sábado, 16 de abril de 2011

El agua de la Palma

Aunque es uno de mis temas favoritos, no lo trato mucho por aquí debido, en primer lugar, a su dificultad. Hablar de estas cosas sin meter la pata hasta el fondo requiere estar familiarizado con la toponimia y topografía antiguas de los alrededores de Córdoba, y muchas veces prefiero callarme antes de confundir al personal con informaciones erróneas. Muchas veces prefiero esperar a que sea Laurentino quien se explaye en su Puente Mayor, porque suele aportar datos muy interesantes.

Las aguas tradicionales procedentes de manantiales de la sierra abastecieron a Córdoba desde la época romana hasta principios del siglo XX, permitiendo a la población disfrutar de unos niveles de salubridad que variaron mucho a lo largo de las distintas épocas.

Una de las canalizaciones más importantes fue la conocida como "el agua de la Palma", por asociación con una huerta que se encontraba en lo que hoy es el barrio de Fátima, y que llevaba ese nombre. Esta conducción tiene la particularidad de nutrirse de la misma zona de la que en tiempos romanos, según Ángel Ventura, llegaba a Córdoba el acueducto Aqua Nova Domitiana Augusta: el arroyo Pedroche.

Según el libro de "Las aguas de Córdoba", de López Amo, el manantial se encontraba en el depósito del Sombrero del Rey. Este nombre era relativamente común, y se daba a las alcubillas que tenían una curiosa forma en la parte superior, de las que en Córdoba hubo al menos tres. Este Sombrero del Rey, cerca de las cocheras de Aucorsa y el molino de los Ciegos, fue tapado de manera inmisericorde en unas relativamente recientes obras de ampliación del acceso por la carretera de Badajoz. En esta foto de Saqunda se puede ver su estado antes de las obras.

Desde allí, el agua bajaba a Córdoba de alcubilla en alcubilla, hasta llegar a la puerta de Plasencia, donde comenzaba su distrubución hacia las distintas fuentes públicas y propietarios particulares. Un ramal se dirigía hacia la calle Montero: hace mucho tiempo, colgué por aquí la única foto conocida de la fuente de Mariblanca que, junto con el hospital de Jesús Nazareno, se abastecían de esta conducción.

Otra parte del agua entraba hacia la entonces ermita de San Rafael, y surtía la fuente de la plazuela, que aún sigue allí. El convento de Santa María de Gracia e incluso algunas casas de la calle Almonas, mayormente de gente de pasta, se beneficiaban del agua de la Palma.

El grueso del caudal, sin embargo, se distribuía entre tres fuentes públicas de gran importancia: las de la plaza de la Magdalena, el Campo de San Antón y el Campo Madre de Dios. Cada una de ellas estaba surtida con seis pajas de agua, de las 27 que constituían el caudal completo que venía del manantial. La del Campo Madre de Dios, que hoy día sigue allí, un poco trasladada, en el jardincito frente a las Lonjas, es la de la izquierda. A la derecha se ve el Campo de San Antón, junto al convento del Carmen (hoy Facultad de Derecho). La fuente se trasladó más tarde a la plaza de los Trinitarios, donde anteriormente había otra pequeñita, surtida con agua de Miraflores.

Y, aparte, también les llegaba agua de esta conducción a otros edificios importantes extramuros de los barrios de la Magdalena y Santiago: el hospital de San Bartolomé y el convento de San Juan de Dios, cerca de Derecho, por ejemplo.

En fin, toda esta historia se fue terminando según avanzaba el siglo XX y se renovaba el aporte de agua potable a la ciudad, con la mejora de algunas cañerías de la sierra y, sobre todo, con la construcción de la presa del Guadalmellato.

domingo, 10 de abril de 2011

El cacique que se metió a político

Érase una vez una ciudad de provincias venida a menos, hasta quedar olvidada por el resto del país y encerrada en sí misma. Éranse una vez Córdoba y sus mentideros, sus gentes, sus tabernas y sus personajes. Personajes como la figura del cacique local, el hombre al que la ciudad, huérfana en buena medida de otros referentes, rendía pleitesía y daba culto, obedeciendo a unas normas no escritas que la sociedad se había ido encargando de definir.

