jueves, 29 de noviembre de 2007

San Juan y el Omnium Sanctorum

Quizás debido a la intención de aprovechar algunos edificios preexistentes en forma de mezquitas, los barrios que se establecieron en el siglo XIII tras la conquista cristiana eran a veces de forma irregular y caprichosa. Esto ocurría con las minúsculas collaciones de San Juan y de Omnium Sanctorum (Todos los Santos), que en el padrón de 1769 contaban únicamente con unas setecientas personas cada una y que venían a cubrir lo que hoy es el espacio desde el paseo de la Victoria a la altura de la Trinidad hasta el Conservatorio de Música.

La antigua iglesia de San Juan, origen de la actual capilla perteneciente al colegio de Las Esclavas, sigue mostrando el alminar de la antigua mezquita, con pequeños arcos de herradura, fechado entre el final del siglo IX y los comienzos del X.

Si entramos por la estrecha calle que, desde la plazuela frente a la iglesia, nos lleva al conocido bar “Lucas”, salimos a la actual plaza de Ramón y Cajal, donde se hallaba la desaparecida parroquia de Todos los Santos.

El Omnium Sanctorum, también antiguo templo musulmán, se levantaba de frente al final de la citada calle. Después de más de quinientos años de existencia, el 13 de febrero de 1799 fue suprimida la parroquia, fundiéndose con la de San Juan, y siendo derribada poco después. Su situación quedó fosilizada en el trazado urbano, por la alineación de algunas casas de la plaza con lo que fue la nave principal.

Casi un siglo después, y tras años de reclamaciones en ese sentido, la parroquia duplicada se trasladó a la iglesia de la Trinidad, a pocos metros del antiguo Omnium Sanctorum por la calle del Tesoro, donde ha permanecido hasta hoy día.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Córdoba vive: el Hombre Río

Sorpresa, Córdoba vive, Córdoba respira e imagina. Córdoba salta a su río desnuda, en la furtividad de la noche; nada por él, espanta a las garcillas y se sorprende a sí misma una mañana de abril de 2006, paseando por la Ribera. Flotando en el Guadalquivir, en forma de hombre de mirada sonriente, de burla al aburrimiento, a la premeditación, de homenaje a la libre creación, la ciudad se gusta y se curiosea.

Córdoba se refresca en los pies descalzos e invisibles de su Hombre Río, rejuvenece y comprueba que aún es posible seguir inventándose, asombrar a sus gentes y confundir a sus políticos. El Hombre toma personalidad propia a medida que entra en la retina de la gente somnolienta; gira su cabeza y contempla la ciudad que le ha dado a luz.


Educado, se aparta de los sotos y busca su lugar sin estorbar a la vista del casco histórico, disfrutando de
la Mezquita desde el cobijo del puente de Miraflores, pasando los días al tibio sol de primavera. Al fin, cuando se cansa de flotar, sin perder su alegría, se deja llevar por las aguas hasta el Molino de Martos, donde espera a que le recojan.

Sorpresa, aún hay en Córdoba alguien capaz de hacer lo que a nadie se le había ocurrido, de regalarle a la ciudad un símbolo sin que se lo haya pedido. Y mientras el Hombre Río, rehabilitado, posaba para YouTube con su bandera blanquiverde, se daba cuenta de que era un granito de arena más en la identidad común, un segundo más en la historia. Gracias a unos autores (Rafael Cornejo y Francisco Marcos) que lo entregaron a nuestra ciudad, literalmente, por amor al arte.


Arrastrado y mutilado hace unos días por las aguas que te vieron nacer, esperas ahora en algún almacén. Resístete, Hombre Río, apaga tu sonrisa, exige tu lugar. Vuelve a relajarnos con la música que acompaña tus vídeos, a distraer nuestras miradas para que nos olvidemos del puente oxidado, a confundir a los japoneses que te rebuscan en sus guías. Vuelve al Guadalquivir, donde Córdoba te espera asomada al murallón.



viernes, 23 de noviembre de 2007

Juan Bernier

El carloteño Juan Bernier (1911-1989), le dedicó este soneto a Córdoba antes de que Córdoba le dedicara a él una plaza.


Amarillo perfil de arquitectura
de cúpulas y torres coronado,
torso de duro mármol cincelado,
estatua de ciudad. Córdoba pura.


