia paralela. No eran los mejores tiempos para la democracia en el país en general, pero tal perversión del principio de que el poder emanaba del pueblo a través de las instituciones libremente elegidas provocaba sarpullidos, tanto en los que, por convicción, no comulgaban con ese sistema, como en los curritos que, por razones evidentes de número, no llegaban a recibir los favores del cacique. El poder no venía del pueblo, venía de la pasta. En última instancia, fuera bueno o malo, bienintencionado o paternalista, lo que le daba la influencia a aquel hombre era su posición económica.
Al menos, hasta que se metió en la política. La política abría muchas más puertas, permitía tejer una red mucho más amplia con nuevos mecanismos de influencia. Además, permitía entrar en un círculo vicioso en el que los favores pasados atraían los votos futuros, y ser un cargo electo facilitaba los nuevos chanchullos. Y en todo ese juego, se diluía no sólo la democracia, sino la propia dignidad de la sociedad, que renunciaba a defender como suyo el derecho a un trabajo o a una vida próspera, a cambio de recibir las migajas de un sistema clientelar. Es así como se llegaba a poner el carisma por encima de la eficacia, el amiguismo por encima del compromiso y, al final, la trampa por encima de la ley.
Los vicios de la Restauración tuvieron en el caciquismo una de sus más nefastas representaciones en Andalucía. Aun sin muchos datos para decir si fueron, cada uno de ellos, malas o buenas personas, podemos saber que contribuyeron a la corrupción del sistema y, a la postre, a su desaparición en brazos del autoritarismo. El otro día, en los jardines de "Los Patos", pensaba, por ejemplo, en que la "blanca pelambrera" de la barba de Antonio Barroso y Castillo, que llegó a ocupar diversos cargos como ministro en Madrid, fue esculpida en un vistoso monumento esos mismos jardines a la muerte del político en 1916, para que así pudiera durar su memoria doscientos cincuenta o trescientos años. No duró ni uno: lo que tardó una manifestación obrera en hacer añicos aquellas figuras. Tal vez aquellas gentes se pensaban que era el principio del fin de esa lacra regional. Quién les iba a decir que, un siglo después, los cordobeses querrían volver a ser lo que fueron.
| Sic transit |
domingo, 3 de abril de 2011
La muralla y los almogávares: ¿existió una puerta de Benito de Baños?
Córdoba recuerda pocos nombres relacionados con el episodio de la conquista de la ciudad a los restos del imperio almohade, en 1236. Algunos de ellos, como Álvar Pérez de Castro o Pedro Ruiz Tafur, figuran como jefes militares de algunos de los batallones que ocuparon la Axerquía aquella noche. Pero hay dos que siempre van unidos entre sí y a una historia (quizás leyenda) épica de acciones de comando al estilo medieval: son los almogávares Álvar Colodro y Benito de Baños, siempre mencionados en ese orden.
Resulta bastante curioso. Hace tiempo me pregunté qué tenía Colodro que no tuviera Benito de Baños, para que una puerta de la ciudad llevara su nombre en recuerdo de la acción militar. Parece bastante injusto que, sin que se tenga noticia de que uno estuviera por encima de otro en rango o importancia, a Alvar Colodro se le diera ese privilegio.
¿O no fue así? ¿Quedaron los dos en el recuerdo porque realmente existieron dos puertas en la muralla, cada una con el nombre de uno de los soldados?
Sólo he encontrado una cita en relación a este tema, en el artículo "El recinto amurallado de la Córdoba bajomedieval", de Escobar Camacho, quien hace referencia a la descripción de la muralla por Enrique Vaca de Alfaro en el siglo XVII*. En dicha descripción aparecen, entre la puerta del Colodro y la de la Misericordia, unas "torres de Benito de Baños", construidas en argamasa y con un arco entre ellas. En el plano que acompaña al artículo, aunque con poca resolución, se sitúan esas torres a medio camino entre las puertas del Colodro y la Misericordia, en un pequeño recodo como el que albergaba, en origen, las puertas de la Misericordia (Alquerque, por entonces) y Andújar.
