martes, 18 de marzo de 2008

Campo del Marrubial

Muy tardíamente, bien entrado el siglo XX, comenzó Córdoba a extenderse por el nordeste, hacia el campo que secularmente había recibido el nombre del Marrubial. El marrubio, una labiada con propiedades medicinales que aún se encuentra con cierta facilidad en nuestra sierra, hace mucho que dejó de crecer sobre las huertas de Frías y Pavón, pero trataremos de imaginarnos aquellas tierras tal y como eran.

Dos arroyos discurrían antaño por ellas. El arroyo Hormiguita venía de la zona donde hoy se encuentra la fábrica de cemento, y vertía sus aguas al arroyo de las Piedras, que venía de Sansueña, nada más pasar la cruz del Padre Roelas, o de los Cinco Caballeros, como se puede ver en el plano de 1884. La pequeña laguna que formaban detrás del recién construido cuartel de Alfonso XII coincidía aproximadamente con la que hoy vemos en el parque cercano.

También fue el campo del Marrubial la entrada principal a Córdoba hasta la construcción por Carlos III de la carretera de Madrid, ya que por la puerta de Plasencia tenían su entrada a la Axerquía la antigua via Augusta (en la foto, camino viejo de Madrid) y la que fuera via Corduba-Emerita (hoy carretera de Badajoz), que subía paralela al arroyo Hormiguita. Esta privilegiada situación fue la causa de que hasta aquí se extendieran los arrabales y cementerios de la ciudad en la época califal.

Puede quedar para otro día la historia más negra de esta zona, aquella que habla de tribunales eclesiásticos, autos de fe y hogueras en las que se ahogaban los gritos de los supuestos herejes.

sábado, 15 de marzo de 2008

La Fuenseca

Mediada la calle Alfaros, baja la calle de Juan Rufo hasta llegar a una pequeña plazoleta en la que sólo encontramos una fuente, adosada al muro. Es la llamada Fuenseca, con su inagotable caudal que resuena en las calles cercanas noche tras noche, y que constituye uno de los símbolos de la Córdoba más profunda y auténtica.

¿Por qué se llama Fuenseca una fuente que siempre ha sido considerada de las más abudantes? La explicación hay que buscarla en su ubicación original, que era la plazoleta de Alfaros a escasos cincuenta metros de distancia pero en un terreno bastante más elevado. Esto provocaba que, desde su construcción en 1495, la fuente apenas tuviera agua, con excepción de los años más lluviosos, en los que venía un mayor caudal desde su nacimiento en la huerta del antiguo convento de las Dueñas, entre el Císter y el Bailío.

El nombre popular de Fuenseca quedó tan arraigado que no se perdió tras su traslado al centro de la plaza que hoy ocupa, que se llevó a cabo en el año 1760. Para asegurar el caudal, el Ayuntamiento la situó además en una hondonada a la que se bajaba por dos o tres escalones. En 1808, durante la dominación francesa, fue modificada hasta tomar la forma que hoy vemos, colocándose sobre ella el San Rafael que había en la plaza, según Ramírez de Arellano, en un pedestal de mampostería muy ridículo.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Los altares callejeros de Córdoba

Durante siglos, cada atardecer, las tinieblas iban envolviendo la ciudad, las gentes se recogían a sus casas y las calles se volvían oscuras y peligrosas. Los recovecos de Córdoba intramuros se llenaban de fantasmas y de sombras que se movían con cada vibración de las débiles lámparas que dejaban escapar su luz desde el interior de las viviendas. Afortunadamente, poco a poco, las callejuelas se habían ido llenando de pequeños rincones iluminados, puntos donde algunas velas o una lámpara de aceite proporcionaban un cierto respiro al intranquilo caminante.

En la primera mitad del siglo XIX, Córdoba estaba llena de altares callejeros, improvisados unos, de cierto valor artístico los menos; con origen en la devoción popular, aunque carentes ya del aura de respeto y veneración que llegaron a tener. Algunos artistas locales habían cedido sus obras, que se podían apreciar en plena calle, como ocurría con Antonio del Castillo.

Sin embargo, durante la regencia de Espartero, en 1841, el jefe político liberal Ángel Iznardi dio la orden de que se retiraran estas imágenes que no sólo representaban una fuente de suciedad, sino que, sobre todo, eran un recordatorio de tiempos antiguos de superstición mezclada con religiosidad, tiempos que se querían dejar atrás en aquel embrión de país moderno que se abría camino, entre luchas internas, lamiéndose las heridas que habían dejado las caenas.