Abres al valle virginal figura
a la que el Betis besa enamorado
y en tu más alta torre reflejado
el oro de tu Arcángel te fulgura.


Arena y cal, olivo, serranía,
enhiesto pino, palmeral ardiente
ciñen tu delicada argentería.


Relicario de siglos donde Oriente
engarza en vesperal policromía
tu albo destello ¡oh perla de Occidente!.


Poeta del grupo Cántico, superviviente de la Guerra Civil en que varios autores cordobeses fueron barridos por las armas, siguió dedicándose a las letras y a la arqueología mientras tuvo fuerzas, legando a Córdoba conocimientos sobre algunos asentamientos prerromanos y, sobre todo, una obra literaria de referencia para las nuevas generaciones de poetas de nuestra ciudad.

martes, 20 de noviembre de 2007

¡Vikingos!

Pincha en la imagen para escuchar el ataque vikingo contado por Juan Antonio Cebrián

Nadie pudo imaginarlo, y nadie parecía capaz de pararles. Correos a caballo volaban hacia Qurtuba, a finales de septiembre de 844, con la peor noticia que el emir Abderramán II podía esperar.

P
or la desembocadura del Guadalquivir, uno de los lugares más tranquilos de Al Andalus, estaban pasando sin cesar decenas de enormes barcos de guerra, orlados de remos que se movían siguiendo la cadencia de estridentes tambores. Velas rayadas, rojas y blancas, terroríficas figuras en las proas, cortando a contracorriente las aguas del río, y las miradas fijas de los guerreros del norte, que helaban la sangre de los habitantes de las orillas cuando los barcos se acercaban a ellas. Una flota de ochenta drakkars vikingos se dirigían por la vía rápida al corazón del emirato cordobés.

E
l sur de la península Ibérica estaba casi desguarnecido, con las tropas bereberes y sirias combatiendo a los cristianos en el norte, y Abderramán tuvo que echar mano de las divisiones locales cordobesas y de parte del ejército que se hallaba al norte de Sierra Morena.

E
n pocas horas, los drakkars alcanzaron la ciudad de Isbiliya y miles de vikingos, acostumbrados a este tipo de batallas, desembarcaron para pasarla a sangre y fuego. Las murallas fueron superadas, las mezquitas destruidas, los habitantes asesinados. El gobernador y un grupo numeroso de sevillanos huyeron hacia Carmona, donde se encontraron con el ejército cordobés de Abderramán II.

P
asada una semana, según algunas fuentes, o hasta un mes, según otras, se libró en Tablada, a las afueras de Sevilla, una feroz batalla en la que más de treinta naves vikingas fueron incendiadas, y sus fuerzas diezmadas. Los supervivientes volvieron a embarcar a la carrera y salvaron la vida bajando de nuevo por el Guadalquivir.

Ab
derramán II ordenó, desde ese momento, instalar una red de atalayas de vigilancia costera por todo Al Andalus, que no pudo evitar nuevos desembarcos en la costa de Levante, e incluso contra los reinos cristianos del norte.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Hundamos las murallas (III): aquí no ha pasado nada

He aquí, ante todos los que pasamos varias veces al día por esta avenida, una obra maestra en el arte del disimulo. Una joya del típico sistema andaluz de resolución de problemas, en un solar demolido hace algo más de un año en la avenida de las Ollerías, frente a San Cayetano.

No podemos culpar al operario en cuestión, porque a él sólo le dijeron que echara abajo la casa sin tocar el muro del fondo. Seguro que el pobre hombre no le dio mayor importancia al hecho de meterle un bocado considerable a la pared, que de todas formas era de tapial, es decir, una especie de barro comprimido. Vaya, lo que se dice una mierda de muro. Igual que los sesenta metros que otro compadre se cargó hace veinte años junto a la Malmuerta.


No es el verdadero problema el hecho de que se deteriorara la muralla de origen almorávide (probablemente algo anterior) de la Axerquía, que hunde sus raíces en el siglo XI, porque esta vez ha sido un boquete pequeño. Lo que te duele en el alma son los ladrillos sueltos que llevan ahí puestos como diez meses, viendo pasar las estaciones, arañando el tapial, sin que a nadie se le ocurra una idea mejor, sin que nadie sepa cómo se restaura de urgencia un monumento para que cada vez que caigan cuatro gotas no se deshaga un poco más.


