viernes, 14 de septiembre de 2012

El traslado de la parroquia de San Nicolás de la Axerquía

Una de las parroquias fernandinas más desconocidas de Córdoba es que la daba nombre al barrio comprendido, más o menos, entre la calle de la Feria y el convento de Santa Clara, de oeste a este, y la plaza de las Cañas y el río, de norte a sur, por decirlo breve e inexactamente: era San Nicolás de la Axerquía, popularmente San Nicolás del Río. La plaza del Potro o el convento de San Francisco (oficialmente, San Pedro el Real), por ejemplo, formaban parte de este barrio.

La pequeña iglesia dejó de serlo en 1877 para trasladar la parroquia a dicho convento, donde aún hoy se encuentra. El edificio se fue arruinando progresivamente pero, para sorpresa de muchos cordobeses, ahí sigue, en la Ribera, rompiendo la línea de fachadas con una esquina saliente. Sí, ese cocherón blanco entre Bodegas Campos y el río es la antigua iglesia de la Axerquía, hoy aparcamiento privado.


Aunque otro día podríamos ver un poco de la historia de la parroquia (antigua mezquita, como muchas de ellas), hoy me gustaría ver por qué fue necesario su traslado y en qué circunstancias se produjo. La respuesta, como no podía ser de otra forma en ese barrio, está en el Guadalquivir.

El invierno de 1876-1877 fue especialmente lluvioso. Uno de esos años en los que el río crecía de tal forma que la maquinaria erosiva del meandro del Arenal se ponía en marcha (como ocurrió también en 1860, arruinando lo que quedaba del murallón de San Julián) y el terreno bajo la primera línea de casas del actual paseo de la Ribera era peligrosamente horadado.

Un vistazo a la prensa de aquellos días nos deja noticias cuando menos inquietantes. Alrededor del 6 de diciembre debió venir tal riada que las casas de la Fuensanta, Campo de la Verdad y San Nicolás de la Axerquía fueron inundadas. El Santísimo fue llevado a toda prisa a la ermita de la Aurora, y las bombas de desagüe trabajaron en el barrio durante varias jornadas, llegando a medio metro la altura del agua dentro de la parroquia. Se recaudaron fondos para los afectados por la riada y se llevaron a cabo trabajos de limpieza.

No era la primera vez que ocurría pero, ya fuera porque peligrara la propia integridad del edificio, o por la incomodidad de una parroquia pequeña e indefensa frente al río, se decidió que la iglesia del convento de San Francisco sería la nueva sede parroquial de San Nicolás y San Eulogio. Ramírez de Arellano describe una iglesia de proporciones reducidas y con un techo bajo. Uno de los barrios más humildes de Córdoba tenía, por tanto, una de las más pobres iglesias, lejos de la magnificiencia de la homónima parroquia de San Nicolás de la Villa.

El 4 de enero se celebra allí el funeral de una mujer, Josefa del Pino, posiblemente uno de los últimos oficios religiosos de San Nicolás de la Axerquía. Pese a usarse la sacristía para reunión de alguna hermandad, el 14 de febrero el Diario de Córdoba da por hecho el traslado: una de las campanas se envía a Santiago y las otras dos, a San Francisco.

A San Francisco se llevan también los archivos y todas las imágenes, así como la pila bautismal y el pequeño retablo con una pintura del bautismo de Cristo, procedente (no estoy seguro de que ocurriera lo mismo con la pila) de la también desaparecida parroquia de Omnium Sanctorum.

domingo, 2 de septiembre de 2012

El Archivo

 
Desde el año 2010, el blog Puerta de Osario está recibiendo préstamos de documentos originales representativos de la vida en la sociedad cordobesa, principalmente de la época del Franquismo, pero también procedentes del siglo XIX y del primer tercio del siglo XX, a condición de que al menos una parte sean publicados para el disfrute de los cordobeses.

La custodia, digitalización y publicación de esos documentos son a la vez una alegría y un reto. La alegría, por tener entre mis manos papeles que han sobrevivido, nuevos como el primer día, el paso de cincuenta, ochenta o doscientos años. El reto, por la falta de tiempo que, como es evidente desde hace mucho, paraliza la página por largas temporadas. También en el aspecto organizativo, ya que no era mi intención monopolizar el blog con entradas sobre documentación de un período histórico concreto y, sin embargo, la facilidad de la publicación ocasional de estos documentos me invitaba a un mayor dinamismo que la redacción de entradas sobre historia, leyendas y personajes.

Es por eso que nace este "Archivo cordobés" de Puerta de Osario, con el ánimo exclusivo de dar un pequeño servicio y fomentar la curiosidad por la Córdoba de décadas pasadas. Bueno, y también por matar el gusanillo "cordofriki" en el poco tiempo libre que me vaya quedando, a qué negarlo. Será un blog diferenciado, pero conectado en todo momento con el original por enlaces bien visibles. De hecho, cuando uno de estos documentos sea de especial interés o deba ir acompañado de una historia más desarrollada, la entrada aparecerá en ambas páginas.

Las novedades se podrán seguir en la misma página de Facebook que las del blog, y en la misma cuenta de Twitter. Cualquier aviso de enlaces incorrectos o imágenes en baja resolución será bien recibido (puertadeosario@gmail.com). Abrir las imágenes en ventana o pestaña nueva permite más zoom que la vista por defecto que ofrece Blogger al hacer click sobre ellas.