El cacique parecía amable y benevolente. Como se podía leer en la prensa, quién sabe hasta qué punto conchabada, abría las puertas de su casa a los que necesitaban de su ayuda. En su despacho, en un jardín o en un aparte durante el café en alguna terraza, escuchaba las penurias de sus conciudadanos y, mientras acariciaba su blanca pelambrera, movía los hilos que fueran necesarios para prestarles la asistencia que necesitaran. Una pequeña cantidad de dinero, quizás, un papelito, una carta de recomendación, un poco de agilidad para según qué trámites.

Todos sabían dónde podían conseguirse esos favores, todos sabían cómo y dónde se movían aquellos hilos, aquella burocracia paralela. No eran los mejores tiempos para la democracia en el país en general, pero tal perversión del principio de que el poder emanaba del pueblo a través de las instituciones libremente elegidas provocaba sarpullidos, tanto en los que, por convicción, no comulgaban con ese sistema, como en los curritos que, por razones evidentes de número, no llegaban a recibir los favores del cacique. El poder no venía del pueblo, venía de la pasta. En última instancia, fuera bueno o malo, bienintencionado o paternalista, lo que le daba la influencia a aquel hombre era su posición económica.

Al menos, hasta que se metió en la política. La política abría muchas más puertas, permitía tejer una red mucho más amplia con nuevos mecanismos de influencia. Además, permitía entrar en un círculo vicioso en el que los favores pasados atraían los votos futuros, y ser un cargo electo facilitaba los nuevos chanchullos. Y en todo ese juego, se diluía no sólo la democracia, sino la propia dignidad de la sociedad, que renunciaba a defender como suyo el derecho a un trabajo o a una vida próspera, a cambio de recibir las migajas de un sistema clientelar. Es así como se llegaba a poner el carisma por encima de la eficacia, el amiguismo por encima del compromiso y, al final, la trampa por encima de la ley.

Los vicios de la Restauración tuvieron en el caciquismo una de sus más nefastas representaciones en Andalucía. Aun sin muchos datos para decir si fueron, cada uno de ellos, malas o buenas personas, podemos saber que contribuyeron a la corrupción del sistema y, a la postre, a su desaparición en brazos del autoritarismo. El otro día, en los jardines de "Los Patos", pensaba, por ejemplo, en que la "blanca pelambrera" de la barba de Antonio Barroso y Castillo, que llegó a ocupar diversos cargos como ministro en Madrid, fue esculpida en un vistoso monumento esos mismos jardines a la muerte del político en 1916, para que así pudiera durar su memoria doscientos cincuenta o trescientos años. No duró ni uno: lo que tardó una manifestación obrera en hacer añicos aquellas figuras. Tal vez aquellas gentes se pensaban que era el principio del fin de esa lacra regional. Quién les iba a decir que, un siglo después, los cordobeses querrían volver a ser lo que fueron.

Sic transit

domingo, 3 de abril de 2011

La muralla y los almogávares: ¿existió una puerta de Benito de Baños?

Córdoba recuerda pocos nombres relacionados con el episodio de la conquista de la ciudad a los restos del imperio almohade, en 1236. Algunos de ellos, como Álvar Pérez de Castro o Pedro Ruiz Tafur, figuran como jefes militares de algunos de los batallones que ocuparon la Axerquía aquella noche. Pero hay dos que siempre van unidos entre sí y a una historia (quizás leyenda) épica de acciones de comando al estilo medieval: son los almogávares Álvar Colodro y Benito de Baños, siempre mencionados en ese orden.

Resulta bastante curioso. Hace tiempo me pregunté qué tenía Colodro que no tuviera Benito de Baños, para que una puerta de la ciudad llevara su nombre en recuerdo de la acción militar. Parece bastante injusto que, sin que se tenga noticia de que uno estuviera por encima de otro en rango o importancia, a Alvar Colodro se le diera ese privilegio.

¿O no fue así? ¿Quedaron los dos en el recuerdo porque realmente existieron dos puertas en la muralla, cada una con el nombre de uno de los soldados?