La presencia de torreones en la muralla unidos por un arco (volado o adosado al lienzo de piedra) aparece, aparte de este punto, en otros tres lugares de la cerca cordobesa:
- En la puerta de Baeza, que se conservó hasta finales del siglo XIX.
- En la primera ubicación de la puerta de los Sacos en el lienzo sur de la muralla de la Huerta del Alcázar (de este tema hablaremos en unos días).
- En la primitiva puerta de Andújar, que fue macizada para formar la conocida como torre de los Donceles.
En definitiva, esa estructura responde a las necesidades defensivas de una puerta de la muralla, y no parece descabellado pensar que existió una puerta de Benito de Baños, tapiada ya para el siglo XVII, cuatrocientos años después de la conquista, quizás como consecuencia de alguna epidemia, como ocurrió en otros casos más modernos y mejor documentados.
Por desgracia, un acontecimiento tan temprano en la historia de la Córdoba castellana estaba ya más que olvidado cuando se escribieron las completas crónicas del siglo XIX, y no tenemos más datos para hablar sobre esta hipótesis que los que la arqueología nos vaya dando.
---
* Archivo de la Catedral de Córdoba, tomo 278, folios 5 r. y 6 r.
Resulta bastante curioso. Hace tiempo me pregunté qué tenía Colodro que no tuviera Benito de Baños, para que una puerta de la ciudad llevara su nombre en recuerdo de la acción militar. Parece bastante injusto que, sin que se tenga noticia de que uno estuviera por encima de otro en rango o importancia, a Alvar Colodro se le diera ese privilegio.
¿O no fue así? ¿Quedaron los dos en el recuerdo porque realmente existieron dos puertas en la muralla, cada una con el nombre de uno de los soldados?
Sólo he encontrado una cita en relación a este tema, en el artículo "El recinto amurallado de la Córdoba bajomedieval", de Escobar Camacho, quien hace referencia a la descripción de la muralla por Enrique Vaca de Alfaro en el siglo XVII*. En dicha descripción aparecen, entre la puerta del Colodro y la de la Misericordia, unas "torres de Benito de Baños", construidas en argamasa y con un arco entre ellas. En el plano que acompaña al artículo, aunque con poca resolución, se sitúan esas torres a medio camino entre las puertas del Colodro y la Misericordia, en un pequeño recodo como el que albergaba, en origen, las puertas de la Misericordia (Alquerque, por entonces) y Andújar.
La presencia de torreones en la muralla unidos por un arco (volado o adosado al lienzo de piedra) aparece, aparte de este punto, en otros tres lugares de la cerca cordobesa:
- En la puerta de Baeza, que se conservó hasta finales del siglo XIX.
- En la primera ubicación de la puerta de los Sacos en el lienzo sur de la muralla de la Huerta del Alcázar (de este tema hablaremos en unos días).
- En la primitiva puerta de Andújar, que fue macizada para formar la conocida como torre de los Donceles.
En definitiva, esa estructura responde a las necesidades defensivas de una puerta de la muralla, y no parece descabellado pensar que existió una puerta de Benito de Baños, tapiada ya para el siglo XVII, cuatrocientos años después de la conquista, quizás como consecuencia de alguna epidemia, como ocurrió en otros casos más modernos y mejor documentados.
Por desgracia, un acontecimiento tan temprano en la historia de la Córdoba castellana estaba ya más que olvidado cuando se escribieron las completas crónicas del siglo XIX, y no tenemos más datos para hablar sobre esta hipótesis que los que la arqueología nos vaya dando.
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* Archivo de la Catedral de Córdoba, tomo 278, folios 5 r. y 6 r.
miércoles, 30 de marzo de 2011
Los Santos Pintados
Hace unos días, en un descansito mientras salvábamos la ciencia en este país, hablaba con una compañera (y lectora) sobre sus andanzas por Santa Marina en los tiempos en que yo todavia era un proyecto, la carretera general a Badajoz salía por debajo de la Torre de la Malmuerta, la plaza del Moreno todavía era una plaza y mi barrio todavía lo conocían algunos por "el Matadero".