Espero que con el tiempo la nueva página se vaya llenando de folletos, octavillas, carnets y cualquier documento que pudiéramos encontrarnos en un cajón cordobés que llevara medio siglo sin ser abierto.

lunes, 28 de mayo de 2012

Mil años y siete millas: el poblado de Tábanos, posible origen de Los Villares

La Vega del Guadalquivir asomando desde Los Villares

Esta es una de esas historias que se pierde en el tiempo, en la incertidumbre y en páginas de crónicas confusas. De modo que vamos a llegar a un acuerdo: yo lo cuento un poco recortado con respecto a lo que me gustaría, y quien lo lea lo hace poniéndole un poco de imaginación. Que si no, esto no tiene gracia.

Hablan las crónicas del obispo Eulogio, de mediados del siglo IX, cuando explican los lugares de origen de los cristianos andalusíes que participaron en el movimiento martirial (que ya se mencionó anteriormente, del que nos saltaremos de momento la parte polémica), de un pequeño pueblecito (viculum) conocido como Tábanos. Nada se dice de su origen, de su etimología o de su población. Sólo se menciona que se encuentra a siete millas al norte de Córdoba, entre densos bosques y abruptos montes. Allí hubo, parece ser, un monasterio dúplice (de hombres y mujeres, algo relativamente común en la época), quizás también con una escuela de enseñanzas cristianas. Fundado por un grupo familiar en el propio siglo IX, habría uno de los focos de reacción ante la creciente islamización de la población hispanorromana. No he sido capaz de encontrar bibliografía capaz de aventurarse a hablar algo más sobre este pueblo de Tábanos, al que se tragó la historia, ni siquiera entre varios trabajos especializados en los monasterios mozárabes. Nadie, salvo Sánchez Feria, claro.

El autor de la Palestra Sagrada, cuando está explicando la vida de Isaac, uno de los primeros ejecutados por la autoridad emiral por delito de blasfemia, a mediados del siglo IX, se detiene a comentar la ubicación de Tábanos. Y siguiendo su lógica, desde luego, podemos seguir el camino que hacia el norte conduce en dirección a Santo Domingo, y desde allí sigue remontando la sierra salvando la cuesta del Cambrón (o del "catorce por ciento") o algún recorrido equivalente. Subamos por allí o por Los Morales, al cabo de siete millas casi exactas, contadas desde la puerta de Osario, estamos en Los Villares. En "la casería de los Villares", según aparece en un mapa de la sierra de finales del XIX, sin olvidar que ese mismo nombre nos indica una población humana estable.

A la parte aquilonar, o del norte, siete millas de Córdoba, estuvo hasta más de la mitad del siglo pasado el lugar que llaman el Villar, decía Sánchez Feria a finales del XVIII, y de él han quedado buenos y visibles rastros: las calles existen, y las paredes de su iglesia aún duran en pie.

Este documento sería suficientemente interesante como historia de Los Villares. Sin embargo, la posible identificación con el Tábanos que menciona Eulogio (a mi corto juicio nada disparatada, pese a lo poco científico del método) le da todavía mayor interés. La distancia y sitio es totalmente conforme, y no hay en sus cercanías ruinas con que pueda equivocarse.

Queda casi todo por hacer para determinar si estamos ante una posible identificación de un topónimo con más de mil años de antigüedad en la sierra de Córdoba, y queda todo por estudiar sobre un posible lugar arqueológico de gran interés. Algún día, quizás.

miércoles, 23 de mayo de 2012

La corrida que pagó el monumento a Manolete


De gustos no hay nada escrito, de modo que, aunque a mí no me gusta, ya nos conocemos y nos llevamos bien. Hace mucho tiempo que leí mi descripción favorita del monumento a Manolete de la plaza del Conde de Priego (Santa Marina, vaya), y ahora no lograba volver a encontrarla. Lo asociaba vagamente con el estilo Harazem, y por ahí me ha venido la respuesta. Fue Carlos Castilla del Pino, en su artículo Apresúrese a ver Córdoba, el que lo describió de esta manera:

"La destrucción comenzó emplazando allí el monumento a Manolete, horrendo pisapapeles de tamaño descomunal, que tiene el honor de figurar en la antología del mal gusto mundial" [y aporta cita].

Pero el pisapapeles kitsch al que nos hemos acostumbrado no salió gratis. La pasta para la obra, que sería luego encargada a Manuel Álvarez Laviada (800.000 pesetas de la época), se quiso reunir por suscripción pública pero el pueblo no estuvo por la labor. Al final provino, como cuenta la Cordobapedia, de una corrida de toros con matadores españoles y mexicanos celebrada el 21 de octubre de 1951, domingo para más señas, y cuyo folleto llegó a mis manos hace unas semanas, como me llegan últimamente algunas verdaderas maravillas del siglo pasado.

Aquí lo dejo, adornado de topicazos cordobeses y con publicidad y todo (sombrerería Rusi incluida). Diez toros, diez, uno de cada ganadería, con un estadillo para permitir al público explayarse en su crítica taurina. Por mi falta de cultura del tema o mi castellanidad de sangre, sólo conozco a dos toreros de la lista, Lagartijo y Calerito. A éste último, por la calle de la academia "Número e", lo reconozco.