Sólo he encontrado una cita en relación a este tema, en el artículo "El recinto amurallado de la Córdoba bajomedieval", de Escobar Camacho, quien hace referencia a la descripción de la muralla por Enrique Vaca de Alfaro en el siglo XVII*. En dicha descripción aparecen, entre la puerta del Colodro y la de la Misericordia, unas "torres de Benito de Baños", construidas en argamasa y con un arco entre ellas. En el plano que acompaña al artículo, aunque con poca resolución, se sitúan esas torres a medio camino entre las puertas del Colodro y la Misericordia, en un pequeño recodo como el que albergaba, en origen, las puertas de la Misericordia (Alquerque, por entonces) y Andújar.



La presencia de torreones en la muralla unidos por un arco (volado o adosado al lienzo de piedra) aparece, aparte de este punto, en otros tres lugares de la cerca cordobesa:
 - En la puerta de Baeza, que se conservó hasta finales del siglo XIX.
 - En la primera ubicación de la puerta de los Sacos en el lienzo sur de la muralla de la Huerta del Alcázar (de este tema hablaremos en unos días).
 - En la primitiva puerta de Andújar, que fue macizada para formar la conocida como torre de los Donceles.

En definitiva, esa estructura responde a las necesidades defensivas de una puerta de la muralla, y no parece descabellado pensar que existió una puerta de Benito de Baños, tapiada ya para el siglo XVII, cuatrocientos años después de la conquista, quizás como consecuencia de alguna epidemia, como ocurrió en otros casos más modernos y mejor documentados.

Por desgracia, un acontecimiento tan temprano en la historia de la Córdoba castellana estaba ya más que olvidado cuando se escribieron las completas crónicas del siglo XIX, y no tenemos más datos para hablar sobre esta hipótesis que los que la arqueología nos vaya dando.

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 * Archivo de la Catedral de Córdoba, tomo 278, folios 5 r. y 6 r.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Los Santos Pintados

Hace unos días, en un descansito mientras salvábamos la ciencia en este país, hablaba con una compañera (y lectora) sobre sus andanzas por Santa Marina en los tiempos en que yo todavia era un proyecto, la carretera general a Badajoz salía por debajo de la Torre de la Malmuerta, la plaza del Moreno todavía era una plaza y mi barrio todavía lo conocían algunos por "el Matadero".

Me contaba las broncas de su madre por atreverse a cruzar la carretera sola, explorando más allá de San Cayetano, hasta los Santos Pintados. Y me preguntó si tenía idea de por qué se llamaba así ese lugar. Bueno, pues esto ya se habló en el blog de Laurentino y en alguna entrada vieja de este (en los comentarios).

El casi perdido topónimo de los Santos Pintados (que se aplicaba al cruce de caminos, y más tarde al paso a nivel que allí existía) empieza a desvenecerse a mediados del siglo XX, cuando ya había desaparecido el motivo de su existencia, y el cuartel de Automovilismo empezaba a servir a los cordobeses como referencia para ese lugar. Posteriormente, la glorieta de Almogávares terminó de eliminarlo del recuerdo popular, sobre todo entre los más jóvenes.
Los Santos Pintados en el plano de 1884
Su origen estaba en un pequeño humilladero o capilla situado junto a la tapia de la huerta del convento de San Cayetano. Este convento pertenecía a los Carmelitas Descalzos, que estuvieron en la calle Buen Pastor hasta 1614, en que se trasladaron allí. Según explica Ramírez de Arellano en los "Paseos":

Formaba una especie de retablo de material con dos cuerpos: el primero se componía de dos pilastras y un arco en el centro dividido por una gran cruz de relieve, y pintados en los lisos las imágenes de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, fundadores de los Carmelitas Descalzos. El segundo cuerpo era un cuadro con dos remates a los lados, la Virgen del Carmen en el centro y una cruz de piedra con que remataba. 

Y esa viene siendo la historia del lugar, por lo cual, y aunque ni le conozco ni le sigo habitualmente, tengo que estar de acuerdo con este señor que pide en el periódico la vuelta del topónimo histórico del lugar.

lunes, 21 de marzo de 2011

Primavera en el barrio de Santa Marina

Esta es una entrada, especialmente, para todos los que están lejos de Córdoba. No tiene mucha historia ni mucha leyenda, sólo pretende acercar a esa gente algunas imágenes de estas calles que ya se preparan para sus mejores días del año. Algunos amigos entran al blog desde otras ciudades y países, y otros muchos desconocidos supongo que también lo agradecerán.