Aquella decisión, de todos modos, no habría podido tomarse si los altares hubieran conservado su utilidad, que habían perdido a principios de los años treinta con la implantación, según las directrices establecidas en 1831, del alumbrado público en la ciudad de Córdoba, que lucía ya centenares de faroles.

Sólo aquellas imágenes que fueron defendidas por familias cuyas influencias llegaban hasta Madrid se salvaron de la quema, quedando prácticamente en solitario el retablo de la calle Candelaria, esquina Lineros. Después, la tradición popular fue recuperando algunos otros lugares, como ocurrió en la calle Adarve, que muestra la foto.

domingo, 9 de marzo de 2008

Restaurar los primilla

Muchos cordobeses se sorprenderían si descubrieran algunos de los vecinos con los que conviven en su barrio. Por regla general son criaturas discretas, pero no resulta difícil observarlos tanto casual como intencionadamente.


Los cernícalos primilla (Falco naumanni) son pequeñas rapaces, principalmente insectívoras, que se establecen por regla general en pueblos y ciudades del centro y sur de la península, allá donde haya edificios antiguos en estado de ruina, o con huecos donde poder anidar. En Córdoba han existido tradicionalmente colonias de primilla en la Mezquita, en las cercanías del Palacio de Orive, en la Compañía o en la iglesia de Madre de Dios (Lonjas), por poner algunos ejemplos.


Sin embargo, las restauraciones que se llevan a cabo en estos edificios, que eliminan los huecos formados con el paso de los años, limitan los lugares de anidamiento, lo que se une a la competencia de las grajillas. Así, está teniendo lugar un marcado declive de la población en la capital, que podemos cifrar en unas veinte parejas, como la de la foto (tomada de SEO Córdoba, a la izquierda la hembra).


La Consejería de Cultura de la Junta, preguntada en el diario Córdoba por su posición, ha señalado que la presencia de cernícalos “no es un elemento favorable, al ser fuente de posibles patologías, suciedad, humedades, peso añadido, etc.”. Llega a asegurar que su nidificación en la ciudad responde “a una situación anómala,[…] a una falta de conservación de los edificios”.


Sin entrar a discutir el impacto sobre la Mezquita del peso de un pollo de cernícalo, sí que cabe preguntarse si tan difícil resulta tener en cuenta la fauna salvaje de la ciudad a la hora de restaurar iglesias y monumentos, en lugar de tomar, dentro de unos años, medidas más caras para recuperar su presencia y compañía.


Cernícalo primilla cerca de Ávila. Foto: Juan Pablo Fuentes Serrano

jueves, 6 de marzo de 2008

Hundamos las murallas (IV): abriendo paso al Rey

En la década de 1870, el Ayuntamiento empezaba a estar cansado de que todas las ideas que tenía para mejorar el erial que el pueblo llamaba Campo de la Merced se fueran frustrando por falta de fondos, tiempo o voluntad de hacerlas realidad.

Uno de los proyectos largamente acariciados era, cómo no, hundir un trozo de la muralla de la Villa para dar salida a dicho campo por la calle del Silencio, hoy llamada de Torres Cabrera, y que en aquella época terminaba en la plaza de las Doblas. Pero era necesario comprar previamente las casas afectadas por el derribo, y no había dinero en las arcas municipales para hacerlo.


La excusa perfecta vino dada por la visita real de Alfonso XII a Córdoba en abril de 1877. Estaba previsto que el Rey se alojara en el palacio de los Condes de Torres Cabrera, que aún hoy podemos ver en la calle que lleva su nombre, y desde el Ayuntamiento no se consideraba de recibo que el monarca no tuviera una salida directa de la ciudad a la estación de ferrocarril, motivo un poco discutible dado que se encontraba a escasos cien metros de la puerta de Osario.


El caso es que de los grandiosos planes de urbanización y ajardinamiento del Campo de la Merced, que se suponía que iban a reportar considerables beneficios económicos a la ciudad, sólo se pudo realizar, y con trabajo, la destrucción de un trozo más de muro medieval, quedando un nuevo montón de escombros en el secarral y una nueva entrada que dejaba ver la pobreza y la suciedad de la Córdoba del XIX.