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Foto del monumento tomada de Cordobapedia. 

domingo, 15 de enero de 2012

El Rodadero de los Lobos sobre la Albaida, y la piedra de mina de Córdoba

Creo que la imagen se nos hace a los cordobeses tan familiar que nunca nos paramos a pensar por qué esta ahí: esa mancha sin vegetación, ese pedregal que vemos en la sierra, por encima de la Albaida, y que es distinguible desde casi cualquier punto de la ciudad. Por ejemplo, desde la explanada de la estación, un poco a la izquierda de los muros blancos que refuerzan la zona del cortijo de Piquín.

Ese canchal no es natural, sino que fue creado por la mano del hombre, y son los restos de décadas, siglos de excavaciones en la cantera del Rodadero de los Lobos. Todos los trozos de piedra que no se consideraban valiosos, todos los estratos que se iban pasando en busca de las vetas deseadas, iban cayendo ladera abajo hasta tomar el aspecto que vemos hoy día. El nombre es un recuerdo de las épocas de las batidas contra los lobos, una batalla que hace mucho tiempo que perdió el animal, y se aplica también al arroyo que recoge las aguas de la zona y la dirige hacia los llanos de la Albaida, cerca del antiguo matadero de Iccosa.

El Rodadero nevado, enero de 2010
La cantera del Rodadero de los Lobos viene clasificada en algunos sitios como de origen romano. Supongo que bastaría una visita con Saqunda y Alimoche para aprender lo que no está escrito sobre ese sitio, y lo mismo un día lo intento de alguna forma distinta a la de Manolo Trujillo, al que he leído un relato sobre lo complicado que es llegar allí campo a través. Tarea para primavera.

Pero, lo más importante, ¿qué es lo que se buscaba en ese lugar? Pues una de las piedras de las que está hecha Córdoba. Al menos, la Córdoba antigua, medieval y moderna: la piedra de la que se fabricaron los miliarios romanos, las columnas de época califal y los umbrales de las puertas de las casas del Casco Histórico. Esa piedra gris, violácea o azulada, con vetas blancas, que llevamos toda la vida viendo. La piedra que contiene el agua de la fuente de la Piedra Escrita, la que sostiene la cruz junto a la iglesia de San Juan (Las Esclavas) y la que soportó el paso de los carros en la puerta del Colodro, por poner sólo algunos ejemplos.

Una de tantas casas de Córdoba (C/ Valladares)
Se la llama piedra de mina, y es un tipo de caliza ("caliza micrítica", dicen los entendidos, "mármol cárdeno", he leído en algunas fuentes antiguas) que aflora en cuanto subimos a la sierra de Córdoba, a la zona de los lagares y los miradores. Por debajo quedan los niveles donde encontramos la piedra franca, la calcarenita amarillenta de la mezquita, asomando en las cercanías del Patriarca o en el barrio del Naranjo, por ejemplo. Estos últimos son estratos sedimentarios terciarios, más modernos que las calizas grises, formadas en el período Cámbrico, hace unos quinientos millones de años.



Basta con acercarse al mirador de las Niñas (de allí es la foto superior), entre el cruce de Trassierra y las ermitas, para encontrarse algún enorme peñasco de esta caliza micrítica gris. Por supuesto, no sólo en el Rodadero de los Lobos se extraía la piedra: por toda la sierra cercana a Córdoba proliferaban las minas, con distintas calidades y matices. Toneladas y toneladas de este material están desperdigadas por el Casco Histórico, desde las aceras al museo arqueológico, basta un paseo para verlo por cualquier rincón. Nuestra ciudad es, en cierto modo, un trocito de sierra cortado y esculpido.

Columnas de la amplicación de Almanzor en la Mezquita

miércoles, 11 de enero de 2012

La visita del embajador Juan de Gorze: el fraile y el Califa (y II)


(Ir a la primera parte)

Pronto apareció un voluntario para hacer el viaje y calmar los ánimos del rey germano: un importante clérigo cristiano llamado Recemundo, que había pasado algún tiempo charlando con el monje Juan, informándose sobre la personalidad y actitud de Otón I. La idea, además, le sirvió para ser nombrado por Abderramán III como obispo de Granada.

Esta vez, se decidió que las cartas que llevaría la embajada cordobesa no mencionarían ni a Jesucristo, ni a Mahoma ni ningún tema divino, y se limitarían a constatar lo amigos que eran todos y cuánto se alegraba el Califa de que el rey Otón le hubiera dado un repaso a sus enemigos húngaros, aparte de una buena disposición diplomática acerca de los piratas musulmanes que, respaldados por el gobierno de Córdoba, hostigaban a los barcos de los aliados centroeuropeos en el Mediterráneo.

En su largo viaje, Recemundo tuvo la ocasión de visitar la abadía de Gorze antes de llegar a Frankfurt, donde Otón accedió a nombrar a un nuevo embajador, también con un mensaje conciliador. No fue hasta mayo de 959 cuando regresó a Córdoba con los enviados, y para entonces, Abderramán III estaba tan harto del asunto que ordenó que nadie relacionado con toda esta historia entrase en su palacio antes que el testarudo fraile Juan de Gorze, con o sin cartas, con o sin regalos.

Un día al inicio del verano, caminando durante dos millas entre una impresionante demostración de fuerza militar, y sobre un suelo cubierto de alfombras hasta Medina Azahara, Juan y los demás embajadores se prepararon para ver al Califa, que recibió al lorenés con enorme educación y hospitalidad. Cuenta el cronista que se miraron con curiosidad durante largo tiempo, en silencio. Abderramán se excusó por las molestias, y el fraile se mostró condescendiente y valoró el esfuerzo por resolver la situación sin que se cortara ninguna cabeza, especialmente la suya propia.