Los naranjos junto al palacio de Viana, las preciosas rejas de la calleja de la Malpensada, la plazuela del Cementerio, un árbol del amor en la Lagunilla y alguna salamanquesa en un farol junto a la iglesia. En realidad es lo mismo de todos los años, salvo por el roto en la fuente de la Piedra Escrita, que deja salir el agua, chorreando por el cruce de Moriscos con la calle Cárcamo. Y por el fin de las obras en el Colodro, que ya se ve cada día más cerca, con la antigua puerta de la muralla integrada de forma un poco improvisada, pero en general aceptable.

Vamos, que Córdoba sigue en su sitio, esperando vuestra vuelta, de visita o para quedaros. Un saludo.


lunes, 14 de marzo de 2011

Los bancos de azulejos de "Los patos": arte talaverano en estado de abandono

Los jardines de la Agricultura ("Los patos", entre la Victoria y la estación para los muy desorientados) fueron concebidos como un gran espacio de esparcimiento para los cordobeses, que vino a sustituir al primitivo paseo circular de la Victoria, allá por los años 60 del siglo XIX.

El otro día, preparando con el compañero Malabaddon un paseíllo guiado por la zona, nos topamos con los bancos revestidos de azulejos que adornan el parque. No teníamos gran idea de su origen y un pequeño cuaderno didáctico de la historia de los jardines nos decía, simplemente, que habían sido instalados a finales del siglo XIX para completar el proyecto del parque.

No sabíamos cómo encajarlos en la charla más allá de la mera curiosidad, hasta que nos fijamos en que uno de ellos, el más cercano al estanque de los patos, tenía una firma parcialmente reventada por algún homínido etilizado. Apenas puede leerse en ella "J. Ruiz de [...]na. Talavera".

Bastó rebuscar un poquillo en la red para dar con el autor de los azulejos: Juan Ruiz de Luna, uno de los más importantes ceramistas talaveranos. A Ruiz de Luna, nacido en Noez (Toledo) en 1863, se debe la recuperación de antiguas técnicas que llegaron procedentes de Flandes en el siglo XVI, así como su perfeccionamiento y adaptación a los medios del siglo XX. Es tal su relevancia que el museo de cerámica de Talavera, uno de los más importantes del mundo, lleva su nombre.

Los azulejos de "Los patos" están repartidos en varios conjuntos. Un banco parece aislado junto al estanque, otros pocos se alinean en la avenida de Cervantes y el grupo más representativo está en el centro del parque, delimitando un espacio hoy vacío, en el que se encontraba un pequeño quiosco habilitado como biblioteca de obras de Séneca. Es por ello que los bancos de esta zona están adornados con citas célebres del filósofo cordobés.














El estado de conservación general es bastante malo: los azulejos están parcialmente arrancados, golpeados y llenos de barro y musgo. Asombra, eso sí, la viveza de los colores después de estar durante más de un siglo expuestos al sol del verano cordobés. Comentábamos el otro día, y me parece que acertadamente, cómo los bancos ya no se deberían considerar mobiliario urbano, sino una pieza artística de alto valor, y como tal deberían ser identificados y protegidos, restaurándolos y desenterrando los que están medio cubiertos por materiales de relleno.

Por cierto, el paseo guiado salió bastante bien, y se repetira próximamente, iremos avisando.

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Edito: el conjunto de citas de Séneca, fotos de la antigua biblioteca y otros datos interesantes en este artículo de Paco Muñoz en la Calleja de las Flores. Gracias, Manolo.

sábado, 19 de febrero de 2011

Córdoba frente al misterio (17): el zombi de los Tejares

Cuando Fernando de Cárcamo se asomó a la puertecilla trasera de la casa, la mujer se sobresaltó primero, pero luego debió ver el cielo abierto. El joven noble estaba disfrutando de una de sus correrías nocturnas por la ciudad, las cuales le habían hecho famoso y poco popular entre los vecinos, cuando los gritos desgarrados de aquella señora le habían obligado a acercarse a ver qué pasaba.

Oyendo las voces, había dado un par de vueltas por las cercanías del convento de la Merced, adonde había llegado saltando la muralla junto a la puerta de Osario (ele), y al final se había encontrado la escenita de una mujer amortajando a su marido muerto, mientras dormía, en mitad de la noche veraniega.