Me contaba las broncas de su madre por atreverse a cruzar la carretera sola, explorando más allá de San Cayetano, hasta los Santos Pintados. Y me preguntó si tenía idea de por qué se llamaba así ese lugar. Bueno, pues esto ya se habló en el blog de Laurentino y en alguna entrada vieja de este (en los comentarios).
El casi perdido topónimo de los Santos Pintados (que se aplicaba al cruce de caminos, y más tarde al paso a nivel que allí existía) empieza a desvenecerse a mediados del siglo XX, cuando ya había desaparecido el motivo de su existencia, y el cuartel de Automovilismo empezaba a servir a los cordobeses como referencia para ese lugar. Posteriormente, la glorieta de Almogávares terminó de eliminarlo del recuerdo popular, sobre todo entre los más jóvenes.
Su origen estaba en un pequeño humilladero o capilla situado junto a la tapia de la huerta del convento de San Cayetano. Este convento pertenecía a los Carmelitas Descalzos, que estuvieron en la calle Buen Pastor hasta 1614, en que se trasladaron allí. Según explica Ramírez de Arellano en los "Paseos":
Formaba una especie de retablo de material con dos cuerpos: el primero se componía de dos pilastras y un arco en el centro dividido por una gran cruz de relieve, y pintados en los lisos las imágenes de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, fundadores de los Carmelitas Descalzos. El segundo cuerpo era un cuadro con dos remates a los lados, la Virgen del Carmen en el centro y una cruz de piedra con que remataba.
Y esa viene siendo la historia del lugar, por lo cual, y aunque ni le conozco ni le sigo habitualmente, tengo que estar de acuerdo con este señor que pide en el periódico la vuelta del topónimo histórico del lugar.
Me contaba las broncas de su madre por atreverse a cruzar la carretera sola, explorando más allá de San Cayetano, hasta los Santos Pintados. Y me preguntó si tenía idea de por qué se llamaba así ese lugar. Bueno, pues esto ya se habló en el blog de Laurentino y en alguna entrada vieja de este (en los comentarios).
El casi perdido topónimo de los Santos Pintados (que se aplicaba al cruce de caminos, y más tarde al paso a nivel que allí existía) empieza a desvenecerse a mediados del siglo XX, cuando ya había desaparecido el motivo de su existencia, y el cuartel de Automovilismo empezaba a servir a los cordobeses como referencia para ese lugar. Posteriormente, la glorieta de Almogávares terminó de eliminarlo del recuerdo popular, sobre todo entre los más jóvenes.
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| Los Santos Pintados en el plano de 1884 |
Formaba una especie de retablo de material con dos cuerpos: el primero se componía de dos pilastras y un arco en el centro dividido por una gran cruz de relieve, y pintados en los lisos las imágenes de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, fundadores de los Carmelitas Descalzos. El segundo cuerpo era un cuadro con dos remates a los lados, la Virgen del Carmen en el centro y una cruz de piedra con que remataba.
Y esa viene siendo la historia del lugar, por lo cual, y aunque ni le conozco ni le sigo habitualmente, tengo que estar de acuerdo con este señor que pide en el periódico la vuelta del topónimo histórico del lugar.
lunes, 21 de marzo de 2011
Primavera en el barrio de Santa Marina
Esta es una entrada, especialmente, para todos los que están lejos de Córdoba. No tiene mucha historia ni mucha leyenda, sólo pretende acercar a esa gente algunas imágenes de estas calles que ya se preparan para sus mejores días del año. Algunos amigos entran al blog desde otras ciudades y países, y otros muchos desconocidos supongo que también lo agradecerán.
Los naranjos junto al palacio de Viana, las preciosas rejas de la calleja de la Malpensada, la plazuela del Cementerio, un árbol del amor en la Lagunilla y alguna salamanquesa en un farol junto a la iglesia. En realidad es lo mismo de todos los años, salvo por el roto en la fuente de la Piedra Escrita, que deja salir el agua, chorreando por el cruce de Moriscos con la calle Cárcamo. Y por el fin de las obras en el Colodro, que ya se ve cada día más cerca, con la antigua puerta de la muralla integrada de forma un poco improvisada, pero en general aceptable.
Vamos, que Córdoba sigue en su sitio, esperando vuestra vuelta, de visita o para quedaros. Un saludo.