Charlaron durante largo tiempo en la primera de una serie de entrevistas, en unos días que fueron motivo de orgullo para las comunidades cristiana, musulmana y judía de Córdoba. Cuando los emisarios tuvieron que regresar a Alemania, llevaron consigo un pequeño tesoro en forma de valiosísimos libros para la abadía de Gorze. Eran los años del culmen del Califato, del gobierno culto de Abderramán III que continuaría y perfeccionaría Alhakén II.

Si es cierta la leyenda que dice que Abderramán III sólo fue feliz, como él mismo escribió, catorce días en su vida, no sería de extrañar que la entrevista con el embajador de Otón I fuera uno de ellos.

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La crónica de la visita se puede leer en el capítulo VIII del Catálogo de los Obispos de Córdoba, que se puede descargar en pdf.

martes, 10 de enero de 2012

La visita del embajador Juan de Gorze: el fraile y el Califa (I)

Europa alrededor del año 1000
En el siglo X, en pleno apogeo del Califato, con Abderramán III colocando a Córdoba entre las más importantes capitales del mundo, había que tener mucho cuidado con la imagen que se daba a los potenciales aliados, a los enemigos tradicionales y al resto de imperios vecinos. Un error diplomático podía modificar peligrosamente el mapa de amistades, y aislar a Al Andalus frente a otros estados rivales. El imperio con sede en Medina Azahara, por otro lado, no era tampoco un actor secundario, porque controlaba la Península hasta el desierto estratégico del Duero, presionando a los reinos del norte, y extendiendo su Marca Superior hasta las cercanías de los Pirineos.

En el año 950, el rey Otón I de Germania y Francia Oriental (posterior Emperador del Sacro Imperio) se subía por las paredes. El hombre que controlaba Europa Central acababa de recibir a unos emisarios supuestamente amistosos del Califa cordobés, que le habían transmitido un mensaje entre cuyos términos estaba una petición de conversión a la fe mahometana, al parecer demasiado brusca para el gusto de Otón el Grande. Todo parece derivar de un malentendido, al morir el principal embajador, un culto obispo, antes de poder entrevistarse con el rey para explicar los términos de la introducción protocolaria de aquella carta.

Otón I decidió devolver la jugada con un mensaje dirigido a Abderramán que incluía unas frases ofensivas dirigidas a Mahoma y al Islam en general, a sabiendas de que el mensajero encargado de transmitirlas iba a ser ejecutado en Córdoba, como castigo innegociable a su insulto. La búsqueda de un voluntario para semejante misión, prácticamente suicida, se topó con la evidencia de que nadie quería viajar de Alemania a Córdoba para ser ejecutado. Hasta que se ofreció el prior de un monasterio de Gorze, en la Lorena, hoy Francia: Juan de Gorze, el único dispuesto a viajar hasta la lejana capital andalusí aun a riesgo de su propia vida.

Salón Rico de Medina Azahara
Partió en 953, con un pequeño séquito, regalos y la carta de respuesta. A su llegada a Cataluña se le permitió el paso hasta Córdoba, donde Abderramán III le alojó en un lujoso palacio, probablemente una almunia entre la ciudad y Medina Azahara, y le comunicó que no sería recibido durante un prolongado tiempo, en respuesta a la espera que soportó la embajada cordobesa en Alemania. En realidad, Abderramán sabía cuál era el tono de la carta, y no quería tener que ajusticiar al fraile. Sólo podía evitarlo posponiendo indefinidamente la entrevista, y tratando de hacerle desistir a través de emisarios como el más importante judío de su corte, Hasdai ibn Shaprut, del que el propio Juan de Gorze dijo que nunca había visto "un hombre de intelecto tan sutil". Tampoco los cristianos mozárabes lograron convencerle, ni siquiera ante la amenaza (un evidente farol) de que el cristianismo sería erradicado de Al Andalus si no cedía.

El Califa y sus consejeros no entendían nada. Los meses pasaban y no se veía una solución. Definitivamente, alguien iba a tener que hacer el viaje de Córdoba a Frankfurt para resolver todo aquel follón.

(Ir a la segunda parte)
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Fuente del mapa. Fuente de la foto.

martes, 9 de agosto de 2011

Festivales en Córdoba, soldados en Marruecos


En diciembre de 1921, escasos meses después de que miles de soldados fueran aniquilados en el desastre de Annual, la moral de la tropa y de la sociedad en general estaba absolutamente hundida. La guerra en Marruecos, incomprensible para muchos, se alargaba indefinidamente (y lo que quedaba) y con no muy buenas perspectivas.

En estas circunstancias, se sucedían por parte de la alta sociedad cordobesa las iniciativas para enviar donativos al frente (en general, las demás clases sociales bastante tenían con enviar a sus hijos). La marquesa del Mérito organizó un festival el día 2 de diciembre en el Gran Teatro con el objetivo de reunir fondos para enviar a los soldados un cargamento de impermeables que les ayudaran en las campañas de invierno, como se puede leer en la crónica del Diario de Córdoba.