Imagen: palacio de los Condes de Torres Cabrera

lunes, 3 de marzo de 2008

El turbante blanco

Escucha aquí la historia de Abderramán I en la voz de Juan Antonio Cebrián

La agitación recorre Al Andalus. La guerra ha vuelto a prender por todo el sur del territorio
conquistado cuarenta años atrás, amenazando directamente la capital, Qurtuba, sede de los emires que desde 711 han regido, conforme a los designios del Califa de Damasco, los destinos de la península Ibérica. Emires que se sucedían con rapidez, siendo depuestos por intrigas de palacio y luchas tribales entre facciones árabes y beréberes.

Corre el rumor de que el último hombre con sangre de los Omeya se ha proclamado emir en Archidona, y se dirige a Córdoba con un enorme ejército, heterogéneo pero muy motivado. Abderramán, a quien llaman "el Inmigrado", nieto del gran Califa Hisham, escapó de la masacre de su familia a manos de los abbasíes en Damasco y está decidido a devolver el honor a su linaje.

Cuentan que antes de la gran batalla de Al Musara, en 756, a las puertas de Córdoba, Abderramán percibió el descontrol que regía su tropa, reparando en que ni siquiera había un estandarte que aglutinara a todos los aliados que había conseguido desde su desembarco en Almuñécar, el año anterior.

El líder sevillano Abu Zablah se le acercó a caballo, deshizo su turbante blanco y lo ató a una pica. El emblema blanco de los Omeya volvía a ondear, años después de la masacre de Damasco, frente al negro de las banderas abbasíes.

Aquel turbante que llevó a Abderramán I a la conquista de Córdoba ondeó también durante el reinado de los siguientes emires, omeyas ya independientes del Califato sirio. Hisham I, Alhakén I y Abderramán II lo conservaron como una reliquia, hasta que dos capitanes del ejército emiral enviado contra la sublevación de Mérida en 835 lo sustituyeron por uno nuevo, creyendo que aquel trapo viejo no representaba la dignidad del emir. La desolación de Abderramán II y sus vanos esfuerzos por recuperar el emblema original fueron el triste epílogo de la historia del turbante blanco del primer Omeya andalusí.

viernes, 29 de febrero de 2008

Teología para serenos

Una parte importante de la vida cordobesa hasta el siglo XIX giraba en torno a los abundantes conventos de la ciudad. De este modo, frailes y monjas se cuelan desde muy antiguo en leyendas, chascarrillos y anécdotas, de las que no siempre salen bien parados.

Sin darle mayor credibilidad que a un cuento, narra Ramírez de Arellano una historia que comienza con una relación entre el segundo fraile en la jerarquía del convento de la Trinidad y alguna mujer que habitara una casa cercana.

Una noche, como de costumbre, el fraile se descolgaba desde su ventana recayente a la plaza, con la mala suerte de que fue visto por la ronda de vigilancia, que le tomó por un ladrón, y le gritó el consabido: "¿Quién vive?".

El hombre, poniendo la voz más seria que pudo, contestó tan lleno de ironía como de verdad: "Soy la segunda persona de la Trinidad, que he bajado a tomar carne humana". Al escuchar semenjante afirmación, la guardia no sólo no le detuvo, sino que no se marchó hasta no haberle mostrado su respeto y rendido honores.

martes, 26 de febrero de 2008

Córdoba frente al misterio (6): “¿Quién quema mi casa?” (2ª de 2)

(Ver anterior)

Habló personalmente con el psiquiatra y famoso periodista Jiménez del Oso, quien había popularizado estos temas unos años atrás. Le contó todo con pelos y señales, que si la cama se levantaba una cuarta del suelo, que si había aparecido un niño Jesús con las uñas astilladas dentro de un armario, que si se escuchaban lamentos. Y, sobre todo, los incendios. 

Fernández Bueno, Jiménez de Oso y Juan Jesús Vallejo se presentaron en Córdoba para conocer a esta familia, cuyo miembro más peculiar era la abuela, Faustina, quien llegaba a casa de ordinario sobre las 22.00, momento en que solían empezar los fenómenos, hasta eso de las once. Como quiera la llegada de los investigadores se produjo más o menos a esa hora, éstos estaban algo nerviosos. Resulta que Faustina entraba periódicamente en un estado similar a un ataque epiléptico, o un trance, durante el cual convulsionaba y golpeaba a todo el mundo. Ese día no faltó a la cita. Los periodistas, asustados, ayudaron a calmarla, y al igual que ocurría siempre no recordaba nada al volver en sí.