Dan ganas, cuando se anuncia un derribo, hacer con la muralla que está empotrada en muchas casas de Córdoba lo que hacían los soldados en el frente antes de la amputación de una pierna: escribir con letras grandes en la que les quedaba sana “esta no, por favor”.

jueves, 15 de noviembre de 2007

El cólera de 1835: la resurrección del linero

En el año 1835, mientras el país se enfrentaba duramente en las guerras carlistas, se extendió por España, por primera vez, una epidemia de cólera. Córdoba no fue una excepción y pronto, pese a haberse extremado las medidas de prevención, la enfermedad entró en la ciudad y comenzó a cundir el pánico entre la población.


El miedo al contagio era tal que los muertos por la enfermedad eran enterrados a toda prisa, con el fin de evitar, aun saltándose las tradiciones establecidas, que la familia pudiera contraer también el mal.


Esto ocurrió con un vecino linero, de apellido Martínez, de la ya mencionada calle Almonas, que enfermó gravemente ante la impotencia de su mujer e hijos. Tan consumido estaba, que un día cerró los ojos y, la mujer, entre llantos, mandó llamar a varios voluntarios para que trasladaran el cuerpo hasta los cementerios extramuros donde se acumulaban los fallecidos.


Le trasladaban en su caja camino de Puerta Nueva para sacarlo de la ciudad, cuando el linero volvió en sí, y comenzó a golpear la madera mientras preguntaba a voces a dónde le llevaban. Aterrorizados, los hombres dejaron caer el rústico ataúd, del que salió, confuso, el enfermo, que se dirigió tambaleante a su casa.


Al verlo entrar, la mujer se arrodilló ante él y comenzó a exclamar con asombro que su marido había vuelto del más allá. Las demás personas presentes también se maravillaron de lo sucedido, y cuando la mujer empezó a preguntarle por sus propósitos, y sobre cuántas misas quería que se le dijeran, el marido, cansado, no supo ya cómo hacerla entrar en razón. De manera, que haciendo acopio de fuerzas, y para demostrar su naturaleza carnal, nos cuenta Ramírez de Arellano que la emprendió a silletazos (sic) con los presentes, hasta que, una vez más tranquilos todos, pudo explicarse ante ellos.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Cervantes y Córdoba

Si hay un escenario recurrente para las andanzas del Quijote, éste son las ventas y posadas de los antiguos caminos españoles. Y entre las que aparecen citadas en la novela, la Posada del Potro es una de las que más se repiten, dada la importancia que en su tiempo debió tener como descanso obligado en el viaje entre la recién instalada villa y corte de Madrid y el gran puerto del sur, Sevilla.


Hay dos mosaicos de azulejos en Córdoba que recuerdan las citas de Miguel de Cervantes. Uno lo podemos encontrar en la puerta de Osario, sobre el muro ocre, y es el que se limita a señalar que el autor “mencionó este lugar en sus obras”. El otro, situado en la misma plaza del Potro, no duda en afirmar que Córdoba fue citada “en la mejor novela del mundo”, “El Quijote”. El abolengo cordobés que tenía el escritor, según se afirma en la inscripción de 1917, le venía por parte de padre.


En “El Quijote” se cita la posada del Potro entre aquellas por las que un ventero había pasado en los años de su juventud (Capítulo III, parte primera) y vuelve a mencionarla en parecida situación en el Capítulo XVII. Hace también referencia al Gran Capitán (“renombre famoso y claro y dél solo merecido”) en el Capítulo XXXII, al hablar de una serie de libros valiosos.


Del mismo modo, y durante el “donoso escrutinio” (Capítulo VI) en que el cura y el barbero criban la biblioteca del Quijote, se menciona un libro del jurado cordobés Juan Rufo, “La Austríada”, junto con otros dos de distintos autores, de los cuales afirma el sacerdote:


- “Todos estos tres libros son los mejores que en verso heroico en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia: guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España.”

viernes, 9 de noviembre de 2007

La posada del Potro

Uno de los lugares donde se puede vivir la leyenda de la ciudad es la plaza del Potro, centro de negocios de Córdoba desde los tiempos inmediatamente posteriores a la conquista y lugar de encuentro entre residentes y forasteros camino de la Baja Andalucía. Cervantes mencionó el lugar varias veces en el Quijote, y así lo recuerdan los azulejos de la imagen. Desde el siglo XIV (que se sepa) hasta 1972 funcionó una posada, que se convirtió en uno de los lugares más populares de la ciudad. Actualmente se encuentra en obras, y en mayo se reabrirá como local para espectáculos flamencos.