El panfleto que cuelgo a continuación, cuyo original me ha cedido para digitalizarlo y publicarlo un colaborador del blog, da buena muestra del tono del festival y del tipo de canciones y composiciones que se pudieron escuchar aquella noche en el Gran Teatro. Sin embargo, todo ese entusiasmo patriótico tenía poco que ver con el sentimiento de la calle en lo referente a esta guerra, al contrario de lo que sucedió en 1860, cuando la victoria en Tetuán provocó celebraciones en toda la ciudad y el cambio de nombre de la efímera puerta de la Trinidad a "puerta de Tetuán".




viernes, 29 de julio de 2011

Dos recuerdos del paseo de San Martín y el bulevar del Gran Capitán

El bulevar del Gran Capitán, una de las grandes revoluciones urbanísticas de la Córdoba del XIX, ha sufrido tantos cambios a lo largo de su historia que a los más jóvenes nos resulta llamativo incluso verlo con coches circulando por su parte central, algo que ocurría hace relativamente pocos años. Las imágenes que dejo por aquí hoy son todavía más antiguas, y me acordé de ellas ayer cuando visitaba con un par de amigos las tumbas de los reyes en San Hipólito.

La primera es un cuadro titulado Street of the Great Captain, Cordoba que compartió en el proyecto del Museo Imaginado de Córdoba, de la Calleja de las Flores, el usuario Dr. Mabuse, al que ya le he fusilado anteriormente alguna que otra foto. Lo pintó el estadounidense Frederick Childe Hassam en 1910, y os recomiendo una lecturilla de la entrada original de Mabuse para conocer mejor a este artista. En la pintura se puede ver el paseo del Gran Capitán en dirección a la iglesia de San Hipólito, incluyendo una esquina del Gran Teatro. Al fondo se distingue la sierra, con una manchita blanca que por la perspectiva bien podría ser un intento de reflejar las ermitas en el cuadro.

La segunda, en dos versiones, es un grabado que sólo se entiende con el plano de 1851 que está al principio de la entrada. Es el único dibujo que conozco del paseo de San Martín, que ocupó el sitio del antiguo convento del mismo nombre, derribado entre 1840 y 1843. Comprendía el actual bulevar desde San Nicolás a San Hipólito, incluyendo la parcela que hoy es el Gran Teatro. Más o menos desde la actual puerta principal del teatro parece que está tomada esta vista, donde las casas pertenecen a la actual calle José Zorrilla (antigua de la Paciencia). La valla de madera coincide con la línea de fachada actual del Gran Teatro en la misma calle.

La importancia del grabado está en la brevedad de la existencia del paseo, que en menos de veinte años fue desmantelado para dejar paso al proyecto de nueva calle que iba a llegar, derribando algunas casas y parte de la muralla, hasta la ronda de los Tejares.

Por cierto, en este caso la fuente no tengo la menor idea de cuál ha sido, ya van tantos correos con fotos antiguas de Córdoba que me pierdo completamente.

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Edito: efectivamente, como decía Guadalupe en los comentarios, el grabado de la izquierda (del cual el de la derecha es una copia) pertenece a la obra "Recuerdos y bellezas de España", en su tomo correspondiente a Córdoba, y fue dibujado por Francisco Javier Parcerisa. En el grabado se aprecia la presencia de inscripciones en dos lados de la torre ("paciencia" y "obediencia", en uno de los casos casi perdida ya entonces) y también el yamur con cruz coronando el campanario.

sábado, 23 de julio de 2011

Córdoba y Duncan Shaw

Hace pocos años, el callejero trajo al presente uno de esos nombres que estaban prácticamente olvidados. A la glorieta del polígono de Chinales, cerca del barrio del Naranjo y junto a las instalaciones de Baldomero Moreno, se le puso el nombre del escocés Duncan Shaw, uno de los personajes más curiosos de la Córdoba del XIX.

Es directamente imposible contar en una entrada todo lo que representó Duncan Shaw para la ciudad. Fue uno de los pioneros en el establecimiento de industrias modernas, un impulsor de nuevas tecnologías (incluyendo su destacado papel en la construcción del ferrocarril) y, además, el creador de una de las grandes polémicas sociales de la historia contemporánea de la ciudad, en su condición de creyente protestante.

Con motivo del establecimiento de las nuevas libertades que llegaron con la revolución de 1868 (entre otras, la libertad de cargarte el trocito de muralla medieval que lindaba con tu casa), Shaw entendió que era el momento de reclamar también el reconocimiento efectivo de la libertad de culto. El escocés había sido miembro fundador del Círculo de la Amistad y disponía de varios negocios, destacando una fábrica de plomo junto al arroyo de las Piedras. Esta posición social y económica le dio seguridad para escribir una carta en el "Diario de Córdoba" el 5 de enero de 1869, pidiendo el respeto al culto protestante en Córdoba, la separación de la Iglesia católica y los poderes públicos y que los políticos se pronunciaran sobre estas cuestiones antes de las elecciones.

La monumental bronca que se armó en la ciudad permaneció en las portadas del Córdoba durante varios meses, y a lo largo de enero Rafael Conde y Luque publicó una serie de artículos contradiciendo las opiniones de Duncan Shaw. Se fundaron periódicos en defensa del catolicismo y los círculos sociales más privilegiados de la ciudad cerraron sus puertas al escocés.