Como consecuencia, Jiménez del Oso recomendó que la mujer se sometiera a un tratamiento mediante hipnosis, porque estimaba que era ella la causa de todos los sucesos de la casa, y así se podría averiguar su origen. Puesta en manos del hipnoterapeuta (?) Horacio Ruiz, al parecer, fue tranquilizándose poco a poco, remitiendo los episodios de pérdida de control. Y, aunque no se logró encontrar un motivo de índole psicológica para el conjunto de fenómenos, los fuegos que habían costado más de cien kilos de pintura fueron remitiendo y haciéndose cada vez más raros. No pasó lo mismo con los demás elementos, porque durante años se siguieron moviendo los objetos y escuchando los quejidos.

A lo largo del siglo XX se ha sabido en Córdoba de algunos otros edificios donde se cuentan historias similares a esta. Sin embargo, no reúnen como aquí todos los elementos que tradicionalmente los escritores aficionados al tema identifican con un poltergeist, que suelen considerar producto real, inexplicable e involuntario de un trauma psicológico.

sábado, 23 de febrero de 2008

Córdoba frente al misterio (5): "¿Quién quema mi casa?" (1ª de 2)


A veces las vemos como ingenuos relatos de tiempos pasados, pero las leyendas de una ciudad también llegan hasta nuestros días. Reflejan los miedos de cada época y, cuando están en su contexto, se revelan inquietantes.

De modo que será mejor desprenderse de todo temor, que tan bien saben aprovechar en ocasiones los “profesionales del misterio” como Lorenzo Fernández Bueno, de quien está tomada toda la información de esta historia, para ser capaces de observarla entre el respeto al testimonio y el espíritu crítico. Comienza la historia que, tras varias visitas a Córdoba, hizo pública el periodista.

Antonio Alameda Juárez, que ahora debe tener unos cincuenta años, era definido por el informador en el momento de los hechos como joven empresario, en una ocasión, y en otra como policía retirado en una familia de fruteros. Dado que su apellido es tan cordobés como inventado, supongamos que ambas cosas son compatibles o, de lo contrario, fruto del interés en el anonimato, que impide también saber la ubicación de su casa.

Vivía entonces con sus padres, Faustina y su marido, del que no da nombre, su esposa Fedra y su hijo Toñín, así como con su perro. El abuelo, tras un tiempo enfermo, murió el día 15 de enero de 1996, y su nieto no lo duda cuando afirma que “murió de miedo”. No cesaba de repetir que veía sombras entrando y saliendo del armario de su habitación, aunque todos lo tomaron por un producto de su dolencia.

No lo asociaron con el relato de una sobrina que ya había contado que, una vez, limpiando el cuarto de baño, le había volado de las manos la fregona, rompiéndose en el aire su palo de madera. Fue tras el fallecimiento cuando se dispararon los fenómenos. Los cuadros en el salón y el pasillo aparecían “en posiciones inverosímiles” (sic), los objetos se caían solos de las estanterías y el perro pasaba a toda velocidad por las zonas en que a veces parecía ser zarandeado y golpeado. Olores repugnantes invadían la casa antes de cada episodio, un fenómeno descrito repetidamente y conocido como osmogénesis.

A pesar de estos y otros sucesos, la familia tomó una determinación: convivir con ellos. Fuera por miedo, aplomo o por no tener otra alternativa, optaron por la naturalidad a la espera de que remitieran. Por lo visto, nada más lejos de lo que ocurrió: tal y como afirmaba el abuelo, se veían sombras por el pasillo, algunas altas y fuertes, otras más pequeñas, moviéndose ajenas a la vida familiar que se desarrollaba en el salón.