Los naranjos junto al palacio de Viana, las preciosas rejas de la calleja de la Malpensada, la plazuela del Cementerio, un árbol del amor en la Lagunilla y alguna salamanquesa en un farol junto a la iglesia. En realidad es lo mismo de todos los años, salvo por el roto en la fuente de la Piedra Escrita, que deja salir el agua, chorreando por el cruce de Moriscos con la calle Cárcamo. Y por el fin de las obras en el Colodro, que ya se ve cada día más cerca, con la antigua puerta de la muralla integrada de forma un poco improvisada, pero en general aceptable.
Vamos, que Córdoba sigue en su sitio, esperando vuestra vuelta, de visita o para quedaros. Un saludo.
lunes, 14 de marzo de 2011
Los bancos de azulejos de "Los patos": arte talaverano en estado de abandono
El otro día, preparando con el compañero Malabaddon un paseíllo guiado por la zona, nos topamos con los bancos revestidos de azulejos que adornan el parque. No teníamos gran idea de su origen y un pequeño cuaderno didáctico de la historia de los jardines nos decía, simplemente, que habían sido instalados a finales del siglo XIX para completar el proyecto del parque.
No sabíamos cómo encajarlos en la charla más allá de la mera curiosidad, hasta que nos fijamos en que uno de ellos, el más cercano al estanque de los patos, tenía una firma parcialmente reventada por algún homínido etilizado. Apenas puede leerse en ella "J. Ruiz de [...]na. Talavera".
Los azulejos de "Los patos" están repartidos en varios conjuntos. Un banco parece aislado junto al estanque, otros pocos se alinean en la avenida de Cervantes y el grupo más representativo está en el centro del parque, delimitando un espacio hoy vacío, en el que se encontraba un pequeño quiosco habilitado como biblioteca de obras de Séneca. Es por ello que los bancos de esta zona están adornados con citas célebres del filósofo cordobés.
El estado de conservación general es bastante malo: los azulejos están parcialmente arrancados, golpeados y llenos de barro y musgo. Asombra, eso sí, la viveza de los colores después de estar durante más de un siglo expuestos al sol del verano cordobés. Comentábamos el otro día, y me parece que acertadamente, cómo los bancos ya no se deberían considerar mobiliario urbano, sino una pieza artística de alto valor, y como tal deberían ser identificados y protegidos, restaurándolos y desenterrando los que están medio cubiertos por materiales de relleno.
Por cierto, el paseo guiado salió bastante bien, y se repetira próximamente, iremos avisando.
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Edito: el conjunto de citas de Séneca, fotos de la antigua biblioteca y otros datos interesantes en este artículo de Paco Muñoz en la Calleja de las Flores. Gracias, Manolo.
sábado, 19 de febrero de 2011
Córdoba frente al misterio (17): el zombi de los Tejares
Cuando Fernando de Cárcamo se asomó a la puertecilla trasera de la casa, la mujer se sobresaltó primero, pero luego debió ver el cielo abierto. El joven noble estaba disfrutando de una de sus correrías nocturnas por la ciudad, las cuales le habían hecho famoso y poco popular entre los vecinos, cuando los gritos desgarrados de aquella señora le habían obligado a acercarse a ver qué pasaba.
Oyendo las voces, había dado un par de vueltas por las cercanías del convento de la Merced, adonde había llegado saltando la muralla junto a la puerta de Osario (ele), y al final se había encontrado la escenita de una mujer amortajando a su marido muerto, mientras dormía, en mitad de la noche veraniega.
El juerguista hizo de la necesidad virtud y le dijo a la buena señora que se fuera a buscar al cura del barrio de San Juan, mientras él se quedaría con el muerto en un patio. El Cárcamo se debió sentar delante de aquel hombre, rezaría alguna oración y luego se quedaría tamborileando con los dedos en alguna mesita, pensando quién carajo le mandaría meterse donde no le llamaban.
Pasaron unos minutos, don Fernando casi daba cabezadas, cuando oyó algo, se volvió hacia el difunto, y lo descubrió sentado en la cama, mirándole fijamente. En el siglo XXI, pasado el susto inicial, habría buscado una cámara oculta, pero en el siglo XVI no había de eso. Tampoco se le pasó el susto inicial, porque el muerto se levantó y caminó hacia él con las manos extendidas.