El juerguista hizo de la necesidad virtud y le dijo a la buena señora que se fuera a buscar al cura del barrio de San Juan, mientras él se quedaría con el muerto en un patio. El Cárcamo se debió sentar delante de aquel hombre, rezaría alguna oración y luego se quedaría tamborileando con los dedos en alguna mesita, pensando quién carajo le mandaría meterse donde no le llamaban.

Pasaron unos minutos, don Fernando casi daba cabezadas, cuando oyó algo, se volvió hacia el difunto, y lo descubrió sentado en la cama, mirándole fijamente. En el siglo XXI, pasado el susto inicial, habría buscado una cámara oculta, pero en el siglo XVI no había de eso. Tampoco se le pasó el susto inicial, porque el muerto se levantó y caminó hacia él con las manos extendidas.

El caballero se defendía, según cuentan las crónicas, "pareciéndole cobardía arremeterle con las armas que el otro no tenía", así que se zurraron a manotazos, con el amortajado intentando ahogar al Cárcamo. A eso de las tres de la madrugada, cuando apenas le quedaban fuerzas para defenderse, el joven vio cómo el difunto le soltaba, se retiraba a su lecho y se volvía a tumbar inerte. Dio unos pasos atrás, se sentó también, blanco como la cera, y en ese momento abrió la puerta la señora, que ya venía acompañada.

Después de recibir los agradecimientos, don Fernando de Cárcamo, en vez de volver a entrar a la ciudad, caminó hacia el norte, cuando el cielo ya empezaba a clarear. Se presentó en el convento de San Francisco de la Arruzafa, del que hablamos hace poco, y tomó el hábito esa misma mañana, arrojándose entre lágrimas al guardián del convento. Allí vivió el resto de su vida, y allí murió entre la admiración de toda Córdoba por su conversión.

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"Casos notables de la ciudad de Córdoba", anónimo. Edición de Francisco Baena Altolaguirre, 2003.

martes, 11 de enero de 2011

Muralla en los cimientos de Ronda de los Tejares

Hace ya bastante tiempo, mientras las obras estaban todavía en su primera etapa, me acerqué para comprobar si habían aparecido restos de muralla en el subsuelo del número 11 de Ronda de los Tejares, y subí aquí el resultado: algo había, probablemente de origen romano y en línea con la que se conserva en el edificio de al lado, visitable y declarada Bien de Interés Cultural.

Pero mientras yo me asomaba por encima de la tapia, había alguien más avispado que se subía a la azotea del edificio de enfrente: Rafa Jiménez, un viejo conocido de la blogosfera cordobesa, con cuyas fotos topé accidentalmente y que me dio permiso para publicar aquí por su interés.

En ellas se puede ver no sólo la muralla, sino también una torre semicircular adosada a ella, en un excelente estado de conservación. Desconozco si en el bloque, que ya se ha terminado de construir, habrá cocheras, pero es evidente que la muralla se tiene que haber conservado y que debe existir una forma de acceder a ella. Será cosa de intentarlo, así como de encontrar los informes que expliquen la datación y la importancia de estos restos.

viernes, 7 de enero de 2011

El ídolo de Alcolea, 5000 años de historia

Esparcidos por los campos alrededor de Córdoba, pero visibles sólo a los ojos de investigadores experimentados, hay multitud de restos que, si tuvieran la oportunidad de que se los explicaran adecuadamente, dejarían de piedra a la mayoría de los cordobeses. Pequeños y degradados fragmentos de cerámica, molinos y otros utensilios cuya antigüedad se remonta a épocas anteriores a la ocupación romana, llegando y extendiéndose por el Neolítico.

Cuando a estos expertos se les da la ocasión de excavar de manera seria y de analizar y publicar sus resultados, pasan cosas como la de Alcolea en 2005, cuando Rafael Martínez, de la Universidad de Córdoba, descubrió la que podría ser la representación humana (o al menos, antropomórfica) más antigua de la vega cordobesa del Guadalquivir.

Es una pequeña pieza de terracota, muy similar a otras encontradas en Portugal y en Murcia, que ha sido datada en el cuarto milenio antes de nuestra era, alrededor del año 3500 AC. Se puede ver cómo, con una pequeña presión con los dedos, el autor de la pieza le dio una rudimentaria forma humana, con una nariz y ojos. Las líneas paralelas a ambos lados del cuello son un motivo repetido en esta clase de piezas.