Hasta el día en que empezaron los fuegos. Las cortinas ardían desde el centro, según la mujer sin dar sensación de calor. Un día, al terminar de comer, empezó a llenarse el pasillo de humo negro, procedente del armario de la habitación del abuelo, que estaba en llamas. La casa de sesenta metros cuadrados se debió convertir en un infierno, y llegaron la policía y los bomberos. Ella, presa de los nervios, gritó: “¿Quién quema mi casa?”. Él, probablemente, bajó al quiosco, pidió una revista de esas de fantasmas e, histérico (según su interlocutor), llamó por teléfono a la redacción.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Del Chaparro a la Lagunilla

Pasear por el centro de Córdoba puede convertirse, para alguien que no conozca bien la ciudad, en un viaje a un auténtico laberinto de callejas sin salida. Estos caminos a ninguna parte no carecen de sentido histórico, ya que en su mayoría fueron auténticas calles cuyos terrenos colindantes pertenecían a una misma familia, por lo general pudiente, o a un grupo de vecinos más celosos de su intimidad que el resto de la población.

Se ideó, para satisfacer las demandas de ambos grupos, una forma de cesión de terreno público a los solicitantes, de manera que se les permitía su uso como propio siempre y cuando respetaran el derecho de paso de los demás habitantes.


La calleja del Chaparro, que sale de Marroquíes, en el barrio de Santa Marina, se va estrechando hacia el fondo, donde guarda una pequeña sorpresa. Cualquier viandante puede empezar a pasar por patios interiores, escaleras y zonas comunes de varias casas de vecinos, hasta desembocar sin saber muy bien cómo en la plaza de la Lagunilla, junto al Colodro.


Esta casa de paso es probablemente una de las últimas representantes, si no la última, del mencionado régimen de cesión o servidumbre. Ramírez de Arellano la menciona en los “Paseos”, donde dice que sólo queda otra igual en Córdoba, de la que habla unas páginas más adelante: la almona de paso a la espalda de San Andrés, hoy convertida en calle peatonal.

domingo, 17 de febrero de 2008

La Cruz del Rastro (2)

Un grito resonó en la iglesia de San Lorenzo en la mañana del día siguiente. El herrero había movido un brazo. Nunca se supo si había sido un movimiento provocado por su perro, que andaba por allí, o un signo divino, pero evidentemente se tomó como lo segundo. Y así, sintiendo justificado por los cielos el objetivo de su persecución, las masas retomaron su tarea de erradicación de las familias judías y conversas de la ciudad.

Don Alonso, algo harto ya de la ausencia de ley, reunió a sus hombres y salió al encuentro del grupo ahora comandado por el noble don Diego Aguayo, al que encontró en las cercanías de San Agustín. Pero esta vez no sólo no pudo convencerle u obligarle a que renunciara a seguir con su comportamiento, sino que se vio forzado a huir y a refugiarse en el Alcázar, desde cuyas torres pudo comprobar cómo segían ardiendo muchas casas de Córdoba. Acompañaban a don Alonso sus fieles, y también numerosos judíos que veían en su espada y en las piedras de la fortaleza su única posibilidad de salvar la vida en aquella ciudad enloquecida.

Sólo cuando la sed de venganza estaba saciada y el número de muertos era lo suficientemente alto, pudo salir del Alcázar el caballero con los suyos, ofreciendo el perdón a los sublevados, y conminando a los judíos a abandonar la ciudad, o bien a volver a ocupar su antiguo barrio propio, cerca de la puerta de Almodóvar.

Con gran arrepentimiento por considerarse el origen de tanto dolor, la hermandad de la Caridad decidió que nunca se olvidaran aquellos días. Para ello, colocó una lápida en el patio del convento de San Francisco, así como una cruz sobre un pedestal en el antiguo Rastro, en la Ribera.

Esta cruz fue barrida por el tiempo, recuperándose su memoria en 1814, cuando se colocó una nueva sobre dos arcos recién construidos al final de la calle de la Feria. Su derribo a causa de las obras del murallón, en 1852, hizo pensar que aquél había sido el último episodio de esta historia. Sin embargo, en 1927 se instaló la actual, que después de una reciente restauración continúa rememorando uno de los acontacimientos más tristes de los vividos por nuestra capital.

miércoles, 13 de febrero de 2008

La Cruz del Rastro (1)

El pequeño e ignorado monumento que ha existido siempre al final de la calle de la Feria o de San Fernando, ya en la Ribera, tiene tras de sí una historia, que no leyenda, trágica y vergonzante.