El caballero se defendía, según cuentan las crónicas, "pareciéndole cobardía arremeterle con las armas que el otro no tenía", así que se zurraron a manotazos, con el amortajado intentando ahogar al Cárcamo. A eso de las tres de la madrugada, cuando apenas le quedaban fuerzas para defenderse, el joven vio cómo el difunto le soltaba, se retiraba a su lecho y se volvía a tumbar inerte. Dio unos pasos atrás, se sentó también, blanco como la cera, y en ese momento abrió la puerta la señora, que ya venía acompañada.
Después de recibir los agradecimientos, don Fernando de Cárcamo, en vez de volver a entrar a la ciudad, caminó hacia el norte, cuando el cielo ya empezaba a clarear. Se presentó en el convento de San Francisco de la Arruzafa, del que hablamos hace poco, y tomó el hábito esa misma mañana, arrojándose entre lágrimas al guardián del convento. Allí vivió el resto de su vida, y allí murió entre la admiración de toda Córdoba por su conversión.
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"Casos notables de la ciudad de Córdoba", anónimo. Edición de Francisco Baena Altolaguirre, 2003.
Oyendo las voces, había dado un par de vueltas por las cercanías del convento de la Merced, adonde había llegado saltando la muralla junto a la puerta de Osario (ele), y al final se había encontrado la escenita de una mujer amortajando a su marido muerto, mientras dormía, en mitad de la noche veraniega.
El juerguista hizo de la necesidad virtud y le dijo a la buena señora que se fuera a buscar al cura del barrio de San Juan, mientras él se quedaría con el muerto en un patio. El Cárcamo se debió sentar delante de aquel hombre, rezaría alguna oración y luego se quedaría tamborileando con los dedos en alguna mesita, pensando quién carajo le mandaría meterse donde no le llamaban.
Pasaron unos minutos, don Fernando casi daba cabezadas, cuando oyó algo, se volvió hacia el difunto, y lo descubrió sentado en la cama, mirándole fijamente. En el siglo XXI, pasado el susto inicial, habría buscado una cámara oculta, pero en el siglo XVI no había de eso. Tampoco se le pasó el susto inicial, porque el muerto se levantó y caminó hacia él con las manos extendidas.
El caballero se defendía, según cuentan las crónicas, "pareciéndole cobardía arremeterle con las armas que el otro no tenía", así que se zurraron a manotazos, con el amortajado intentando ahogar al Cárcamo. A eso de las tres de la madrugada, cuando apenas le quedaban fuerzas para defenderse, el joven vio cómo el difunto le soltaba, se retiraba a su lecho y se volvía a tumbar inerte. Dio unos pasos atrás, se sentó también, blanco como la cera, y en ese momento abrió la puerta la señora, que ya venía acompañada.
Después de recibir los agradecimientos, don Fernando de Cárcamo, en vez de volver a entrar a la ciudad, caminó hacia el norte, cuando el cielo ya empezaba a clarear. Se presentó en el convento de San Francisco de la Arruzafa, del que hablamos hace poco, y tomó el hábito esa misma mañana, arrojándose entre lágrimas al guardián del convento. Allí vivió el resto de su vida, y allí murió entre la admiración de toda Córdoba por su conversión.
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"Casos notables de la ciudad de Córdoba", anónimo. Edición de Francisco Baena Altolaguirre, 2003.
martes, 11 de enero de 2011
Muralla en los cimientos de Ronda de los Tejares
Pero mientras yo me asomaba por encima de la tapia, había alguien más avispado que se subía a la azotea del edificio de enfrente: Rafa Jiménez, un viejo conocido de la blogosfera cordobesa, con cuyas fotos topé accidentalmente y que me dio permiso para publicar aquí por su interés.