Los autores de la investigación, aunque reconocen que es muy complicado imaginar para qué se utilizaba, afirman que sólo el hecho de que sea una imagen humana simbólica, lo que en estos casos se llama un "ídolo", ya tiene una gran importancia dentro del arte neolítico.

Este período de la historia, tan extenso como desconocido, tiene el problema de que normalmente no aporta descubrimientos espectaculares o estructuras visitables bien conservadas. Sólo con un intenso trabajo didáctico que capte el interés de la gente se podrá hacer ver que todas las tierras que rodean la ciudad están llenas de pequeños testimonios de los pueblos que la habitaron hace miles de años.

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Martínez Sánchez RM, García Benavente R, 2009: Una terracota figurada del IV milenio AC en la Vega Media del Guadalquivir, Trabajos de Prehistoria, 66.

domingo, 2 de enero de 2011

La puerta del Puente, tal como era

No he ido a ver la puerta del Puente desde que regresé, pero quiero pensar que conserva más o menos la misma imagen con la que la dejé en verano, con sus columnas y sus relieves, y que a nadie se le ha ocurrido pintarla de rosa o algo así.

Sin embargo, la imagen que tiene hoy no es tan antigua como podría parecer, al menos en su conjunto. El hecho de que mucha gente la conozca como el Arco del Triunfo (en detrimento de aquél efímero en honor a Isabel II) se debe, probablemente, a dos motivos: el primero, que esa es la forma arquitectónica que tiene ahora mismo, y el segundo, la cercanía del triunfo de San Rafael. La realidad es que de las dos caras idénticas que tiene la puerta, sólo la exterior, la que mira al río, es la original. La cara interior no es más que una copia que se hizo para darle "armonía" en el primer tercio del siglo XX, en 1928, según la Cordobapedia.

Es decir, alguien llegó de alguna estancia lejos de Córdoba pensando, como yo, que la puerta seguía en su sitio, igual de cochambrosa que siempre, y de pronto se encontró con que le había salido otra portada en la chepa, en una decisión que hoy haría llevarse las manos a la cabeza a casi todo el mundo. ¿Qué aspecto tenía la puerta antes de semejante actuación? Pues, desde atrás, más o menos éste:

La verdad es que se puede entender, en su contexto, que alguien quisiera tapar semejante vergüenza. Igual que se entiende que se decidiera edificar la puerta monumental cuando ya se caía a trozos la que venía heredada, como mínimo, del tiempo de los árabes. Eso fue a finales del siglo XVI, a lo largo de la década de los setenta, empezando en 1572 y tomando nuevo impulso en 1576 tras permanecer inacabada.

En cuanto a lo que había antes de la puerta que conocemos, cabría pensar que es muy difícil de averiguar, salvo a través de testimonios arqueológicos que sólo nos hablarán de una entrada con tres o cinco arcos. Sin embargo, Córdoba es de esas muchas ciudades afortunadas por haber sido retratadas por la cámara fotográfica de Wyngaerde, el cual llegó aquí, para mayor alegría, sólo cuatro años antes de que empezara la remodelación. Gracias a eso nos legó el único dibujo existente de la antigua puerta del Puente, de construcción probablemente musulmana.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Milenario (10): el saqueo de Medina Azahara

Si hubiera estado en Córdoba no se me habría pasado la fecha. Pero aquí, al otro lado del mundo, ha sido esta mañana cuando, todavía en la cama, me ha venido a la cabeza el aniversario. Estamos en noviembre de 2010, y hace mil años que ardió Medina Azahara. Decidí poner fin a la serie de artículos sobre el milenario del fin del Califato, porque se estaban volviendo demasiado complicados, pero creo que han pasado suficientes meses y la ocasión merece recuperar el tema.

La guerra civil en Al Andalus duraba ya más de un año y medio, desde la revuelta inicial de febrero de 1009 contra el nefasto gobierno del hijo de Almanzor, que puso fin a la autoridad real de éste, y al reinado, para entonces ya sólo nominal, de Hisham II. Entre 1009 y 1010 se sucedieron los gobernantes, apoyados unos por los andalusíes y otros por los beréberes, mercenarios norteafricanos traídos por Almanzor para su ejército. Todo con la intervención, por primera vez en siglos, de los reinos cristianos del norte, que se frotaban las manos viendo como se consumía el antaño todopoderoso imperio cordobés.