Nada que ver con el ambiente que, según nos cuenta Ramírez de Arellano, se vivía en ella a mediados del mencionado siglo XIV, reinando en Castilla Pedro I el Cruel.


Nos habla de un mesonero contrahecho, de carácter traicionero y poco popular en el barrio. Una noche de intensa tormenta, en medio de una tromba de agua, habría llegado al Potro, a lomos de un magnífico caballo, un joven capitán del ejército castellano, que se dirigía a Sevilla a encontrarse con el Rey. Pidió posada y allí cenó, junto a otra gente de menor distinción, reparando en la que se suponía (aun sin que hubiera parecido) hija del mesonero, que también se había fijado en él. La misma muchacha que, cuando el mesonero acompañaba al capitán a la mejor habitación de su posada, le agarró de un brazo y le advirtió:

- Caballero, no durmáis.

Confuso, el viajero pasó las horas espada en mano, en un rincón de la habitación, mientras el viento y la lluvia sacudían los postigos, hasta que empezó a percibir un pequeño chirrido, como de una portezuela. Allí, entre las sombras, pudo distinguir al mesonero, esperando asomado a que se durmiera y bajara la guardia.


Le ahuyentó con la espada y saltó rápidamente a un patio donde le esperaba la joven, que le acompañó hasta las caballerizas y le despidió a toda prisa, tras pedirle:

- Caballero, idos y contad al Rey lo que pasa en el mesón del Potro.

Y antes del amanecer, ya cruzaba el puente el capitán, camino de Sevilla y de su Alcázar.


Tras el abrazo de bienvenida de Pedro I, el semblante del Rey se fue ennegreciendo al conocer las noticias que traía el capitán. Aunque bromeaba con la medida en que la mujer había hecho perder la razón al soldado, decidió ir a Córdoba en persona para comprobar sus afirmaciones.


Y así, ante la sorpresa del Corregidor, de los caballeros Treces y de todos los habitantes, se presentó el Rey en el Alcázar de Córdoba y convocó allí a toda la nobleza, dando orden de que nadie saliera hasta que no llevara a cabo una tarea personal. Con todos ellos, se dirigió hasta la plaza del Potro, y entró en la posada, donde el mesonero le recibió con grandes honores, cambiándole el semblante cuando reconoció al capitán.


La muchacha se tiró a los pies del Rey y le pidió venganza y justicia, comenzando los hombres que le acompañaban a desenterrar cadáveres de viajeros asesinados por el mesonero para robarles, uno de los cuales resultó ser el verdadero padre de la joven.


El Rey montó en cólera contra el Corregidor, a quien acusó de incompetente, y ordenó atar al mesonero a una reja, mientras que dos caballos amarrados a sus pies eran espoleados para que le despedazaran, en medio del terror de la gente. El cuerpo fue arrastrado por la calle Lineros, y el Rey advirtió al Corregidor: “Ya que no sabes ejercer en mi nombre la justicia que te he confiado, he venido en persona a enseñarte tu deber. Mas ten entendido que si a hacerlo otra vez me obligas, haré recordar en ti al mesonero del Potro”.

martes, 6 de noviembre de 2007

El Pretorio

Cuando el ferrocarril no había llegado a Córdoba, y las huertas se extendían desde la tapia de la Merced hasta las faldas de la sierra, una de las últimas construcciones que se veían al salir de Córdoba era la minúscula ermita del Pretorio, un reducido humilladero adosado al muro que rodeaba la Huerta de la Reina, cuyos terrenos se extendían por lo que hoy son los jardines del Paseo de Córdoba, hasta las Margaritas.


Al tirarse la tapia para las obras del tren, la ermita, reconstruida varias veces antes de darle forma definitiva en el siglo XVIII, comenzó a resquebrajarse. El Ecce-homo venerado por los vecinos del barrio del Matadero (las escasas viviendas extramuros de la Malmuerta) fue trasladado a San Miguel, y la ermita fue derribada.