Corría la Semana Santa del año 1473. El día 17 de abril, Jueves Santo, sin que haya acuerdo en esta fecha, la cofradía de la Caridad salió a la calle para celebrar su procesión. Eran buenos tiempos para sus cofrades, porque la reciente fundación del hospital de la Caridad en la plaza del Potro estaba a punto de ser avalada por los Reyes Católicos y acumulaba ya rentas y privilegios.

La comitiva iba pasando por las Herrerías, calle después conocida como Carrera del Puente y que discurre paralela a la Ribera hasta la Mezquita. En ese momento, una mujer dejó caer desde una ventana un montón de desperdicios sobre el manto de la Virgen. Rápidamente, y como resultado de las tensiones religiosas que se vivían en la Córdoba del siglo XV, se culpó del incidente a los judíos de la ciudad, surgiendo líderes espontáneos que llamaron a la venganza.

La multitud, mientras la imagen era recogida por los cofrades, se dispersó por la ciudad, entrando en las casas de las familias judías para matar, robar e incendiar, prolongándose el terror durante cuatro días. Columnas de humo se elevaban sobre Córdoba, especialmente en el llamado barrio de la Judería, símbolo de las envidias y odios acumulados durante siglos hacia la prosperidad de los sefardíes.

Al cuarto día, para poner fin a tanta violencia, el noble Alonso de Aguilar se dirigió al Rastro, hoy Ribera, donde el herrero de San Lorenzo Alonso Rodríguez arengaba a la gente. Allí volvió a estallar la tensión, cuando el paisano ignoró las peticiones de detener la persecución, enfrentándose los dos bandos y atravesando don Alonso de Aguilar al herrero con su lanza. Los partidarios del noble persiguieron a los alborotadores hasta San Francisco, donde se refugiaron.

Más calmados los ánimos, varios compañeros del fallecido llevaron su cadáver hasta su parroquia, donde se dispusieron a velarlo.

viernes, 8 de febrero de 2008

La malaria de 1785

Cuando el agua de las lluvias de abril comenzó a ser templada por el sol, a su paso por los barrios de Santa Marina y San Lorenzo, comenzó a gestarse una amenaza para la ciudad. Los mosquitos Anopheles se reprodujeron en el casco urbano, del mismo modo que lo hacían por todo el país, y a los pocos días se dieron los primeros casos de las llamadas, por su sintomatología, “fiebres intermitentes”: malaria.


Al producirse los primeros muertos, ante el desconocimiento de la causa última de la epidemia, se temía a los miasmas o vapores tóxicos que pudieran exhalar, pero nadie prestaba atención al foco principal de la enfermedad: el arroyo de la Axerquía.


Aunque ya en 1785 tuvo que cerrarse la iglesia de Santa Marina por la abundancia de enfermos que habían sido enterrados en el cementerio parroquial, tras el ábside del templo, en 1786 se recrudeció la epidemia. Hasta 12.000 personas enfermaron, muriendo algo más de 1.200. Los Hospitales del Cardenal Salazar (hoy Facultad de Filosofía y Letras), Misericordia y Jesús Nazareno se llenaron de infectados, y mientras que en barrios muy populosos como San Pedro y San Miguel murieron en sus casas una cincuentena de personas, en San Lorenzo y Santa Marina las cifras se dispararon por encima del centenar.


Fue por ello por lo que, cuando la epidemia comenzó a remitir a mediados de noviembre, se fijaron los ojos del Ayuntamiento sobre el arroyo, proyectándose y ejecutándose tres años después la obra de cegado de su cauce, empedrándose las calles y desviándose el curso de agua por el exterior de la ciudad. Por fortuna, no fue necesario esperar a que comenzaran las obras para atajar el mal, ya que el paludismo no regresó la primavera siguiente.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Alerces en la Mezquita

La campiña cordobesa ha sido, desde tiempos de los romanos, un importante granero para las poblaciones del valle del Guadalquivir. Sin embargo, antes de que el hombre empezara a cultivar estas grandes extensiones de suave relieve, debieron estar pobladas por bosques de los que nada ha quedado.

Un primer ejercicio de imaginación nos lleva hasta grandes masas de encinas de veinte metros de altura, creciendo sobre los fértiles terrenos de la vega, con un denso bosque caducifolio de galería a lo largo de los ríos Guadalquivir y Guadajoz. Sin embargo, la realidad pudo haber sido muy diferente.