Los beréberes habían sido expulsados en mayo de 1010 por las tropas de al-Mahdi, un ejército combinado de eslavos, andalusíes y catalanes reunido en Toledo, que venció a los norteafricanos en Córdoba y les persiguió hasta Cádiz. Allí se cambiaron las tornas, los catalanes fueron vencidos, y regresaron a Córdoba en desbandada, saqueando la ciudad y haciendo entender a los pobladores que los beréberes regresarían, más pronto que tarde, buscando venganza. La maltrecha capital se preparó de nuevo para la guerra.

En verano, al-Mahdi fue asesinado, y se restituyó a Hisham II, el último califa estable que había tenido Al Andalus. Los eslavos dirigieron la defensa, cavando un enorme foso alrededor de la ciudad, y levantando nuevas murallas entre las que quizá estuvieran las que hoy conocemos como murallas de la Axerquía (especialmente su parte sur). Los defensores se atrincheraron en las ciudades de Córdoba y Medina Azahara, dejando a su suerte o arrasando de forma preventiva otros lugares como el palacio de la Arruzafa.

Cuando el enemigo llegó, puso sitio a la capital. Era casi imposible tomar Córdoba por asalto, pero Medina Azahara, el sueño de Abderramán III hecho realidad en 936, se encontraba aislada y casi indefensa. Se dice que fue el 4 de noviembre cuando comenzó el ataque. Y después de tanto tiempo usando su libro como fuente, lo mejor será copiar el relato que Antonio Muñoz Molina hace de aquellos momentos:

"A principios de noviembre pusieron sitio a Madinat al-Zahra, tomándola por asalto al cabo de tres días y degollando primero a los soldados de la guarnición y luego a todos los hombres, mujeres y niños que vivían en la ciudad palacio de Abderramán al-Nasir, sin respetar siquiera a los que se habían refugiado en la mezquita. Cazaron a los animales exóticos que poblaban los jardines, destrozaron la gran taza de mármol sobre la que en otro tiempo se derramaba el mercurio, arrancaron las perlas y las piedras preciosas incrustadas en los capiteles, usaron como cuadra para sus caballos los salones donde se habían humillado ante el califa de al-Andalus los embajadores de los reinos del mundo. Durante todo aquel invierno se ensañaron sin descanso en la destrucción y luego la consumaron con el fuego".

El asedio de Córdoba todavía tenía que durar tres años más. Las huertas, almunias y palacios alrededor de la ciudad desaparecieron. Los arrabales que quedaban en pie fueron saqueados y quemados, y sólo el pequeño núcleo que hoy constituye el casco histórico resistió detrás de las murallas hasta el momento en que no hubo más remedio que rendirse. Aunque hubo guerra antes y después, este fue el episodio que desangró y derrumbó la antigua capital califal de medio millón de habitantes y siete kilómetros de largo, desde Medina Azahara hasta los meandros del Guadalquivir cerca de las Quemadas.

No sé si en Córdoba habrá habido algún recuerdo para este aniversario, pero a mí siempre me conmovió, y creo que es una historia que merece ser contada de vez en cuando.

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jueves, 21 de octubre de 2010

San Diego de Alcalá

A Sebastián Vizcaíno le daba un poco lo mismo todo. Como dice Carlos Canales, era un "hombre de acción", y explorar la costa oeste americana iba a ser, hasta ese momento, su misión estelar. Vizcaíno debía tener un ego de considerables dimensiones, porque se dedicó a renombrar los lugares que ya había descubierto en 1542 Rodríguez Cabrillo, y así ocurrió con el puerto (en el sentido de bahía o puerto natural, porque aún no se había construido nada) de San Miguel.

Vizcaíno llegó allí en noviembre de 1602, se lo pensó como
dos segundos, y al final proclamó que desde entonces ese puerto se conocería como San Diego de Alcalá. Pudo ser por dos motivos: el primero, porque era el nombre del principal barco de su expedición. Y el otro, porque llegó allí en el mes de noviembre, cabe suponer que muy cerca de la festividad de San Diego, si no el mismo día. Y así, la que hoy es la octava ciudad más poblada de Estados Unidos (según algunas fuentes, aunque el concepto de "ciudad" es muy flexible), tomó, al ser fundada como presidio y misión españoles en 1769, el nombre de aquel fraile franciscano que varios siglos antes, bajo el atorrante sol del valle del Guadalquivir, se paseaba entre los jaramagos secos de la Albaida.