En 1871, además, con motivo de la muerte de un niño, primer miembro de una comunidad protestante que fallecía en Córdoba, Shaw decidió acoger en un anexo de su fábrica de plomo "Pozo ancho" el embrión del primer cementerio protestante de la ciudad. Dicho recinto permaneció en uso en el mismo el lugar hasta su derribo en 1959 y su traslado al cementerio de San Rafael. Por tanto, en la ortofoto del vuelo americano de 1957 debería aparecer, como se muestra en la imagen de la derecha. El punto naranja indica la situación de la fábrica, y me da la sensación de que el recuadro marcado por el punto amarillo podría ser el cementerio protestante (aquí se pueden ver algunas fotos del lugar en el siglo XX)

Se puede leer sobre su actividad comercial y otros aspectos de su vida en este artículo de José Cruz Gutiérrez, que incluye una curiosa imagen del personaje con el traje típico escocés. También es interesante este enlace.

No he conseguido dar con el documento que originó la polémica, pero en el periódico del 8 de enero de 1869 de puede ver parte del intercambio de comunicados en la penúltima página.

domingo, 3 de julio de 2011

El yamur de Alcolea, en el Museo Arqueológico

Hace unos meses, Saqunda me pasó una información sobre una pieza del Arqueológico que había permanecido olvidada durante casi todo el siglo XX, y que ahora se puede contemplar en el edificio de la ampliación. Se trata de un yamur, el remate típico de las mezquitas que consiste en varias bolas ("manzanas") engarzadas en un eje, reconvertido en veleta y coronado por una cruz.

Las bolas de este yamur tienen, empezando por la inferior, 23, 19, 16 y 14 centímetros de diámetro, separándose por piezas cilíndricas huecas de 7,5 cm de altura y 6 de diámetro. En total, el conjunto del yamur mide 108 centímetros.

Aunque la etiqueta del museo mantiene el origen como "desconocido", se sabe que esta pieza fue encontrada por Félix Hernández (importante cordobés de adopción) en el cortijo del Chanciller, muy cercano a la cárcel, en los alrededores de Alcolea. Probablemente, después de la conquista castellana de Córdoba, sirvió de remate para la capilla del cortijo hasta su recuperación para el museo.

No han faltado algunos expertos que han querido estudiar la pieza durante el perido en que no estuvo expuesta, y se encontraron con bastantes dificultades no ya para su análisis, sino para la propia localización dentro de los fondos del Arqueológico. A día de hoy, se puede ver en la exposición de la planta baja, en las vitrinas situadas más al fondo.

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Por recordar los tiempos del Chorrijuego, la propia Saqunda envió una foto/acertijo de un yamur (foto número 9), que correspondía a la torre de la iglesia de San Nicolás. En la vida me había fijado en que estuviera allí, y resulta de lo más chocante.

lunes, 20 de junio de 2011

El asombro de Ambrosio de Morales


- Empiezo a pensar que no lo lograré jamás.
Morales se calló, porque en realidad pensaba poco más o menos igual. Pero claro, a él no podía decírselo, porque en su estado de desesperación, corría el riesgo de que el pobre hombre saltara del peñasco y se tirara al Tajo allí mismo. Optó por lo más sensato.
- Los asuntos del Rey suelen ir despacio, lo sabes mejor que nadie.
El ingeniero dio por buena la respuesta. El cordobés, por su parte, encontró otro argumento con el que consolarle.
- Fíjate en los molinos del Guadalquivir, por ejemplo. Cuando reformaron el molino de Martos, que pertenece a las Órdenes y por tanto al Rey, el agua subió tanto que arruinó los batanes de San Julián. Bueno, pues han tardado diez años, pero al final la Corona ha comprado los molinos perdidos a los propietarios.
Turriano levantó levemente la cabeza.
- Definitivamente, Felipe II tiene un problema con las norias de río.
- Le viene de familia. Sabrás que fue la reina Isabel la que mandó desmontar la noria del alcázar de Córdoba.
- ¿También?
- Eso dicen, que no le dejaba dormir.

Juanelo Turriano, uno de los ingenieros más importantes de la Europa del XVI (quizás sólo por detrás de Leonardo da Vinci), tampoco podía conciliar el sueño. Sus pleitos con la ciudad de Toledo y con el Rey pesaban demasiado en su cabeza, casi tanto como las deudas que le empezaban a acosar.

Ambrosio de Morales regresaba a la ciudad imperial por primera vez en varios años, con motivo de haber sido destinado al remoto pueblo toledano de Puente del Arzobispo. Por supuesto, nada más llegar había contactado con su amigo Juanelo, y éste había accedido a caminar por la orilla del Tajo junto al puente de Alcántara para contemplar juntos su gran obra: el Artificio. La primera vez que el cronista cordobés de la corte de Felipe II vio el Artificio de Juanelo, no podía dar crédito a lo que tenía ante sí. Movido por varias norias, un endiablado laberinto de torretas, brazos de madera, cacillos y tubos metálicos oscilaba rítmicamente mientras subía miles de litros de agua diarios desde el río Tajo hasta el alcázar de Toledo, en lo más alto de la ciudad.
 - Cien varas, dices.
 - Cien varas desde el río hasta el último cazo.
 - Es el doble que la altura del campanario de la iglesia mayor de Córdoba...