Los vecinos, indignados, comenzaron a reclamar, mientras recaudaban fondos para costearse ellos mismos otra capilla. Celebraron incluso una novillada en el barrio, lo cual convenció al Ayuntamiento, que completó el coste de la obra y se la encargó al arquitecto Don Amadeo Rodríguez. Terminada en 1872 en el emplazamiento en que la hemos conocido, se inauguró el día 14 de enero.


Una variación más ha sufrido, como consecuencia de las obras del Plan Renfe, cuando hace cinco años se la trasladó a los nuevos jardines, quedando en el suelo una línea de piedras que recuerda su antiguo emplazamiento junto al muro de la Merced.

domingo, 4 de noviembre de 2007

La fiebre amarilla de 1804: el cierre de Almonas

En cuanto llegaron las primeras noticias de que la enfermedad estaba afectando a varias poblaciones del litoral mediterráneo, se decidió que había que aprender de errores pasados y prepararse para combatir a la enfermedad con el único medio eficaz que se conocía: el aislamiento. Para ello se cerraron a cal y canto (en ocasiones, literalmente) casi todas las puertas de la ciudad, intactas aún en esa época, exceptuando las del Rincón, el Puente y Puerta Nueva, donde se colocaron hombres de confianza, entre ellos un médico que determinaba quién podía entrar y quién no. Los equipajes a los que se permitía el acceso a Córdoba eran fumigados, y los enfermos que llegaban eran enviados a la Arruzafa, el Carmen, San Cayetano, la Victoria y otros lugares y conventos de los alrededores de la ciudad.


No se puede saber si, como se ha contado, fue un cargamento de lino sin fumigar lo que entró en la ciudad o un simple mosquito portador. Fuera lo que fuera, consiguió llegar a una casa de la calle Almonas (actual Gutiérrez de los Ríos), y para el 4 de septiembre habían enfermado casi todos sus habitantes y numerosos vecinos.


La concentración de casos en el barrio de San Andrés alcanzó tal nivel que, a pesar de que ya se habían extendido los enfermos por toda la ciudad, se tomó la decisión más drástica. Se levantaron muros en todas las calles que afluían a las calles Almonas, Huerto de San Andrés y Carretera, como se ve en la imagen, quedando aislado todo el barrio entre la Espartería, el Realejo y la Almagra. En diversos puntos, se instalaron postigos para pasar víveres a los vecinos en cuarentena, que se limitaron a rezar para que, como ocurría en muchas ocasiones, sufrieran sólo una leve versión de la enfermedad.


Mientras, en el resto de la ciudad, se delimitaban los espacios en los hospitales para los enfermos de fiebre amarilla, y se habilitaban cementerios en exclusiva para ellos. Más de 1.500 cordobeses murieron víctimas de la enfermedad hasta que, el día 26 de noviembre, se hizo público el fin de la epidemia, celebrándose con fiestas y ofrendas en las parroquias a la vez que se echaban abajo los tabiques de cuarentena.

viernes, 2 de noviembre de 2007

La Chiquita Piconera

Al fondo, cae el atardecer oscuro sobre Córdoba. En primer plano, llena de luz, la mirada firme de María Teresa López, que se sabía desde hacía años el objeto de deseo de Julio Romero de Torres, y que aun así seguía accediendo a posar durante horas para sus retratos, entendiendo quizás que se aseguraba, de este modo, quedar en la memoria y en la retina de todos los cordobeses.

Es 1930, primeros meses, y el pintor sabe que no le queda mucho tiempo. Dicen que refleja su propia angustia en los ojos de la mujer morena, que el entorno tenebroso del cuadro no es sino el sentimiento que le atenaza. Y tarde tras tarde, en su estudio de la plaza del Potro, se aferra a aquello que mantiene encendido su corazón.


Entre continuas interrupciones de su recelosa mujer, que eran agradecidas con alivio por la propia Chiquita, y que malhumoraban al maestro, pasaban los trazos y los días, y el hombro de María Teresa se estremecía de frío en aquellas últimas semanas de invierno.


Invierno que, para ella, duró toda la vida, por la tristeza y el dolor que le causaron los rumores, la incomprensión y la maldad que amargaron sus días tras posar para el pintor. Cuando los ojos de María Teresa se cerraron en 2003, muriendo mayo, esta ciudad se perdió un poco a sí misma, sin haberse conocido, sin haberse confesado lo que una parte debía a la otra. El sacrificio de la Chiquita Piconera fue dar su vida y su alegría por ponerle rostro a nuestra tierra.