Fray Diego de San Nicolás llegó a Córdoba de joven, en el primer cuarto del siglo XV. Mientras se fundaba el presidio de San Diego, en California, Sánchez Feria escribía su "Yermo de Córdoba" y su "Palestra Sagrada", y por lo que nos cuenta, el fraile en cuestión, por entonces todavía un simple ermitaño nacido en San Nicolás del Puerto (Sevilla), podría hallarse ya en la Albaida cuando se fundó el convento franciscano de San Francisco de la Arruzafa, en 1417, del que aún se conservan restos en las cercanías del parador. Hay fuentes que nos hablan de una "cueva de San Diego", que en un documento de principios del XVIII he visto nombrada como "del Osario" (otro día hablamos de eso, si es que Paco Muñoz no lo ha contado ya en las Notas Cordobesas, que creo que sí), y que podría perfectamente ser la que aún hoy se conserva frente a los restos de la fachada del convento.

El paso de fray Diego por el convento de la Arruzafa, y por Córdoba en general, debió ser tan señalado que, aunque nosotros, los modernos cordofrikis, empleemos el nombre de San Francisco, Ramírez de Arellano nos dice en sus "Paseos" que el cenobio era conocido "generalmente" como "San Diego de Alcalá". La reliquia que se envió a Córdoba tras su muerte se depositó, tras la desamortización que puso fin a la existencia del convento de la Arruzafa, en el de Santa Isabel de los Ángeles, cerca de Santa Marina.

Que por cierto, y dicho sea de paso, es un nombre que no había escuchado, escrito ni pronunciado en el último mes y medio, y que me ha puesto un huevo de nostálgico. Un saludo a todos.

lunes, 20 de septiembre de 2010

De libélulas

El amor es de luz que pasa por ojos de puente romano...
Luz cambiante que acarició sus sillares con las manos que los tallaron.

Don Manuel García

jueves, 16 de septiembre de 2010

La última Córdoba: Cordova, AK

Desde luego, al decir que Córdoba estaba en todas partes, en referencia a las entradas sobre Calatañazor y el Santuario de Sonsoles, en Ávila, no podía imaginar hasta qué punto era cierta la frase. A unos 8.500 km de Andalucía, entre lenguas de glaciares que caen al océano Pacífico y antiguas pesquerías, se levanta, en el estado nortamericano de Alaska, la última Córdoba.

El 3 de junio de 1790, en el marco de una campaña para asegurar la soberanía sobre la costa occidental de Norteamérica, el explorador Salvador Fidalgo le dio a un enclave de la bahía de la Orca, en Alaska, el nombre de Puerto Córdova. Este lugar (60º 32' N, 145º 45' W), junto a la cercana punta Gravina y a la localidad de Valdez, son los topónimos españoles situados más al norte en todo el mundo, que además fueron la pieza que completó el puzzle de la máxima extensión del ya debilitado imperio. Su latitud coincide con la del extremo sur de la isla de Groenlandia.


Paradójicamente, el nombre es un homenaje al sevillano don Luis de Córdova y Córdova, Capitán General de la Real Armada bajo Carlos III, que tuvo bajo su mando uno de los mejores barcos de guerra que han existido, el
Santísima Trinidad. De todos modos, parece que algunos miembros de la expedición como Jacinto Caamaño, Manuel Quimper o el propio Fidalgo tenían un apego especial por Córdoba, lo que pudo ser otro factor importante a la hora de crear el topónimo, que luego se extendería al arroyo Cordova, al glaciar y al pico del mismo nombre.

España renunció a finales del siglo XVIII, por las
convenciones de Nutka, a un prometedor programa explorador y colonizador que le habría dado el control de toda la costa americana del Pacífico, desde Alaska hasta California, donde comenzaba su dominio ininterrumpido hasta Chile.

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Hay mucha información sobre esta zona y sobre los intentos de afirmar la soberanía en Alaska y Columbia Británica en esta página.