Como por arte de magia, el Artificio jugaba con la gravedad y hacía que el agua pasara de un recipiente a otro, ganando metros de altura por la empinada pendiente. Tal fue su fascinación que cuando escribió sus Antigüedades de las ciudades de España, Morales se olvidó un rato de la arqueología (fue en esta obra donde identificó Medina Azahara con la Corduba de Claudio Marcelo) para dedicar páginas enteras a la descripción del Artificio, que luego sería mencionado por varios de los más grandes autores del Siglo de Oro, incluyendo a Góngora.

Tras el paseo, la noche en casa de Juanelo se había ido espesando y los fantasmas habían vuelto al ánimo del genio cremonés.
- No es justo lo que te están haciendo, desde luego. La ciudad no te paga porque el agua se queda en el alcázar. El Rey no te paga porque no firmó ningún contrato. Y de la segunda máquina nadie se hace cargo porque...
- Porque Su Majestad se reservó el derecho de usar el agua si lo precisaba. Necesito que vayas a Madrid, Ambrosio. A ti te respeta.
No dio tiempo a cerrar el compromiso, porque llamaron a la puerta. Un hombre con barba, de mediana edad, entró en la estancia y dejó en suelo un pesado fardo. Charló con Juanelo en italiano, su idioma natal, y saludó en castellano a Morales, que le miraba con admiración. Al fin, fueron presentados.
- Ambrosio, este es Domingo.
El tal "Domingo" le tendió la mano sonriendo, y el cordobés sólo acertó a mostrar su respeto al maehtro Seotocópulo. Seseo incluido.

El visitante levantó la lona y dejó ver un par de lienzos en sus marcos povisionales de madera. No era una limosna, era un regalo, pero posiblemente permitieran a Turriano saldar algunas de sus cuentas, y sostener el pleito unos meses más. Era también la forma de agradecerle su hospitalidad al llegar a Toledo unos meses atrás.

El vino de Montilla fue agotándose en la mesa de Juanelo, y las figuras alargadas de los cuadros ahora además parecían desdoblarse. Las preocupaciones se diluían y el Greco hacía reír a Juanelo con chascarrillos venecianos que Morales no entendía. Cuando hablaron de una mujer toledana que el pintor acababa de conocer y de algunas que Turriano había conocido, el cordobés tuvo que contar lo del baúl, y acabó por erradicar cualquier sombra de la cara del anfitrión.

En una esquina del salón, rodeado de herramientas, papeles y serrín, les contemplaba un autómata de madera a medio hacer.

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Sí, es más Toledo que Córdoba. Pero había que darle un papel digno a Ambrosio de Morales después de las otras entradas...

viernes, 13 de mayo de 2011

La puerta de los Sacos en la muralla de la Huerta del Alcázar

Llevo mucho tiempo detrás de esta entrada, pensando si debería colgarla toda del tirón o partirla para hacerla menos rollete. Pero creo que, según he bajado el ritmo de producción, lo justo es contarlo todo junto y que cada uno se administre. Ha sido un trabajo muy bonito y, aunque no está cerrado, creo que hay material como para contar la historia de la más desconocida de las puertas de las murallas de Córdoba: la puerta de los Sacos.


La puerta de los Sacos no pertenecía a la muralla de la ciudad, propiamente dicha, sino al último recinto fortificado que se construyó, junto con el Alcázar Viejo: la Huerta del Alcázar. Es el trozo de color amarillo en la foto de arriba, que he ampliado en un detalle del plano de 1851. En los años 50, cuando se construyó la autovía atravesando la Huerta del Alcázar, para ir a dar al nuevo puente de San Rafael, la puerta de los Sacos fue eliminada de su ubicación, quedando sólo el nombre conservado en el llamado puente de la puerta de los Sacos, un puentecillo califal sobre el cauce del arroyo del Moro, hoy escondido debajo de la avenida.

La puerta de los Sacos ha cambiado tanto de sitio, que más vale que contemos su historia a través de las fuentes de cada época para aclararnos un poco. Vámonos, por supuesto, al maestro Wyngaerde, el que hizo la foto de Córdoba en el siglo XVI: esta es la primera imagen de la puerta, y la única en su ubicación original en el lienzo sur de la muralla, el que mira al río. Ahí la tenemos, casi en la esquina de la Huerta del Alcázar, mirando al sur. Probablemente ya tuviera el mismo nombre, debido a que era el punto principal de abastecimiento de harina al Alcázar, procedente de los molinos del río. Debo reconocer que me fijé en esa imagen de la puerta gracias al análisis que hizo Rojunson en su blog.




Cerca de un siglo después, Vaca de Alfaro hace su valiosísima descripción de la muralla de la ciudad, y nos cuenta cómo en el siglo XVII la puerta se encontraba cerrada por su estado de deterioro, confirmando su ubicación en el lienzo sur, entre dos torres un poco maltrechas ya en aquella época. Las fuentes del siglo XIX, como Ramírez de las Casas-Deza, nos hablan de una puerta de los Sacos tapiada y sin uso en el lienzo occidental de la muralla. Es decir, en algún momento, entre el XVII tardío y el XIX temprano, la puerta se traslada al otro lado de la esquina y se reconstruye, probablemente ya sin torres, la parte de la muralla donde estaba la antigua puerta que daba al sur.

Y aquí llegan los primeros fotógrafos en el siglo XX, y consiguen este documento para la Historia: la foto más antigua de la puerta. Está hecha desde la orilla del río, en lo que hoy sería la base de la parte norte del puente de San Rafael. La puerta es el hueco que se ve entre los álamos, su ubicación del cuadro de Wyngaerde estaría más a la derecha, entre la esquina y la torre.