Una buena pista nos la darían los edificios más antiguos de Córdoba de los que se conserve su techumbre original. Parecerá difícil encontrarlos aún en pie, pero alguno que otro que es bastante conocido. Por ejemplo, la Mezquita. Sus vigas, redescubiertas en el siglo XIX por los arquitectos Luque Lubián, primero, y Velásquez Bosco más tarde, son de madera de alerce, un pino oloroso del que Ambrosio de Morales nos cuenta que su lugar más cercano de crecimiento (en su siglo XVI) eran las montañas del Atlas marroquí, de donde se habrían traído para la obra de la Mezquita. Se muestra de acuerdo Ramírez de las Casas Deza, por considerar que el alerce europeo y el de las vigas son de especies distintas.


El problema es que no sólo la Aljama contiene esta madera, sino que otros edificios menores de la ciudad también la poseen. Siendo extremadamente apreciada en la antigüedad por no pudrirse casi en ninguna condición, parece difícil pensar que para cualquier casa cordobesa se trajera la madera de África.


La respuesta la dan las crónicas árabes del Ajbar Maymua: los jinetes beréberes que conquistaron Córdoba en 711 acamparon previamente en bosques de alerces situados al sur de la población, entre el Campo de la Verdad y la cuesta de los Visos. Hasta después de la Reconquista confirma Ramírez de Arellano la supervivencia de estos bosques de coníferas de hoja caduca.


Lo sorprendente del dato viene dado porque el alerce (Larix sp, en Europa Larix decidua) es un árbol propio de climas fríos, como ocurre con los bosques boreales de Siberia y Canadá, estando restringido a las montañas en latitudes más bajas. Nunca sabremos con certeza cuál de las hipótesis es la correcta, y nadie sabe qué otras sorpresas podría deparar un estudio del polen depositado en los sedimentos de nuestra campiña.

sábado, 2 de febrero de 2008

El mensaje de la Malmuerta

Cientos de personas pasan a diario ante la losa desgastada bajo el arco de la torre, pero ya apenas se intuyen las letras que antes formaban una larga inscripción. Nos consuela, sin embargo, que varios autores la copiaran en su momento, rescatándola así para la memoria colectiva. Sobre estas palabras circula desde hace siglos una leyenda muy conocida, que afirma que si un caballero fuera capaz de leerlas mientras pasa al galope bajo el arco, la fortificación se derrumbaría y dejaría al descubierto un enorme tesoro escondido en su base de piedra maciza. De modo que, una vez que se ha hecho imposible cumplir con la ya de por sí complicada tarea, mejor será contemplarla con tranquilidad. Aquí está, para que no se rompa la cadena:

En el nombre de Dios: por que los buenos
fechos de los Reyes no se olviden, esta

Torre mandó facer el muy poderoso

Rey Don Enrique, é comenzó el
cimiento
el Doctor Pedro Sanchez, Corregidor
de esta Ciudad, é comenzóse á sentar

en el año de nuestro Señor Jesu Christo

de M.CCCCVI años, é sendo Obispo Don

Fernando Deza, é oficiales por el Rey

Diego Fernandez, Mariscal, Alguacil

Mayor, el Doctor Luis Sanchez, Corregidor,

é regidores Fernando Diaz de Cabrera,
é Ruy Gutierrez […] é Ruy Fer
nandez de Castillejo, é Alfonso […]

de Albolafia, é Fernan Gomez, é acabóse

en el año M.CCCCVIII años.


Fernando Díaz de Cabrera, uno de los regidores mencionados, era tío del rey Enrique III, quien lo destinó al gobierno de la ciudad cuando relevó al anterior por su ineficacia. Fue este personaje quien fundó el Mayorazgo de Torres Cabrera, origen del Condado que se convertiría con el tiempo en uno de los títulos nobiliarios más importantes de Córdoba. El nombre incompleto de “Alfonso” correspondería a Alfonso Martínez del Alcázar, Señor de Albolafia, otro de los regidores, subordinado como el anterior a Pedro Sánchez, el primer Corregidor que tuvo la ciudad.


De la inscripción también se desprende, sin que se haya puesto demasiado interés en la celebración, que se cumple ahora el 600º aniversario de la construcción de la torre de la Malmuerta, que permanece sin ningún uso, descontextualizada por los modernos bloques de pisos y la destrucción de la muralla que se levantaba junto a ella hasta no hace mucho.