En ellas se puede ver no sólo la muralla, sino también una torre semicircular adosada a ella, en un excelente estado de conservación. Desconozco si en el bloque, que ya se ha terminado de construir, habrá cocheras, pero es evidente que la muralla se tiene que haber conservado y que debe existir una forma de acceder a ella. Será cosa de intentarlo, así como de encontrar los informes que expliquen la datación y la importancia de estos restos.
viernes, 7 de enero de 2011
El ídolo de Alcolea, 5000 años de historia
Cuando a estos expertos se les da la ocasión de excavar de manera seria y de analizar y publicar sus resultados, pasan cosas como la de Alcolea en 2005, cuando Rafael Martínez, de la Universidad de Córdoba, descubrió la que podría ser la representación humana (o al menos, antropomórfica) más antigua de la vega cordobesa del Guadalquivir.
Es una pequeña pieza de terracota, muy similar a otras encontradas en Portugal y en Murcia, que ha sido datada en el cuarto milenio antes de nuestra era, alrededor del año 3500 AC. Se puede ver cómo, con una pequeña presión con los dedos, el autor de la pieza le dio una rudimentaria forma humana, con una nariz y ojos. Las líneas paralelas a ambos lados del cuello son un motivo repetido en esta clase de piezas.
Los autores de la investigación, aunque reconocen que es muy complicado imaginar para qué se utilizaba, afirman que sólo el hecho de que sea una imagen humana simbólica, lo que en estos casos se llama un "ídolo", ya tiene una gran importancia dentro del arte neolítico.Este período de la historia, tan extenso como desconocido, tiene el problema de que normalmente no aporta descubrimientos espectaculares o estructuras visitables bien conservadas. Sólo con un intenso trabajo didáctico que capte el interés de la gente se podrá hacer ver que todas las tierras que rodean la ciudad están llenas de pequeños testimonios de los pueblos que la habitaron hace miles de años.
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Martínez Sánchez RM, García Benavente R, 2009: Una terracota figurada del IV milenio AC en la Vega Media del Guadalquivir, Trabajos de Prehistoria, 66.
domingo, 2 de enero de 2011
La puerta del Puente, tal como era
No he ido a ver la puerta del Puente desde que regresé, pero quiero pensar que conserva más o menos la misma imagen con la que la dejé en verano, con sus columnas y sus relieves, y que a nadie se le ha ocurrido pintarla de rosa o algo así.Sin embargo, la imagen que tiene hoy no es tan antigua como podría parecer, al menos en su conjunto. El hecho de que mucha gente la conozca como el Arco del Triunfo (en detrimento de aquél efímero en honor a Isabel II) se debe, probablemente, a dos motivos: el primero, que esa es la forma arquitectónica que tiene ahora mismo, y el segundo, la cercanía del triunfo de San Rafael. La realidad es que de las dos caras idénticas que tiene la puerta, sólo la exterior, la que mira al río, es la original. La cara interior no es más que una copia que se hizo para darle "armonía" en el primer tercio del siglo XX, en 1928, según la Cordobapedia.
Es decir, alguien llegó de alguna estancia lejos de Córdoba pensando, como yo, que la puerta seguía en su sitio, igual de cochambrosa que siempre, y de pronto se encontró con que le había salido otra portada en la chepa, en una decisión que hoy haría llevarse las manos a la cabeza a casi todo el mundo. ¿Qué aspecto tenía la puerta antes de semejante actuación? Pues, desde atrás, más o menos éste:
La verdad es que se puede entender, en su contexto, que alguien quisiera tapar semejante vergüenza. Igual que se entiende que se decidiera edificar la puerta monumental cuando ya se caía a trozos la que venía heredada, como mínimo, del tiempo de los árabes. Eso fue a finales del siglo XVI, a lo largo de la década de los setenta, empezando en 1572 y tomando nuevo impulso en 1576 tras permanecer inacabada.En cuanto a lo que había antes de la puerta que conocemos, cabría pensar que es muy difícil de averiguar, salvo a través de testimonios arqueológicos que sólo nos hablarán de una entrada con tres o cinco arcos. Sin embargo, Córdoba es de esas muchas ciudades afortunadas por haber sido retratadas por la cámara fotográfica de Wyngaerde, el cual llegó aquí, para mayor alegría, sólo cuatro años antes de que empezara la remodelación. Gracias a eso nos legó el único dibujo existente de la antigua puerta del Puente, de construcción probablemente musulmana.
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