Pocos años después de esta foto, llegaría la definitiva remodelación que haría caer la puerta en el olvido. La radical intervención que rompió el lazo entre la ciudad y el río, la nacional IV que invadió la ribera norte, derribó la muralla y enlazó con el nuevo eje de Vallellano y el puente de San Rafael. El antes y el después de esa obra nos muestra el grado de impacto que tuvo en el urbanismo de la zona.


Y sí, ahí está, en la primera foto, nuestra puerta de los Sacos, rodeada por el progreso. En este detalle se ve mejor.


¿Qué fue de la puerta? Pues aquí entra el soplo que me dio Saqunda, sacado del libro de Solano Márquez, La Córdoba de Antonio Cruz Conde: el alcalde que cambió la ciudad. Se dice aquí que a partir de 1954, cuando finaliza la restauración de la barbacana y el foso y empieza la de la muralla, la puerta de los Sacos fue desmontada, "restaurando el dovelaje de su arco apuntado, volviendo a montarlo y rehaciendo su almenado". Es decir, que la trasladaron. ¿Adónde? Pues hay dos opciones.

La primera de ellas es una puerta que aparece en el plano de 1851 que puse antes. Se ve en el lienzo oeste, a la izquierda, como un hueco en el muro cerca ya de las primeras casas de San Basilio. Esa puerta sigue existiendo hoy, y sufrió una restauración como se ve en las fotos siguientes, una de ellas tomada justo cuando tenía los andamios puestos.



La segunda está un poquito más al norte. Hay que recordar que la puerta de Sevilla que hoy vemos no es la original, sino una mera reconstrucción. En esta foto de los años 50 se puede ver todavía el boquete que quedaba desde su derribo en 1865. Pero no es eso lo que nos importa, sino la puerta ancha encalada que se ve a la derecha:


Esa puerta coincide por situación con esta otra, que es la actual: alguien puso unas dovelas nuevas donde no las había, fueran o no las de la puerta de los Sacos.


Las dos opciones me parecen buenas. La segunda tiene a favor la evidencia del cambio, pero en contra el tamaño (el arco es pequeño para lo que parece la puerta en las fotos antiguas). Cuando estábamos delante, parecía más tentadora esta última, pero ahora, después de ver los andamios que prueban que también se reformó (y mucho) la puerta que da a la huerta, parece más lógico que sea esa la que contenga hoy día las dovelas de la antigua y sufrida puerta de los Sacos. Hay que añadir que la pequeña debe dar entrada a una casa particular, y la grande da a un espacio público abierto. Pero bueno, a lo mejor pronto tenemos más datos para tomar una decisión mejor argumentada. Mientras tanto, por qué no un paseíto para volver a conocer con otros ojos ese rincón de la ciudad...

domingo, 1 de mayo de 2011

Primero de mayo, ochenta años atrás


El Primero de mayo de 1931 estuvo marcado por un acontecimiento histórico que había ocurrido sólo quince días antes: la proclamación de la II República. Por primera vez desde el inicio de las movilizaciones obreras que siguieron a la I Guerra Mundial, un 1 de mayo llegaba sin que el país estuviera dirigido por la mano de Alfonso XIII.

Los dos documentos que hoy aparecen en el blog han sido digitalizados a partir de los originales, cedidos por un colaborador, y son sendas convocatorias a un mitin y una manifestación que iban a tener lugar en Córdoba ese día. Aquí os los dejo, ochenta años después, para que los disfruten los más curiosos.

lunes, 18 de abril de 2011

Los últimos días de la casa de Lagartijo

Llevaba dando vueltas al tema mucho tiempo: la casa de la finca del torero Lagartijo, a la salida de Córdoba en dirección a Rabanales y las Quemadas, amenazaba con venirse abajo el día menos pensado, toda vez que al declararla protegida el Ayuntamiento, quedaba prohibido derribarla directamente. Los días y las lluvias intensas fueron pasando, hasta que una mañana, conduciendo hacia Rabanales, me encontré la temida estampa de un derrumbe parcial de la casa.

Decidí preguntar al Tabernero de la Calleja si tenía alguna foto o pensaba hacerla, para que quedara como recuerdo, porque era evidente que a la casa ya no la salvaba ni el arcángel San Rafael. Supongo que se cogería la moto y se plantaría allí a retratar lo que quedaba del cortijillo, porque a los pocos días me envió la imagen.

La tapia que Rafael Molina Sánchez mandó construir, derribar y volver a construir, delimitando su finca, con el fin de paliar, a su manera, la pobreza que existía entre los braceros cordobeses, se va cayendo también trozo a trozo con las inclemencias de cada invierno.

Así que como era una entrada facilita de escribir, y no tengo ganas de partirme la cabeza antes de las vacaciones, os dejo esta imagen para el recuerdo del cortijo de Lagartijo: lo suficientemente caído para que sintamos vergüenza por su situación, lo suficientemente en pie como para que lo añoremos. 

Mucho descanso y buena semana.

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Edito: me ha enviado Ildefonso López, colaborador habitual de Cordobapedia, un artículo muy interesante sobre cómo se construyó la famosa "cerca de Lagartijo". Os recomiendo echarle un vistazo, para completar la visión del tema. Había pensado en colgarlo en una entrada nueva, pero pensando en un futuro curioso que busque en Google, mejor ponerlo todo junto aquí.